
Ambientada durante la última dictadura, La larga noche de Francisco Sanctis narra la historia de un oficinista gris que debe anunciarle a una pareja que los represores van a ir a buscarla.
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Por Leonardo M. D’Espósito
No es frecuente que el Bafici lo gane una película argentina, pero justamente eso fue lo que sucedió en la edición 2016, cuando La larga noche de Francisco Sanctis, ópera prima de Andrea Testa y Francisco Márquez, arrasó en el palmarés porteño. Había indicios: desde antes de la muestra, el nombre de la película circulaba como una especie de mensaje en clave, era “la que había que ver” en más de un sentido. Pues bien, la vimos. Después de la consagración local, logró gran cantidad de premios en el circuito internacional y sigue girando con éxito. La pregunta que quizás se haga el lector es por qué. La respuesta: porque la película es buena.
Bueno, no. No es eso. Quiero decir: no es que la película no sea buena, sino que ese no es el único motivo. El film adapta la novela homónima de Humberto Costantini y narra la historia de un ex militante político convertido en oficinista gris y padre de familia que, en plena dictadura, recibe un pedido: avisarle a una pareja que los represores han de ir a buscarlos. Sanctis está salvado, está “aparte” de lo que sucede, ha dejado atrás la política y tiene una familia, un mundo, un lugar. ¿Por qué arriesgarse para salvar a quienes no conoce? La larga noche es, al mismo tiempo, la alegórica “larga noche” de la dictadura pero mucho más, la larga noche del alma, la de la decisión del personaje, que resulta mucho más universal e interesante.
En las etapas de ese viaje nocturno, que puede otorgarle al espectador reminiscencias de A la hora señalada, lo que se plantea no es solamente cuál es la obligación moral de Sanctis, sino, de un modo mucho más sutil –quizás involuntario–, cuál fue el sentido de la lucha armada en los años 70. Y en esto colabora absolutamente la manera en que está filmada. Buenos Aires es y no es Buenos Aires: es un lugar nocturno, de una morfología desconocida, que mantiene una esencia pero pierde sus particularidades ante luces mínimas. De algún modo, lo de Sanctis es un periplo por un Infierno que podría ser también Purgatorio.
Si la película excede lo que podría decir respecto de la violencia política es porque la peripecia ética y moral (que no es lo mismo) del personaje está llevada al extremo. En tiempos donde la recurrencia –sobre todo desde el documental– al retrato de los años de plomo ha impedido separar la paja del trigo, Sanctis aparece como una excepción. El ejercicio del cine, de la escultura con la luz y con la sombra, de la construcción de personajes que bordean lo pesadillesco hacen que la coyuntura no sea lo más importante. Y como toda imagen es también ambigua, como todo plano depende del que lo antecede y del que lo sucede, como ningún diálogo en un film es más importante que su contexto, las lecturas de la película se multiplican. Es cierto que hay una “traición” respecto del texto original que parece exculpar a algunos personajes; también es cierto que la traición al texto es un derecho –no un deber– de cualquiera que lo adapte. Pero ese punto es para conversarlo fuera de la sala y, ante todo, fuera de la película.
A La larga noche..., pues, hay que mirarla como un paisaje y como un ejercicio: ese donde el mundo físico refleja los estados de ánimo del personaje central. Que, dicho sea de paso, es un trabajo extraordinario de Diego Velázquez (el segundo en el año después de la fallida pero querible Kryptonita), que parte de un personaje “benedettiano” (ese momento del “regalo” de la empresa es quizás el menos ambiguo, el menos interesante también) para encontrar, ante la mirada del espectador, a otro personaje que tampoco es el militante que alguna vez fue. Las noches –las largas sobre todo– diluyen las formas y permiten encontrar matices en lo oscuro. Lo que le sucede a Sanctis es el paso de un hombre que sigue ciertas reglas a otro que decide de acuerdo con sus propios y recuperados valores sociales. Pero para eso es necesario atravesar un territorio fantasmagórico, donde la amenaza innominada pero real, invisible pero presente, puede aparecer, mortal, en cualquier parte.
La larga noche..., pues, es una de las –desgraciadamente muy escasas– películas (películas: cine sobre todas las cosas, sobre el afán didáctico y la declamación periodística bien pensante, incluso a pesar de lo que puedan creer sus realizadores) que retratan un punto de vista válido y transmisible respecto de la experiencia de la dictadura. Y que, al ir al fondo moral de la cuestión, también habla de otras represiones, de otros momentos autoritarios, de otras épocas plagadas de miedo. Las noches largas pueden ocurrir en cualquier momento y todos tenemos la oportunidad de hacer el largo viaje al día que le tocó a Francisco Sanctis.
Noche de premios
El film se llevó no solo el premio a la Mejor Película en la Competencia Oficial Internacional del último Bafici, sino también el galardón para Diego Velázquez como Mejor Actor, además de los premios no oficiales de Signis y Feisal. En Cannes, donde participó en Un Certain Regard, contra todo pronóstico estuvo cerca de la Caméra D'Or. En Lima, el film se llevó el premio especial del jurado. La carrera internacional de La larga... es bastante prometedora, y se ha vuelto uno de los títulos obligados dentro de ese circuito muchas veces consagratorio.






