
Historias de Sherlock Holmes en la misteriosa Londres

Uno de mis héroes favoritos de la literatura es Sherlock Holmes, el muy particular detective creado por el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle.
De pequeño, me devoraba cada una de las historias y las aventuras en las que participaba, además del sagaz investigador, su adlátere: Dr. Watson.
A través de las páginas me imaginaba los escenarios donde sucedían y ocurrían estos hechos, y los nombres se agrupaban en mi cabeza: 221B Baker Street, lugar de residencia de Mr. Holmes; el East End, hoy una de las áreas que más han crecido en la ciudad, llena de restaurantes y tiendas trendy y, en su momento, escenario de macabros sucesos literarios y reales, como aquellos que tuvieron como protagonista a Jack El Destripador.
También El Strand, la famosa calle de Westminster que supo ser centro de parte de la vida social de la Inglaterra victoriana y las estaciones de tren con sus locomotoras humeantes (Charing Cross, Paddington, Victoria, King’s Cross, entre otras), amén de toda la gran gama de variopintos personajes creados por el gran escritor escocés.
Desde Estudio en escarlata, La liga de los cuatro, El sabueso de los Baskerville y El Valle del terror, sus novelas, pasando por las más de 50 pequeñas historias siempre con sus relatos, me transportaron a otro tiempo y espacio.
Así inicié luego una serie de viajes con la mente en los cuales me imaginaba recorriendo la misteriosa ciudad de Londres de un lado a otro.
Y digo misteriosa porque esa era una de las tantas imágenes que recibía de una de las metrópolis más importantes del mundo.
Me acuerdo claramente hoy cómo comenzaban algunas viejas películas que tenían a Londres como protagonista o a Sherlock Holmes como héroe, sobre todo las protagonizadas por el genial actor británico Basil Rathbone.
En esos films se veían algunas imágenes de la ciudad cubierta de niebla como, por ejemplo, la famosa toma del parlamento y su Big Ben tapados casi completamente por ella, o aquellas de las calles solitarias antes del alba.
Por eso, cuando comencé a viajar a Londres por trabajo, a mediados de los 90, me hubiera gustado encontrarme cara a cara con algunas de esas imágenes de las películas, que imaginaba propiciadas por los efectos meteorológicos de esas ciudades.
Y esto se transformó en un mito de la ciudad y en la imagen más popular que percibió la gente. Sí, es así, ya que si bien debido a circunstancias que tienen que ver con el río Támesis, las mareas y la proximidad con el mar, entre otras características, ciertas zonas de la ciudad sufre de las ocasionales neblinas, toda esta gran masa de vapor y smog suspendida en el aire por décadas tenía que ver con la mano del hombre.
A partir de la Revolución Industrial, Londres se transformó en una de las ciudades que más carbón utilizaba en el mundo, no sólo para mantener funcionando sus fábricas y establecimientos comerciales, sino también para calentar los hogares durante los crueles meses del invierno.
Esto hacía que miles y miles de chimeneas de todos los tamaños emanaran humo que, al juntarse con el vapor de la humedad, transformaban una simple niebla en una verdadera pesadilla para los habitantes.
A partir de 1952 y con incorporación de la Ley del Aire Limpio –que trasladó las centrales eléctricas a las zonas rurales y que promovía la regulación de los contaminantes del aire– todo cambió y, con ello, la vieja imagen o postal muy conocida por años.
Pero más allá de eso y tal vez producto de horas de lectura y caminatas por esta gran urbe, todavía hoy en día, cada vez que veo algún rincón particular o leo el nombre de una calle o estación de tren, nunca dejo de viajar a esos recovecos de mi mente que siguen manteniendo muy viva la curiosidad que esta misteriosa ciudad ejerce sobre mí.
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