
Entre el tabú social y los daños para la salud, los secret smokers cambian el hábito del humo
En los últimos años creció el número de consumidores ocasionales que prefieren declararse "no fumadores"
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El presidente de los Estados Unidos suele esconderse para fumar: podría ubicarse en el grupo de los secret smokers. Mantiene el hábito oculto y sólo fuma un cigarrillo de vez en cuando en soledad o acompañado por su mujer, ante una ventana abierta para que el humo se disipe rápido. Parece muy preocupado de que nadie descubra ese rito supuestamente prohibido para un hombre de su posición y responsabilidad.
No estamos hablando de Barack Obama, sino de Frank Underwood, el presidente de los EE.UU. en House of Cards, la serie política que va por su tercera temporada y que en su guión potencia cada vez más esto del secret smoker como una característica del personaje y que, seguramente, proviene de algún lugar: datos reales de la biografía de Obama o una modalidad social cada vez más extendida en EE.UU. Justamente lo contrario de lo que ocurre en Mad Men, otra serie de moda y costumbrista que pinta el mundo de la publicidad y la sociedad americana, entre los 50 y los 70, donde todo el mundo fuma a raudales y sin complejos.
El precio de los cigarrillos (22 pesos por paquete en la ciudad de Buenos Aires) y los costos sociales en miradas de disgusto y reprimendas familiares que recibe el fumador han contribuido a la proliferación del secret smoker, una especie de fumador que mantiene el hábito en niveles moderados, prefiere no ser visto y que si llegaran a preguntarle, "¿usted fuma?", contestaría de manera negativa.
En la Argentina (y en el mundo) las regulaciones empujaron a los fumadores a transformarse por el bien del resto de la sociedad en una tribu un poco marginal. Ya no hay dudas de que el tabaquismo resulta altamente perjudicial para la salud y, si bien la comercialización de cigarrillos no está prohibida, el acto de fumar ha caído socialmente en desgracia y punibilidad. Las zonas destinadas para fumar son cada vez más pequeñas y la cantidad de gente que aún conserva este hábito tiende a descender, aunque aún levemente en comparación con el peligro asociado al acto de fumar.
Martín, por ejemplo, es un secret smoker. Prefiere que no se mencione su apellido porque de lo contrario su "secreto" sería develado. Y su "secreto" no es otra cosa que encender un cigarrillo sin que nadie se entere o entre amigos comprensivos fuera de su ámbito hogareño y laboral. "No me considero un fumador... Por ahí está mal mi interpretación, pero fumar menos de tres cigarrillos por semana me parece que no me ubica en ese rango", dice este analista de sistemas de 24 años que trabaja para una compañía multinacional. "Cuando salgo con amigos a veces le pido un cigarrillo a alguno, pero no compro ni tampoco siento una necesidad enorme de fumar", añade.
Su caso no es una rareza. Consultadas fuentes de la industria tabacalera señalaron que de 2006 a esta parte lo que ellos identifican como "fumadores ocasionales" va en aumento. En la Argentina, según los datos de las empresas, existe un 22% de la población fumadora. Un poco menos que el 25% registrado en los años noventa, pero aún sigue siendo alto. "En los estudios de mercado que realizamos a personas de entre 18 y 64 años notamos que cada vez más personas responden que no fuman un cigarrillo por día, pero que sí lo hacen una vez por semana. Hay una subdeclaración del fumador que se nota cuando se contrastan estos estudios con los resultados del mercado", dijo una fuente de la industria que no quiso ser mencionada. "Creo que se instaló una sensación de vergüenza a la hora de decir que uno es fumador y, además, apareció el fumador ocasional, que ahora representa un 7% de los encuestados", agregó.
Los inconvenientes para fumar obligaron a un cambio radical en este hábito y también en los enfoques tradicionales para dejar de fumar. Por un lado, hay un grupo cada vez mayor de fumadores intermitentes y secretos que mantienen el hábito tanto por razones psicológicas y emocionales como por la adicción a la nicotina. Según las nuevas técnicas para dejar de fumar, hoy no sólo es necesario romper la adicción física, sino también comprender por qué, cuándo y dónde se fuma, y desafiar algunas de las ideas que van asociadas al cigarrillo. Los expertos hoy prefieren hablar de "cesación" en lugar de "dejar" como una manera de adaptar los tratamientos a un nuevo escenario social.
Luciana (que tampoco quiere que aparezca su apellido) fue madre hace un año. Durante el embarazo logró dejar el cigarrillo, pero hace poco volvió a fumar de manera gradual. Dice que ya no fuma como antes y que controla los momentos. Elige después de cenar salir a dar un paseo y fumar un cigarrillo, pero se ocupa de que su marido y su ámbito familiar todavía crean que no fuma. "Supongo que en algún momento se van a enterar, pero por ahora prefiero manejarlo así porque no creo que vuelva a fumar como antes", expresa.
En las terapias para dejar de fumar solía pensarse que fumar de manera intermitente era una etapa de transición en el camino para abandonar el hábito o, por el contrario, podría significar el aumento gradual. Pero algunos estudios recientes en los Estados Unidos sugieren que se trata de un nuevo patrón estable, sobre todo entre los jóvenes fumadores, con estudios universitarios. Por ejemplo: un análisis de los patrones de tabaquismo durante la década de 1990, publicado en la revista Nicotine & Tobacco Research, encontró que las personas de 18 a 29 años de edad tenían el doble de probabilidades que los mayores de 50 y 64 años de ser fumadores ocasionales. "Los jóvenes que han crecido con un hogar, la escuela libre de humo y ambiente de trabajo pueden estabilizarse a un nivel de dependencia mucho menor que los que no tienen este tipo de restricciones", señalaron los investigadores en el estudio.
Sin embargo, no hay que engañarse. Los fumadores ocasionales o secretos ponen en riesgo su salud en un alto grado. Según estudios globales fumar tres cigarrillos diarios aumenta drásticamente las probabilidades de ataque cardíaco y accidente cerebrovascular.
"En mi caso no estoy preocupado tanto por la salud, aunque sé que me hace mal, sino por razones sociales y estéticas. No me gusta el olor a cigarrillo y tampoco la imagen de los fumadores", confiesa Susana, de 45 años, que dejó el hábito fuerte por diez años y volvió a consumir ocasionalmente y de manera secreta. Es abogada y dice que en su ámbito laboral el cigarrillo tiene una mala imagen. "No podés ir a almorzar con algún cliente y salir a fumar porque volvés con un olor terrible. Eso no me gusta y entonces me reservo el pucho para después de cenar algunos días y cuando salgo", añadió. Si le preguntan hoy sobre su condición de fumadora, ella responderá que no fuma...
Los cambios en las formas en que las personas llevan adelante este hábito nocivo para la salud también se modificaron mucho con la aparición de los cigarrillos electrónicos. Estos dispositivos incluso modificaron el verbo "fumar" por "vapear" y lograron construir incluso una imagen cool del vapeador, muy alejada del viejo fumador con lo dedos amarillos por la nicotina, voz ronca y tos recurrente. Además, el mercado se inundó de dispositivos distintos que en lugar de humo emiten vapor y reducen la combustión en la garganta que produce el cigarrillo tradicional y que es una de las principales causas de cáncer.
Volviendo al principio: Frank Underwood no vapea, sino que fuma en secreto cigarrillos tradicionales. Un detalle de guión extraño, pero que, a juzgar por los estudios y datos, tiene una correlación con las nuevas costumbres de muchos fumadores adultos.






