
Esfuerzo sí, forzado no: sin temor a la exigencia, pero con naturalidad
Atrincherarse durante un año alrededor de un curso de ingreso escolar puede resultar para muchos un desafío disparatado. La logística del proceso altera la ingeniería familiar y sus implicancias van mucho más lejos que una decisión meramente académica.
El proyecto va asociado a un ritual de pasaje y entrada en la adolescencia que se anuncia con fuertes cambios subjetivos y vinculares propios de este momento vital.
Sin duda tanto el curso preparatorio como la situación de examen y tensión sostenida durante tanto tiempo trastoca la vida familiar. Pero al esfuerzo no hay que temerle. Tener un objetivo, poner en marcha una preparación para lograrlo, dedicarle tiempo y trabajo contando con el apoyo del entorno familiar no es un obstáculo.
Todo lo contrario, es un desafío interesante y saludable. Aquí cabe una diferenciación: qué es esfuerzo y qué es forzado. El esfuerzo es valioso y fortalece mientras no se convierta en una imposición forzada, tironeada, que hay que sostener a cualquier precio.
Viajar en subte, salir de la burbuja barrial, asistir a un instituto con nuevos compañeros, sentarse a estudiar con un padre, despedirse de la escuela primaria y de la infancia misma forman parte de este arduo tránsito llamado ingreso.
El proyecto académico de la escuela media contempla, por supuesto, las inclinaciones y motivaciones del futuro estudiante, pero a la hora de definir, la injerencia parental es decisiva. Cuando la elección es compartida y consensuada entre todos, el proceso cursa con mayor fluidez y naturalidad.
En nuestro país, las ofertas de enseñanza y formación para nuestros adolescentes son muy pobres. Somos responsables como adultos de hacer del pasaje por la escuela media una travesía vacía, que no los contiene ni los aloja. Que no les ofrece herramientas de vida útiles ni los ayuda a encontrar una pertenencia institucional. Esos sentimientos de extravío propios de los adolescentes, pero exacerbados por propuestas educativas lamentables debieran preocuparnos más que las ansiedades que se movilizan en un año de estudio y logística trabajosos para padres e hijo.
Las escuelas públicas que plantean estos ingresos exigentes, si bien no están exentas de la crisis educativa que nos aqueja en todos los ámbitos, ofrecen la esperanza de preservar valores como la excelencia académica, el reconocimiento al esfuerzo, el orgullo por la pertenencia institucional.
En suma, ni de este temido y fatigoso escenario, ni de tantos otros que atraviesan la adolescencia, hay que huir mientras en la elección haya una apuesta de sentido y de búsqueda.
La autora es psicoanalista
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