
Febo asoma
¿Cómo explicarle al Gran Capitán que vivimos una interminable Cancha Rayada? ¿Qué será de los chicos cuando sean grandes?
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Estaba leyendo que si tomaba el seguro de vida de mi compañía podía acceder a 250 premios, cuando sonó el teléfono.
-¡Por favor, vení a buscarme! -decía Leonor con miedo-. No sé qué me puede pasar...
Mientras iba hacia Ciudadela sur lo más rápido posible recordé la situación que debía enfrentar esa mañana mi amiga, profesora de varias materias en varias escuelas. En ésta, una de las más pobres de la zona, tenía que tomar examen a unos quince alumnos, que si no aprobaban repetían el año. Y muchos le habían hecho saber, de diferentes maneras, que aprobaban o aprobaban.
Llegué inevitablemente tarde. Estacioné en la calle de tierra frente a la escuela y al cerrar el coche observé que en la esquina había un grupo de jóvenes, con útiles en la mano, en actitud poco amistosa. Las paredes estaban descascaradas. Parecía un edificio abandonado. Encontré a Leonor en la sala de profesores, con la cabeza entre las manos. Estaba destruida.
-Había ocho que no sabían nada, tuve que aplazarlos -murmuró.
-Ya intentó salir, pero la insultaron y no la dejaron pasar -dijo Delia, la directora, que la estaba consolando. Pregunté por qué quiso irse sin esperarme.
-¡Porque doy clase en otra escuela! ¡No puedo estar faltando y faltando! -me respondió.
Miré a las dos. Sus zapatos tenían varios remiendos. Su ropa era limpia, pero vieja. Tenían las caras surcadas por arrugas. ¿Dónde estaba la época en que era un orgullo ser profesor de una escuela argentina? Desde el aula de música llegaba un ritmo inolvidable:
"Son las huestes que prepara/
San Martín para luchar en/
San Lorenzo..."
También San Martín tuvo que dar su examen. Y no sólo los del gobierno de Buenos Aires lo estaban mirando, sino que ahora parece que también los ingleses. Pero San Martín salió airoso; sin embargo, sus descendientes, estos muchachos que tanto lo escuchaban, no. ¿Por qué? Alguien entró para decir que tres madres querían hablar con Leonor. La directora pidió que las hicieran pasar. Aparecieron tres mujeres humildes, temblando de los nervios. Hablaron casi al mismo tiempo.
-¡Yo limpio todo el día para sostener la casa! ¡Mi marido se fue y nadie puede retar a mi hijo, es muy rebelde! ¿Si deja la escuela qué va a hacer todo el día? ¡Yo no puedo enseñarle! ¡No tiene ganas de hacer nada; con la hermana me pasa lo mismo! ¡Ayúdennos! ¡No nos hagan esto! ¿Ustedes quieren que nuestros hijos sean ladrones y después los maten?
Una empezó a llorar, en medio del silencio embarazoso. Yo empecé a pensar que tenía que llevar a Leonor a la otra escuela para que no perdiera su clase. Desde el aula vecina, San Martín no se detenía ante estos detalles:
"El clarín estridente sonó/
y la voz del gran jefe/
a la carga ordenó".
Subimos al auto y pasamos ante esos chicos de miradas duras, acusadoras. Alguno nos tiró barro. ¿Cómo explicarle al Gran Capitán que vivíamos una interminable Cancha Rayada? ¿Qué sería de esos chicos cuando fueran grandes? Ya eran grandes.
A la semana, Delia y Leonor fueron a una reunión invitadas por el padre de un chico de la escuela, donde supuestamente se iba a hablar de mejorar la situación escolar. Las acompañé.
En un salón, entre sándwiches y codazos, un empresario empezó a hablar de las cosas que había que hacer, como por ejemplo fortalecer las escuelas privadas y ayudar a los chicos que "querían estudiar". Alguien me dijo que tenía aspiraciones políticas. Otro que tenía todos sus bienes embargados. De pronto alguien se acercó y le susurró que una mujer estaba robando comida. El le pidió que fuera cauto, pero que le dijera quién era. Todos miramos en la dirección que señaló. ¡Era Delia, la directora de la escuela!
-Lo que pasa es que a la mañana funciono mejor cuando tengo algo en el estómago -dijo cuando me acerqué, mientras se guardaba sándwiches de miga en la cartera-. ¡Febo asoma todas las mañanas! Febo es el sol, le explico a los chicos, que lo nombran cuando cantan, pero no saben quién es. Febo, que un día nos va a dar la luz que necesitamos para salir adelante.
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