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Héctor Yánover - Guillermo Schavelzon:

Los que viven de los libros

Uno, Yanover, escribió poesías y ensayos, editó numerosos títulos y es un librero con memorias propias. El otro, Schavelzon, tuvo librería, estuvo al frente de editoriales propias y ajenas, y ahora representa a casi 40 escritores, pero no tiene entre sus metas personales escribir un libro
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19 de marzo de 2000  

El librero por antonomasia que ha escrito un libro maravilloso que lo tiene como personaje (Héctor Yánover) ahora transmite el entusiasmo por la lectura desde un canal de cable cultural. (Atención, sponsors: ese programa corre riesgos porque carece de auspiciantes.) El editor de 30 años de brillante carrera, fogueado en experiencias nacionales e internacionales (Guillermo Schavelzon) se transformó hace dos años en el principal agente literario argentino. Los dos hablan en este encuentro sobre el eterno tema argentino de la crisis del libro, de las expectativas sobre el futuro del libro en papel y hasta sobre sus íntimas costumbres de lectura.

-¿Cuál fue el primer contacto profesional con el libro de cada uno de ustedes?

Héctor Yánover: -Era el año 1951, andaba sin trabajo y me encontré con el dueño de la librería Renacimiento, de Corrientes al 1300, y me contó que un colega andaba buscando a alguien para hacer un turno de las 9 de la noche a la 1 de la mañana. Alguien para cuidar que no roben, me dijo. Yo ya había tenido como cuarenta trabajos, todos me habían parecido abominables, humillantes, y cuando entré en la librería tuve la sensación de entrar en un templo.

Guillermo Schavelzon: -Yo tenía 19 años, era 1964, estudiaba cine y quería publicar una revista especializada. Entonces, pude entrar en la editorial Jorge Alvarez.

HY: -Cuando descubrí los libros, sólo existió eso en adelante: la lectura.

GS: -A mí me pasó lo mismo.

-¿Les molesta referirse a la actividad de ustedes como el negocio del libro?

GS: -A mí me provoca mucho placer, satisfacción. Soy un profesional del libro. No soy, como en el caso de Héctor, un poeta. Sólo soy un lector voraz. Cuando cualquiera dice el negocio del libro, se le debe quitar toda connotación peyorativa. En el mundo se habla así, y dentro de ese business están incluidas la creación y la escritura.

HY: -A mí tampoco me molesta. Hace como mil años que vivo de los libros.

-¿Cuánto hace que ustedes escuchan hablar de la crisis del libro en la Argentina?

HY: -Es una crisis endémica. Debe existir desde que existe el país. ¿Hubo alguna vez una política de protección al libro? Hubo, eso sí recuerdo, políticas de abandono. El Estado nunca se ocupó del libro. Recuerdo el momento en que Francisco Franco, mirá de quién te estoy hablando, instrumentó en la España de la posguerra una política a favor del libro, con créditos en moneda fuerte, préstamos a largo plazo con bajo interés. Y en ese mismo momento recuerdo la queja de los editores y libreros argentinos porque nuestro Banco Central, que hacía cobranzas y gestiones en distintos lugares de América, había dejado de ocuparse. Franco lanzó una industria mientras nosotros nos fuimos para atrás.

GS: -Y si miramos aquello, 40 años después, nos vamos a dar cuenta de quién fue el que puso en marcha una política más inteligente. España domina el mercado del libro en lengua castellana. El libro no está en crisis, lo que está en crisis es la Argentina. Si comparamos la situación del negocio con la de los Estados Unidos no podemos hablar de crisis, deberíamos llamarlo inexistencia. Hace 80 años, con menos de diez millones de habitantes, cada libro que el editor Gleyzer publicaba para la Biblioteca de Narradores Argentinos vendía 100.000 ejemplares. Hoy, con 33 millones de habitantes, son excepcionales los títulos que llegan a los 100 mil ejemplares. Las razones de la baja venta de los libros son o la represión cultural y política o la caída estrepitosa de los niveles educativos. Y si a ambas cosas hay que ponerles una fecha elegiría 1966.

HY: -El inicio, probablemente, debe ser todavía antes, en 1930.

GS: -Puede ser, pero lo que yo vi fue la consecuencia de ese golpe cultural sobre la gente que pensaba, leía y tenía un compromiso intelectual con los libros.

HY: -Durante la época militar cualquier libro podía ser sinónimo de subversión. Me acuerdo que un empleado mío me confesó que en el colectivo había tropezado con un joven y en el choque al joven se le escurre un libro. Y él piensa: ¿en qué andará éste? Le asusta tanto ese pensamiento que tiene necesidad de contármelo. Ese era el clima: un libro era un enemigo.

GS: -Ahora hay analfabetismo, que hace 50 años no había. A esta altura de la deformación no espero del Estado medidas proteccionistas, pero al menos podría esperar una ley como alguna vez se dio en Francia, estableciendo precio fijo y obligatorio para el libro, para garantizar la pluralidad de lo que se publica y la subsistencia de las librerías chicas. Cuando un libro puede tener cualquier precio, un supermercado toma los veinte libros de mayor venta y les baja el precio un 30 por ciento. Desde luego que ayuda a los compradores, pero está ahogando a las librerías, imposibilitadas de hacer esos descuentos. Los que subsidian esos precios son los compradores de todos los demás libros que deberán subir sus precios para cubrir la diferencia que pierden los editores.

HY: -Muchas veces, enterarme de los precios que les ponían a los libros los supermercados, me enojó. Recuerdo cuando nos visitó el entonces ministro de Cultura francés Jack Lang; contó que el primer decreto que le llevó a la firma a Mitterrand fue esa ley que mencionaba Guillermo. Para proteger a las librerías francesas de unas cadenas enormes que en ese momento estaban ofreciendo 20 por ciento de descuento.

GS: -Hay otro ejemplo. Inglaterra, que en la época de Thatcher desarrolló esta política económica de la que Europa está saliendo y en la que nosotros seguimos entrando, liberalizó el precio del libro. Eso originó un aumento del precio promedio del 5 por ciento.

HY: -De todos modos, lo que resiento no es la falta de subsidios, sino la falta de una política cultural adecuada.

-¿Cuáles fueron los más grandes cambios en los hábitos de consumo de libros?

HY: -Un primer cambio importante ocurrió en la época del proceso militar, porque se comenzó a considerar execrables a una cantidad de libros. La filosofía era sospechosa, la sociología una maldición. Por necesidad, la gente tuvo que cambiar sus intereses intelectuales y comenzó a dedicarse al golf, a los autos, al yachting. Esas pasiones pasaron a reemplazar a las pasiones intelectuales, que eran peligrosas.

GS: -Otra tragedia nacional son las fotocopias en los libros educativos. Me consta que parte de la estrategia del gobierno militar en las facultades fue alentar el consumo de partes parciales de libros, fotocopiadas, para que los chicos no dispusieran de libros completos. No se fomentaba el uso del libro. Termina la dictadura, y queda tan arraigada la costumbre de estudiar con fotocopias, que incluso hoy los centros de estudiantes más progresistas se siguen financiando con la impresión y venta de fotocopias.

-¿Se produjeron cambios en los hábitos de lectura?

GS: -Enormes. En los últimos 15 años, aunque te asombre, tanto la venta de libros como el negocio del libro crecieron. Pero se originaron nuevas pautas de consumo. Hoy tiene venta masiva aquello que antes se llamaba libro de arte o ilustrado. Si vemos cómo está compuesta la oferta, observaremos que hace 20 o 30 años esos libros no existían, o si existían tenían precios muy altos. Después hubo otra incorporación al mercado: la gente que, sin ser habitual público lector, consumió en estos años los libros de investigación periodística. Luego, fue importante la apertura de librerías en los shoppings. Eso cambió el tipo de comprador. El libro se convierte en un objeto de regalo.

HY: -La abundancia o superabundancia de títulos origina un fenómeno: cada mes, las editoriales envían cantidades de libros nuevos. El librero apenas puede exhibir los nuevos más nuevos, por lo que en 90 días, plazo en el que las editoriales comienzan a exigir la devolución de los ejemplares, muchos títulos desaparecen de la exhibición. Y no sólo se devuelve el libro, sino que se devuelve el recuerdo del libro. Unicamente la computadora seguirá dando fe de que ese libro existió en alguna oportunidad.

GS: -Sólo quedará lugar para tres tipos de librerías: la cadena de librerías que son importantísimas para el negocio, con amplísimas superficies, cuya vidriera la decide principalmente el editor; la librería especializada, sea en computación o poesía, donde por la presencia de un librero informado se van a poder ubicar esos libros, y las librerías por Internet. Una librería como El Ateneo, de la calle Florida debe tener como 25.000 títulos en oferta; una librería chica, tendrá una quinta parte; una librería en Internet puede ofrecer dos millones.

-Eso quiere decir que la librería de Yánover no tiene futuro.

GS: -Sí, lo tiene, porque cualquiera que necesite algo de poesía, lo va a encontrar allí.

HY: -Hace poco un amigo leyó en una revista extranjera un artículo sobre el futuro de las librerías y me llamó para avisarme que librerías como la mía no subsistirían. Sentí que la realidad se me imponía. El shopping crea un efecto de ciudad en sí misma, al que la gente acude para protegerse de la desgracia de las calles solitarias. ¿Lo que no está en el circuito de los shoppings está fuera del destino? Yo todavía pienso que tenemos la posibilidad de aconsejar a la gente. Esa es una gran ventaja.

-Todavía no hay libros por computadora, pero son numerosas las librerías virtuales...

GS: -Perdón, ¿a qué le llamás libros por computadora?

-Sentarse frente a la compu y elegir un libro y leerlo.

GS: -Sí, existen. Desde hace un año y medio hay bibliotecas a las que se puede entrar y pedir un libro determinado y leerlo. Y hay librerías que ofrecen algunos títulos libres de derechos de autor, o sea sin cargo, y otros a cambio de una cifra que está entre 8 y 20 dólares, textos que a lo mejor no se consiguen acá, y que se bajan y se imprimen en ejemplares únicos para el que lo pidió. En este momento existe un aparatito (N. del R.: Schavelzon muestra la publicidad de la marca Softbook, con tecnología Microsoft, que lo ofrece a 299 dólares más 20 mensuales para acceder a algunos títulos o 599 dólares para llegar a la oferta completa de diarios, revistas y libros), que tiene el tamaño de un libro de bolsillo que permite obtener libros completos. Otra cosa impactante es el libro a pedido. Uno llega a una librería y si el libro no está disponible se lo busca y ubica en una base de datos, lo imprimen en una edición muy razonable y en menos de media hora, si estás personalmente y en un poco más vía correo, lo entregan completo. Mirá éste, que me acaban de enviar. Lo pedí a la librería Catalonia, propiedad de Plaza y Janés, en Barcelona. (N. del R.: es el libro El diario de Jasmina; detrás informa que se trata de un ejemplar único a nombre de Guillermo Schavelzon). Esto costó 15 dólares. Y esa cifra posibilita pagarles derechos al autor y a la editorial.

-¿El auge del correo electrónico y la navegación por Internet implica que los jóvenes escriben y leen más que antes?

GS: -Para mí es absolutamente así. Con el e-mail la gente volvió a escribir y a leer, a preocuparse por la redacción, y navegar también supone un alto porcentaje de lectura. Es un paso adelante, que favorece al libro.

HY: -Fui invitado en 1997 a los festejos por el centenario de la Public Library, en Nueva York y un gerente de IBM nos dijo que en los próximos 10 años seríamos testigos de más cambios tecnológicos que en los últimos 500. Y esos cambios los estoy viendo con asombro. Mis lecturas de ciencia ficción de los años 50 y 60 me inquietan, porque a lo mejor va a haber más posibilidad de acercarse al libro, pero habrá menos gente que lo haga.

GS: -Durante 1999 esa biblioteca prestó a las personas que fueron al edificio de la calle 42, en Manhattan, unos 50.000 libros por mes. Pero en ese lapso recibió más de 2 millones de consultas mensuales a través de su dirección electrónica y recibieron algún tipo de satisfacción. La ampliación del acceso al libro es innegable. La biblioteca no hubiera resistido la presencia de dos millones de consultantes.

HY: -Este es un dato innegable: desde hace un tiempo el formato de la Enciclopedia Británica ya no es el del libro. Es el del CD-Rom. Nos horroriza la idea de la desaparición del libro, pero habrá que vivir para ver. No todo lo que pasa ahora es para siempre.

GS: -Los libros técnicos, los de consulta, que van cambiando con frecuencia su contenido, las enciclopedias, los libros de física o informática resultan más prácticos de operar en formatos que no sean el de papel. Pienso en los soportes virtuales, la consulta en Internet, ni siquiera pienso en el CD-Rom. Ya hace 30 años que Mc Luhan afirmó que el libro en papel iba a desaparecer, pero en este tiempo la venta de libros en los Estados Unidos se multiplicó por tres.

-Hace algún tiempo se puso de moda la frase somos lo que comemos. ¿Se podría decir también somos lo que leemos?

GS: -Y también, cada vez más, somos lo que no leemos.

HY: -Así como se va ampliando la brecha entre pobres y ricos, también se agranda el bache entre los que leen y los que no leen.

-¿Tienen idea de cuántos libros leyeron?

HY: -Muchos creen que el librero Yánover leyó todos los libros, y no querría hacer nada para alterar ese mito. (Se ríen.) ¡Hay tantas maneras de leer un libro! Se lo puede leer de la primera a la última línea, está la otra lectura, la sesgada, en diagonal. Otra es empezar y a la cuarta página darse cuenta que resulta intolerable. Otra es estilo librero, que lee allí un prólogo, aquí una solapa, más allá un tercer capítulo, y de esa manera te puedo dar una idea sobre miles de libros que no he leído...

GS: -Pero que sí has leído.

-¿Ustedes son de prestar libros?

HY: -Puedo prestar cualquier libro, siempre que no sean de poesía. Esos no los presto, sería como entregar un dedo.

GS: -Presto lo menos posible, me pone mal hacerlo.

-¿Subrayan los libros?

HY: -Yo subrayo. Hay una edición de En busca del tiempo perdido hecha en base a los subrayados de André Gide.

-¿Alguna vez robaron libros?

HY: -Una vez... (se tienta) me llevé un libro de la librería de Calixto Perlado, en la calle Corrientes. Y lo hice sólo para ver si era capaz de hacerlo. Y me sentí tan culpable y miserable que no lo hice más.

GS: -La única vez que robé fue en un stand de la feria de Francfort, que no es una feria de venta sino de exhibición, porque no me lo quisieron dar.

-¿Cuál es la manera más eficaz de vender un libro por TV?

HY: -Transmitiendo entusiasmo, hacerle ver a la gente que es imposible seguir viviendo sin haber leído tal o cual libro.

-¿Cuál es el mejor modo de defender los intereses de un escritor?

GS: -Tratar de que tenga la mayor cantidad de lectores. Cuando preguntan cuál es la diferencia entre España y la Argentina en libros, respondo que los españoles tienen lectores y los argentinos no. En España, Francia o Estados Unidos, de cada diez títulos ocho son de autores locales. En la Argentina, muchas veces la cifra es inversa.

Schavelzon básico

Nombre completo: Guillermo Schavelzon.

Nacido: en Buenos Aires en 1945.

Estudios: Escuela de Cine de la Universidad de La Plata. No se recibió.

Estado civil: Casado.

Hijas: dos, Carolina y Magdalena.

Primera librería propia: en 1967, la librería Galerna, instalada en un local prestado por su abuelo en la zona de Tribunales. Después formó editorial con el mismo nombre y por haber sido el editor de Los vengadores de la Patagonia trágica tuvo que exiliarse a partir de 1976. "Eso me da orgullo", aclara.

Principales datos de currículum: formó editorial propia en México durante años (Nueva Imagen) y a fines de la década del 80 y principios de la siguiente trabajó en importantes editoriales españolas, como El País y Alfaguara. Entre 1992 y 1998 fue el gerente editorial de Planeta Argentina. Desde entonces se dedica a representar a escritores como Ernesto Sabato, Angeles Mastretta, Mario Benedetti, María Esther de Miguel, Federico Andahazi y Ricardo Piglia, entre otros.

Hobbies / Sueños: la lectura. Irse a vivir a Villa La Angostura.

Yánover básico

Nombre completo: Héctor Yánover

Nacido: en Córdoba en 1930

Estudios: secundarios, en la nocturna Jerónimo Luis de Cabrera, de la que hablaba la revista Hortensia.

Estado civil: casado

Hijos: dos: Miguel, vive en París, y Débora, su mano derecha en la librería.

Principales datos de currículum: fue entre 1989 y 1990, director de las Bibliotecas Públicas Municipales y, entre julio de 1994 y diciembre de 1996, director de la Biblioteca Nacional. En 1956 instaló, en sociedad con su cuñado, su primera librería. La actual está en Las Heras y Azcuénaga.

Hobbies / Sueños: la lectura, siempre. Referente a los sueños, una larga lista: "Imaginate que a los 12 años quería ser papa ".

Libros publicados: muchos, en especial de poesía desde 1951, y ensayos como el importante trabajo sobre Raúl González Tuñón. Pero su libro más conocido es Memorias de un librero. La primera edición, vendida en apenas ocho días luego de una nota aparecida en la Revista de La Nación , fue editada por iniciativa de Jacobo Muchnick, de Fabril Editora, con el fin de probar "la musculatura de la industria imprentera nacional: cada página iba a ser impresa en un papel de distinto color y con múltiple y variada tipografía", refiere Yánover. Finalmente, la editaron en conjunto cuatro editoriales. La última edición es de Planeta. También apareció en España.

Por capítulos

Librerías por habitante en la Argentina: una cada 47 mil habitantes. En los Estados Unidos hay una cada 25 mil personas, y en España una cada 13.500. "A lo largo de centenares de miles de kilómetros del mapa nacional no se encuentran librerías -se explaya Yánover-, lo cual constituye algo grave, porque cada librería puede ser un foro cultural."

Libros de lectura obligatoria por año: en Francia, España o Estados Unidos los escolares utilizan unos 10 libros obligatorios por año. En nuestro país, 0,9 libros, menos de uno cada 12 meses.

Las bibliotecas: en la Capital Federal hay 900 bibliotecas. Pero no hay un solo lugar que sea capaz de albergar a mil o dos mil estudiantes. "Pero, además, no se trata de la cantidad de bibliotecas, sino del servicio que ofrecen", explica Yánover. Y Schavelzon suma: "Coincido totalmente con la reciente decisión del director de la Biblioteca de limitar el acceso de gente que utiliza las instalaciones para estudiar. Convertir esas salas en lugares de estudio es una aberración. ¿Por qué no aprovechar el lugar de los colegios o facultades cuando no funcionan como tales?"

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