Hacer y pensar

Guillermo Jaim Etcheverry
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20 de agosto de 2012  

Son muchos quienes hoy justifican a la educación sólo por su utilidad práctica. Roger Schank, un conocido académico estadounidense experto en inteligencia artificial, promueve el cierre de todas las escuelas y preconiza el aprender haciendo. Dice: "Tenemos que enseñar lo que importa hoy en día. Dejemos de convertir a los niños en intelectuales y hagamos que sean ciudadanos de provecho". No interesa, por ejemplo, que te aprendas la historia de las finanzas, sino enseñarte a leer un balance.

La víctima principal de ese creciente desapego por el cultivo del intelecto es la enseñanza de las humanidades. A este respecto, el filólogo y escritor catalán Jaume Cabré comentó hace poco: "Yo creo posible extender y democratizar la cultura sin por ello degradarla ni bajar el listón. Sí me preocupa mucho el desprecio por los estudios de humanidades porque llevados por el utilitarismo extremo, dejaremos de estudiar griego y latín, luego geografía, y luego filosofía, luego historia... ¡Todo lo que nos hace cultos y con criterio, personas estructuradas! Justamente lo que todos deberían estudiar para que luego cada uno ahondase en la parcela que le apeteciera".

Una de las voces filosóficas más influyentes de la actualidad, Martha Nussbaum, profesora de Derecho y Etica en la Universidad de Chicago, que acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales, se ha distinguido por defender la importancia de las humanidades en la educación.

¿En qué radica esa trascendencia? Responde Nussbaum: "Las humanidades proporcionan tres ingredientes que cualquier sociedad decente necesita con urgencia: la capacidad socrática de examinarse a uno mismo y pensar críticamente, que no debe ser coartada ni por la autoridad, ni por las presiones. Especialmente en esta era de los medios de comunicación en la que predominan los sound bites (breves fragmentos sonoros), esta habilidad es más necesaria que nunca si queremos contar con una cultura pública verdaderamente deliberativa y reflexiva. El segundo objetivo es la capacidad de pensar sobre los problemas universales como ciudadanos del mundo, bien informados sobre la historia, la naturaleza de las principales religiones del planeta así como sobre la variedad de culturas. Finalmente, las humanidades permiten desarrollar una imaginación cultivada, es decir, la capacidad de ver cómo el mundo mira a través de los ojos de personas muy diferentes de uno mismo. Los programas de humanidades deberían ser parte esencial de la educación de todas las personas porque las preparan para la ciudadanía y para la vida".

Ese párrafo resume una concepción de la educación que se desvanece aceleradamente ante nuestros ojos. Al considerar inútiles los propósitos expuestos, el peligro es que nos dediquemos a formar técnicos carentes de pensamiento crítico para que, como señala Nussbaum, "puedan llegar a estar de acuerdo con la autoridad sin pensar en lo que están haciendo y que, al dejar de ver el mundo a través de los ojos de los demás, consientan hechos terribles, sin cargo de conciencia." Lo confirman sus estudios en el estado de Gujarat, en la India, donde durante mucho tiempo se desarrolló una educación puramente técnica, sin promover

el pensamiento crítico, lo que hizo que sus pobladores apoyaran una matanza de musulmanes inocentes sólo porque las autoridades gubernamentales los animaron a hacerlo.

Precisamente de lo que se trata es de conformar personas con criterio, estructuradas, con esa compleja visión del mundo a la que se refiere Nussbaum. Tal vez debamos volver a considerar que el cultivo del intelecto resulta fundamental hasta para saber leer un balance, o para ejercer cualquier otra competencia técnica y que es sólo mediante esa frecuentación que se formarán ciudadanos de provecho. Ciudadanos que no sólo hagan sino que, al mismo tiempo, sean capaces de reflexionar sobre el sentido de eso que hacen.

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