
Fernando Fader
Más de cien de sus mejores paisajes y retratos, una serie de fotografías íntimas y objetos que le pertenecieron –como su viejo caballete– constituyen una gran muestra en homenaje al pintor, hasta el 25 de noviembre, en el Palais de Glace
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Hijo de un ingeniero alemán, dueño de un astillero en La Boca y de una vizcondesa francesa radicada en el Tigre, Fernando Fader –contrariamente a lo que muchos biógrafos afirman– nació en el otoño de 1882, en Burdeos, Francia.
El hecho de que él mismo haya afirmado en varias ocasiones que era de origen mendocino (también lo aseguró en el acta de matrimonio, rubricada con su firma) da cuenta de la intención que movilizó toda su vida y obra, y que fue hacer un arte nacional, íntegramente argentino.
Pese a una persistente tuberculosis, que a los 24 años minó sus pulmones obligándolo a recluirse en las sierras de Córdoba, y a los tropiezos económicos que debió sortear para desarrollar su vocación, Fader pintó como pocos la belleza de los paisajes del interior.
Era ermitaño, un poco soberbio y nada agraciado, y desde muy chico tuvo en claro su vocación. Después de nacer por azar en Francia, pasó su infancia en Mendoza, donde la acaudalada familia había iniciado la construcción de una usina hidroeléctrica que más tarde proveyó de luz a la ciudad. Fue un niño rico y feliz, y como todos los niños ricos de esa época se educó en Francia.
Cuando regresó, hecho casi un hombre, ya sabía que no cumpliría el sueño paterno de convertirse en un profesional (entre sus seis hermanos había ingenieros, químicos y economistas) y pese al año sabático que su padre le obsequió, partió a Europa con la decisión tomada: después de mucho rogar, fue aceptado en los talleres de dibujo y pintura de Henrich von Züguel, en Munich, donde pasó tres largos años investigando y buscando su lenguaje pictórico. Hasta entonces, nadie le veía condiciones. La primera exposición que realizó fue en su casa, cuando regresó a Mendoza, y fue un fracaso. Luego fundó una academia de pintura, que también cerró al poco tiempo. No vendía ni un cuadro, hacía pocas exposiciones y la crítica lo ignoraba, hasta que Cupertino del Campo lo descubrió durante su primera exposición en Buenos Aires, en la antigua casa Costa. Desde entonces, no paró. Realizó sistemáticamente una exposición al año, ganó concursos y participó en la fundación del Grupo Nexus, junto a Pio Collivadino, Cesáreo Bernaldo de Quirós y Carlos Ripamonte, entre otros.
Fader murió en la más absoluta soledad, en 1935, en Ischilín, donde realizó casi toda la maravillosa producción que cuelga hasta diciembre en las salas del Palais de Glace, y que es un merecido homenaje a su legado.






