
Entre el cannabis y el buen vino
MONTEVIDEO.- Entro en el recientemente inaugurado Museo del Cannabis y el equipo que lo dirige claramente se acaba de fumar un porro. Desde que se aprobó a fines de 2013 la ley que regula todo lo relativo a esta planta, los uruguayos pueden cultivar hasta seis plantas con flor o juntarse en clubes de cultivadores para plantar en forma cooperativa. Con la práctica artesanal habilitada, crean sus propias fórmulas, con más o menos THC (el principio psicoactivo de esta planta), y nacen todo tipo de novedades, de lo más potente.
Primero de este tipo en toda América latina, el museo es en sí mismo un experimento, al igual que la ley, sobre el que pesa la difícil tarea de proponer una visita didáctica e interesante que permita, a su vez, dejar atrás ciertos tabúes y prejuicios. Aquí aprendo, por ejemplo, que la planta sólo tiene efectos psicotrópicos cuando entra en contacto con el calor: la combustión de un cigarrillo, la cocción para un brownie, la infusión en un té. Las diferentes vitrinas de vidrio exhiben la diversidad de usos que tiene la planta, a través de cosméticos, pomadas, aceites e instrumentos musicales a base de cáñamo, además de alimentos como pasta y cerveza canábica. Hay un sector medicinal y un rincón biblioteca para leer sobre marihuana hasta quedarse dormido. Lo más lindo del lugar es sin dudas el patio, reconvertido en jardín botánico, con plantas de mate, café, tabaco, cactus y marihuana. Estas últimas, estrellas del lugar, pasan casi inadvertidas porque todavía no florecieron. Aquí funciona, además, un bar con cocina y bebidas artesanales. A más de uno le gustaría poder fumarse un porro mirando ese jardín, pero la reglamentación impide que el patio del museo se convierta en un coffee shop como los de Amsterdam.
País de caballeros que le dejan el asiento a la dama y recitan -con sombrero puesto- poemas de García Lorca en los colectivos a cambio de algunas monedas, por las calles de esta ciudad proliferan las rastas, los graffitis con los colores del reggae y las boutiques que venden productos de cáñamo. En este rincón del mundo, el olor a porro alterna con el olor a puerto. Cada quien elige su juego.
A menos de 200 kilómetros de acá, tierra adentro, los emprendimientos empresariales se multiplican. Entre los más llamativos está el del petrolero argentino Alejandro Bulgheroni, Bodega Garzón, que por ahora produce un millón de litros de vino y tiene planeado duplicar esa cantidad con el objetivo de exportar los vinos uruguayos al mundo. No es necesario fumarse un porro para sentir que el lugar, un terreno de 2000 hectáreas, es un flash. Aquí, donde ya producía aceite, desarrolló su proyecto vitivinícola sobre 240 hectáreas divididas en 1100 mini parcelas, a 18 kilómetros del mar y a 180 de altura, con condiciones que convierten a la zona en un lugar único para esta actividad. De 2008 a hoy pasaron de 3 a 12 variedades de vino. La inversión de 85 millones de dólares le hubiera costado 10 veces más en Europa. Este año la bodega inauguró un restaurante con tres menús por pasos. El chef, el mendocino Ricki Motta, trabajó en Amsterdam y pasó por Siete Fuegos, la propuesta regional de Francis Mallmann. Decora sus platos con florcitas de la huerta. ¡Otra flor, garçon!






