
Estupideces
Entre las muchas estupideces que uno tiene que escuchar están los comentarios supuestamente transgresores e iconoclastas de personas que, creyéndose graciosas además, ningunean o directamente niegan la vigencia de artistas importantes que dejan huella imborrable en épocas y sociedades. Cuando hace un tiempo volvió a nuestro país Liza Minelli, esas voces se hicieron oír aduciendo como "objeción demoledora" que el último éxito de la artista databa de 1972, algo así como que desde ese año la pobre Liza había desaparecido del imaginario colectivo. El primer error era olvidar el impacto que en 1978, o sea, seis años más tarde de aquel "último y único suceso", causó la canción New York, New York, verdadero himno nacional de esa fabulosa ciudad, estrenada por la Minelli y luego difundida por Frank Sinatra y cuanto cantante pululó y pulula por escenarios y lobbies de hoteles en todo el globo terráqueo. Como si esto no bastara, la susodicha intérprete es una de las pocas en haber ganado los mayores premios norteamericanos en varias oportunidades y, a pesar de sus altibajos de salud y sus adicciones, ha sabido de éxitos en Broadway, Las Vegas y en giras mundiales, sola o compartiendo el escenario con grandes como Sinatra, Aznavour y Sammy Davis Jr. Los artistas no son un éxito ni el gol de todos los días, ni el número en el ranking de ventas, el rating televisivo o el centimil de publicidad. Hay artistas que pasan a la historia por una sola obra lo suficientemente rica, polémica o representativa de una época; otros tienen una larga trayectoria jalonada de éxitos, fracasos, desencuentros y plenitudes; otros ostentan una vigencia permanente con una línea y estilo que los diferencia del resto y les da un toque especial y único. Juzgar a un artista o intérprete por la fecha de su "último éxito" es patéticamente superficial y denota una ignorancia extrema de lo que es realmente el difícil y fascinante mundo de la creación artística. Este vejete que escribe recuerda a otra grande, única e irrepetible superestrella del music hall: Edith Piaf. La recuerdo en el escenario del teatro Opera en su última visita a Buenos Aires, quebrada por la enfermedad, las adicciones y una artritis cada vez más notoria, frágil, pequeña, con poco cabello, con un vestidito negro supermodesto, solita su alma en el inmenso palco escénico. Yo, muy joven pero no estúpido, temblando de emoción, en la pullman (el bolsillo no daba para la platea), con prismáticos para captar lo más posible su expresión desencajada de dolor y ternura, como un pajarito herido que se agrandaba como un águila al conjuro de una voz desgarrada y potente. Arrancó con La vie en rose, un "éxito" muy antiguo, una "canción vieja", como dirían los imbéciles de hoy día. Sí, la canción era vieja, la cantante parecía que la estrenaba recién, tan romántica y esperanzada sonaba esa letra tantas veces oída en francés, inglés y español, y juro solemnemente que lo último que se me hubiera ocurrido era pensar de qué año era esa melodía y si ya se la había oído a la gran Piaf. Simplemente me dejé llevar por su arte y agradecí poder ser testigo de esa actuación, quizás no la mejor, pero sí la que tuve el privilegio de gozar en vivo compartiendo el aire que ese monstruo sagrado estaba respirando aquella noche irrepetible. Lo mismo me pasó con un Sammy Davis Jr. que no hubiera aprobado un examen de alcoholemia, un Sinatra en el límite de la jubilación, una Marlene Dietrich de voz aguardentosa, setenta años y eterna seducción cantando por enésima vez ¡La vie en rose! Una de las grandes esperanzas de la juventud es que se pueden corregir errores y que la vida en su eterna marcha puede traer sabiduría al ignorante. Lo que no puede la vida es hacer inteligente al tonto y hay mucho tonto irreversible que pudiendo decir "no me gusta Liza, la veo antigua, no me interesa ese tipo de repertorio, no me llega y por lo tanto no me emociona" (y eso sería una opinión respetable), prefiere el ninguneo de la torpeza elitista y nos incluye en su superficial veredicto a los que admiramos y respetamos trayectorias y realidades, acusándonos de snobs penetrados por cualquier vejestorio que venga de afuera. ¿Habrá pastillas contra la estupidez?
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El autor es actor y escritor






