
EN PRINCIPIO, TODO ES RELATIVO
Paralelamente, Albert Einstein y Sigmund Freud revolucionaron el modo de pensar acerca del universo y de ese otro mundo todavía misterioso, el de las razones, emociones y angustias del hombre
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El 6 de noviembre de 1899, cuando este siglo del átomo, los genes, los viajes aéreos, las misiones espaciales, la televisión, el automóvil, el plástico, los trasplantes y los antibióticos -pero también de Hiroshima, la contaminación ambiental y el SIDA- estaba por empezar, Sigmund Freud publicaba la piedra basal de lo que sería el psicoanálisis: La interpretación de los sueños, un grueso volumen que cambiaría para siempre la visión que la humanidad tenía de sí misma.
Un año más tarde, a fines de 1900, el joven veinteañero y de pelo algo largo Albert Einstein, recién graduado en el Instituto Politécnico de Zurich, enviaba su primer ensayo al mensuario ultraacadémico de física Annalen der Physik.
Así, el siglo debutó abriendo dos monumentales ventanas al conocimiento, una que iluminaría las vastedades del cosmos y la otra, los más íntimos escondrijos de la mente.
Si hubiera que elegir sólo dos personalidades que hayan signado este fin de milenio, tanto por la trascendencia cultural que alcanzaron sus ideas como por lo revolucionario de sus teorías, ellos serían -sin duda- Albert Einstein y Sigmund Freud.
Freud había nacido en 1856, en el seno de una familia judía del pueblo de Freiberg, en Moravia (una zona que ahora pertenece a la República Checa), pero pocos años más tarde todo el grupo familiar se mudó a Viena, donde los talentos de Siggie recibieron un tratamiento de privilegio.
Tras una carrera brillante que lo condujo a graduarse en la Universidad de Viena, recaló en la neurología, menos con la intención de aliviar el dolor y la enfermedad de sus pacientes que con la de bucear en algunos de los misterios de la naturaleza. En 1896, cuando tenía 40 años, utilizó por primera vez el término psicoanálisis. Por esos años había comenzado a anotar sus sueños, convencido de que, si lograba desentrañarlos, ellos lo conducirían a la explicación de los intrincados mecanismos de la mente. Y para eso extrajo la materia prima no sólo de los vieneses que llegaban a su consultorio -en esa época se los llamaba neurasténicos-, a los que se entrenó para escuchar pacientemente, sino también de sus propias visiones nocturnas, que se dedicó a analizar mediante un intenso e implacable ejercicio de introspección.
En 1900, Einstein tenía apenas 21 años. Había nacido en la ciudad alemana de Ulm y, tras un primer intento frustrado, había logrado ingresar en el Politécnico de Zurich, donde planeaba dedicarse a la enseñanza de las ciencias y, en sus ratos libres, a la física teórica.
Albert se había sentido fascinado por los misterios del mundo desde chico. Ese ánimo inquisitivo lo llevó a que en la rígida escuela prusiana de Munich donde cursó el secundario se lo considerase el peor de la clase... porque hacía demasiadas preguntas.
Se cuenta que un día, a los quince años, durante una temporada en la campiña italiana previa a su ingreso en la universidad, le preguntó a su hermana Maja: "¿Te imaginas qué sucedería si pudieras sentarte sobre la punta de un rayo de luz y viajar con él a través de la noche?" La aventura de Freud y el psicoanálisis fue un viaje sin brújula hacia las profundidades de la psiquis. El científico se transformó en algo así como el Colón de la psicología, topándose en su travesía hacia las selvas del inconsciente con el deseo, la furia y la represión trenzados en una guerra sin cuartel. Freud observó que cuando dejaba que sus pacientes hablaran libremente, sin limitaciones ni apremios, poco a poco el monólogo remitía invariablemente al mundo infantil y que el origen de sus problemas -aseguraba- podía buscarse en desajustes eróticos o francamente sexuales.
Por supuesto, sus descubrimientos repugnaron a las sociedades médicas, y los caballeros y damas respetables de la época, que emergían lentamente de la dura moral victoriana, los encontraron francamente obscenos. Una prueba del escándalo que suscitaron es que, durante los primeros ocho años posteriores a la publicación de La interpretación de los sueños, apenas se vendieron unos cientos de ejemplares.
Cinco años más tarde, el joven Einstein, por entonces un anónimo empleado de 26 años en la oficina nacional de patentes de Berna, Suiza, conmovió al mundo de la física con tres estudios publicados en los Annalen der Physik en el mismo año, 1905.
En el primer trabajo, explicaba el movimiento desordenado de partículas suspendidas en un fluido (movimiento browniano). En el segundo, trataba el efecto fotoeléctrico, cómo se irradiaba la luz. Y en el tercero describía la teoría de la relatividad especial. Este último número de los Anales, hoy invalorable, contenía su célebre fórmula E=mc2.
La idea central de la teoría de la relatividad era absolutamente revolucionaria para la época. Afirmaba que las leyes de la ciencia debían ser las mismas para todos los observadores, independientemente de su marco de referencia. En ella se establece que el tiempo no está enteramente separado del espacio, sino que se combina con él para formar un objeto llamado espacio-tiempo.
Las consecuencias que se desprenden de estos postulados aparentemente tan sencillos son fantásticas. Por ejemplo, a partir de las ecuaciones relativistas se llegó a la conclusión de que, cuanto más se aproxima la velocidad de un objeto a la de la luz, su volumen disminuye, su masa aumenta y el tiempo es más lento. A la velocidad de la luz, un objeto tendría un volumen cero, una masa infinita y el tiempo no existiría. Por lo tanto, en el universo, tal como lo conocemos, ningún objeto material puede igualar o sobrepasar la velocidad de la luz.
Hoy, casi cien años más tarde, el arte, la sociedad, la familia, el individuo, ya no son lo que eran antes de Einstein y Freud. Sus teorías cambiaron nuestra visión del mundo físico y psíquico, pero también nuestro modo de ver el arte, la cultura, la política y la sociedad.
Desde sus comienzos, Freud cosechó tanto seguidores incondicionales como acérrimos enemigos. Se lo considera un iluminado o un charlatán, dependiendo de en qué bando se ubique quien lo juzga.
Su idea fundamental -que todos los seres humanos poseen un inconsciente en el cual se enfrentan las pulsiones sexuales y las barreras represivas que impone la cultura- fue considerada por muchos como una tesis literaria y científicamente imposible de probar. Sin embargo, sus teorías irrigan tan profundamente la cultura del siglo XX que frecuentemente se hace referencia a ellas incluso sin notarlo.
Einstein, mientras tanto, se convirtió en una leyenda viviente.
Su acendrado humanismo, y el estilo casi literario de sus artículos, en los que llegaba a emplear nociones matemáticas accesibles a cualquier persona culta, así como el empleo del Gedankenexperiment (experimento mental) al que elevó al rango de gran arte, lo convirtieron en el científico favorito del público no iniciado.
Cuando, en 1919, una expedición británica observó un eclipse desde Africa oriental y demostró que la luz era verdaderamente desviada por el sol justo como predecían sus teorías, fue adorado como el símbolo de la inteligencia pura.
Antes de Einstein se pensaba que el espacio y el tiempo eran marcos fijos de referencia, que no estaban afectados por lo que sucedía en ellos.
Después, la antigua idea de un universo esencialmente inalterable y eterno fue reemplazada por el concepto de un universo dinámico, en expansión, que tiene un origen y que también tendrá un fin. Freud murió en Londres, a los 81 años, como consecuencia de un cáncer bucal. En uno de sus últimos reportajes afirmó: "Puedo haber cometido muchos errores, pero estoy completamente seguro de que no me equivoco al considerar predominante el instinto sexual. Dado que se trata de un instinto tan poderoso, choca con especial frecuencia con las convenciones y salvaguardias de la civilización".
Einstein murió en Princeton, en 1955. Finalmente había logrado contestar las preguntas que lo acosaban. Alguna vez dijo: "El eterno misterio del mundo radica en su inteligibilidad... El hecho de que sea comprensible es un milagro." Su cerebro fue donado a la ciencia.
El juego
Tres de las siguientes frases pertenecen a Einstein, tres a Freud. ¿Cuál corresponde a cuál?
A) Nunca pienso en el futuro. Llega muy pronto.
B) Todo debería hacerse tan simple como fuera posible, pero no más.
C) Es un error creer que la ciencia sólo contiene proposiciones firmemente demostradas.
D) La ciencia sin religión está renga, la religión sin ciencia está ciega.
E) Las analogías no resuelven nada, pero pueden hacernos sentir más cómodos.
F) Es un descanso mirar las flores; ellas no tienen ni conflictos ni emociones.





