
Esa obstinación de editar
Aunque pocos, que valgan la pena, es una determinación al elegir libros de quienes no tienen tiempo o dinero en abundancia. También es la opción heroica de los pequeños editores
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Tras capturar a su archienemigo Moriarty, que se disponía a comprar un sesudo manual de ajedrez, Holmes canchereó: "Elemental, Watson. Al registrar su casa vi un final ajedrecístico complejo y deduje que necesitaría el Alekhine, en venta sólo aquí". En la Argentina de 2000, el criminal acaso habría zafado, prefiriendo al costoso manual un búnker antisabuesos.
Tal fuga de lectores sería menos grave si el libro promedio -o menos- que leemos al año valiera la pena. Las pequeñas editoriales suelen ser las más preocupadas por arañar esa meta -varias de ellas, costeando rigurosamente sus ediciones-, al tiempo que algunos sellos grandes están a la venta o paran las rotativas. Los obs- táculos se agolpan: esos frutos de papel son desdeñados por muchos libreros y distribuidores; los costos vuelan; el escritor novel se las ve negras si no da un batacazo en algún concurso; el público argentino prefiere los títulos de afuera, mientras que los de aquí carecen de incentivos salvo la exención al IVA. Y la ley del libro imita a la Bella Durmiente...
Pese a esto, los sellos chicos continúan oficiando un ritual arduo, obstinado. Pruebas al canto: al frente de Ediciones Ameghino -y también de Ediciones Florentinas-, con los libreros rosarinos César y Susana Gasparinetti, el ex editor de Planeta Julio Acosta se ufana: -En sólo tres años dimos a luz unos 180 libros.
Y permitió al lector reencontrarse con La ribera, del legendario Enrique Wernicke. Muchos Primera A bullen en Los Mejores, Poesía, Narradores Argentinos, Los Precursores, Infantil-Juvenil y otras series. Créase o no, vía vendedores propios Ameghino llega a 500 librerías de todo el país.
Otro miglior fabbro es Alejandro Castiglioni, que antes de fundar Atril en 1997 ya editaba a noveles. Este hijo del cofundador de la Feria del Libro decidió un día publicar "buena literatura argentina de este siglo". Revivió primero clásicos como Las tierras blancas, de Juan José Manauta (que deslizó el nombre Atril, inspirado por un café). Otra línea abrió pista a los buenos aun cuando no sean tan conocidos. Y se destacan las antologías de la serie Potpourrí, que pilotea David Viñas.
"Un genio", calificó en 1995 Le Monde al aquí ninguneado Vizconde de Lascano Tegui.
-Me intrigó, conseguí De la elegancia mientras se duerme y soñé compartirlo. De aquel sueño del estudiante de Letras Gastón Gallo y de magros mil dólares nació Simurg, que creció y ganó renombre: ese rescate incluyó inéditos de Roberto Arlt, y a Delmira Agustini.
-Mi línea editorial, con más de 60 títulos -dice Gallo- se basa, ante todo, en autores argentinos y en la muy buena escritura, e incluye poesía".
No cumplió los 60, pero respira libros hace veinticinco. Luis Tedesco, también poeta de ley, sorteó muchos mojones a partir de la desaparecida Omeba y de Fausto, hasta que 1983 lo encontró dirigiendo Ediciones Culturales Argentinas. Luego fue el turno de Eudeba, donde editó el estremecedor Nunca más. Y en el mismo 1983 arma su Grupo Editor Latinoamericano (GEL), volcado a priori a las ciencias políticas. Hoy, se jacta de los libros de GEL en narrativa y poesía: -Cerca de mil libros; la mitad, literatura -dice Tedesco. Ahora, lo hipereuforiza su revista-libro Hablar de Poesía.
-Nuestro proyecto busca generar títulos que susciten entre sí nuevos campos de lectura y escritura -ambiciona a su vez Adriana Hidalgo, hasta no hace mucho pieza clave de El Ateneo al lado de Fabián Lebenglick y Edgardo Russo. Cuando aquella fue vendida, los tres se unieron en Adriana Hidalgo editora: más de 40 títulos a la fecha, entre los cuales se abren cancha autores argentinos y clásicos de culto como Handke, Bataille, Ponge, Bloom, Auden, más un rutilante etcétera, en sofisticadas colecciones.
Hizo roncha, y eso que era un ensayo: La realidad satírica, del sociólogo Horacio González, radiografió al diario Página 12 y marcó el debut de Ediciones Paradiso. Que hoy sigue fluctuando "entre la felicidad de lo artesanal y las reglas brutales que asfixian a la edición". Lo dice Adriana Yoel, diseñadora del sello y su copiloto con Américo Cristófalo; sin arredrarse, como si la cosa fuera fácil, insisten con narradores y cuentistas.
-Somos profesoras universitarias; un día nos ganó el deseo de irradiar nuestra pasión de lectoras -revelan Adriana Astutti (van tres Adrianas al hilo) y Sandra Contreras, directoras de esa Beatriz Viterbo que fundaron en Rosario en 1990 con Marcela Zanín. Agradecen a César Aira y Alberto Laiseca "por confiar en 1991 en un sello aún inexistente"; algunas otras luminarias son Jorge Panessi, Silvia Molloy, Nicolás Rosa, Alberto Giordano, Josefina Ludmer. Para el asombro: sus libros llegan a Estados Unidos, España, Francia, Alemania, Reino Unido.
Gardel , desfigurado, huye a Córdoba. Allí desafina en cabarets de medio pelo y lo envuelven en un crimen: Cuesta abajo, de Fernando Stefanich, fue un golazo de la cordobesa Ediciones del Boulevard, a cargo de Javier Montoya, y que empezó en 1995 con otra anécdota insólita: la ahora popular Cristina Bajo -que jamás se había presentado a concursos- escribió durante años una novela ambientada en el siglo XIX; ese Como vivido cien veces ¡vendió cuatro mil copias sólo en Córdoba! y fue best seller nacional. De los 60 y algo de títulos, varios otros "compitieron en ventas con los alfajores".
¿Cuántas iglesias hay en La Docta? Algo cierto: hay editores de garra. Oscar Roqué tipeó y armó muchas páginas, hasta que de tanta orfebrería surgió El Copista, en 1994. Los "aprendices de brujo que creen que la computadora hace libros sola" se ganan el desdén de Roqué. Sus ítem de narrativa y poesía semejan la obra de un monje maniático, como la colección Fénix que -igual que la revista homónima- cobija a poetas de primera agua. En 1985 el municipio de Córdoba lanza el Premio Luis de Tejeda para libro inédito. A partir de los años 90, su Fondo de Estímulo adquiere ediciones a mitad del costo.
Pero antes, en 1983, nació Alción Editora, animada por Juan C. Maldonado y Julio Castellanos (luego éste haría rancho aparte con Argos). En el inicio, Alción escogió el lugoniano Romances de Río Seco y varios superclásicos; su fondo es hoy una lámpara de Aladino: frotándola llueve un maná que incluye a renombrados autores locales. En poesía traducida centellean Ungaretti, Char, Ponge, Valéry, Bonnefoy. Por su parte, Argos dio más de cien poemarios y una cincuentena de obras, algunas financiadas por el mismo Castellanos, que reclama a voz en cuello al Estado "reactivar las compras de libros para las bibliotecas populares".
Otro cordobés de libros tomar es Jorge Felippa. Desde 1992, su Op Oloop Ediciones publica la obra del enorme Juan Filloy, fallecido hace poco ¡a los 105 años! Se sucedieron así los míticos títulos de siete caracteres: Op Oloop, Sexamor, Aquende, Decio8 A...
Increíble: seis mil lectores, en dos años, casi mueren de risa con Ni argentinos ni gallegos, cordobeses.
Archivó el diploma de agrónomo y vendió el Fitito: fue así como el mendocino Alejandro Crimi abrió una librería; la revista y la editorial Diógenes sólo pedían otro paso, nada fácil: -Yo codirigía un programa radial, mangueé a la radio para la imprenta y resolví el resto -revela Crimi-. Salió así Historias de cada uno, con relatos de oyentes, y después Poesía, Narrativa, Clásicos, Ensayos, Plástica.
Muy sintomática de las luchas de un pequeño editor fue la peripecia del narrador e investigador en antropología Adolfo Colombres, que a fin de 1974 creó Ediciones del Sol con Luis Gregorich y socios.
-Publicamos también literatura norteamericana y sobre el Tercer Mundo; pero después, eso se frenó -resume-. Al regresar al país en 1983 se asoció con Colihue, a la que más tarde vendió su parte y quedó como director de Del Sol, donde persiste con testimonios y relatos centrados en lo argentino-latinoamericano, grandes aventuras y viajeros.
¿Qué hacían esos paquetitos entre los libros serios? ¿González Tuñón flanqueado por tres novatos? Aquella audacia marcó el inicio de José Luis Mangieri como editor de poesía en los años 60, y con el sello La Rosa Blindada.
-Yo trabajaba en Eudeba, donde saqué la idea de los cuatro libros envueltos en una faja. Hicimos cuatro mil paquetes: ¡16 mil libros en total! Un caradurismo, pero funcionó -ríe Mangieri-. Hubo hitos legendarios: Gotán, de Juan Gelman; Cita, de Andrés Rivera... Esa rosa cerró en la noche de 1976. En 1982 refloreció en Libros de Tierra Firme: más de 300 poetas, y también narradores. Un ente público y uno privado posibilitaron las antologías Poesía irlandesa contemporánea y Poesía francesa.
-La edición de libros de poesía implica una gran responsabilidad cultural: plantearse una línea y respetarla -enfatiza Víctor Redondo, de Ultimo Reino. Durante veinte años U. R. editó más de 400 títulos y una revista que nutrió a miles de almas -Esta clase de ediciones necesita apoyos; salvo unos pocos, la venta es casi nula -acusa Redondo, pero ilusiona-: se subsiste gracias a una red fervorosa que mantiene viva la llama de la poesía.
Bien lo sabía aquel Quijote impar, Arturo Cuadrado, que peleó por la República antes de exiliarse en la Argentina. Donde, hace 54 años, fundó Botella al Mar con el pintor gallego Luis Seoane. Alejandra Pizarnik fue botellera, como lo fueron textos tempranos de Girri, Molina, Drummond, Asturias... A partir de los años 70 la poeta Alejandrina Devescovi piloteó cada vez más esta Botella también nimbada por joyas como Asteroides, aforismos de Raúl G. Aguirre.
¡Ah, el marqués de Sade...! Hasta entrados los 60, un edicto vetaba sus escritos en Buenos Aires. Mario Pellegrini -vástago de Aldo, pater del surrealismo hispanoparlante-, tradujo en 1966 el Diálogo entre un cura y un moribundo. Gran éxito. Tras vivir el Mayo francés del 68, Mario gatilló La imaginación al poder. Todo, bajo otro sello. Luego rescató el paterno Argonauta, donde poetas de hoy se codean con los grandes y con el jocundo Silvalandia, de Cortázar y el pintor Julio Silva.
Y Rosario ve centellear Bajo la Luna Nueva, en la que alunizan algunos autores argentinos que vienen logrando el preferente interés del ámbito literario y de la crítica especializada, junto a glorias de la literatura universal como Katherine Mansfield y ainda mais... En cuanto a Lidia Simondi es, desde 1986, sinónimo de Editorial Vinciguerra. Sus antologías Poesía y Cuentistas Argentinos de Fin de Siglo, en total unos cuatrocientos autores, dicen de un tesón difícil de doblegar que fructifica en novela, cuento y ensayo. Otro testarudo es Carlos Pereiro, que desde Ediciones del Dock -con el poeta Edgardo Pígoli- dio ya 70 poemarios y 30 libros de narrativa, con firmas de fuste como Joaquín Giannuzzi o Leónidas Lamborghini; en la colección Traducciones, dos que prometen: Shakespeare y Baudelaire...
"Poesía eres tú." Y es el fruto de una legión de tenaces editores-poetas de todo el país: Libros de Alejandría; La Bohemia; Casandra; Tsé-Tsé; Ediciones delanada; Radamanto; Polo Cultural - E.T.C.; Siesta; Elefante en el Bazar; La Luna Que...; Tiago Biavez; NUSUD; V. De Vian; del Empedrado; Cronopio Azul; Mascaró; El Duende... Y hay más.
Muchísimos libros ven el sol gracias al Fondo de las Artes, a concursos, fundaciones, universidades y municipios de provincias. En este minuto alguien escribe FIN en un grupo de relatos o poemas. El teléfono de un pequeño editor va a sonar.





