Esquiar entre la humedad y los mosquitos, en pleno Palermo
Cómo son las flamantes pistas sintéticas para aprender nociones básicas de esquí antes de pisar (por primera vez) la nieve
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El cielo encapotado amagaba con una jornada de lluvia. Hacía calor y la pesadez del ambiente invitaba a los mosquitos a hacerse un banquete con aquellas personas que osaran exponer su cuerpo a la intemperie. Una de ellas era yo. Mientras me calzaba mis botas de esquí alpino y ahuyentaba con una mano a los insectos, lamenté no haber traído repelente. ¿Cómo no se me ocurrió?, me reprochaba una y otra vez mientras ajustaba las fijaciones. Simple: en mi cabeza –en la de todos, en realidad– el esquí y los mosquitos no constituyen una combinación posible. Jamás en mis años de esquiadora me crucé con uno. Hasta esta semana. Pero ahí estaba yo, a punto de deslizarme por una pendiente de unos 15 grados de inclinación (el equivalente a una pista verde), 30 metros largo y 10 de ancho y mi preocupación no era el frío. Eran los mosquitos.
Que no cunda el pánico, ambientalistas. No se trata de una de las tantas atrocidades naturales producidas por el temido cambio climático. Hasta donde yo sé, los mosquitos y la nieve siguen siendo elementos que se excluyen. Es uno u otro. Pero si en lugar de nieve natural y montañas rocosas hay nieve seca y en el entorno predomina el pasto crecido y parques en lugar de un interminable manto blanco, entonces esa combinación de insectos y esquí empieza a parecer casi natural. Y el repelente, claro, se vuelve fundamental.
Es que estoy en pleno corazón de los bosques de Palermo, en la pista que DrySnow instaló en GEBA, en un terreno lindero al club. Desde lo alto de la pendiente se divisa, de frente y de costado, el verde césped de una chancha de fútbol sintética. Los gritos de arengas y goles perdidos o festejados se mezclan con los de aliento de los padres que están al costado de la pista, pendientes de los primeros deslizamientos de sus pequeños en tablas de esquí. Porque ése es el fin de este lugar: ser un sitio de aprendizaje de chicos y adultos que jamás pisaron nieve en polvo, pero que planean hacerlo en breve, en apenas uno o dos meses. “Para una familia con hijos chicos, ir a esquiar es carísimo. Nosotros traemos la montaña acá para que puedan aprender a esquiar antes de viajar y sacarle el máximo provecho a la estadía en la nieve. La ventaja de aprender en estas pistas sintéticas es que las clases son mucho más económicas (las grupales cuestan unos $ 600, aunque hay promociones) y te ahorrás tiempo y dinero en la montaña”, explica Inés Martí, eximia esquiadora que apostó a este proyecto luego de comprobar ella misma la fortuna que le salía un ski week en familia. Junto con su socio y pareja, Milton Abrespy, decidieron levantar la pista con andamios y cubrirla de un novedoso material plástico que se ensambla y emula el rozamiento que uno experimenta cuando se desliza en nieve auténtica.
No es la única. Muy cerca de ahí, en Vicente López, pegado a la General Paz, funciona el complejo Skibaires. Dentro del Club Banco Nación, chicos y grandes se embeben de las nociones básicas necesarias como para no flaquear cuando uno está por primera vez cara a cara con la montaña. “Nos comprometemos a que los que vienen acá tengan la capacidad de descender por cualquier pendiente de forma segura y controlada. El ciento por ciento de los alumnos principiantes que pasaron por acá no necesitaron jamás tomar una sola clase en los centros de esquí”, se ufana Aníbal Basso, uno de los directores del complejo.
De a poco, la tendencia marca que la gente ya no aprende a esquiar in situ, es decir, en la montaña. Lo hace en pistas sintéticas, donde las clases son más económicas –en el cerro Catedral el bautismo de esquí grupal cuesta $ 1275 en temporada alta– y el factor miedo (o vergüenza, por qué no decirlo) no influye en el proceso de aprendizaje. Incluso, en estos ambientes controlados se puede decidir si el esquí es o no el deporte adecuado para uno antes de embarcarse en la costosa aventura de pagar una semana en la nieve. Algo parecido sucede con el buceo que se aprende en las piletas, muy lejos del mar abierto, y que sirve como experiencia iniciática no sólo para aprender la técnica de sumergirse y respirar debajo del agua, sino para medir hasta dónde podemos llegar. Porque, digámoslo, el esquí (así como el buceo) no es para todo el mundo. Y no hablo sólo del aspecto económico: conozco varias personas “arrepentidas” que ni bien se calzaron las botas se las sacaron argumentando que no las soportaban y se dedicaron a tomar sol y disfrutar del paisaje aunque ya habían pagado el combo entero de clases y pases (cualquier similitud con alguna anécdota familiar es pura coincidencia).
***
Después de perder la batalla personal contra los mosquitos, agarré los esquís y empecé a subir la pequeña pendiente al costado de la pista. En el camino, traté de recordar cuándo y dónde había sido la última vez que había esquiado: Julio de 2013, cerro Castor, Ushuaia. Fin del Mundo. Habían pasado casi cuatro años de mi último deslizamiento. Mucho, demasiado, tiempo sin volver a sentir esa adrenalina y el viento helado chocando contra mi cara. Estaba emocionada de volver a calzarme un par de esquís. Tanto, que la primera bajada fue casi decepcionante: no quise arriesgar y me tiré de la pendiente menos pronunciada. Fui demasiado conservadora para alguien que tiene unas cuantas temporadas de esquí encima y que es fiel creyente de la máxima que sostiene que esquiar es como andar en bicicleta: una vez que aprendés, no te olvidás jamás.
La segunda bajada la hice desde el sector con mayor inclinación. Y ahí sí pude experimentar cierta similitud con lo que es deslizarse en una pista verde, para debutantes. Por supuesto que no esperaba mucho más: sabía a qué venía, y el objetivo estaba cumplido. Después de la vigésima bajada, mi cuerpo ya había entrado en calor y empezó a sentir el cansancio de subir y bajar la pendiente a pie, sin la ayuda mecánica que se tiene en la montaña.
Si todo va bien, Inés promete ampliar la superficie esquiable y agregarle más emoción a la pista, con saltos y otras dificultades que sin duda serán mucho más atractivas para los que ya sabemos esquiar y queremos despuntar el vicio en la ciudad. Por ahora, es una propuesta sólo apta para principiantes. Pero así y todo, un día después de esquiar en la pista sintética de GEBA, me sorprendí averiguando por un ski week en plena temporada invernal. El bichito del esquí –y no me refiero a los mosquitos– me había picado en el subconsciente. Quién sabe, tal vez estas vacaciones de invierno cambie la arena cálida por la nieve en polvo. Y auténtica.ß
Para agendar
La pista Dry Snow funciona de martes a viernes de 13 a 17 y los sábados y domingos de 12 a 18, bajo la modalidad pista libre ($ 450, hay que llevar equipos propios). Para pista libre y clases hay que llamar previamente al 1571658656
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