
Historia de la esposa
Un ensayo de la historiadora Marilyn Yalom, publicado en Nueva York, repasa los nada menos que 3000 años de dominio del marido sobre la mujer, a cuyo arbitrio se multiplicaron las relativas diferencias que Dios estableció entre los sexos
1 minuto de lectura'
La existencia de un volumen titulado A History of the Wife, escrito por Marilyn Yalom y de reciente publicación en Nueva York, da cuenta, desde el título, del principio que ha gobernado la historia humana: el hombre, simplemente, es, y la mujer debe adaptarse a él. Por eso podemos leer un libro sobre la historia de las esposas, pero no debemos albergar la expectativa de leer un volumen análogo sobre los maridos. Es que, según Yalom, hasta una fecha muy reciente no existían los maridos, al menos en el sentido de que ser un marido resultara una tarea que requiere mucha atención. A través de todas las épocas, los hombres parecen haber conducido sus vidas de casados como se les antojó... en realidad, casi como si fueran solteros, protegidos por la ley y las costumbres. Pero en cuanto a los deberes de la esposa, la ley y la costumbre siempre fueron de una exigencia inexorable. Sobre ese punto, es imposible pasar por alto el ardor con que la Iglesia y el Estado han dedicado todos sus esfuerzos a establecer claras y pesadas restricciones sobre las mujeres casadas, ya sea justificando la violencia marital o demonizando las guarderías infantiles. Pero un cambio gradual -felizmente- se fue produciendo en occidente en relación con el status de la esposa, que pasó de ser un bien mueble a ser socia y pareja. No obstante, en un libro que empieza con Eva, las cuentas corrientes separadas demoran mucho en aparecer.
Examinando tanto la historia del matrimonio como la historia de las mujeres, especialmente en Europa occidental y en Estados Unidos, si se evalúa el progreso de las esposas a lo largo de los siglos según dos ideales elusivos: el amor y la igualdad, ninguno de ellos parece haber sido considerado necesario para establecer los contratos o acuerdos matrimoniales hasta las postrimerías del siglo XVIII. Fue entonces cuando la idea del matrimonio por amor consiguió una enorme cantidad de defensores. La igualdad legal, que desafortunadamente nunca inspiró a un Petrarca o a un Mozart, llevó más tiempo. Durante la mayor parte de los 3000 años que cubre este libro, casarse era una transacción de propiedades entre dos varones.
Los puntos bajos del serpenteante camino de las esposas incluyen a la Atenas de la antigüedad, donde una joven de 14 años solía ser entregada en matrimonio a un hombre que la doblaba en edad, tras lo cual se pasaba el resto de su vida confinada en su casa. (Su esposo se pasaba la vida en el ágora, el gymnasium y el burdel.) Durante la Edad Media, las mujeres ocupaban, dentro de la jerarquía feudal, un lugar apenas superior al del ganado; mientras tanto, la ley francesa y la ley inglesa definían el crimen de matar al propio marido como alta traición. En cuanto a la Ilustración, sin duda no pretendía ilustrar a las mujeres. El mismo Rousseau dejó en claro el punto, estableciendo cuál era la manera en que una mujer debía cumplir con su naturaleza: "Debe aprender tempranamente a someterse a la injusticia y a padecer sin una queja los daños infligidos por su marido".
Yalom incluye en su crónica todos los casos comprobados de esposas que gozaron de afecto y respeto, aun cuando la tradición las consideró propiedad de sus esposos. Algunas mujeres tuvieron, por cierto, la buena fortuna de conseguir un amo cariñoso. Pero el registro histórico fue escrito casi exclusivamente por hombres hasta el momento en que el alfabetismo se difundió entre las mujeres de la clase alta, en el siglo XVII. Por lo tanto, Yalom tiene que extraer todo lo posible del arte, de la poesía y de documentos tan influyentes como los escritos de Martín Lutero.
A principios del siglo XVI, Lutero insistía en que "el amor mutuo entre marido y mujer es un mandamiento de Dios", aunque no se sabe bien cómo hacían las esposas -o el propio Lutero- para reconciliar esa enseñanza con otra, también dominante: "Las mujeres fueron creadas para servir y ayudar a los hombres".
Cuando las voces de las mujeres empiezan a contribuir a la crónica de su propia historia, ya hay cartas, diarios y memorias donde buscar datos ciertos. A principios del siglo XIX, esas fuentes demuestran que el amor ya había conseguido constituirse en condición ineludible del éxito matrimonial. "Nunca podría conceder mi mano sin que estuviera acompañada por mi corazón", escribía en 1820 una norteamericana llamada Eliza Chaplin.
La batalla por los derechos de la mujer, que se desencadenó un par de décadas más tarde, no consiguió gran ayuda del nuevo reinado del amor. La preponderancia de los matrimonios por amor hizo que tanto hombres como mujeres creyeran que estas últimas no tenían de qué quejarse, aunque las esposas ni siquiera gozaban del derecho a sus propias ganancias ni a la custodia de los hijos en caso de divorcio.
Durante los últimos 200 años se pueden documentar fácilmente las luchas destinadas a conseguir una igualdad generalizada. Pero la conclusión de Yalom, y de muchos otros autores, es que ni siquiera ahora las mujeres gozan de una genuina igualdad dentro del matrimonio. La lucha, parece, no ha terminado, y es evidente que las diferencias que Dios estableció entre el varón y la mujer son casi insignificantes comparadas con las que el hombre instituyó entre el marido y la esposa.





