
FRIDA EN LA BOCA
Nunca se vio en Buenos Aires una selección de obras de la artista mexicana como la reunida por la Fundación Proa en la Vuelta de Rocha. La pintora de Coyoacán, cuyos cuadros valen fortunas, tuvo una vida dramática y encontró en los pinceles el vehículo para conjurar sus fantasmas
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En México, Frida Kahlo tiene la categoría de un mito. La gente visita su casa, que se conserva intacta, como si fuera un templo; un santuario en el que la imaginería son los retratos de la propia Frida.
Algo de ese clima se ha trasladado a la Fundación Proa en La Boca, donde se exhibe, hasta comienzos de agosto, una selección de esas pinturas intensas y conflictivas. Los cuadros son parte de la colección de Natasha y Jacques Gelman, un matrimonio europeo radicado en México durante la Segunda Guerra Mundial, que invirtió buena parte de la fortuna ganada con las taquilleras películas de Cantinflas en obras de arte del siglo XX y en pintura mexicana contemporánea.
La colección de arte del siglo XX fue donada al Museo Metropolitano de Nueva York y constituye el aporte privado más grande recibido por la institución neoyorquina de obras de este siglo.
La muestra de Proa procede de París y seguirá viaje a Río de Janeiro, donde será exhibida en el Palacio Imperial con la organización de Arte Viva. Los críticos coinciden en que los retratos de Kahlo constituyen una colección dentro del conjunto de 47 trabajos del período histórico del arte mexicano representado por los grandes: Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo; a los que se suman pinturas de los abstractos Carlos Mérida y Gunther Gerzso, de la surrealista Leonora Carrington y del contemporáneo y talentoso Francisco Toledo.
Cuando los Gelman formaron su colección, los precios de las obras de arte no habían escalado las cimas astronómicas de las actuales cotizaciones; ni Frida Kahlo era la figura mediática que fascina a Madonna y a los coleccionistas de fin de siglo, capaces de pagar millones de dólares por un autorretrato con su firma.
Natasha Gelman compró el primer Frida en una galería de la calle 57, en Nueva York, por 300 dólares. Fue a fines de los años treinta cuando la pintora de Coyoacán, ya casada con Rivera, gozaba de cierta popularidad en los círculos intelectuales y políticos.
Había expuesto en los Estados Unidos, en la galería de Julien Levy, y en París, en lo de Pierre Cole.
Para los europeos, André Breton incluido, era una surrealista avant la lettre, con su carga de realismo mágico, sus sueños, sus pesadillas, sus obsesiones. Para los norteamericanos, Frida era un personaje, una celebrity, alguien que en 1940 mereció una tapa de la versión estadounidense del Vogue. Como Rivera, Tamayo y Siqueiros, Frida retrató a la coleccionista Natasha Gelman. La pintura es formal e irreprochable. Los excesos quedaron para sus autorretratos, los guardaba celosamente para la intimidad. Diego en mi pensamiento fue comprado por Natasha en París ante la sorpresa de su marido, que no entendía su interés por la obra de la mexicana cuando acababa de comprar una pintura de Braque. Poco a poco, la colección incorporó obras antológicas de la pintora de Coyoacán, como Autorretrato con mono, la imagen que fue usada en las calles de Nueva York para promocionar la gran retrospectiva 30 siglos de arte mexicano a comienzos de los años noventa. Siguieron Retrato de Diego Rivera, Autorretrato con collar, La novia que se espanta al ver la vida abierta, Autorretrato con trenza. La selección es única, como lo es la oportunidad de ver el conjunto en Buenos Aires. Sin embargo, como observa con razón Sylvia Navarrete en el estudio que prologa el catálogo de Proa, los Gelman nunca compraron uno de aquellos cuadros de Frida en los que queda plasmado "con truculencia y exhibicionismo el calvario de su enfermedad". Ubicados en un espacio íntimo dentro de la sala de la planta baja, los autorretatos cuentan la historia con los colores de Frida.
Frida Kahlo nació en Coyoacán en 1907, el mismo año que Diego Rivera, el hombre que la hizo feliz e infeliz al mismo tiempo, partía para Europa con una beca del gobierno de Veracruz.
Rivera iba al encuentro de las vanguardias, que le darían un cauce a su talento precoz. Su visión de México tiene una deuda con el cubismo de Picasso y Braque; con el arte del Renacimiento y con los colores sombríos de El Greco. Del mismo modo que el muralista David Alfaro Siqueiros, fundador del Sindicato de Pintores, tomó nota de la estética de los futuristas italianos antes de emprender la epopeya de su pintura.
Frida también fue precoz, pero nunca se fue de México. Trabajó en el taller de su padre, Guillermo Kahlo, un fotógrafo austríaco radicado en México, casado con Matilde Calderón, original de Oaxaca. El retrato era ya un tema en su vida cuando decidió ingresar en la Academia Preparatoria de San Idelfonso y hacer una carrera propia.
El vuelo de la niña rebelde duró poco y terminó mal. Muy mal.
En 1925, un tranvía se estrelló contra el camión destartalado en el que viajaba. Un hierro la atravesó literalmente y le rompió la columna vertebral, el cuello, las costillas y la pelvis. Su pierna enferma -había sufrido parálisis infantil- sufrió once fracturas; el hombro izquierdo quedó lesionado para siempre, al igual que uno de sus pies.
El pasamanos del tranvía atravesó su espalda y salió por la vagina. Frida tenía 18 años cuando se accidentó; desde ese día hasta su muerte sufrió treinta y dos operaciones. Fueron veintinueve años de dolor sin tregua, postrada en su cama-taller. Los últimos veinte años se vio obligada a usar ocho tipos de corsets para mantenerse erguida. En 1953, un año antes de su muerte, sufrió la amputación de una pierna gangrenada.
Frida pintó su vida, su dolor. Se pintó a sí misma. Arriba de la cama tenía un espejo y ella era su propio modelo. Sus autorretratos son su biografía, en ellos se mezclan elementos del realismo mágico con sus sueños, sus pesadillas, sus obsesiones. André Breton, el padre del surrealismo, la considera "una bomba sujeta con tirantes", a punto de estallar por la intensidad de sus sentimientos.
En la composición, Frida se inspira en las obras de El Bosco, como sucede en El abrazo de amor del universo, la tierra, México, Diego y Yo, de 1949, donde se patentiza el drama de la esterilidad y sus ambiguos sentimientos hacia Diego Rivera a quien, por momentos, consideraba un hijo.
Los ex votos, el cine, las fotografías fijas del taller de su padre y la pintura de Brueghel son, en muchos casos, el fondo de sus cuadros. En primer plano, siempre está su rostro: "El templo del cuerpo roto", como lo llamó el escritor Carlos Fuentes en el imperdible prólogo al diario íntimo de la pintora.
Dos años después del terrible accidente, Frida conoció a Diego Rivera; cuatro años después se casaron en Coyoacán. El la doblaba en edad, ya era un pintor famoso, comprometido políticamente, contradictorio, a quien los grandes coleccionistas norteamericanos asediaban con sus encargos.
Fue casualmente para responder a un encargo del constructor de automóviles Henry Ford que la pareja viajó a Detroit donde Frida sufrió un aborto. Esa fue una señal lacerante y la confirmación definitiva de que nunca podría tener hijos. A partir de ese momento, sus pinturas están pobladas de símbolos de la fertilidad -flores, frutas y monos-, entreverados con espinas, cadenas, objetos de tortura y, siempre, la imagen recurrente de Diego. Su tortura, el otro accidente.
La relación de Frida y Rivera fue siempre un infierno. El le era infiel; le mentía. Ella también. Tuvo muchos amantes, incluido León Trotski, a quien la pareja brindó asilo en su propia casa de Coyoacán, burlando los consejos llegados de la Unión Soviética y de Stalin. Trotski fue asesinado en 1940, en el escritorio de la casa de los Rivera.
Las transgresiones y las boutades del Diego político poco le interesaban a Frida. Ella quería al artista desmesurado y extremo que, dicho por él mismo, mientras más la amaba, más la dañaba. Su calvario terminó el 13 de julio de 1954. Una muerte anunciada y mexicana, para la que se preparó durante veintinueve largos años.






