Exploradores de hoy
Cinco aventureros argentinos demuestran con sus experiencias fuera de serie la manera en que los viajeros extremos actuales rastrean hasta el último rincón de la Tierra
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Desde que el ser humano se lanzó a la conquista compulsiva de mares y continentes, cada rincón del planeta ha sido incluido en la cartografía. Y casi todos los retos fueron vencidos ya por hombres y mujeres intrépidos que saltaron las barreras geográficas cuando la tecnología apenas había desarrollado un largavistas o una brújula decentes.
Esas, y las fantásticas epopeyas que se sucedieron hasta mediados del siglo XX (ver recuadro), contribuyeron a moldear el espíritu de los grandes viajeros contemporáneos que, ahora, a falta de escenarios para inaugurar, intentan conquistarse a sí mismos repitiendo las experiencias de los pioneros. Pero la Internet, las guías de viaje, el turismo de aventura y las comunicaciones más ágiles le cambiaron el perfil a esta nueva generación de trotamundos. Muy influidos por la corriente conservacionista, más aventureros que científicos, a veces más extravagantes que idealistas, pero todos bien informados. A unos les da por elevarse a la estratosfera subidos a la canasta de un gran globo, o piloteando aviones antiguos. Otros navegan aguas bravísimas a bordo de barcos como cáscara de nuez, o bucean las profundidades del océano en pos de buques hundidos o especies raras. Y los hay que caminan de costa a costa continentes como Africa, arriesgando el pellejo sólo para dar con una etnia extraviada.
Por ellos es que subsisten sociedades y clubes centenarios –como la National Geographic y The Explorers Club– que se encargan de mantener vivo el espíritu explorador. Una de las 28 filiales del Explorer –que agrupa sólo a 3000 aventureros de todo el mundo– tiene su sede en Buenos Aires desde 1995 y reúne a más de 30 socios. Cuatro de los cinco personajes que aquí presentamos son miembros de ese club. Cada uno de los cinco es representativo de una manera de viajar, y de aprender.
La aventura de conocerse
Tommy Heinrich
Después de pasar más de un mes trepando por abismos de hielo, haciendo malabarismos sobre puentes de cuerdas, y faltándole apenas unos metros para culminar el proyecto más caro de su vida, a Tommy Heinrich comenzaron a pesarle los pies. El frío calaba los huesos. Y a esa altura –8800 metros, la altura crucero de un vuelo de cabotaje– los dedos se le congelaron. Algunos ni la uña tenían. Culpa del sponsor que cedió las botas, que por error le envió a Katmandú un número más chico. Demasiado lejos para reclamos. Este detalle le impidió convertirse en el primer argentino en llegar sin tubo de oxígeno a la cumbre del Everest.
De todas formas, su hazaña fue la número 600 en la lista de ascensos con final feliz a la montaña más alta y traicionera del mundo. Aunque su esfuerzo tenía fines más románticos que un simple récord deportivo: seguir los pasos de sir Edmund Hillary, el célebre apicultor neozelandés que, en 1953, se convirtió en la primera persona capaz de pisarle la nariz al Himalaya. La gesta de aquel hombre –que en 1965 se daría el gusto de recorrer el Polo Sur montado en un tractor, en la primera travesía con vehículos por el continente helado– entró a la historia por ser uno de los últimos aportes que dio al conocimiento la era de las grandes exploraciones.
"Hasta hace 50 años la Tierra guardaba algunas sorpresas –afirma Tommy Heinrich, agrónomo, escalador profesional y flamante miembro del Explorer Club–. Traté de hacer cosas nuevas, escalar otras cumbres o ir a lugares menos conocidos, pero es casi imposible, no queda nada por descubrir. Algunos inventan proyectos kamikazes para conseguir sponsors que lo financien, pero en realidad lo hacen por fama o competencia. A mí, en cambio, nunca me interesó llevar una vida común, encerrado en una oficina, trabajando para otros. Saber que podés valerte por vos mismo en un escenario natural es enriquecedor. Viajar me ayuda a crecer y creer en mí."
Sebastián Letemendía
"Lo remoto no es una cuestión de distancia, sino un estado de ánimo”, dice Sebastián Letemendía, administrador de empresas, de 38 años, padre de un niño de 3 y viajero por definición. Influido por la buena literatura, Letemendía repitió el recorrido de sus héroes de la adolescencia escalando las mismas cordilleras y navegando los mismos mares. Su primera travesía épica fue a bordo de una tabla de windsurf, con la que zarpó de Buenos Aires, sin escalas, hasta la costa uruguaya. Después tomó clases de montañismo, y no paró: escaló los Alpes suizos; el cordón Brooks, al norte de Alaska; las verticales filosas del Parque Yosemite, en California; el Thorungtse en Nepal; los Ruwenzoris, en Uganda; los Andes chilenos, y varias montañas de la Patagonia argentina. A dedo, en auto, vela, tren y colectivo anduvo por selvas, desiertos y ciudades de Afganistán, Paquistán, Kenya, Zimbawe, la India, Nepal, Vietman, la Polinesia, Turquía, y América latina. Es una rara avis entre sus colegas andariegos: es capaz de volver fascinado de una excursión por la provincia de Buenos Aires, trayecto pendiente en su agenda. Ha publicado varios libros con crónicas y fotos de sus viajes. "No hace falta ir lejos para saciar la curiosidad. Uno puede pasar horas explorando el jardín de su casa, mirando con largavistas el nido de un pájaro o un camino de hormigas, y tener una experiencia nueva."
Daniel Hirsch
"Mi familia siempre tuvo casa en Bariloche, y yo pasaba meses de vacaciones pescando, haciendo campamentos, subiendo montañas, y todo eso moldeó mi forma de ser –confiesa Daniel Hirsch, contador, 48 años, secretario del capítulo local del Explorer Club, y administrador de empresas–. A los 17 años me subí a un barco alemán como marinero. No me gustaba navegar, porque prefiero la tierra, pero el chiste era viajar gratis a Europa. Llegué, y al mes fui a Escocia a hacer un curso de sobrevivencia. Después trabajé como instructor de esquí en Suiza, en una chacra ordeñando vacas, fui cadete en la Municipalidad de Londres, y así... iba donde me llevara el viento." El viento acabó depositándolo tres meses en el Tíbet. Lo caminó de punta a punta, viviendo en monasterios, casas de familia, en carpa. Cuando terminó de cursar una maestría en los Estados Unidos, dio con un ticket de avión en oferta, con el que podía dar la vuelta al mundo siempre que fuera en una misma dirección. Allá fue. Con un amigo vasco llegaron de mochileros a Japón, y como iban con fecha abierta se dio el gusto de parar en cada pueblito de Tailandia, Myanmar, Sri Lanka, Singapur, y así hasta España. Escaló los Alpes, montañas de la Patagonia y Alaska. Junto con Adrián Giménez Hutton –fundador de la edición vernácula del Explorer Club, y viajero que, entre otros circuitos memorables siguió los pasos de Bruce Chatwin en la Patagonia– planificaron el ascenso a los siete picos más altos del planeta, el reto más caro de los escaladores profesionales. Coronaron el Aconcagua, el Kilimanjaro en Africa y el Elbrust en el Cáucaso, pero cuando llegó el turno de ir al Everest nació su único hijo y Hirsch decidió no exponerse tanto. Después, Giménez Hutton murió en un accidente, y el proyecto quedó trunco. "Unos necesitan pintar, escribir, otros en cambio necesitan estar al límite de las cosas. Yo vi todo lo que pude, y ya no me atrae ir donde va mucha gente. Por eso, si hoy me preguntás qué prefiero, si una semana en París o en las Torres del Paine, digo, cerrando los ojos, las Torres del Paine."
Exploración científica
Enrique Lipps
La primera vez que ingresó en una caverna fue cuando tenía 7 años y pasaba las vacaciones en Tanti, con sus padres. La foto lo muestra a la entrada de la Cueva de los Pajaritos, muy sonriente. Pero de ninguna manera esa visita fue premonitoria. Años más tarde, mientras estudiaba Biología en la Universidad conoció al mismo Jacques Cousteau, que lo interesó en la biología marina y en el buceo. Así se conectó con un grupo de buzos que practicaba espeleología por su cuenta. Desde entonces, hace ya 30 años, no ha dejado de viajar por los intestinos de la Tierra, por las cuevas y las cavernas formadas en roca y hielo. Vicepresidente del Explorer Club Argentino, Lipps exploró todas las que figuran en el mapa de Francia, Italia, Cuba, Guatemala, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina, y muchas de ellas son formaciones que superan los 1500 metros de profundidad, como las cuevas de Les Aguilles, en Francia. “Lamentablemente, la espeleología está considerada un deporte científico –sostiene–. Al no ser una carrera que se estudie en la Facultad, que se cursa de manera informal en seminarios y escuelas, se confunden los objetivos. A la profesión llegan los geólogos, los biólogos, los climatólogos y los arqueólogos para estudiar algún aspecto de cueva relacionado con su disciplina, pero hoy muchos la encuentran una actividad entretenida para los fines de semana. Cientos de curiosos se mandan por deporte, para batir récords de descenso o mirar que hay ahí abajo, nada más. Todo eso es útil en la medida que prime el sentimiento ecologista, que el turista no las destroce y comprenda que adentro viven pequeños ecosistemas. Y preservar las especies nuevas significa aumentar la biodiversidad. Eso es lo único que importa al que explora cavernas para aprender algo, como en mi caso." Buscando troglobios, y otras rarezas de la fauna subterránea, llegó a las inquietantes Cuevas de León, en Neuquén. En 1994 se realizó allí el primer buceo documentado dentro de una caverna, con equipo autónomo, en la Argentina. Después de deslizarse por un túnel, se sumergió en un pozo de 40 metros de profundidad, porque la caverna tiene en su interior un oscuro lago. Ahí se pegó el julepe de su vida, cuando se desorientó y no encontró la salida de la cueva. “Conocí el pánico por primera vez. Es una cueva chica de 900 metros de recorrido, y con un desnivel de 70 metros. Estaba muy oscuro y chocaba contra las paredes, por segundos pensé que todo terminaba. Pero es tal la belleza, que si debo morirme explorando, prefiero que sea ahí.”
Constanza Cerruti
La arqueología de altura es una disciplina científica que estudia los ceremoniales incaicos en las cumbres andinas, y son contados con los dedos de una mano los que la practican en el mundo. Constanza Cerruti es la única argentina especializada. Tiene 28 años, es becaria del Conicet y es profesora en el Instituto de Investigaciones de alta montaña de la Universidad Católica de Salta, donde vive. La vocación le dio la oportunidad más importante de su vida, al participar de esas fabulosas expediciones que en 1999 permitieron rescatar tres momias y centenares de objetos enterrados por cinco siglos en la cima del volcán Llullaillaco, en Salta. El mérito mayor, además, fue el haber participado como codirectora del Proyecto de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña junto con Johan Reinhard, explorador residente de la National Geographic Society. Como desde chica siente pasión por escalar, y ya ha subido alrededor de 80 montañas de más de 5000 metros de altura, estaba bien entrenada para la travesía por el Llullaillaco, en Salta, que mide nada menos que 6739 metros. Durante el ascenso sufrió un principio de congelamiento en los pies, cargó equipos pesadísimos y soportó tenebrosas tormentas eléctricas, esas que en la Puna matan a los pastores y a sus ovejas. Pero para ella la exploración es, esencialmente, un viaje de ida al conocimiento. Y no importa cuánto riesgo signifique. "Con tantos medios al alcance, y tantas fronteras conquistadas, la exploración moderna se asocia más con el conocimiento de los propios límites del explorador. En algunos casos, se ha vuelto una actitivad más introspectiva que de apertura al mundo. En este sentido me identifico con los pioneros, aunque la montaña también me ha enseñado mucho de mí misma."
Hazañas del siglo XX
Sir Wally Herbert
Cruzó a pié del océano Artico por el Polo Norte, en 1955 y 1958
Jacques Piccard
Hasta hoy, es el único ser humano que pudo descender hasta 11.000 metros, a las fosas Marianas, en el Océano Pacífico, en 1960
Sir Ranulph Fiennes
Dio la vuelta al mundo en globo, sin escalas, por los Polos.
Robert Ballard
Oceanógrafo y geólogo marino descubrió el Titanic a 4000 metros de profundidad en el Atlántico norte
Norman Vaughan
Tiene 98 años y es el único sobreviviente de la Expedición del almirante Richard Byrd a la Antártida, en 1928.
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