Entrevista con Enrique Pinti: el país en clave de humor

Desde hace treinta años, el actor diagnostica los males autóctonos ante un público que se reconoce en sus monólogos feroces. En esta entrevista, la crítica visión sobre el país y el mundo de un cronista mordaz que, desde el domingo próximo, tendrá su propia columna en la Revista
(0)
25 de abril de 2004  

En un país donde el psicoanálisis es casi deporte nacional, el éxito de sus espectáculos no debería sorprender. Se trata, a fin de cuentas, de entender cómo somos. Quiénes somos.

En lugar del consabido diván, en este caso hay que acomodarse en la butaca. Y no abrir la boca. Aquí de hablar se encarga otro. Alguien capaz de decir aquello que en el fondo todos saben pero no llegan a articular, y como si fuera poco, en clave de humor y aderezado con la cuota justa de ironía, de mordacidad y hasta de sana indignación. La materia prima, claro, la aporta la realidad.

Con estos ingredientes, Enrique Pinti bate un cóctel que cientos de miles de argentinos han probado durante los últimos treinta años sin que nunca supiera igual. Desde su primer unipersonal (Historias recogidas, 1973) hasta el actual Candombe nacional, Pinti se ha convertido en el cronista más popular de nuestra historia colectiva, tal como si hubiera asumido la tarea de traducir lo que pasa para quienes -y no es para menos- se ven superados por las circunstancias.

En estos días, el humorista ha llevado su arte a España, más precisamente al Teatre Borràs, de Barcelona, donde con retazos de espectáculos como Salsa criolla, Pericón.com.ar y Candombe nacional moldeó el unipersonal Serenata argentina, una suerte de curso acelerado de nuestra azarosa historia política. Antes de partir, y como adelanto de una columna fija que desde la semana próxima escribirá para estas páginas (ver recuadro), en diálogo con la Revista Pinti le pidió algo más que gestos al presidente Néstor Kirchner, criticó el divorcio de los partidos tradicionales de los intereses de la gente y se reconoció -a pesar de todo- esperanzado en el momento por el que atraviesa el país.

Verborrágico, torrencial, a Pinti hay que seguirlo a través de un espinel de temas que su mismo discurso va encadenando con tanta vehemencia como lógica, y en el que analista y humorista se alternan y hasta se funden para conjurar una realidad que no le ofrece tregua.

-¿Cuál es la clave de su éxito?

-Mi primer espectáculo popular a nivel masivo fue Salsa criolla, en el ’85. La gente entonces tenía una gran necesidad de tratar temas que eran tabú, de los que nadie hablaba. Yo hice una especie de exorcismo de los años del Proceso en clave de humor, y eso fue la piedra de toque: de pronto, la historia argentina era presentada de manera ágil, humorística, satírica, feroz. El espectáculo tuvo un impacto muy grande y estuvo diez años en cartel. Desde entonces, mucha gente me dice que en mis monólogos encuentra expresado lo que piensa.

-¿Se siente un cronista de lo que nos pasa?

-Lo mío es una crónica humorística que expresa mi sentimiento y mi manera de ver la vida. Quienes me critican dicen que soy discursivo, prosaico, y eso es como si me dijeran que estoy gordo. Otro cargo que se me ha hecho es que soy admonitorio y reto al público. Sí, reto a la gente, pero también me reto a mí mismo. El humor permite tomarse no tan en serio, y por eso la gente se reconoce, tanto en lo bueno como en lo malo. No hay masoquismo de su parte, porque nadie paga 30 pesos para que lo maten.

-¿Hay una importante cuota de indignación en el germen de sus monólogos?

-Sí, la hay. Una indignación que proceso en clave de humor. Tengo la suerte de poder enojarme en escena, siempre dentro de un artificio teatral. Me saco los nervios, y me pagan por hacerlo. Es un privilegio que yo vivo muy en carne viva.

-¿Sigue encontrando motivos para indignarse?

-Nunca faltan. Porque yo no puedo sentir otra cosa más que bronca ante, por ejemplo, el grotesco del congreso justicialista de Parque Norte del mes pasado. Me da indignación, rabia, risa, todo junto y al mismo tiempo. Alguien dijo que aquello fue una discusión de peluquería, y yo les pediría perdón a las peluquerías, porque aquello fue de conventillo de cuarta.

-Parece que la Argentina es una cantera que seguirá alimentando sus guiones...

-No hay duda. Es un mosaico raro éste. El peronismo y el radicalismo están perdiendo identidad y se convierten en espacios de poder donde unos locos van para un lado y otros locos para el otro. Allí caben estatistas, privatistas, de izquierda, de derecha, globalizantes y globalifóbicos. Vos te preguntás: ¿a quién voto ahora? Hace mucho que la gente sabe que votar al radical o al peronista es sólo hacerlo por un individuo que puede gustarte o no. En los 90 el PJ apoyó en bloque las reformas de Menem y ahora resulta que el 80 por ciento dice que lo hizo por disciplina partidaria, sin estar de acuerdo.

-¿Sobran muchas viejas caras en la política argentina?

-Sí, porque no hubo ninguna consecuencia de aquel "que se vayan todos" que emergió de la crisis de fines de 2001. La clase política tembló, pero todo quedó en un susto. Y claro, enseguida salieron a decir que los que apoyábamos aquella consigna éramos enemigos de la democracia, que queríamos el caos. Yo aclaré que lo que quería era que se fueran los malos, que son muchos, pero no todos. La gente no quería seguir aguantando a políticos a los que se los ve truchos por toda una serie de actos confusos en los que están envueltos, aunque aquí nunca se llegue a probar nada.

-¿También el mundo entró en una crisis de contenidos?

-Hoy el mundo está gobernados por lobbies. Antes, los lobbies estaban cerca del poder, presionándolo. Acechaban en el jardín de la Casa Blanca, en las proximidades de los palacios gubernamentales. Hoy están sentados en el poder. Se declara una guerra y las armas las vende una empresa que tiene relación con el vicepresidente de los Estados Unidos. Y está Berlusconi, dueño de todos los medios de Italia. ¿Quién puede hablar mal de él? ¿Qué diferencia hay entre eso y Stalin?

-¿Se ha degradado la política internacional?

-Se han embrutecido los políticos. Los estadistas de antes estudiaban y tenían una formación humanística, aun en el caso de que fueran unos turros. Hoy son gente de lobby que no sabe ni expresarse, como Bush. No tienen ni sensibilidad ni cultura. No tienen nada de lo que podrían haber tenido un Churchill o un De Gaulle. Nos acostumbramos a escuchar cosas que antes eran delito. Si antes un jefe de Estado decía "vamos a cometer un asesinato selectivo" había que meterlo preso. No se podía mencionar la palabra asesinato. Ahora lo dicen abiertamente. Y la propia noción de guerra preventiva. Le tocó a Afganistán, le tocó a Irak, y mañana le puede tocar a cualquiera.

-Terror global, pobreza, degradación del medio ambiente. ¿Tiene arreglo el mundo?

-Creo que sí, porque se ha llegado muy abajo. Lo único que queda es ir para arriba.

-Pero, ¿qué pasaría si todo empezara a ir bien?, ¿se le acabaría a usted el negocio?

-A veces la gente me dice: ¿y si el país se endereza? Primero, para que se enderece faltan muchos años. Pero supongamos que entre en una senda de cierto grado de realización. Eso siempre va a traer otros inconvenientes. En Suiza, por ejemplo, hablaría del aburrimiento que significa vivir allí, del exceso de previsión. La realidad me nutre permanentemente.

-¿Cuál es su principal arma a la hora de escribir monólogos?, ¿la capacidad de observación, la ironía, la memoria?

-La capacidad de observación y de leer entre líneas. Cuando un funcionario dice "no hay ningún inconveniente", cuidado, porque se armó. El humorista piensa mal, y cuando piensa mal acierta. En el mundo de la política hay que saber leer los pequeños gestos.

-Hay quienes dicen que algunos gestos del presidente Kirchner son desmesurados. ¿Qué piensa al respecto?

-Hasta ahora, Kirchner ha mostrado gestos, y yo coincido ideológicamente con buena parte de ellos. Pero a mí me gustaría empezar a ver medidas concretas. Así sabremos si sus gestos se convierten al final en aquel del corte de mangas -que es el que nos han dedicado todos los presidentes después de un período de luna de miel- o si realmente está tratando de cambiar algunas estructuras.

-Kirchner mantiene una cuota significativa de apoyo popular. ¿Es difícil hacerlo objeto de su humor?

-Mirá, ellos mismos se encargan de meter la pata. Sólo hay que saber esperar. En el político hay una especie de autismo, y hasta el más mentado termina haciendo el ridículo cuando se encierra en sí mismo y cree que puede hacer lo que le da la gana, para bien o para mal.

-¿Simpatiza con el estilo K?

-Tiene un inconveniente, que es el cacareo. Eso no es bueno porque, tarde o temprano, llega un momento en que no se puede sostener. Tendría que pensar un poco más lo que dice. Es un presidente con buena imagen popular, y debería cuidarse. No debió haber dicho en la ESMA que no se había hecho nada desde el ’83. La palabra nada es demasiado. Nada, no. Después eso no se arregla con diálogos bochornosos.

-¿Y cómo ve la Argentina en este momento?

-Yo estoy esperanzado. Seré un imbécil, pero estoy esperanzado.

-¿Es un optimista empedernido o encuentra razones para estarlo?

-Hay cosas que la Argentina preserva porque no las han podido destruir. Han querido destruir su cultura, pero uno ve el teatro que se hace, el cine que se intenta hacer, la pintura. Los científicos siguen adelante a pesar de que Cavallo los mandó a lavar los platos. Todo eso sigue, se mantiene a través de las buenas y de las malas épocas. Yo creo que un país que tiene tantas reservas en medio de tanta porquería tiene que salvarse.

Para saber más

www.cinenacional.com

www.enterate.com.ar/enriquepinti

www.fundacionkonex.com.ar/premios

Actor

Enrique Pinti es un actor sin personaje. O, mejor, dispone de uno solo que nunca cambia y que permanece mientras pasan los años y los espectáculos: él mismo.

Formado en el Nuevo Teatro, pasó después al café concert y empezó escribir para otros. Pero un día dijo basta y puso su pluma a su exclusivo servicio; el resto es historia conocida.

Sin embargo, el humorista quiere volver a encarnar un personaje de ficción.

"En cine no me ofrecen nada y en televisión me proponen cosas que no me interesan. Yo quiero hacer ficción -insiste-. Habría querido trabajar en Sol negro, en Tumberos, en Okupas. Espero que me llamen."

Pinti en la revista

A partir del próximo domingo, los lectores de la Revista podrán seguir, semana tras semana, los vaivenes de la actualidad política y social a través de la mirada de Enrique Pinti, que con ojo crítico -y por supuesto con incisivo humor- recorrerá distintos aspectos del acontecer nacional e internacional en estas páginas.

En su columna fija el humorista y actor, dotado de una filosa capacidad de observación que pone en evidencia en cada uno de sus shows, pasará de la viva voz de sus espectáculos a la palabra escrita sin perder aquellas cualidades que son en él casi una marca registrada: lucidez, ironía, mordacidad. Y todo, por supuesto, sin pelos en la lengua.

La semana próxima, en su primera entrega -que enviará desde España, donde se encuentra presentando su obra Serenata argentina-, Pinti desmenuzará la incertidumbre que recorre el mundo globalizado del que la Argentina forma parte, y el modo en que la gente intenta recuperar la esperanza tras los terribles atentados terroristas que azotaron Madrid en marzo pasado.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.