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La primera casa debía responder simplemente a una premisa: contener la vida familiar. Así se proyectaron los espacios donde el principal desafío fue la relación con el afuera, ya que los dueños querían vistas despejadas, luz natural y privacidad al mismo tiempo.
En la segunda casa, una reforma interior dio lugar a una distribución más abierta, en todos los sentidos: los ambientes se integraron para conformar espacios diáfanos y funcionales, y se abrieron de cara al inmenso jardín, renovado con un paisajismo a puro color.




