
Espíritus del agua
En la mágica Praga las leyendas son parte de la realidad, que también están entre nosotros
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No me pidas que recuerde el nombre de la calle que conduce, como tantas otras que se le parecen, a la admirable escenografía de la Plaza de la Ciudad Vieja. En Praga todo es mágico y quizá sea parte de esa magia de no poder recordar palabras de sortilegio... en checo. Pero no importa. Lo cierto es que desde un escaparate de esa calle nos miran centenares de marionetas también mágicas, seguramente. Emperadores y emperatrices, arlequines y colombinas, aldeanos y cortesanos, brujas y hadas y gnomos y elfos. Pero entre todas hay una que nos hechiza de inmediato: tiene largos cabellos plateados, corona de algas y caracoles, larga y vaporosa túnica de tules y gasas que van desde el malva pálido al azul verdoso. Como si estuviera vestida de aguas. Las aguas del Moldava. Se llama Rusalka, nos dicen. Nos dicen también que es, efectivamente, un espíritu acuático, el de ese río tan inspirador de poetas y de músicos que se desliza entre la Ciudad Vieja y el Barrio Pequeño. Agregan que así como Smétana musicalizó el Moldava, Dvorak compuso una ópera dedicada a Rusalka. La historia de un amor perfecto por imposible, agregan. Un espíritu nunca puede unirse a un ser humano, aunque el espíritu esté enamorado y el humamo también, aunque el espíritu sea princesa en el agua y el humano príncipe en la tierra.
Seguimos caminando hacia la Plaza, después hasta el Puente Carlos. Acodados en el borde y mirando el río, el panorama de torres góticas y barrocas, comentamos que la leyenda de Rusalka es similar a la de Ondina, a la de la Sirenita. Ellas, cristalinas y sin mácula, se enamoran de algún galán incapaz de vivir bajo las aguas -¿acaso muchachos sin imaginación?- y hacen todo lo posible para conquistarlo. Hasta son capaces de abandonar su elemento líquido y aceptar las vulgaridades que implica respirar solamente el aire. Por supuesto, todo sale mal y a las infortunadas sólo les queda morir o retornar a su ámbito, cosa que sin amor equivale a la muerte.
La historia es conmovedora; a sus componentes románticos, erotanáticos y quizá freudianos se suma también uno que quizá tenga algo de ecológico. ¿No estará reclamando Rusalka que los dirigentes checos cuiden la contaminación del Moldava?
Quién sabe, quién sabe.
De vuelta a Buenos Aires, recordamos. Praga es una silueta en la memoria, un conjunto de sensaciones que han quedado en la piel, en el olfato, en la mirada interior de los sueños. Pensamos en la poética imaginación eslava, capaz de crear seres como Rusalka. Sentimos un poco de envidia que no tiene ninguna razón de ser. Ninguna. ¿Por qué? Porque en el acervo legendario argentino existe quien se le parece. Se llama Máyup Maman, y es una ninfa que, según se cuenta (Adolfo Colombres, en Seres imaginarios de la cultura popular argentina, Ediciones del Sol), habría vivido en el río Dulce, cerca de Esteco, primera ciudad fundada por los españoles en lo que hoy es nuestro territorio. Máyup Maman cuidó a los sobrevivientes de esa ciudad -destruida como Sodoma-, guardando para ellos el agua que necesitaban durante las sequías, anunciando las crecidas con su canto, atrapando nubes huidizas para pincharlas con escamas de pescado y lograr que cayera la lluvia. Ignoramos si la Rusalka criolla se enamoró de algún hidalgo conquistador hispano, pero nos gusta pensar que Máyup Maman bajó desde el río Dulce al de la Plata para guiar centenares de barcos a buen puerto. Barcos de los que descendieron tantos inmigrantes, sin duda menos ingratos que cualquier príncipe encantador.






