Entre amigos

Susi Mauer
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29 de abril de 2012  

La vida con amigos se inaugura jugando.

El escenario barrial fue, hasta no hace mucho, su tierra natal. Allí habitaba la amistad, en la vereda, con bicicleta, rayuela y el clásico picadito de los varones. Pero esta vitalidad de vecindario fue cediendo su lugar a grupos algo más formales que alojan institucionalmente a los más pequeños.

El lenguaje de la fraternidad va entrenando desde muy temprano la convivencia con los otros. Con amigos, el capítulo de la rivalidad y los celos –posiblemente lo más engorroso de sobrellevar entre hermanos– no se padece como en familia. Entre niños, la amistad gana consistencia con naturalidad. Eligen y se ligan a otros con quienes van explorando nuevas formas de encuentro asociadas al entusiasmo, el placer, la reciprocidad, la picardía y la creatividad.

"En el terreno amistoso –escribimos con Noemí May en Desvelos–, se entrenan los cimientos de la ética y los principios que buscamos sostener aun en la vida adulta: la posibilidad de compartir, de entregar; la lealtad, la tolerancia y la confianza en el otro."

Las lastimaduras vividas en la sociabilidad duelen hondo. Con crudeza, los grupos rechazan y hostigan frecuentemente al frágil y suelen ser impiadosos. Cuando la vida social hiere violentamente a alguno de sus integrantes acosando, marginando, es allí donde nos cabe intervenir a los adultos.

Aquellos primeros amigos del alma, cómplices lúdicos, que imprimieron recuerdos imborrables, nos acompañan siempre. Aún hoy sigo convencida de que el pan con manteca era mucho más rico en la casa de mi amiga Noemí. A veces la fuerza de la amistad perdura intensa y seguimos teniéndolos cerca, comprometidos y afectuosos, como siempre.

La red de amigos, amparo y sostén en épocas de inestabilidad emocional, como la adolescencia, arma una pertenencia social necesaria para crecer. Son los referentes e interlocutores elegidos como salvoconducto en la búsqueda de una cierta autonomía de los padres. Ya entonces la mística de la disponibilidad para el otro y la fidelidad plena se convierten en los baluartes que embandera la amistad. Pandillas antes, hoy clubes, tribus urbanas, equipos deportivos, redes sociales... son variantes de encuentro y de agrupamiento que mantienen vivo el lazo social. La camaradería, la diversión y el placer se viven, sobre todo, entre amigos.

Hasta hace algún tiempo, la amistad tenía su frontera muy demarcada y diferenciada del vínculo amoroso donde la sexualidad, como posibilidad, era uno de los trazos subrayados a la hora de definirlo. La clásica pregunta acerca de si es posible la amistad entre hombre y mujer ha perdido vigencia. Hoy la delimitación ya no es tan nítida y los entrecruzamientos, producto de contundentes cambios sociales, complejizaron las variantes posibles.

Actualmente los adultos jóvenes preservan un lugarcito en la semana para los amigos sin que esto resulte incompatible con la vida en pareja. Encuentros de amigas que dejan a sus hijos al cuidado de los papás por un par de horas para refrescarse de la cotidianidad en familia. Jueves de pizza y cerveza con amigos después del fútbol o del ensayo de teatro. Compañeros de trabajo en un after hour para charlar distendidos, un café con una amiga confundida en un conflicto pasional. Los amigos cuidan y valoran sus espacios propios, los necesitan y los disfrutan. Sentimientos de presión, de cansancio, de extravío y hastío se atenúan cuando estamos con amigos. La intemperie de la posmodernidad, con la caída del poder vertical, nos impulsó a aferrarnos más a las tramas de pares que, como la amistad, se asientan sobre la horizontalidad.

Amigos de infancia, amigos de hoy, amigos que ya no están, amigos entrañables, amigos virtuales, un vínculo con algunos condicionamientos, pero sin ataduras. La amistad habita un mundo sin contratos, sin letra chica y aunque carece de garantía de continuidad es, curiosamente, menos proclive al divorcio que las relaciones amorosas.

Por: Susi Mauer
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