
Alan Brown y Valentina Sielecki instalaron en Buenos Aires el primer local de RockCycle, donde se practica un cóctel de musculación, fitness y terapia espiritual que ya factura más de dos millones de pesos al año y que en 2016 promete expandirse hacia América latina.
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Por Cicco / Foto Sol Santarsiero
Esta gente no lo llama gimnasio. Lo llama santuario. Y a pesar de que hay bicicletas y uno viene aquí –se supone– a quemar calorías, el ambiente parece más de spa o monasterio que de gym hecho y derecho.
Aunque, bueno, el entorno lo contradiga: en una clase de este santuario se queman entre 500 y 800 calorías. Y la idea de cómo descendió RockCycle –así se llama– a la Argentina hay que rastrearla primero en Nueva York, en el departamento de una argentina llamada Valentina Sielecki, que de tan entusiasmada con sus sesiones de RockCycle en Manhattan, tomaba dosis de cinco clases por semana. Salía de su trabajo en un laboratorio farmacéutico de Nueva Jersey y se iba derechito al santuario bicicleteril.
No era la única. Las revistas faranduleras locales señalaban que ese cóctel impensado de musculación, fitness y terapia espiritual ya había seducido a celebrities tan dispares como el actor Hugh Jackman y la cantante Lady Gaga. O Tom Cruise, Madonna y David y Victoria Beckham. En fin, la crème de la crème.
Allá sucedía lo que nunca sucede en un gimnasio: había ambiente iluminado por velas.Mensajes espirituales en las paredes. Y entrenadores que, más que entrenadores, parecían Osho con calzas. "Esto no es un entrenamiento físico", repetían los instructores. "Esta es una transformación interior".
La idea detrás de semejante combinación de fuerzas –motivacional más descarga física– es que el entrenamiento va ligado al estado de ánimo de aquel que lo practica. Alguien que va al gimnasio arrastrando los pies como quien va al pelotón de fusilamiento no tendrá el mismo rendimiento e intensidad que otro que va como si fuera a una despedida de soltero. O esto es, al menos, lo que dicen los defensores del RockCycle.
En 2013, llegó de visita su amigo Alan Brown, a Nueva York, y lo primero que hizo Valentina Sielecki fue llevarlo a su santuario. Él había estudiado economía empresarial en la Di Tella y ella tenía amigos en común allí. Desde hacía siete años eran buenos amigos.
Brown, que venía de trabajar en el área contable de una financiera, abrió los ojos y tomó nota del fenómeno. "Hay quince de estos en Nueva York", le explicaba Sielecki, que a lo largo de su vida había practicado patín artístico, gimnasia deportiva, corría mucho, hacía windsurf, esquí, pero nada como ese ritual de subir a la bici que le doraba tanto el vestido de bife a Lady Gaga. "Fijate, no tenés ni que traer la remera", le insistía. "Si te olvidás de todo, ellos te dan hasta las zapatillas. Te cansa, claro, pero es redivertido". Valentina hablaba y Alan hacía cuentas en silencio.
Al volver a Argentina, Brown se propuso desembarcar con el primer espacio de RockCycle de Sudamérica. Llamó a Sielecki para consultarle algunas precisiones y ella le dijo: "Yo también pienso llevar esto a Argentina. O nos asociamos o somos competencia y nos matamos".
Brown, flexible y en son de paz, aceptó el plan número uno. Y para noviembre de 2014, abrieron el primer local de RockCycle, en Humboldt al 1600, un hotel en el ombligo de Palermo Hollywood. Allí dispusieron clases de 45 minutos con cincuenta bicicletas alineadas para dar sensación de grupo o, mejor aún, de cofradía. Y las luces de templo, claro. Y la música que, curiosamente, invita por un lado a pedalear y por otro a liberarse de grasas y también de pecados.
Ellos lo llaman "full body workout", que es la forma integral que usan para denominar esto: "Al terminar, te va a doler todo el cuerpo". Podrás asociar "cycle" a bicicleta. Pero ¿por qué le pusieron Rock? Los fundadores explican: "Rockear es rebelarte, animarte y desafiar límites, sentir la adrenalina de lo que te gusta". Con eso deberías pescar la onda. Y, si no, es que no sos suficientemente rockero.
El comienzo de RockCycle made in Argentina fue, como suele suceder, módico y experimental. Estaban Valentina y Alan –socios fundadores–, una recepcionista y un instructor. Y, naturalmente, las cincuenta bicicletas esperando. Desembolsaron una inversión inicial equivalente a 120.000 dólares para estrenar el local-santuario, acondicionado para los nuevos devotos con luz a vela. La música, inspiradora y a la vez contagiosa. Las frases espirituales y de autosuperación, creadas por ellos mismos, proyectadas en las paredes cual horizonte por descubrir a fuerza de puro pedaleo. Algunas de ellas, tal vez, así como están ahora fuera de la bici, no te digan nada. Pero en el contexto justo, con la música indicada y 49 monos sudando igual, es otro cantar: "Uno intenta buscar la mejor versión de sí mismo". "Estás en un viaje". Y "Rockeá tu espíritu". Obran milagros en el pedaleo anímico de los devotos.
La dupla de fundadores no tuvo que esperar mucho para ver su repercusión. Al mes, ya la clase estaba completa y hasta había lista de espera. Tuvieron, es cierto, dos rubros para remar y hacerse camino: 1) Seleccionar a los instructores. Como no había antecedentes de profes que sumaran un perfil motivacional ligado a la espiritualidad, y además que supieran de baile, el casting se hizo largo y arduo. Tardaron seis meses hasta dar con el primero: Max Santucho, profesor de educación física, expracticante de yoga y bailarín profesional, el tipo que con el tiempo formaría a los demás instructores. Y 2) Convencer a las marcas de que apoyaran el emprendimiento. Tuvieron que transpirar la camiseta –y esto, claro, fuera del santuario–. A todos ellos les explicaban su estética decorativa así: "Apuntamos a hacer algo «Apple» minimalista, con un estilo escandinavo". Algunos les sonreían y movían la cabeza afirmativamente pero sin entender un pomo. Hubo en el camino muchas carpetas, muchas reuniones, muchas palmadas en el hombro y muchas calorías quemadas fuera del templo hasta que empresas como Nivea, Alfaparf, Schwinn, y Shimano les dieran el sí.
Con el espaldarazo de la clientela, los sponsors y la multiplicación diaria de nuevos devotos, los fundadores escalaron alto. Crearon el primer formato de reserva –y compra– de sesiones online de Argentina para fitness en bici. El método es un "pay as you go", que no debe confundirse con el Paga Dios: aquí uno va cuando quiere y paga lo que usa. Nada más y nada menos. Sin compromisos.
Y, por si fuera poco, la dupla de fundadores diseñó su propia línea de ropa resistente, flexible y con onda para identificar a las nuevas camadas vernáculas de hermanos en bici. La llamaron RockGear. Ya tienen desde remeras hasta calzas. Y desde gorros hasta medias. Solo en el último año vendieron 3.200 prendas.
El RockCycle fue un golazo. O, por así decirlo, un pedalazo. Para este 2016 ya tienen dos locales en actividad, tres en carpeta y piensan seriamente en abrir franquicias en Chile, Colombia, Uruguay, Perú y Paraguay. Y muestran orgullosos la cifra que indica que 4.500 argentinos ya pasaron por sus rituales. El último año, el local fundacional de Palermo facturó dos millones de pesos. Para este año esperan cinco palos. Y escuche bien el dato: todos los practicantes quemaron 25 millones de calorías al año –a razón de dos millones al mes–, que fueron absorbidas, religiosamente, por el suelo del santuario.
Mientras tanto, como en todo mundo que irrumpe, pelaron terminología nueva. Para decírtelo gráficamente, el RockCycle es tanto fitness como coreografía, así que los movimientos son un poco ejercicios y otro poco bailoteos. Por eso, los instructores desenfundan pasos con nombre propio: el toco y me voy, el flirteo, el cuatro esquinas y la batidita. Y, para cerrar el número, los devotos –que, entre ellos, se llaman riders– bautizaron a esto de hacer fitness bailando arriba de una bici: la cardio party.
A toda esa gente rider, cuando entran por primera vez –la primera clase es gratis–, los fundadores y el profe –carismático, espiritual, fibroso y bailarín– le advierten: "No estamos en el negocio de cambiar cuerpos, eh" y luego hacen una pausa y completan la frase, con un toque ambicioso: "Lo nuestro es cambiar vidas".
Y entonces sí: que arranque la cardio party.





