
Generación country
Viven en espacios cerrados, rodeados de aire y de sol. Los cálculos más modestos dicen que los jóvenes “countristas” son más de 160.000. Una periodista dialogó con 60 de esos chicos, que aceptaron contar su mundo y sus historias serán publicadas en un libro
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Su mamá le enseñó a sacarse los zapatos para caminar por la cancha de polo, a cuidarse de los que hablan de más, a hacer su propio camino.
Por eso, Abril, de quince años, escribe.
Abril escribe en inglés, excepto los poemas, que los escribe en español. Tiene cerca de ocho cuentos cortos y una novela de dieciséis capítulos.
(…) Abril aparece con una sonrisa, los ojos celestes que miran fijo. Lleva una malla blanca de dos piezas y su pelo rubio y largo está mojado. Sobre el pecho tiene un rosario de madera y en una de sus muñecas, una pulsera con imágenes diminutas de la Virgen.
Ella explica enseguida:
––La compramos en Salta. Fuimos con papá, mamá y mis dos hermanos, en octubre, hace un mes y pico, cuando fuimos a ver a María Livia. Es una Virgen en vida que visitan miles de personas por día. Fue muy lindo poder hacerlo con toda mi familia. Mi hermana es chiquita y mi papá le preguntó si estaba segura de querer acompañarnos. Dijo que sí. Llegamos a las once, al pie de un cerro, y tuvimos que subir hasta la cima y hacer cola hasta las cinco de la tarde, hasta que pudimos ver a María Livia. Es una señora mayor, de rostro arrugado y moreno, vestida muy sencillamente, con un pañuelo celeste al cuello, como los ayudantes que tiene a su alrededor. Mamá estaba nerviosa, y cuando al fin María Livia tocó a mamá, ella empezó a llorar y a llorar, y finalmente se desmayó. No habíamos comido nada en todo el día. Mi hermano, que jamás había creído en este tipo de cosas, dice que sintió una fuerza muy fuerte al estar junto a ella. Que no se desmayó pero casi.
Abril es hermosa y enigmática: se ríe ante una pregunta, no habla mucho, se olvida de lo que no quiere recordar. (…)
–De chica íbamos al campo de un amigo de la juventud. Y tenían un campo tan grande, con una casona que era un palacio maravilloso. Pero lo que más me impresionaba era el otoño: los árboles se teñían de rojos y violetas justo en abril. El campo se llamaba Abril; bueh… ahora es donde está ese country tan grande.
El papá de Abril es empresario (ahora mismo está trabajando) y su mamá es actriz. (…)
Ahora entramos en el cuarto de Abril.
Es pequeño y tiene una ventana que da al parque y a la pileta. Está muy ordenado y todo parece milimétricamente calculado para el poco espacio que hay: la cama de una plaza, una mesita de luz que encaja entre la cama y la pared, el escritorio con una laptop blanca y, al lado, el órgano eléctrico con una partitura de un tema de los Beatles: Yesterday.
Arriba de la cama hay pósters de Charlie y la fábrica de chocolate, una película protagonizada por Johnny Depp, un poco agria para ser para niños. También está en un póster Head Ledger, el actor australiano protagonista de Secreto en la montaña, y Philip Seymour Hoffman, protagonista de Capote.
–Me encantó esta película y me fascinó el actor –dice Abril.
(...) Hay estantes con muchísimos libros. Se destacan los volúmenes grandes y en inglés, la saga completa de Harry Potter y la trilogía de Mallory Blackman.
–¿Tenés amigas en el country?
–Repoquitas. Bueno, tengo amigas en el colegio que van a otros countries: Mora vive en El Argentino y otra de mis más amigas en el Aranzazu. De todas mis compañeras de clase hay una sola que no vive en un country.
–¿Cuánto hace que vivís en el Tortugas?
–Hace mil años. Desde que me acuerdo que vivo acá. Creo que nos mudamos cuando recién había nacido mi hermano. Yo tendría dos años. Antes vivíamos en Billinghurst, o algo así.
Abril dice que le encanta vivir en Tortugas:
–O sea, nada que ver con la realidad. Capaz en invierno ni te des cuenta, pero ponele que en verano puedo estar tirada como si fuera el medio del campo. Vas al centro y está lleno de autos y estás todo el día encerrada en un departamento.
Va muy poco a la ciudad. Alguna vez fue en colectivo:
–Pero no me ubico ni ahí. Es como si fuera una turista.
–O sea que te sentís fuera de la realidad.
–Depende de cuál sea la realidad de cada uno. Mi realidad es ésta porque yo vivo acá. Puede ser que sea una burbuja, pero a mí me gusta igual. Tengo contacto con todas las cosas de una ciudad: salgo con mis amigas y hago todo lo que hacen los chicos de la ciudad, pero con más naturaleza. A veces vamos a San Isidro. Cuando voy al centro y vuelvo, digo: qué placer, qué silencio, tanto verde…
(...) La idea es caminar por Tortugas. Abril no tiene muchas ganas. Se queda. (…) Adelante está la capilla: una pequeña sala de vidrio con un relicario, una mesa de mármol blanco, velas y varias imágenes de santos y vírgenes. También está Jesucristo en una cruz. El diseño de la construcción fue obra de don Maura, que se inspiró en la ermita de Covadonga, en España. Allí se han celebrado casamientos que salieron en las revistas: los de varias modelos.
Abril viene los domingos a esta capilla. Pero viene sola.
–A veces viene mi familia, pero no siempre. En una época iba por obligación. Y dejé de ir. Ahora voy porque quiero –explica después.
(…) Abril y su mamá charlan, sentadas en la misma reposera en el jardín. Se hablan con respeto, se abrazan. Sus personalidades son distintas, pero parecen entenderse. La mamá acaba de llegar del centro y se metió en la pileta.
Tiene un excelente humor. Al rato se va y sigue la charla con Abril:
–¿Hacés las cosas que querés o te ponen muchos límites?
–No sé; hay cosas que no me dejan.
–¿Como qué?
–No sé, ahora no se me ocurre.
–¿Te dejan ir a bailar?
–Sí, voy todos los sábados. Pero me dejan porque hago cosas de acuerdo a mi edad.
–Ah, ¿vas a bailar temprano, a matiné?
–No. Vamos cinco en un remise de confianza. Acá todo se hace en remise: cuando cae el sol no te podés mover de acá sola porque es peligroso y porque queda lejos. Eso es lo malo de vivir acá. A las discos del centro no vamos porque no nos dejan entrar ni en pedo, por la edad. En Pilar sí: jamás nos piden documentos.
–¿Tenés novio?
–Nunca, ni uno.
(...)
–¿Leés diarios o ves noticiarios?
–En el colegio tengo una materia que se llama Geografía Mundial, donde te obligan a leer las noticias y saber lo que está pasando en el mundo. La política no me interesa para nada. Si no fuera por esa materia, no abriría ni un diario.
(...)
–¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?
–Escritora. A veces no puedo parar de escribir y otras, de leer. Ahora leo The power of now, de Eckhart Tolle. Acá dice: “Tú estás aquí para permitir que el divino propósito del universo se despliegue. ¡Esa es tu importancia!”. Habla de la iluminación, de cómo llegar a ella.
–Y vos, ¿por qué rezás?
–Para acercarme más a Dios. Este año me acerqué mucho. Ahora quisiera acercarme más a la Virgen.
País: Nordelta
Cuando conocí a Clara y a Edmundo, yo ya había caminado más de dos kilómetros desde la casa de la calle “del Jaguareté”, en el barrio Castores, donde había entrevistado a la mamá de Ivana, una quinceañera que acababa de ganar un concurso del Instituto Sanmartiniano por su trabajo sobre El cruce de los Andes de San Martín. El trabajo era un texto que había escrito en la materia de computación en el San Ramón, un colegio que funciona en una casona histórica que perteneció a un descendiente del virrey Liniers, en el centro de Tigre. El premio será un cruce a caballo por los mismos sitios donde estuvo el general, dentro de un mes y medio.
Ivana no estaba y su mamá, fundadora y dueña de un colegio privado (…), estaba preocupada: era más difícil aceptar los cambios de una hija adolescente, pero propia, que los de todo un alumnado.
Al menos, justo ese día, la mujer pensaba eso:
–Ivana era una nena muy tranquila. Tenía su mundo, le gustaba escribir. Pero últimamente está cambiando. Nos mudamos y el primer año hicimos el esfuerzo de seguir en el colegio de Villa Ballester, donde vivíamos. Viajábamos todos los días hasta allá. Este año empezó en un colegio de por acá, y hay gente nueva, salidas nuevas y mucho alcohol alrededor… este año por primera vez en la vida se lleva materias a diciembre: seis. Le pregunté si se quería cambiar de colegio, pero no. Me dice que va a intentarlo.
(…) –¿Qué diferencia hay entre la vida que llevaban en el barrio de antes y la que viven en Nordelta?
–Mirá: si no tuviéramos dos autos yo estaría atada. Y a mis dos hijas les pasa lo mismo: dependen muchísimo de mí. Ivana creció y vivió su infancia en un lugar abierto, en Villa Ballester. En un barrio típico. Ella era una nena y yo la llevaba y la traía, porque era chica. Justo cuando estaba por dar el salto hacia una independencia, donde se aflojan las rejas familiares, digamos, vinimos para acá. Y acá hay rejas geográficas. Ella vuelve a depender de mí, como cuando era una nena. Por eso este año nos lo propusimos y lo logró: pudo ir en colectivo hasta lo de sus abuelos, en Villa Ballester. Yo tengo muy grabado eso de subir a un colectivo y ver muchos chiquitos con guardapolvos blancos… viajando solos. Pero acá es diferente. Aunque bueno, también aquí es posible que, como ayer, sean las diez y media de la noche y tengan ganas de ir a tomar un helado con el vecino de al lado y vayan. Y esa forma de ser solos, de ser independientes, a uno, como mamá o papá, lo llena de orgullo. Yo creo que es muy bueno darles un voto de confianza a los hijos.
(...) Dos días después de cruzar los Andes, Ivana salió en la televisión, en Canal 9:
–Conté el viaje, en el programa de 9 a 12.
(…)
–Fuiste con tu papá, ¿cómo te llevaste con él?
–A él le tocó estar en otra patrulla. Lo que pasa es que éramos setenta personas y nos dividieron en grupos para que fuera más organizada la comida y la marcha. A mí me encantó, a mi papá también, pero tuvo un problema de meniscos y dice que estuvo bien hacerlo, pero que no lo repetiría. Yo sí.
–Acá ya volviste a tu vida normal, ¿cómo es?
–(...) Estoy todo el día encerrada...
(...)
–¿Leés?
–Sí, leo bastante porque tengo mucho tiempo libre. El último que me devoré en dos días fue Abzurdah. Es la historia de una chica que es bulímica; tiene un blog: mecomoami. Es la vida de la autora, Cielo Latini. Buenísima. Bastante fuerte; para que te des una idea: la tapa del libro es un sacapuntas gigante, de esos de escuela, del que salen gotas de sangre.
–Y la música, ¿te gusta?
–Sí, escucho mucha en inglés. Y me encanta Diego Torres. Lo fui a ver cuando vino a Nordelta.
Ser Mapuche
El chico se acerca a la barra y, tímido, se presenta.
Es Iván.
Usa jeans, remera blanca, zapatillas. Tiene barba de dos días, el pelo enrulado y corto, un lindo muchacho.
–No sé para qué te puedo servir.
Dice y lanza una sonrisa levantando los hombros. Acaba de terminar de cursar en la Escuela de Música de Buenos Aires, en Belgrano, y en poco más de media hora tiene que estar en Palermo, ensayando con el grupo Tifus.
Son las ocho y diez de la noche, y estamos en el bar de La Pampa y Ciudad de La Paz, Mr. Pepper’s, casi vacío, mientras la tele en lo alto muestra cómo el granizo en Rosario tiró abajo el techo de una biblioteca.
Ahora empieza a llover en Buenos Aires.
Iván tiene veintiún años y es el organizador del último Mapuche Music Festival, un festival de música joven que se hizo en uno de los countries más tradicionales de zona norte, el Mapuche, en Pilar –a un kilómetro del km 50–, y que convocó a bandas de chicos que en su mayoría viven en countries de la zona.
(...) Iván aparece en una de las fotos, arriba de las publicidades, con el pelo largo, junto a Elis, Gabriela, Tomás y Javier. Son miembros de su grupo: Nimbo. De todos, Iván es el único que vive en el country. El resto vive en Belgrano, en la Capital.
Hasta fines de los noventa, en el country se hacían uno o dos conciertos al año. Una vez llegó a tocar la banda Rata Blanca.
Esta vez tocaron para más de trescientos asistentes. Fue en la noche del sábado 10 de junio de 2006. Les iban a dar el club house principal, pero luego habilitaron el de jóvenes, un espacio más chico pero amplio, donde ahora entran seis mesas de pool, una de tejo, un metegol, y todavía hay mucho lugar.
(...) Ahora Iván pregunta qué es lo que quiero saber y para qué.
Le explico y me mira con atención, en completo silencio. Cuando termino, su silencio y su seriedad continúan. Imagino que se va a ir del bar sin decir nada. Pero dice:
–Bueno, si te sirve, te cuento mi historia.
Y empieza cuando el mozo llega con dos cafés cortados con leche:
–Desde que nací, los fines de semana íbamos al country. Vivíamos en un departamento en Belgrano. Soy hijo único, mi mamá es psicóloga y mi papá ingeniero: imaginate el resto.
Cuando cumplió los siete años, en 1993, la familia se fue a vivir en forma permanente al country de Pilar.
(…) Ese verano, del ’99 al 2000, ya se había producido una revelación que iba a cambiarle la vida. Con sus padres habían ido a veranear a Las Toninas, un balneario modesto en la costa argentina, poco más al sur que San Clemente del Tuyú. Todas las tardes pasaba por la playa un trío a tocar música: eran un guitarrista, un bajista y una percusionista. Una tarde, llegaron el bajista y la percusionista y avisaron que iban a tocar solos porque el guitarrista estaba enfermo.
Entonces Iván supo que nunca más olvidaría a ese bajista de rulos y bajito.
Había escuchado el sonido del bajo por primera vez.
Quería tocar eso.
Volvió a casa y en el country convenció a sus más amigos para que empezaran a tocar en el taller de música del Mapuche.
–Yo pedí el bajo y el resto se repartió los instrumentos. Uno iba, se anotaba en alguna clase y un profesor te guiaba. Ahora sigue existiendo. Mapuche es un country progre, digamos. Ninguno de aquella banda que formamos toca ya.
(…) En la casa de Iván todo tiene una historia. La silla de la cocina, pequeña y de madera clara; los sillones del living, en madera más oscura, y hasta su propia cama, un poco angosta, fueron hechos por su abuelo Mario, el carpintero que nació en Italia (...).
–Vení, pasá. Estaba cocinando… –dice Iván, y abre una puerta de madera sin llave.
(...) Cuando la manteca empieza a crujir, la distribuye con la cuchara de madera por toda la base y tira los primeros bifecitos enharinados. Pone la tapa y sale por la puerta de la cocina: camina unos pasos y veo cómo corta un limón del árbol que está junto a la ventana.
–Es el árbol del vecino, pero está en la medianera y nos da permiso. Es de los limoneros que dan todo el año.
Entonces Iván abre el limón y echa el jugo sobre los bifes. Por último, un chorro de vino marsala. Se produce un largo chisporroteo. Hay un olor riquísimo.
La mamá estaba hablando por teléfono en el escritorio del marido.
Desde hace unos años, trabaja en los asuntos administrativos de la fábrica del papá de Iván. Termina y viene a saludar. Abraza con cariño y, mientras va y viene, termina de echar los últimos bifecitos –con esa rapidez de madre–, mientras Iván revuelve pacientemente en otra olla anaranjada unas papas hervidas con manteca y leche.
(...) Habla sobre la importancia de encontrar los propios sonidos. Que le gustaría saber más de folklore.
–El director dijo unas palabras el otro día, cuando terminamos las clases. No hay que querer abarcar todo. La música es infinita.
(...) Suena el celular de Iván. Es su novia, que estudia Ciencias de la Comunicación en la UCA.
–Sí, sí. Acá estoy con la periodista –le dice.
Charla unos segundos, tranquilo.
Cuando corta, levanta la mesa.
Pasamos por su cuarto.
–Mi cuarto está para dormir y cambiarme: nada más –explica Iván.
(…) Cuando estamos por salir del bar, Iván me pregunta si no quiero las galletitas de limón que venían con el café. Quedan dos y él ya se comió las dos que le correspondían. Le digo que no y se lleva una a la boca.
La otra se la guarda en el bolsillo.
Afuera dejó de llover.
Febrero de 2007.
Iván cuenta por e-mail que volvió del norte del país con su novia y que llegaron hasta Bolivia.
Que ahí se compró un charango. No para de tocarlo.
Y que es feliz.
El alcohol
(…) Una maestra acepta contar su experiencia de cuatro años, sin que diga su nombre: “El año pasado, un chico de quince años me dijo que hacía tres meses que no salía del country. El modo de enseñar dentro de un country no es que sea distinto de enseñar afuera, sino que sufre algunas adaptaciones. A saber: el ritmo de trabajo de los chicos es muy lento y cansino. No se les puede pedir ningún tipo de material de un día para el otro porque tal vez no lo consiguen. Están bastante poco informados. En general, realizaron muy pocas salidas culturales. No conocen bibliotecas. A los chicos del country les cuesta respetar ciertas normas básicas en clase. Muchas veces les tengo que pedir que se pongan los zapatos, no coman o se sienten bien. No tienen ninguna cultura escolar. Hablan mucho entre ellos en clase y, cuando uno les llama la atención, no reconocen que están haciendo algo inapropiado. Confunden el colegio con una prolongación del country o del club. Aunque los grupos que tengo son chicos, cuestan bastante trabajo (...). Esta mala actitud la traen de la casa: más de una vez he escuchado a los alumnos decir que los padres los traen a este colegio sólo porque les queda cómodo. Me llama la atención la gran cantidad de alcohol que consumen; más de una vez he escuchado charlas entre ellos donde hablan de este tema. En general, son muy cariñosos”.
Gervasio, un chico de diecisiete años, mira las botellas de cerveza y de vodka, vacías, junto a la parrilla de su casa, y dice:
–Anoche le hicimos una fiesta sorpresa a un amigo. Eramos veinte. Pero todo bien. Aquí hubo bardadas serias de chicos alcoholizados (...). Por lo general, lo hacen los chicos más chicos: los de catorce años o menos. Los de mi edad ya pasamos por eso. Pasa en cualquier lado, sólo que en un country se sabe todo: es más cerrada la comunidad y todo se conoce.
(...) Una noche éramos tres amigos: los tres terminamos dados vuelta. Yo caí en casa no sé cómo. Al día siguiente tenía otra fiesta a la noche. Dije basta, no tomo más. Chau. A la noche estábamos dados vuelta de nuevo. Te ponés una alcoholemia importante. Vomitás, te sentís horrible, pero al final se te termina yendo y volvés a tomar.
–¿Y las chicas?, ¿toman?
Contesta Gervasio:
–Ellas son peores. Quedan impresentables. Se tiran al piso, se descontrolan más.
–Yo creo que eso es un mito –dice Mariano–. Lo que pasa es que verlas así es más fuerte, más desagradable. Porque uno espera algo más femenino, más delicado, y si bien ver a alguien vomitar, ya sea hombre o mujer, es feo, ver a una chica en esa situación impresiona más.
–Hacer una fiesta en un country es muy complicado –dice Marino.
–Sí, yo no hago ninguna más –dice Gervasio–. No son fiestas. Terminan siendo megafiestas de country porque caen todos y pasan porque está todo abierto. No es como en una casa común, donde la gente tiene que tocarte el timbre y una vez adentro no salen.
Entender el fenómeno
Según datos que recoge Patricia Rojas en su libro Mundo privado (Seix Barral), antes de la década del 80 los escasos countries que existían en el país eran apenas lugares donde pasar los fines de semana. Hasta 1991, pocos vivían allí. Después, el fenómeno explotó:
“Hay cerca de 600 emprendimientos privados. En 1994 ya había 1450 familias que los habían elegido como vivienda principal. Hoy, más de 300 mil personas viven en estos barrios de manera permanente.”
”¿Y cuántos de todos ésos son jóvenes? La Federación Argentina de Clubes de Campo informa a comienzos de 2007 –a través de su secretaria, Paula– que «jamás se hizo ningún estudio de este tipo (...)». Hay quienes dicen que son 25.000, pero es poco. Siguiendo un cálculo razonable, tomado en base a datos reales en 18 countries, el número ascendería a 166 mil jóvenes.”
“En el Tortugas Country Club viven 322 jóvenes de entre 14 y 24 años y 392 desde recién nacidos hasta 13 años. En Highland Park, calculan que viven 812 jóvenes menores de 18 que son socios. En Nordelta, del último censo poblacional surge que allí habitan 9700 personas. Si la mayoría de las familias tienen por lo menos dos hijos, y hay muy pocos matrimonios mayores, un vecino calcula que debe de haber 4850 menores de 18 años. Son 6726 menores de 24 años en sólo una ciudad y tres barrios privados.”
Historias publicadas
El libro Mundo privado (Seix Barral) estará en estos días en las librerías. Según la autora, “la aparición de countries y barrios privados es uno de los cambios urbanos más significativos de nuestra época”. Su pregunta inicial fue: ¿qué ocurre cuando crecen los niños criados en sitios donde pueden andar solos y disfrutar de la naturaleza? La respuesta la dieron los propios protagonistas.






