
¡Felisa me muero!, año nuevo
Estoy harto ya de estar harto y de hacer balances de fin de año. ¡Basta! Es un día más el 31 de diciembre, un día como cualquier otro con el agregado de cohetes, pitos, matracas, borracheras, discusiones familiares activadas por los vahos etílicos y ataques de llanto por los que no están, que no están los 365 días del año, pero que el fatídico 31 se hacen presentes en la mesa familiar. No podemos evitar toda esa mezcla de sentimientos, somos humanos y tenemos nuestro corazoncito, pero, ¿no podríamos relajarnos un poco y asumir lo bueno de estar vivos? En el Sur, muertos de calor; en el Norte, ateridos de frío, los mortales les otorgamos a esas doce campanadas poderes mágicos. Si el año fue malo, ¡al fin te fuiste! Si fue bueno, ¡no te vayas! El pobre bebe (así suele representarse al año flamante) tiene muchas responsabilidades que asumir. Debe traer paz, prosperidad, salud, dinero, amor y lograr el milagro de que los gobernantes cumplan sus promesas (las buenas, porque las malas las concretan a rajatabla). ¡Pobre bebe!
Y este año que mañana comienza es el 2012. ¡Nada menos! El año fatal anunciado como el del fin del mundo por un calendario maya interpretado por agoreros, horoscoperos y predicadores tirando a truchos. ¡Pobre bebe! ¡Qué karma! ¿Qué podemos pedirle a ese pequeño que carga con la pesada mochila de venir no sólo con la fecha de vencimiento habitual y natural del 31 de diciembre, sino que parece que unos días antes fenecerá por muerte natural ya que lo que se anuncian son catástrofes climáticas muy superiores a las que amenazaron el 2011? ¿No se habrán equivocado en la fecha y el tsunami japonés del último mes de marzo será lo que aquellos mayas alucinaron como fin del mundo?
Se habla mucho de hielos derretidos inundando las costas, o sea Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Miami, Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Londres, Barcelona y Mar del Plata desaparecidas. ¿Dónde irán de vacaciones los sobrevivientes, si es que los hay?
Pensemos en positivo: si viene la debacle general no tendremos que preocuparnos por el dólar, el euro o la moneda china, nos ahorraremos la decepción de ver que todo sigue igual a pesar de las promesas, no escucharemos más los discursos interminables de Chávez, no asistiremos a la reivindicación de Bush (padre o hijo, es igual), nos quedaremos sin saber quién será el próximo jurado de Bailando por un sueño, nos ahorraremos la intriga de saber cuál es nuestra inflación y nos perderemos el estreno del regreso al cine de Arnold Schwarzenegger, en fin, no tenemos otra que esperar, si Dios nos presta la vida y el Arcángel San Gabriel.
Si nos atenemos al apocalipsis previsto por la Biblia, debemos esperar la resurrección de todos los muertos para ver a quién mandan al cielo o al infierno, sin olvidar el purgatorio. De sólo pensar que uno puede llegar a ver a gente horrorosa, aunque sea por breves momentos se me erizan los pelos.
Por eso, mejor no pensar y desear que durante lo que nos quede lo pasemos lo mejor posible pidiendo que nos dejen vivir, que no cercenen las libertades individuales, que seamos tolerantes con los diferentes, que no nos roben nuestros ahorros a los que los tenemos y que dejen ahorrar a los que no los tienen; que asumamos nuestras decisiones y no nos escudemos en el yo no lo voté, que apoyemos a todos los que investigan en laboratorios recónditos el origen de las enfermedades, que no se agreda más a la naturaleza con experimentos peligrosos y que tengamos en cuenta al prójimo, que tiene –o debería tener– los mismos derechos que nosotros.
Personalmente, no creo en un fin de la humanidad, o no lo quiero creer, da igual. Creo que falta mucho más que un añito y confieso que tengo unas ganas locas de seguir en este baile, me toque bailar el candombe, la guaracha, la gavota o el strip dance. Pero si llegara a ocurrir, estoy seguro de que vamos a tener una gran cobertura periodística, como corresponde a una sociedad súper tecnificada y con poderosos medios de comunicación que se preocuparán por sacarse chispas para lograr el mayor rating, aunque sea el último. Ya los estoy escuchando: "Tenemos imágenes exclusivas del derrumbe de la Torre Eiffel de París y el Kodak Theatre de Hollywood", "Declaraciones sensacionales de Madonna desde su mansión de Malibú arrastrada por las colinas que la empujan al océano", "Vea la recopilación de los saqueos a supermercados de Buenos Aires y Madrid", "El último deseo de una familia de esquimales" y así hasta el infinito (¡nunca mejor dicho!). Bromas aparte, ojalá que podamos decir feliz Año Nuevo y no ¡Felisa, me muero!
* El autor es actor y escritor







