
Sonidos de martillos y palas fueron canciones de cuna en varias siestas de mi infancia. La industria de la construcción rodea mi entorno familiar, pero no fue hasta que comencé a trabajar como fotógrafa de una empresa constructora que tuve la oportunidad de adentrarme y dejar de mirarla desde la vereda de enfrente. Hasta entonces reinaba en mi cabeza una frase que siempre repetía mi padre: "Una obra en construcción es terreno de nadie, un lugar peligroso para una mujer".

En 2015, realicé Detrás del cerco, un ensayo que retrata encuentros entre albañiles de una obra en Buenos Aires. Esta experiencia me guio a Bolivia, porque un grupo de trabajadores bolivianos me comentaron, al pasar, que en su país había muchas mujeres en la construcción. Por eso, en enero de 2016, decidí viajar a La Paz para conocer a esas mujeres que habitaban un rubro identificado en mi país por ser históricamente de hombres. Para mí, ellas representaban la desmitificación de aquella frase dicha por mi padre.


Aunque en Bolivia en el rubro participan más de 21.000 mujeres y representan el 4,5% de la población económicamente activa que se dedica a la construcción, en La Paz y en el Alto se legitima socialmente que las mujeres no tienen la misma fuerza física que los hombres para ese trabajo. Por lo tanto, los contratistas les pagan menos, aunque las condiciones y el trabajo sean iguales.

En las entrevistas que realicé en La Paz a mujeres que trabajaban activamente en el rubro como ayudantes, la noción "fuerza física" aparecía constantemente en sus testimonios a la hora de hablar sobre los requerimientos que implicaba su trabajo. "Simplemente voluntad se necesita para este trabajo. Vas sacando fuerza de donde no tienes: si antes alzabas piedras pequeñas, con el tiempo vas alzando piedras más grandes. Aquí te haces fuerte y dejas tus años. Porque no solamente tenemos que hacer esfuerzo físico, sino que también tenemos que aguantar la discriminación", me dijo una de ellas.

La frase que me dijo mi padre a mis 16 años me habita cada vez que entro a una obra en construcción. Hoy, cuatro años después de haber emprendido ese viaje a La Paz, mi práctica se impulsa con preguntas que exploran la memoria del cuerpo, la noción de fuerza física y el concepto de habitar. Mis herramientas: mi cuerpo, una cámara fotográfica Rolleiflex y una grabadora zoom.

Sofía Bensadon (Argentina, 1994)
Es fotógrafa y estudiante de la Licenciatura en Antropología Social y Cultural de la Universidad Nacional de San Martín. Se formó en el ciclo anual Proyecto Imaginario en fotografía y cine documental. Entre sus maestros se encuentran los fotógrafos Diego Ortiz Mugica, Carlos Bosch, Adriana Lestido y la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui, con la cual realizó el seminario de Sociología de la Imagen. En reconocimiento a su trabajo fotográfico, recibió el premio estímulo Francisco Ayerza de la Academia Nacional de Bellas Artes (2014), la beca de formación en el Programa de Revisiones de Portafolio de FoLa (2016) y una mención de honor dentro del premio nueva generación del PHmuseum Women Photographers Grant (2019).








