
Eugenio Zanetti, la escena y la vida
Obtuvo un Oscar a la dirección de arte en 1996, escribió y dirigió obras de teatro y viajó incansablemente. Hoy, rediseña los interiores de Los Molinos Exhibition Hall (la última apuesta de Alan Faena). Charla con un creador multifacético e incansable
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Tres actos. Presentación, nudo, desenlace. Eugenio Zanetti no se cansa de repetirlo: para él, hace rato que todo está atravesado por esas tres instancias. Desde el trabajo con un guión cinematográfico o el desarrollo de una escenografía para una obra teatral, hasta la propia vida. "Siempre lo menciono, me encanta esa idea -comenta-. En términos dramáticos, el tercer acto de una obra es la resolución del conflicto. Hay que preparar el terreno para que se produzca: no importa cuánto dure ni si hay final feliz. Claramente, yo siento que estoy en el tercer acto de mi vida. No sé, quizá sea posible que haya cuatro. ¡Pero, por el momento, la estructura dramática es de tres!"
Rondando los 64, con la tonada cordobesa aún alerta y desbordante de buen humor, Zanetti vive a salto de avión entre Buenos Aires, Los Angeles... y cualquier otra ciudad del mundo a la que eventualmente lo lleve su experiencia de varias décadas como director de arte en el centro mismo de la industria cinematográfica.
No exhibe señales de jet lag, sin embargo, el día en que recibe a LN R en su domicilio porteño. Distendido, se dispone a charlar sobre uno de sus últimos emprendimientos: el rediseño del interior de Los Molinos Exhibition Hall, el ambicioso centro de exposiciones y experimentación artística que, realizado en la antigua sala de máquinas de un típico edificio industrial de 1900, se estaría inaugurando en el último trimestre del año, y consolidando el aún más ambicioso Art District que Alan Faena lleva adelante en Puerto Madero. Sobre una estantería, silencioso y contundente, el Oscar que Zanetti obtuvo en 1996 por su trabajo como director de arte de la película Restauración [dirigida por Michael Hoffman] preside el encuentro.
-¿Cuál fue el mayor desafío que le presentó el Exhibition Hall?
-Los desafíos fueron variando. Del mismo modo que fue variando el proyecto, que primero tenía que ver con una cosa más teatral. Es un emprendimiento muy complejo, desarrollado durante dos años. Va a ser un espacio de propósitos múltiples funcionando en un lugar extraordinario, monumental, que en su momento fue una usina. Hay pocos lugares en Buenos Aires con esa escala; por algo lo llaman "la catedral".
-¿Cómo resolverán la convergencia entre distintas artes y la promoción de lo último del arte contemporáneo?
-Es muy vasto el uso que Alan quiere darle. Probablemente tenga un sistema lumínico sumamente sofisticado que permita modificar el color de las paredes sólo con luces. Originalmente hicimos un proyecto que incluía escenarios que se levantaban y bajaban por medio de un sistema de pistones. Lo que pasa es que, luego de la crisis mundial de hace dos años, hubo que repensar la propuesta. Lo que es seguro es que va a ser un ámbito contemporáneo, de algún modo posmoderno, aunque odio esa palabra [risas]. Estamos usando una fachada de época, y ciertos elementos estilísticos -por ejemplo, las espigas de trigo- van a quedar. Habrá un matrimonio entre el adentro y el afuera, entre lo técnico y lo no técnico. La entrada principal será una enorme escalera, que dará a un lobby, un espacio de transición. Mantengo un permanente intercambio con Alan y con Ximena Caminos [directora creativa del Faena Group].
-Como director de arte está acostumbrado a crear el tono visual que demanda una película. ¿Cuál es la atmósfera que preside la creación de este espacio?
-El Bicentenario. El edificio fue una creación del Centenario, y ahora, 100 años después, vuelve a vivir.
-¿De qué modo abordó una propuesta tan próxima a la arquitectura?
-¡Lo del Faena me parece extraordinario! Es muy gracioso; mis amigos, la gente que me ofrece estos trabajos. Porque yo no soy arquitecto. Diseño, concibo y desarrollo una idea. Después entra un arquitecto, un ingeniero, y arman el resto. He notado que la gente ha perdido el prejuicio con respecto a las profesiones. A mí eso me encanta; siempre he hecho de todo. Somos sobrevivientes [sonríe]. Los últimos 50 años han sido muy duros, acá y en el mundo. Todos hemos tenido que reinventarnos varias veces.
-Por lo pronto, también está trabajando en un emprendimiento en Córdoba.
-Se llama Diversia. Es un enorme complejo que tiene dos teatros, varios restaurantes, una calle temática, un spa, un gimnasio, un hotel boutique. Es well being, como dicen los americanos, un lugar para estar bien.
A mediados de los años 60, con la adolescencia aún pisándole los talones, Eugenio Zanetti dejó su Córdoba natal. Allí quedaba también una infancia feliz, un año de estudios de arquitectura, muchas tardes pasadas entre las paredes del cineclub y los primeros trabajos en escenografía teatral. Luego vendrían Buenos Aires, la participación en proyectos cinematográficos y teatrales, Europa a mediados de los años 60 y la instalación definitiva en los Estados Unidos, durante la década de los 80. "Me parece que muchas de las ideas que tenemos sobre la nacionalidad, la pertenencia, tienen más que ver con referencias emocionales a la infancia que con un país en particular -reflexiona-. En este momento estamos viviendo en una especie de gran lugar, un universo común."
-¿Entonces, sus raíces serían más cordobesas que argentinas?
-Hay cosas que ocurrieron en Córdoba en los años 50, cuando yo era un niño, que me marcaron. Lo que uno hace en el trabajo artístico tiene que ver con lo que ocurre entre los cuatro y los ocho años. Ese es el momento en que se arma el sello, la marca emocional de una persona. El afecto, los no afectos, lo que le toque a uno en la lotería. El trabajo creativo tiene mucho que ver con cierto sentido de la autoestima que solamente te pueden haber dado en la infancia. Una persona puede o no tener talento, pero la idea de que puede hacer cosas viene de la autoestima.
-¿Percibe algún elemento constante en sus trabajos?
-La cuestión de la vida y la muerte. No lo he elegido, ha ocurrido en muchos de mis trabajos como director de arte. Esto de confrontarse con la muerte, que en el fondo es ver quién es uno.
-¿Cómo es su relación con los directores de cine?
-Si pensás en Más allá de los sueños [película dirigida por Vincent Ward, que postula que hay vida después de la muerte y que en 1998 obtuvo una nominación al Oscar por la dirección de arte de Zanetti], lo único que decía el guión era "en el fondo de un volcán". Y, en otra parte, "ciudad celestial". Desde la dirección de arte propuse que cada personaje tuviera su propio cielo y su propio infierno; se veía la semilla de eso cuando estaban vivos. Por ejemplo, la nena tenía un teatrito de títeres. Si no, es imposible hacer una película sobre el cielo y el infierno (más allá de que, honestamente, no creo que exista ninguno de los dos). En lo que hace al proceso creativo, te diría que es un proceso intuitivo. No se puede intelectualizar.
-¿Y las producciones de época?
-Bueno, Restauración es un invento. Total. Pensé el diseño de arte en función de una problemática del personaje, que es alguien que pasa de la época isabelina, que es su cuartito, oscuro, estrecho, al Renacimiento, que es la corte, luminosa, desbordante. El palacio tenía que ser un set, porque no había ningún palacio real en Inglaterra que expresara esta idea. Otra cuestión era lo que el rey significaba para la gente en esa época. Nadie sabía en realidad quién era; estaba en el centro del universo. Así que propuse una secuencia en el "gabinete de curiosidades" del rey, donde aparece, literalmente, en el centro de planetas que giran a su alrededor. Eso era el rey en esa época. Y ese es mi trabajo: mostrar visualmente un concepto. Luego tengo que venderles estas ideas a los directores. A veces funciona y otras no. Te asombraría descubrir cuán poco visuales son muchas de las personas que trabajan en cine.
-¿Cómo se lleva con la tecnología digital?
-Bueno, El último gran héroe (en cuya dirección de arte también trabajé) fue una de las primeras películas que usó intensamente una previsualización hecha en 3D. Incluso estábamos en el punto en que iba a ser totalmente digital, pero no se pudo en ese momento. Hasta dirigí una película en Internet, Quantum Project . Me encanta e incorporo la tecnología, pero la veo como un instrumento. Sólo eso. Sí reconozco que el nivel de acceso a todo tipo de información que hoy brinda Internet es muy fuerte. Antes tenías una biblioteca importante, una cineteca importante. Ahora entrás a YouTube y tenés acceso a todo instantáneamente. El problema es que toda esa información no está conectada. Entonces, si vos le preguntás a alguien joven por una silla del siglo XV, te dice cuál te gusta y te muestra cincuenta modelos. Pero no va a saber de dónde vienen, ni quién las inventó ni por qué tienen esa forma. Justamente, lo que nosotros llamábamos cultura era eso: ubicar un elemento en el tiempo y el espacio.
-¿Está escribiendo actualmente?
-Sí. Estoy trabajando en el guión de Amapola , una película que voy a dirigir a fin de año acá, en la Argentina. Además, estoy escribiendo un libro sobre escenografía y diseño. Un trabajo muy vasto. Porque no quiero que sea aburrido. Y, aunque no quiero hablar sobre mí, tengo que referirme a mi trabajo, porque no puedo hablar sobre otra cosa. Cuando esté terminado, voy a hacer una muestra. Tengo muchísimo material, más de 500 dibujos enmarcados, con escenografías para teatro y cine. Querría que fuera bilingüe, porque hay muy pocos libros en el área de dirección de arte. Estaría, al menos, aportando un punto de vista.





