
Entrar en la cava
El alcoholismo, la droga y el abuso infantil conforman el peor escenario para los habitantes de la villa, donde se cometen nueve delitos diarios. Hay una Cava violenta y trágica. Pero también hay parroquias, manifestaciones artísticas y grupos de ayuda. Hay una Cava solidaria, que pocos conocen y a la que nunca se menciona
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Mete miedo, sorprende y conmueve, La Cava, cuando se la camina por sus pasillos húmedos, angostos e interminables, que se entrelazan, dibujando laberintos tenebrosos, con otros pasillos mucho más angostos, malolientes de agua estancada, de excrementos de animales, de basura a medio quemar y de vahos de marihuana que vienen y van.
Mete miedo este inmenso imán para ladrones y asesinos, que se mimetizan con la población honesta y desamparada. La Cava, levantada en una de las zonas más ricas del país, rodeada de mansiones con piscinas y canchas de tenis, es una sociedad que se maneja con valores y códigos propios. El grueso de los casi 13.000 habitantes que ocupa las 22 hectáreas de la villa es gente de trabajo; muchos de ellos, viejos pobladores que se instalaron cuando empezó la construcción de la Panamericana, en 1956.
Hasta comienzo de los años ochenta, la villa no era otra cosa que un tajo inadmisible, un asco, un juntadero de pobrerío -como decían los vecinos-, una desgracia en medio de tanta opulencia. Así era, hasta que entró la droga para modificar y empeorar todo. Y los villeros pasaron a tener sus propios problemas de seguridad.
Hay causas sociales que llevan al delito, y hay organizaciones delictivas que planifican su acción desde La Cava, que va desde el tráfico de drogas hasta la venta y el alquiler de armas. El llamado código intervillas permite que los malvivientes que cometen delitos de magnitud en el sur de Buenos Aires, Rosario o Córdoba usen la villa como madriguera, como aguantadero. Se ayudan entre ellos y, de paso, someten a la gente del lugar. El código intervillas dice que los pasillos de La Cava siempre estarán despejados para los delincuentes. Y la reacción de la gente será, ante esto, nula. Mantener la boca cerrada y mirar para otro lado son recaudos básicos para no perder la vida.
-Acá se da una situación que es tremendamente injusta, que es la de meter pánico en la población -analiza el intendente de San Isidro, Gustavo Posse (Alianza, UCR)-. Esto es, yo no veo a un habitante de La Cava en la comisaría haciendo una denuncia. Es imposible. Por otro lado, están las apretadas al trabajador, que es obligado a pagar un peaje en los pasillos para poder salir y tomar un colectivo.
Sorprende La Cava, cuando hombres y mujeres abren las puertas de sus casas para mostrar su mundo y contar sus historias construidas más por fracasos y tristezas que por logros y alegrías. Las mujeres son las que más trabajo estable tienen, en un altísimo porcentaje en el servicio doméstico. Los hombres, en general, consiguen empleos temporarios, que puede ser una vez por año, o una vez por mes, o una vez por semana. Los que trabajan de manera permanente lo hacen en las empresas de limpieza y mantenimiento, o como barrenderos municipales.
Conmueve, en La Cava, la apuesta a la esperanza, a que todo cambie de una buena vez, a que los de afuera comprendan que los de adentro no son todos iguales. Que hay criminales, pero también personas que, en soledad y en silencio, sin ayuda del Estado ni atención de los medios, se esfuerzan para que la utopía sea posible. Como una tal Bernarda Villa-grán. Como una tal Mary Quinteros. Como una tal María Chazarreta. Como Jorge y Aníbal, los curas de la parroquia de Nuestra Señora de La Cava. Como los integrantes de Nuevo Sol, un grupo de jóvenes que bucean las aguas más turbias de la villa, en las profundidades de la droga y la delincuencia, para tratar de sacar a flote a tantos como puedan. -Para mí, La Cava es mi felicidad -dice el padre Jorge García Cuerva, de 32 años, y cuatro en la villa, donde además tiene su casa-. Acá hay mucha vida. Es hermoso poder hacer que alguien sea feliz, aunque sea por un rato. Acá se ve la realidad en toda su dimensión. En cada pasillo, tenés la vida y la muerte. La vida, en La Cava, está en un frasquito chiquito donde se entremezcla lo mejor y lo peor todo el tiempo. Y la gente tiene en claro que Dios sufre con ellos, porque éste no es el proyecto de Dios. La sociedad, con La Cava, abortó a quince mil hijos. Por eso, me gusta repetir esa frase que dice: "Somos caballeros derrotados de una causa inclaudicable".
-No sólo la sociedad y los medios marginan a La Cava -explica un integrante de Nuevo Sol-. Los mismos villeros se marginan entre ellos. Hay quienes incitan a la muerte, a la droga, a la delincuencia, al resentimiento. Y la gente a veces no se da cuenta de eso. Vos ponés música, y en la villa la música es una vía de escape. Vos vas a ver que en un ranchito hay un equipazo de música y, por ahí, no tienen ni para un plato de sopa. Es una forma de buscar una salida. Los chiquitos del jardín de infantes, en lugar de cantar El payaso Plin Plin, bailan y se conocen de memoria las letras de la cumbia villera. Y cantan que el borracho, que la droga, que la yuta... Entonces, este chico va a crecer con la imagen del vigilante botón, que la droga es la vitamina que necesitás para estar pila y un montón de cosas que te hace decir ¿cómo hacés para que este chiquito de cinco años no conforme luego una manera de vivir equivocada?
Está claro que andar por La Cava, de día o de noche, requiere de cierta logística. El padre Jorge dirá: Por acá, sí; por allá, todavía no. "Ellos deben habituarse a las caras extrañas de quienes los invaden. Y, ustedes, a la desconfianza de ellos", advierte. Distribuidos en varias zonas, los límites de La Cava son las avenidas Rolón y Tomkinson, y las calles Neyer y Hudson. Entrando por Rolón, se accede a los barrios Cava Chica, 20 de Junio -o el 20, como lo llaman- y Quinta del Niño. Los otros son El Pozo, entre Neyer y Tomkinson; La Isla, y Cava Grande, el corazón de la villa, el sector más crítico y peligroso.
El 20 y Quinta del Niño se diferencian de los demás por sus casas de ladrillos y ventanas con vidrios. Es como la clase alta de La Cava. El centro de la villa, en cambio, es la zona más baja y marginal y de mayor hacinamiento de este conjunto que, para el mundo que la rodea, lleva un solo nombre: villa miseria La Cava.
No es lo mismo caminar por la Quinta que por El Pozo. No es igual, para ellos, vivir en Cava Chica que en Cava Grande. No es lo mismo ser argentino que chileno, ni paraguayo que peruano. Funcionan como carteles, y las etiquetas las llevan puestas desde hace tiempo: Los chilenos son punguistas; los paraguayos son cuchilleros; los bolivianos son los que les quitan el trabajo a los argentinos; los argentinos son vagos y los peruanos son chorros usurpadores. La mayor dificultad de adaptación, y motivo de enfrentamientos, se da entre chilenos y argentinos. Los chilenos y los paraguayos, en un porcentaje altísimo, llegaron a La Cava empujados por las dictaduras de sus países.
Pero son más los argentinos, que se reparten entre correntinos, chaqueños, formoseños y misioneros.
-La Cava se levanta sobre la capa freática; esto es, sobre un gigantesco pozo negro -simplifica la doctora Susana Jackli, directora del Centro Periférico La Cava, un complejo asistencial que atiende a doscientos niños por día, en su primer acceso al sistema de salud-. Quedó así después que fue abandonado por Obras Sanitarias, en 1946. Alrededor del 40 por ciento de los habitantes de la villa vive en ese sector. No hay cloacas, justamente por estar sobre la capa freática. Hay letrinas que se vacían cada tanto, con camiones atmosféricos de la Municipalidad. Usan mangueras de 250 metros de largo para vaciar las letrinas de las casas que están en hilera.
La primera canilla para extraer agua de pozo en La Cava se habilitó sólo en 1965. La segunda, en 1968. Y debieron pasar veintidós años desde aquella segunda canilla para que La Cava dispusiera de agua potable mediante un tendido de cañerías aéreas. En los últimos veinte años, se construyeron pasillos con material y zanjas a cielo abierto para escurrir el agua sucia.
Cuentan en La Cava que el verano los enloquece. De octubre a marzo, se ve lo peor. Las noches de grandes calores expulsan a la gente de sus casuchas, amontonándola en los pasillos oscurecidos por las primeras sombras y las incontables historias de enfrentamientos, disputas, muerte.
El verano derrite las chapas oxidadas, junta las miserias y vacía los cartones de vino y las botellas de cerveza. Casi no hay noches sin balas en verano. Es así. No faltan, en los pasillos de La Cava, pequeñas cruces que recuerdan la fecha y el nombre de quienes cayeron muertos por la policía, o por enfrentamientos entre bandas.
-Uno nunca se acostumbra a los tiros... pero, antes era peor, era cosa de todas las noches y todos los días -cuenta el padre Jorge.
-Para descubrir riquezas dentro de tanta miseria, tenés que estar más cerca de la gente -reflexiona Aníbal Filippini, el otro cura, con siete años en La Cava-. Tenés que ir conociendo los pasillos, porque te perdés, es un laberinto. Pero en esos laberintos también encontrás riquezas. Mirá, te cuento. Era mayo, de noche, con mucho frío. Yo pensaba en llegar a casa y prepararme una sopa. Iba con mi bicicleta. En uno de los pasillos, me encuentro con un muchacho y su señora, que pensaban ¡ay, ahí viene el padre con frío! Lo único que tenían en su casa era una olla con hueso con carne y alguna verdura. La mujer preparó una sopa enorme, para todos. Esa sencilla preocupación de los pobres, ¿sabés? Eso lo valora y lo capta sólo quien se pone en el lugar del otro. Ellos, esa noche de mucho frío, me dieron lo que tenían. Y lo compartimos.
Acá hay muchos cirujas y borrachitos, como don Juan, pobrecito, de vida lastimosa, enferma, con la casa agujereada, pero siempre aparecerá una vecina que se va a preocupar por don Juan, por todos los don Juan de La Cava.
Amalia Quiñones, una paraguaya de 65 años y con siete hijos, fue de las primeras en instalarse cuando llegó a la Argentina con su esposo, desde Asunción, escapando de Stroessner. Ella y otros paraguayos construyeron el oratorio Ñanderoga -nuestra casa, en guaraní-, una trinchera de reflexión incrustada en las entrañas de la villa, pegada a la cancha de fútbol con más piedras que pasto y donde casi todos los pibes juegan descalzos. En Ñanderoga, un grupo de madres se ocupa de dar la merienda a los más chicos. La ayuda que reciben es de 120 pesos mensuales.
-Los primeros pobladores decían que si uno llegaba a tomar el agua de La Cava, ya no la podía olvidar -expresa Amalia-. Primero llegó mi marido, que era albañil y construía piletas de natación, y después yo, que trabajaba de sirvienta y cocinera, con los chicos. La Cava era un barrio chiquito, de casitas muy humildes, muy diferente de lo que es ahora. Ahora hay más material; antes, pura chapa y cartón. Yo vivo acá desde 1958. Obras Sanitarias dio mucho trabajo, igual que muchas fábricas, como la De Carlo. Eso era antes. Y un día empezó a llegar mucha gente del litoral, y también una cantidad de paraguayos y bolivianos. Los chilenos y los peruanos son los más nuevos, llegaron en esta década. En 1981, volvimos a Asunción, porque mi marido quería morir en su tierra. Pero tuvimos que regresar, y murió en La Cava.
-¿Le gusta vivir acá?
-Yo quiero mucho a mi comunidad. Mis hijos me quieren sacar (lagrimea). No sé por qué la quiero tanto a La Cava. Será un llamado de Dios...
-¿Le duele lo que se dice del barrio?
-Sí, es como si me clavaran una espada en el pecho. Conozco a familias de tres generaciones, trabajadores, solidarios, humildes, luchadores. Y duele cuando se ve a estos jóvenes sin esperanza, porque ellos no tienen la culpa de ser lo que son. Y duele demasiado cuando nos meten a todos en la misma bolsa.
-Se emociona, Amalia...
-Sí, porque me duele, y muchas veces tengo impotencia. Yo luchaba por los chicos, formaba cuadros de fútbol, organizaba campeonatos y los chicos se la pasaban de la mañana a la noche, se llenaba de chicos, hacían su comidita. Si había algún borrachito, le pegaba dos gritos y listo... me hacía caso, o les echaba agua en la cabeza. Chicos chiquitos... tomando vino.
-¿Y la droga?
-Hace 18 años que empezó con fuerza. Pero eran pocos. A partir de los años 90, se incrementó. Y de 1995 para acá, es algo impresionante, no se puede creer. Eso es lo que más duele en el barrio. La violencia es la misma acá y afuera. Recorro San Isidro y el problema es el mismo. Cada vez la droga atrapa a chicos más chicos. Antes, eran los adolescentes, de veinte años, ahora ya estamos viendo chicos de 9 o 10 años, con la bolsita. Ellos buscan algo con qué tapar su mente. Nosotros hacemos lo que podemos por ellos, con charlas grupales, pero no hay ayuda, no tenemos muchas posibilidades. ¿Cómo llegás con el Evangelio a una casa donde hay hambre y violencia?
-¿Por qué cree que pasa esto?
-Porque La Cava es un barrio muy, pero muy humilde rodeado de mucha, mucha riqueza. Eso lastima a los chicos. Esos son los que peor nos miran. Esa gente antes nos venía a buscar para trabajar, ahora nos miran con odio, con odio y asco. Una vez un periodista, creo que se llama Jacobson, dijo que La Cava era un nido de delincuentes. Nosotros lo llamamos, lo invitamos a que recorra, nunca nos respondió, nunca se tomó la molestia de venir y entrar y ver.
-¿Qué hay que hacer para que La Cava sea distinta?
-Primero, tenemos que sincerarnos nosotros mismos, los de las dos partes, y abrir nuestros corazones, nuestras mentes y decir basta. Seamos uno para el otro, unámonos. Mientras una parte desprecia, la otra le toma bronca. Mientras cada uno de nosotros no tenga paz, jamas podremos llegar a unirnos. Es así.
-Hace unos días, la policía mató a un chico de 15 años...
-Sí, de 15 años... Se vivió con mucho dolor, y más conociéndolo al chico. Ahora, yo diría que miren a los adolescentes que no tienen esperanza. El gran problema es la falta de trabajo. Sin trabajo no hay dignidad, se desintegra la familia, estalla la violencia. Nuestros chicos ven lo que la sociedad les vende y no pueden tener, por la tevé, ven la marginación dentro de su casa, con mamá y papá que se pelean.
-¿Cuál es su sueño, Amalia?
-Que vuelva la familia. Todo lo bueno empieza por la familia. Yo siempre digo: si agarro un vaso de vino, no le puedo decir a mi hijo no tomés vino. Si yo fumo, no le puedo decir a mi hijo no fumés. Hay que dar testimonio de vida. Mostrarles que las cosas se ganan con esfuerzo y trabajo, pero para eso la sociedad tiene que volver a brindar trabajo.
-¿En qué momento La Cava se pone más triste?
-Cuando se ve violencia en los pasillos. Cuando mueren los jóvenes. Es muy triste ver a un chico de 15 años muerto, tirado en un pasillo, sobre todo pensando qué vida habría tenido ese chico si nuestra sociedad hubiera ofrecido más dignidad.
-Los chicos necesitan hablar, que se los escuche -reflexiona el padre Jorge-. El dolor que tienen adentro es tan grande, tan grande, que los voltea, los acerca a la droga y a la violencia. Hay chicos a los que les preguntás ¿cómo se ven dentro un año? Y te responden: muertos. Y también te dicen: "Cuando flasheo, me veo trabajando, con una familia y jugando con mis hijos". Los pibes del barrio piden sueños e ilusiones. La pregunta, entonces, es: ¿quién les robó eso? Solamente por su edad, merecen tener sueños e ilusiones. ¿Quién se los arrancó?
Los vecinos todavía están esperando la remodelación de la placita de Alvarado y Tomkinson, que es el único espacio verde cercano que tienen los chicos para jugar.
-Hace años que la están por arreglar -dice Cira López, una de las promotoras sociales de la villa-. Eso, que para algunos es un tema menor, en La Cava es fundamental, porque a nuestros chicos les está faltando espacios de recreación, un lugar donde quemen energía. Lamentablemente, ellos están más acostumbrados a ver armas y drogas que toboganes.
-Trabajo con Caritas, estoy con la gente del barrio, hago lo que puedo -cuenta, con alguna mueca de tristeza, María Chazarreta, una santiagueña de 62 años que se instaló en La Cava cuando todavía no había cumplido los 20. Les doy la leche a los chicos, veinte chicos o más, según. Busco a los más necesitados. Recorro las panaderías, a veces amaso, voy a Beccar a buscar pan, y me dan. Pido leche, harina, algunos me tratan bien, otros miran para otro lado cuando digo que soy de La Cava. Muchas veces me negaron trabajo por vivir acá. Los chicos vienen tres o cuatro veces por semana, porque no alcanza para todos los días. Les hago pan tostado, amaso tortas fritas con grasa o a la parrilla. Todo eso, ¿vio?
-¿Se iría del barrio?
-Si tuviera un terreno con lugar para una huerta, para sembrar mi verdura, me iría. Esa es mi ilusión. Solamente me iría por eso. Acá jamás nadie me faltó el respeto. A veces ando a la madrugada por los pasillos, porque a un hijo le dan convulsiones y se escapa y tengo que salir a buscarlo. Pero nunca me pasó nada -María tiene diez hijos y un marido sin trabajo-. Nos arreglamos con changas, poniendo alambrados, cortando el pasto. Hay muchos días que no ingresa un peso. Sólo tengo la pensión de 100 pesos de mi hijo, que es discapacitado. Los remedios los consigo por Caritas, y estoy agradecida por eso.
-Son muchos años de no aflojar...
-Mire, yo tengo que seguir peleándole a la vida. Yo soy de Santiago del Estero, y mi padre era carbonero. Yo nunca aprendí a leer, porque mi padre nos llevaba a trabajar con el carbón. ¡Mire desde cuando vengo luchando!
La Municipalidad de San Isidro compró estas tierras al Estado, pagando 500.000 dólares. El proyecto es reubicar la mayor cantidad de gente en otros lugares y modificar la traza de la villa.
-Este año se están dando muchos casos de suicidios y homicidios, pero homicidios producidos, fundamentalmente, por choques entre distintas bandas -reseña el intendente Posse-. Al final de la última dictadura militar, muchos malvivientes de países limítrofes se instalaron en La Cava, dando comienzo a una sucesión de hechos delictivos que se mantuvo con los años. Ahora, particularmente, se dan con bastante frecuencia los enfrentamientos entre chilenos y peruanos, y éstos con los argentinos. La Cava se salió de madre durante la última dictadura militar, por la falta de control migratorio.
Un censo cerrado iniciado por la Municipalidad busca, además de no permitir el ingreso de más personas a la villa, determinar con exactitud la cantidad de habitantes.
-El que estamos transitando -explica Posse- es un camino largo. Hay una ingeniería social sobre una regla de consenso, porque no queremos que La Cava se convierta en otro Fuerte Apache. Pero el mayor inconveniente lo tenemos con los otros habitantes de San Isidro. El vecino de San Isidro no quiere a La Cava. Es la realidad. Mire, yo acostumbro encargar encuestas de opinión de manera metódica y los resultados de algunas de ellas, en algún momento señalaban, en un altísimo porcentaje, que la solución para La Cava era "fósforo y querosén". Es terrible, pero eso es lo que nos pide la gente. Esto no es otra cosa que la fractura social, la lucha de unos contra otros. Por eso, buscaremos cambiarle la cara a este barrio. Hay que romper con este gueto. Vamos a abrir calles, y las vamos a pavimentar y a instalar más alumbrado. Es imprescindible dividir catastralmente la zona para permitir el ingreso de ambulancias y patrulleros, así como la circulación peatonal de las familias y trabajadores que quieren regresar a sus hogares en paz. Pero esto no ocurre solamente acá. Lo que sucede es que La Cava es como la Coca- Cola de las villas, es la marca; hay otras más grandes y más peligrosas.
En la otra punta de la villa, en La Cava Grande, los frentes de las casuchas, mitad chapa y mitad ladrillo, bordean la cancha de fútbol. Un par de árboles viejos vuelcan sombra raleada. Las paredes están pegoteadas de afiches con la cara del intendente Posse y con inscripciones de otras agrupaciones políticas. Los pasillos que conducen a las entrañas de La Cava están tapizados con baldosones de cemento, gastados de tanto pisoteo, pero que, sin embargo, dejan ver, en casi todos, la inscripción MSI-M.Posse 1995. Hay, en las paredes, escudos pintados con los colores de River y de Boca, que se dividen las preferencias. Hay una imagen de la Virgen. Está la entrada a Ñanderoga. Hay una parrillita con tres tortillas que el dueño venderá a un peso cada una. Hay niños que se acercan y preguntan. Hay caras serias y miradas desafiantes, a la distancia. Hay gestos amistosos. Hay cargadas. Hay preguntas y respuestas medidas. Aturde el grupo Guachín y su cumbia villera. Christian Espinoza (cantante), Catalino (bajo), Gastón (guitarra), Pablo (teclado), Claudio (acordeón), Tito (tumbadora), Darío (timbal), David (coro y percusión), Mariana (bailarina), Manuel (manager del grupo) y Gonzalo Ferrer (productor), todos de La Cava.
-Somos de acá, de verdad -dice Christian.
-¿Por qué decís de verdad?
-Porque la mayoría de los grupos de cumbia villera dicen que son villeros y, por ahí, viven en Belgrano, en San Isidro... Hay una movida con la cumbia villera, que arrancó con Yerba Brava y Flor de Piedra, que está dejando mucha tela, y todos se quieren subir al caballo.
El primer CD, La danza del tablón, vendió 25.000 placas. Y el segundo, Las dos caras de la villa, ya está superando esa cifra.
-Los villeros son muy buenos bailarines, y muy sensuales. La cumbia villera es un fenómeno cultural interesante -cuenta el padre Jorge-. Hay letras nobles, y otras que incitan a la droga, a la violencia, que se escucha por la radio, en la tele, en los bailes. Refleja una realidad que puede ir desde la inocencia, cuando dice ahí anda por los pasillos con sus zapatillas desatadas..., que es una pintura muy de la villa, hasta lo más tremendo, cuando dice a mí no me importa morir, abrime la celda, me quiero ir...
Y hay mensajes que la gente escribe sobre las escasas paredes con revoque. Uno de ellos dice: Papá y mamá estarán a tu lado para hacerte sentir el niño más feliz del mundo.
Son pocos, sin embargo, los que logran salir de la villa y progresar.
María Fernanda Miño, de 26 años, nació y vive en La Cava. Hace cinco se casó con Juan Carlos, también de 26, nacido en la villa. Juan Carlos está terminando la secundaria, empujado por su mujer. Con su trabajo de jardinero, que le permite juntar no más de 170 pesos mensuales, mantiene la casa.
-Quiero ser parquista, me encantan las plantas. Y voy a seguir estudiando hasta donde pueda.
María Fernanda está cursando el CBC, para ingresar en la carrera de Trabajo Social.
-Elegí esta carrera por vivir en La Cava. Si alguna vez puedo modificar algo, creo que esta carrera me va a ayudar. Acá están mis hermanos, mis viejos, mis sobrinos...
-Juan Carlos, ¿cómo se ve La Cava desde los grandes jardines de San Isidro?
-Tristemente inmensa.
-María Fernanda, ¿es posible salir de La Cava?
-Parece una utopía, ¿no? La ilusión siempre está.
Mary Quinteros, enfermera del Centro Periférico, tiene seis hermanos, cuatro hijas y una nieta de dieciocho meses. Mary fue madre soltera. Su hija mayor, de 19 años, también es madre soltera. Mary, que hace poco cumplió los 36, ya es abuela. Desde que tiene memoria, dice que se las viene arreglando sola.
-Fue muy difícil. Mis padres me ayudaron todo lo que pudieron, pero siempre tuve que trabajar. Me costó mucho, sobre todo por lo económico. Mi mamá era mucama y mi papá es empleado en los Tribunales. Yo trabajé en casas de familia, pero era discriminada todo el tiempo. Trabajaba de mañana y estudiaba de tarde.
Mary cobra alrededor de 400 pesos mensuales, con los beneficios incluidos. Con eso, debe mantener a su familia y cubrir la cuota de 56 pesos por el departamento de tres ambientes que ocupa, ahora, en los monoblocks de la avenida Rolón. Mary vivía en la Quinta del Niño.
-A veces no podía entrar por la cantidad de delincuentes en los pasillos. Ahora se vive igual, no hay nada que pare todo esto. Veo gente nueva, caras nuevas, los que van a robar. Si hasta a mí me quisieron robar la bicicleta. Cuando vivía en la villa, tenía que cerrar las ventanas por el olor a marihuana y a pegamento que invadía toda la casa. Empiezan a los 10 años, más o menos. La droga era mi miedo. Yo soy de hablar mucho con mis hijas, todavía ahora. No le llevés el apunte a nadie, les digo, porque siempre me cuentan de chicos drogándose a la salida de la escuela.
-Ahora, cuando entrás en la villa, ¿qué sentís?
-Y... me siento mal, porque lo veo a mi hermano que no puede salir de ahí. Lo hablo con él, pero no puede salir. A la villa, a pesar de que me conozco todos los pasillos, trato de entrar más bien de día, nunca de noche... Pero, la verdad, ya casi no entro, me da miedo, a pesar de que soy nacida y criada ahí. Lo que pasa es que, cuando los chicos se drogan, no conocen ni a sus propias madres. Pero, claro, la villa me tira, qué le voy a hacer. Por eso, siempre que puedo trato de ayudar. Cuando entro a verlo a mi hermano y paso por el lugar donde vivía y veo todo eso, me da mucha pena... Me pone triste ver a los chicos tirados por ahí, revolviendo la basura, metiéndose en los contenedores de basura buscando cualquier cosa...
Enfermera auxiliar desde hace diez años, Mary terminará este año el bachillerato, que le permitirá continuar estudiando hasta conseguir el título de bioquímica. Ese es su próximo desafío.
-¿Qué dicen tus hijas acerca de La Cava?
-Cuando nos mudamos, me dijeron: ¡Mamá... por fin salimos de ahí! Y no era por la gente, que es muy buena, de verdad. El problema era por los delincuentes. Había noches que ni siquiera se podía dormir por los tiroteos en los pasillos. A las 9 de la noche yo ya tenía toda la casa cerrada. Una noche se trenzaron en mi pasillo y me balearon la casa. Tuvimos que dormir en el suelo, todas juntas, porque una bala rozó a una de mis hijas.
La droga en La Cava está asociada a las armas y al delito. Por cada chico adicto, hay, al menos, un integrante de la familia en esa misma situación. En la última década aumentaron las muertes y crecieron los grupos que venden drogas y armas, en general provenientes de gente de afuera del barrio y también policías.
-Padre Aníbal, ¿se enteró de que la gente pide fósforo y querosén para La Cava?
-Sí. Es que la sociedad ve un hecho y no se pregunta por qué pasa eso. La gente no quiere hacerse responsable. Hablan de la delincuencia infantil..., pero estos chicos primero son víctimas y después victimarios. Son víctimas de la marginación, de no tener un proyecto de vida que los entusiasme. De eso no nos damos cuenta. Hay reacciones emotivas en la sociedad. Como sociedad, hemos caído en un individualismo muy grande. Tenemos que ponernos a pensar qué sociedad estamos formando.
-Pero también hay discriminación entre ellos mismos.
-Hay diferencias, sí. Hay barrios más antiguos que están más desarrollados, con otros servicios, como las cañerías aéreas de agua corriente. Los más antiguos viven en casas de ladrillos.
-¿Qué se siente ser cura en La Cava?
-Depende de las ganas de crecer de cada uno. La realidad te ayuda o te frena. Acá, vivís la vida con todos sus dramas, sin cosmética. Si no tenés una buena vivencia espiritual, todo esto termina aplastándote. O te profesionalizás y ponés el automático.
-¿Cree posible erradicar la pobreza?
-La fe produce hechos insospechados. Hace creer lo que parece imposible. Jamás diría que es imposible. Tal vez es imposible que los argentinos superemos egoísmos, injusticias, la corrupción. Si te ponés a mirar a este muchacho, a Kempes, te costaría creer que detrás de él está esa historia de droga, de alcohol, de violencia y de muerte. Y, ya ves, ahí lo tenés, trabajando. Kempes, y otros como él, son testimonios de que nadie es descartable; que basta que la sociedad ponga lo necesario para reconstruir personalidades deshechas por la misma sociedad.
Nadie es descartable. La sociedad se espanta por la delincuencia feroz enquistada en los pasillos de la villa y, con razón, reclama justicia ante cada robo, cada secuestro o cada asesinato. Pero es esta misma sociedad la que pide fósforo y querosén, o se desentiende a la hora de analizar esta realidad para que sea posible una solución. Y si no es la gente común la que los excluye, son los funcionarios, los políticos y la policía quienes se sirven de ellos, de la miseria, para sacar rédito político o ingresos suculentos por el tráfico de drogas, el alquiler de armas y la incitación al robo.
Los chicos de La Cava se inician cada vez más temprano en el alcohol, la droga y la delincuencia. En La Cava, hay 4000 chicos menores de 14 años. En un alto porcentaje, se observan problemas de aprendizaje por falta de atención y de estimulación de sus familias. El mayor fracaso escolar se da entre los 8 y 11 años, y las alteraciones de conducta se manifiestan en agresiones hacia los padres y los maestros.
El Centro de Psicopatología infanto-juvenil del Centro Periférico La Cava, atiende, en promedio, cuarenta chicos por día, desde que nacen hasta los 14 años. El 50% es enviado por la escuela parroquial, que es el primer detector de trastornos en un chico.
-Acá no existe el tratamiento de un chico sin la participación de los padres o los tutores -explica Marta Romer, directora del Centro de Psicopatología-. Salvo que los padres tengan una patología severa, siempre traen a sus hijos. La diferencia más notable con los habitantes de La Cava está en la familia, porque viven en un entorno con el padre preso, con hermanos drogadictos...
-¿Qué cosas angustian a un chico de La Cava?
-La falta de contención familiar. El eje de su felicidad pasa por tener una mamá y un papá que los quiera y los cuide.
-¿Por dónde pasan sus sueños, sus ilusiones?
-Por lo que vemos en las terapias, la cosa pasa por el amor de sus padres. O de quien los cuida. Las cosas materiales funcionan como sustituto del amor. No tengo quién me quiera, entonces quiero tener tal o cual cosa. Si los chicos de otros lugares no tienen proyectos porque están desilusionados, imagínese los chicos de La Cava.
-¿Viven con resentimiento?
-A veces. Acá tenemos una chica de 12 años en cuya familia todos son delincuentes: uno está en la cárcel por robo; otro, por asesinato y al hermano lo mataron... Y, bueno, ella agarra a patadas a todo el mundo en la escuela, le pega a la maestra... Uno se plantea: ¿cómo se trabaja en esta realidad? Igual no perdemos la esperanza de que, a pesar de todo, ella pueda plantearse una vida distinta. Y de hecho lo está haciendo; ahora está trabajando en una verdulería, gana su platita...
-¿Hasta dónde impacta la droga a esta edad?
-Hasta esta edad, hay pocos chicos con adicción. Pero están en el límite. Las consultas que se ven ahora son mucho más graves de las que se veían hace diez años. Ya en los chicos de la edad primaria hay mucha violencia física y verbal, hay pérdida de valores.
-¿Se dan muchos casos de violaciones?
-Hay bastantes, sí. Lo que pasa es que el abuso sexual se tapa. Ellos lo ocultan, pero el profesional enseguida lo descubre. Y cada vez hay más consultas por este tema. O vienen por una consulta escolar y en el transcurso del diagnóstico salta que están siendo abusados. Hay mucho maltrato infantil, por golpes. Algunos casos son terroríficos, porque los atan, o los cuelgan, o los encierran en sótanos, es terrible. Hay abandono, negligencia, descuido de los padres, sin cuidados sanitarios, mala alimentación. Pero la mayoría se trata de padres que están en la franja delictiva o por depresión.
El alcoholismo y las adicciones entre los menores no se dan tanto por su condición de pobres de toda pobreza, sino por las condiciones socioculturales que los rodea.
-Hace poco -recuerda la doctora Jackli- controlamos peso y talla de 160 chicos de dos turnos de séptimo, octavo y noveno grado del colegio parroquial de La Cava. Se trata de un grupo de adolescentes que va de los 11 a los 14 años. En los varones, más del 60 por ciento está por encima del término medio. En las niñas, la talla se comporta igual, pero en 13 y 14 años notamos que sólo el 33% tiene el peso adecuado. Investigando sus hábitos alimentarios, descubrimos que estas niñas, voluntariamente, no comen para permanecer delgadas. La actitud que nos hizo sospechar fue la negativa de subirse a la balanza. El colegio sirve el almuerzo para todas las chicas, y ellas decían que habían almorzado en sus casas. Cosa que no era cierta. Fíjese cómo llega este mensaje a los chicos, cómo penetra cierta cultura, incluso en este nivel social.
-Los padres de los chicos de la villa se tapan los ojos... No les conviene ver lo que pasa a su alrededor -rezonga Bernarda Villagrán, de 43 años, con ocho hijos y seis nietos. Bernarda vive en La Quinta desde hace 38 años. La única plata que ingresa a la casa son los 360 pesos que cobra su esposo, empleado de limpieza. Como puede, sin embargo, y en silencio, como siempre, se las arregla para alimentar a unos veinte chicos de la villa. Hizo espacio en su casa y allí instaló una especie de comedor, al que ella bautizó Sopa de Piedra.
-A los chicos mayores de 18 años se les niega los planes Trabajar. No hay forma de que consigan alguna ocupación. Y así los ves, perdiendo el tiempo por los pasillos, exponiéndose a cualquier cosa. Por eso, siempre que puedo organizo charlas con ellos, y les hablo del sida, de las drogas, del alcohol. Lo que más me interesa es que aprendan a decir que no a toda esa porquería. Mi gran deseo es tener un lugar para cobijar a los chicos, sacarlos de los pasillos, de la calle, de la droga. Pero mi gran sueño, lo que se dice gran, gran sueño, es poder hacer una gran barrileteada, porque aquí los chicos saben más de pastillas y armas que de barriletes.
A través de una pequeña ventana del comedor de su casa de La Quinta, levantada sobre una lomadita que permite ver gran parte de la villa, el padre Jorge observa, en silencio, el mundo que lo rodea.
-¿Alguna vez se le dio por decir, por ejemplo, Dios, qué hago acá?
(Piensa, el padre. Desde abajo, suben algunos gritos que se mezclan con sonidos de música villera. La mañana se oscurece repentinamente. Y caerá la lluvia. Mirándonos fijo a los ojos, responde) -No..., pero casi todos los días digo: "Dios, ¿dónde estás?"
Ubicación: Sobre los terrenos de la antigua Fábrica Nacional de Ladrillos, que luego ocupó Obras Sanitarias de la Nación, en el partido de San Isidro
Asentamientos : Comenzaron en 1956, al construirse la Panamericana
Superficie: 22 hectáreas
Viviendas: 1475
Habitantes : entre 12.000 y 13.000
Desocupación : 60%. La franja más afectada va de los 18 a los 35 años.
Calles asfaltadas: 2800 metros, pavimentados el año último
Nacimientos: unos 500 al año
Menores de 14 años: 4000
Los chicos y La droga
El grupo Nuevo Sol viene trabajando con los chicos de La Cava desde hace quince años. Está integrado por cuatro operadores, dos profesores de taller de artesanías, una maestra jardinera, dos terapeutas y una acompañante psicológica especializada en familia, adicciones y adolescencia. Tienen 120 chicos en lista de espera para internación, que no pueden concretar por falta de fondos propios y porque el Estado no les otorga las becas que posibilitarían los tratamientos.
-La mayoría se inicia con la marihuana, y algunos, muy pocos, con la cocaína -reseña un integrante de Nuevo Sol, que pide reserva de su nombre-. Pero no pasó mucho tiempo para que la merca comenzara a verse más seguido. Los pibes empezaron a probar, y se engancharon. Hoy, ya es un hábito llegar a la preadolescencia y probar la marihuana y la cocaína. La primera causa de un chico para meterse en la droga es la curiosidad y para escapar de la realidad. La sustancia de baja calidad la compran dentro de la villa, a cinco pesos el medio gramo. Pero los consumidores viejos, los que conocen un poco más, saben dónde conseguir mejor calidad. Hay distintos tipos de consumidores.
-Muchos consumen pastillas y las mezclan con alcohol porque les dura más y no les pide tanto como la merca. Rohypnol, Valium y Trapax son las pastillas que más consumen los preadolescentes. El nivel de violencia que genera la droga es el mismo dentro de La Cava como fuera de ella. La diferencia está en que, mientras afuera se ven casos aislados, en la villa se da todos los días.
-Acá estás siempre esperando el enfrentamiento. Ahora tenemos el caso de una familia que mató a su propio hijo. Nuestros adictos no sienten que la droga es parte de ellos. Por el contrario, creen que la droga entró en sus vidas y no se la pueden sacar de encima si no piden ayuda.
Si bien no hay muertes por sobredosis, sí ocurren a causa de la droga, ya sea por suicidios o enfrentamiento con la policía.
-Muchos policías tienen contacto con la gente del barrio. Aprovechan la situación para hacer su propio negocio. Hay policías que vienen al barrio a comprar droga, o se la entregan a los chicos para que la vendan o, cuando incautan drogas, se las quedan y después las venden. La gente ve todo eso pero, ¿qué puede hacer? ¿Lo va a denunciar a la policía cuando es la policía la que está metida en el negocio?
"Yo quería ser grande"
Héctor vive en el barrio La Quinta, en La Cava, y se gana la vida haciendo changas de albañilería. Estuvo preso en la cárcel de Olmos por asesinato. Empezó con el alcohol a los 7 años, y con la droga a los 12. Fue traficante, ladrón y líder de una de las bandas más pesadas del barrio. Está en proceso de recuperación. Hace once meses que no toma ni se droga. En el Vía Crucis de Semana Santa, en La Cava, Héctor, de 28 años, representó a Dimas, el buen ladrón que se arrepintió de sus pecados antes de morir en la cruz, a la derecha de Jesucristo.
Esta es la historia de Héctor, al que todos llaman Kempes.
-¿Por qué empezaste de tan chico con el alcohol y la droga?
-Mirá... yo nunca le encontré el sentido ese de que yo soy así porque mis padres se separaron, o porque se peleaban... nada de eso. Nunca le eché la culpa a ellos. Yo la tengo clara... Si a mí me llega a pasar lo mismo, bueno, pensaría que es porque la cosa no va y listo. En mi familia pasó que mi mamá no se lo bancaba más a mi viejo, y se fue. Eso. Se fue. Yo, lo que quería, era ser grande. Hoy estoy viviendo tranquilo, porque estoy sin droga y sin alcohol... Tengo 28 años, voy a cumplir 29. El alcohol lo conocí a los 7 años. Y la droga a los 12. Ahí empezó todo.
-¿Cómo era tu familia?
-Eramos diez... No, éramos nueve. Yo vivía acá, en la 20, pero ahora vivo en La Quinta, en la casa de unos amigos. Mi realidad es que de muy chico yo viví pensando en que quería crecer, ser grande y ser igual a los demás grandes. Y ése fue el problema que tuve, y que me inició en la droga. Primero, fue por curiosidad. Con el alcohol fue al revés... Entré por mi viejo, que es borracho... Pero tampoco le reclamo eso. Así pasó. -Tenías 12 años cuando te iniciaste en la droga.
-Sí. Con la marihuana empecé a los 12 años. Yo trabajaba en el Golf de San Isidro y quería ser amigo de los pibes que eran más grandes que yo. Pero no podía, no querían, no me dejaban. Hasta que empecé con la marihuana, pidiéndoles a ellos. En el Golf arrancó todo.
-¿Y hasta dónde llegaste?
-Hasta la cocaína. Pero también pasé por el poxi, por las pastillas... Artane, que es para los epilépticos, Rohypnol, Valium, Trapax...
-Ahora estás saliendo...
-Ayuda nunca me faltó, pero yo no la quería. Tuvo que pasar algo grande como para llegar a tocar fondo y querer cambiar. Hice una cosa que me dolió mucho, y que al día de hoy me sigue doliendo: haber asustado a mi sobrino... Yo estaba reloco y tenía un fierro en la cintura y, en la locura que tenía, pensaba que mi sobrino estaba bardeando y, entonces, le puse el fierro en el pecho... Eso me llevó a decir basta, porque me asusté mucho. Estaba redrogado y alcoholizado y, bueno, tuve un segundo de claridad para pensar por qué había hecho eso con mi sobrino.
Me asusté mucho, y dije: ¡No, basta, basta, basta! Y, bueno, ya van como once meses que no tomo alcohol ni me doy con nada. Aparte, tengo una bebita... En realidad, tengo cinco hijos, pero la que me pegó más es la bebita que va a cumplir un año, que me ayuda a empezar a encaminarme, a tener una responsabilidad. -Los curas de la parroquia te ayudan mucho con todo esto...
-Sí, acá me ayudan mucho.
-¿Y qué hay de tu pasado más lejano?
-Bueno, tuve una causa por homicidio. Maté a una persona. Yo tenía 18 años. El pibe que maté era el líder de otro grupo. Este pibe dos veces me había querido matar, me disparó dos veces y, bueno, en un momento él me buscaba; cada vez que nos cruzábamos en los pasillos era como que me quería apurar y yo no me dejaba. Yo no le tengo miedo a nadie. A lo único que le tengo miedo es a la muerte.
-¿Entonces?
-Entonces se dio una pelea... a cuchillo. Y lo acuchillé hasta matarlo.
-¿En dónde estuviste preso?
-En Olmos. Estuve tres años y nueve meses. Salí gracias al dos por uno. Yo pensaba en salir, pensaba todo el tiempo en eso, pero no cambiaba. En la cárcel seguía drogándome como si estuviera en la villa.
-¿Y qué pasa ahora con la policía?
-Yo salí con mucha bronca con la yuta. Cuando los necesitás, no están; cuando te tienen que pegar, aparecen. No hablo de todos, pero siguen teniendo las mismas mañas con los obreros, con los drogadictos y con los delincuentes. Por ahí, hay gente que se involucra con la policía y la droga, igual que con las armas, pero en todos lados es así. La policía le trae armas a los pibes para que afanen para ellos, pero esos pibes no son delincuentes, son apenas unas pobres ratas del barrio.
-¿Ayudás como te ayudaron a vos?
-Yo espero que se golpeen antes de decirles algo. Porque vos les decís algo y te responden: "¡Qué me hablás... si vos hacías lo mismo... dejame de romper las pelotas!" Yo los dejo hasta que se golpeen bien golpeados, hasta que se den contra la pared como me la di yo, y ahí vienen.
-Kempes, ¿qué les falta a los pibes de La Cava?
-Y... sueños e ilusiones tienen todos, pero lo que les falta es el camino para alcanzar ese sueño, para llegar a esa ilusión. Mucho más no te puedo decir porque recién estoy empezando a vivir de nuevo. Hoy, los pibes empiezan a tener miedo de salir a robar, porque los matan de repente. Tienen apenas 14 o 15 años y los matan. Por eso se drogan. Se drogan para animarse a robar. Y se arriesgan a morir drogados. No sé, es como que prefieren morirse de a poco y no que los maten como los están matando, así, de repente.





