
Gleijer & Tenuta: amor y humor
Adela Gleijer nació en Montevideo, de padres inmigrantes polacos. Juan Manuel Tenuta, con padres italianos, nació en Fray Bentos. Luego de casi medio siglo de matrimonio se siguen amando y reconociendo en la vocación artística y en una visión compartida de la vida
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¿Un lugar preferido en el mundo?
Juan Manuel Tenuta: –La ciudad de Fray Bentos, mi cuna, que me dio y me enseñó todo. Ahí conocí el mundo, la solidaridad, el internacionalismo, el amor por los distintos, la defensa de los trabajadores. Recuerdo que mi madre, que fue una mujer muy especial, me enseñaba: Cuando te cruces con un extranjero, sonreíle.Y así lo hice siempre. Debuté con una obra escolar en el teatro Young, que un inglés le había donado a Fray Bentos; tenía 7 años. En ese momento me di cuenta de que el teatro sería mi vida. Sí, elijo a Fray Bentos, entre Samarkanda, Praga o Lisboa, sitios de los que también me enamoré.
Adela Gleijer: Para mí Lisboa, tal vez porque cuando era una chica conocí en Montevideo a una portuguesa fascinante, una especie de madre tierra, luchadora y vital. Por fin conocí Lisboa y, desde entonces, me enamoré de esa ciudad.
JMT: Tenemos un autito al que llamamos Conociendo Buenos Aires, y con él recorrimos cada rincón de esta ciudad, que tiene una arquitectura maravillosa.
AG: Hace 30 años que vivimos aquí. Nos encantan los barrios alejados y las plazas.
Pasaron toda una vida juntos. ¿Cuál era el concepto de familia cuando se casaron y qué es la familia, hoy?
JMT: En todos los tiempos, familia quiere decir amor. Aunque parezca cursi, yo hago todo por amor...
AG: Era una época en que la gente se casaba, incluso en ámbitos como los que nosotros frecuentábamos, los del teatro y de la militancia. Los dos veníamos de una familia constituida. No era nuestra meta, sin embargo, tener una casa propia. Recién a los 35 años de casados la pudimos comprar. Hasta ese momento, si teníamos que elegir entre una casa propia y hacer un viaje, preferíamos viajar.
Finalmente, lo quisieran o no, hicieron un matrimonio para toda la vida. ¿Sienten que tuvieron que resignar mucho?¿Tuvieron una fórmula?
JMT: El asunto fue mantener el amor, pero no hubo fórmulas. Creo que en lo nuestro influyó muy fuerte la cuestión ideológica. Los dos somos de izquierda y siempre salimos a la calle a reclamar por la paz y por las causas que creemos justas y mejores.
AG: Hace poco a nuestra hija Andrea le preguntaron lo mismo sobre nosotros y respondió que, según ella nos veía, estábamos unidos por el amor y por el humor. Y es cierto, porque lloramos muy fácilmente y nos matamos de risa con la misma facilidad. Pero no hubo recetas. Así se dieron las cosas. Imaginate que en tantos años también pasamos momentos muy difíciles. Pero ninguno de esos momentos fueron lo suficientemente graves como para separarnos. Personalmente, creo que hay cosas que se resignan. Pero, ¿qué es lo que no se resigna en una vida en sociedad? Es de persona adulta resignar. En materia de amor, no toda la vida uno se la pasa al borde del abismo...
¿Eso quiere decir estar muy enamorada o sólo riesgo de caerse al vacío?
AG: (risas) No, no, digo estar muy enamorado. Hasta una determinada edad uno quiere estar siempre al borde del abismo.
El asunto sería ir encontrando nuevos abismos...
JMT: En tantos años no nos pesó la rutina. La lucha por el compromiso nos unió mucho...
AG: Eso puede ser, pero así y todo, podríamos no habernos amado y en cambio podríamos haber sido grandes amigos. Una visión de vida y de creencias comunes nos unieron, pero podría haber sido al revés.
Dicen que en los matrimonios de muchos años, el hombre y la mujer terminan pareciéndose. ¿Fue así con ustedes?
AG: Es asombroso, te lo puedo asegurar. Hasta tenemos autores que nos gustan a los dos. A José Saramago lo leímos de arriba abajo.
JMT: También somos muy mimosos los dos. Gente que quiere y que necesita ser querida.
¿En qué siguieron siendo diferentes?
AG: El es más conservador en las cosas de la vida, en las relaciones con la gente, yo también creo que soy más moderna que él. Y esto no tiene nada que ver con la edad...
¿Cómo son con el dinero?
JMT: No, con el dinero siempre fuimos una desgracia...
AG: No, che, no exageres. Somos laburantes y, a veces, muchas, tuvimos sólo como para vivir al día. Elegimos vivir dándonos ciertos gustos cálidos, aunque nuestro auto tuviera 20 años. Compramos un departamento mucho más tarde de lo que pensamos.
JMT: En esto yo tengo otra visión. Es que cuando éramos jóvenes estábamos en otra cosa. Eramos de los que creíamos que el socialismo o la reforma agraria estaban a la vuelta de la esquina...
AG: Es cierto, nos preguntábamos, ¿para qué tener una casa?
-¿Qué les pasó cuando el socialismo se vino abajo?¿Pudieron entenderlo?
AG: Fue una tragedia personal y colectiva. No todo en la vida se entiende hasta las últimas consecuencias.Fuimos aprendiendo que no siempre uno puede buscar la perfección y que los hombres fallan.
JMT: Aquello fracasó, pero significó una época maravillosa de nuestras vidas, porque había proyectos y sobraban las esperanzas.
Pregunté sobre ustedes a muchas personas y ninguno habló mal. ¿Podrían, por favor, revelar algunos defectos?
AG: (risas) Yo soy muy polvorita, estallo en seguida. El es el que mantiene el estandarte de la paz. El es más bueno que yo...Yo soy la más peleadora. Pero nos agarramos por pavadas. Lo que más me enoja es que él, para no herir, acepta encuentros que sólo le acarrean pérdidas de tiempo. Yo lo admiro por eso, pero también se lo reprocho. Es bello lo que hace, pero no es justo para él. El es... ¡muy bueno!, por eso yo, para contrarrestar, debo ser un poco menos buena. El necesita ser más amado que yo...
¿No es una característica propia de actores, de la necesidad de ser mirados?
AG: Es de actores, pero no solamente. Yo trato de hacerle entender que es imposible complacer a todo el mundo y por eso discutimos...
JMT: A mí me cuesta mucho enojarme... Hubo momentos en que Adela me señalaba, con razón, que alguien me estaba jorobando en los negocios y a mí me costaba mucho verlo. Trato, primero, de entender a los demás.
AG: Yo lo quiero, justamente, porque es así, pero a veces también lo quiero matar, porque se le va la mano de bueno. El, a su vez, piensa de mí que con ciertos juicios voy más allá de lo debido y entonces suaviza. Y yo creo que él se queda demasiado atrás y entonces arremeto. Yo soy cordial, pero él es de una cordialidad innata. Imaginate que algunos amigos le pusieron Cardenal Samoré. ¿Te acordás? El mediador de la Guerra de Malvinas.
JMT: Sí, yo soy cordial, salvo con los fascistas y los racistas, ésos me sacan. En todo lo demás, soy un componedor.
Ya quedó dicho que vos sos la mala de los dos. ¿Quién es el más rencoroso?
JMT: No, nuestras peleas no duran...
¿Cómo es la escena de reconciliación preferida?
AG: No es la cama, no es el sexo: es el humor. Y la incondicionalidad del amor, porque también somos súper románticos.
Como actores, ¿se reconocen en alguna famosa pareja de ficción o de artistas reales?
AG: Siempre pensé que nos parecemos mucho a Spencer Tracy y Katherine Hepburn. Esa es nuestra pareja soñada.
JMT: Lo que pasa es que ella no conoció al poeta Rafael Alberti y a su esposa María Teresa León. Ellos eran muy fascinantes...
AG: Sí que los conocí, pero pensé en gente del cine.
En diciembre, Andrea Tenuta, actriz, su hija, se fue a vivir a España, muy enamorada. ¿Qué les movió a ustedes el amor de la nena?
AG: Nos pareció precioso...
JMT: Nos movió el piso, pero para bien...
AG: Y bueno, es nuestra única hija...
JMT: Sobre todo, después que conocimos a su pareja (N del R: el director de cine español José Luis Garci), que es tan especial...
AG: Apenas lo conocimos empezamos a cantarle esas canciones de la Guerra Civil Española que yo había aprendido de mi papá polaco en un mal castellano. Nos volvimos locos. Y él también, con nosotros. El humor de ellos nos remite a nuestro humor.
Son los dos actores. ¿Qué pasa cuando uno tiene trabajo y el otro no?
AG: A algunos le podrá parecer que mentimos, que lo nuestro es idilio puro, pero no es así. Lo nuestro es la incondicionalidad, el apoyo a ultranza. Si está con trabajo, bueno. Si no, da igual. Estamos juntos porque la nuestra es una relación entrañable.
¿Opinan sobre ofertas de actuación o critican el trabajo del otro?
JMT: A veces me quiero cortar las venas cuando ella me critica. Pero siempre lo hacemos con el afán de ser objetivos...
AG: Nos consultamos, pero decide el que tiene que decidir.
¿Alguna vez tuvieron fantasías de autogestionarse, de tener un teatro propio?
JMT: En general, no. Pero no te olvides que durante años fuimos dueños de un teatro, de El Galpón, de Montevideo...
¿Qué pasa si dentro de poco Garci, el yerno, los llama y les ofrece filmar en España?
AG: Sería maravilloso... ¿Qué te crees? ¿Que somos de cemento? Y no sería la primera vez, porque ya nos fuimos dos años y medio a vivir y trabajar a Venezuela...
JMT: Coincido en que sería maravilloso. Antes de conocer a Adela yo venía de un peregrinaje extenso. Soy lo que se llama un pata e´ perro: fui un profundo conocedor de los indígenas y de distintos pueblos, hice de titiritero en mil lugares, participé como claque en teatros de Buenos Aires, fui navegante marinero en el Pacífico, asistente de Pablo Neruda cuando él representaba por toda América su Canto General y tantas cosas más. Así que no sería mi primer viaje, imaginate.Pero también te digo algo: iría, pero para volver.
En la casa de ustedes, ¿quién maneja el control remoto del televisor?
JMT: Es muy sencillo: tenemos un televisor y un control cada uno en lugares distintos y alejados del departamento.
AG: Una cosa más. Repaso lo que hablamos, y eso me da oportunidad de repasar nuestra propia vida. Hay muchas razones por la que estamos juntos y eso no quiere decir que no hayamos tenido peloteras, silencios, chinches muy serias. Nadie nos obliga a estar juntos, pero no sabríamos cómo se hace para vivir separados. Yo cada tanto le pregunto a Nino: Decime, ¿es mejor que yo esté en tu vida o que no esté? Y él, a veces más rápido, a veces más lento, siempre me responde: Adelita, es mucho mejor que estés.
Desde el ramo de flores rojas
Juan Manuel Tenuta y Adela Gleijer se conocieron en el legendario teatro El Galpón, de Montevideo, al que dedicaron buena parte de su vida artística y afectos. Adela era estudiante de teatro y Nino, un actor hecho y derecho, fundador y dirigente de esa prestigiosa institución. Se habían visto mucho, pero empezaron a enamorarse en 1956 en la temporada de El centreforward murió al amanecer, de Agustín Cuzzani, en la que Tenuta hacía de Lupus y Adela de un fugaz paje que no pronunciaba palabra. Luego de apenas cuatro meses de noviazgo ("Apretábamos mucho... era un calor aquello", evoca Adela) se casaron ("Se usaba, ¿sabés?", ironiza la señora de Tenuta) luego de que Juan Manuel, un 24 de noviembre, a modo de formal solicitud de mano, acercó a su suegra un ramo de flores rojas. Son 46 los años que llevan juntos y tienen una hija, la actriz Andrea Tenuta que, llamada por el amor, acaba de radicarse en España.
El último trabajo de Adela fue la muy interesante obra de Laura Bonaparte Tres buenas mujeres, en el Teatro del Pueblo (con Dora Baret y Ana María Castel). En los próximos meses repondrán la misma pieza en el Del Pueblo y también la presentarán en el festival de Guanajuato, México.Tenuta integró el elenco de Hombre y superhombre, en el San Martín, y ahora es parte del grupo que presenta en el Broadway El violinista en el tejado.





