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Grandes Esperanzas

Hizo huelga de hambre para cambiar de colegio y descubrió su diagnóstico en un test online

Carina Durn
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29 de noviembre de 2019  • 12:28

En otros tiempos, Analía Infante podría haber sido diagnosticada con Síndrome de Asperger, una definición que hoy en día - observa ella- ya no se utiliza. En la actualidad, los manuales indican que las personas con caracterizas similares a las suyas entran simplemente bajo el título de trastorno de espectro autista. "Yo, particularmente, y otras muchas personas, preferimos hablar de condición, por considerar que no necesariamente se tenga que vivir con estas particularidades como si fuera algo patológico. Al menos mi experiencia fue esa: sufrí varias comorbilidades -ansiedad, depresión-, las cuales sí viví como un trastorno y por las que necesité ayuda profesional y farmacológica, pero actualmente tengo una vida muy tranquila y anímicamente estable. Gran parte de esas comorbilidades partían del intento de adaptarme a lo que la sociedad espera de una persona, por ejemplo, una cantidad de horas de socialización a las que no puedo acomodarme", asegura.

A lo largo de su primera infancia, el entorno veía en Analía a una niña extremadamente tímida, que hablaba y se relacionaba poco. Lo cierto era que por aquellos años no había nadie a su alrededor lo suficientemente receptivo como para extrañarse y atender las razones del porqué de tanta timidez.

Las migrañas fueron algo que Analía recuerda haber padecido desde muy temprana edad en situaciones sociales, especialmente en la escuela. "Se debía a que me saturo muy fácilmente al estar con otras personas, y soy muy sensible a nivel auditivo", explica, "Por este motivo pasé por muchos profesionales que evaluaron si había algún detonante físico para las mismas -que solo ocurrían en el aula-, pero a nadie se le ocurrió analizarlo desde el aspecto emocional, mucho menos tuvieron en cuenta una posible neurodiversidad".

Siempre tuvo dificultades para socializar.
Siempre tuvo dificultades para socializar.

Una huelga para una mejora

Para la joven los años transcurrieron complejos e intensos, colmados de interrogantes cuyas respuestas no traspasaban la barrera de "es introvertida", o "se trata de una niña retraída". Pero, al contrario de lo que suele ocurrir en la vida de muchos otros autistas, su adolescencia fue más llevadera que la infancia, aunque los motivos partieron de una circunstancia extrema: "Hice una huelga de hambre para que me dejaran cambiar de escuela, conseguí ir a una con un ambiente en el que era más fácil ser parte: menos competitivo y más humano".

A pesar de que Analía tenía la facilidad de asimilar rápidamente todo el contenido de un cuatrimestre, en los estudios las dificultades no cesaban: seguía lidiando con problemas de saturación sensorial y social, y le resultaba casi imposible poner atención cuatro horas en un aula rodeada de otros treinta alumnos. "No creo que el sistema de educación esté pensado para incluir a personas con nuestra condición", opina.

Hacia un diagnóstico

Mucho tiempo transcurrió hasta el día del diagnóstico, que llegó hace tan solo unos pocos años, ya de adulta. Analía había leído con anterioridad escritos sobre el espectro autista y, si bien reconocía algunas características - como ser muy rígida y estructurada, apegada a las rutinas, tener desórdenes sensoriales, menor capacidad para mirar a los ojos y no lograr mantener una charla social-, pensaba que no llegaría a puntuar positivo en una evaluación de ese tipo. "Pero cuando leí sobre las características del autismo en mujeres me sentí totalmente identificada", afirma, "Por lo que me hice un test online pensando que me daría negativo y ya descartaría esa idea, pero me dio positivo. Así fue que decidí comenzar con el proceso de evaluación profesional, en el que obtuve el mismo resultado".

Analía.
Analía.

Con un diagnóstico certero, la vida de Analía tomó un nuevo rumbo, acompañado por aquella sensación de alivio que implica poder ubicarse en un lugar atinado, salir de lo difuso y aplacar las incertidumbres. En aquel inédito tramo de su existencia se reencontró con una pasión de la infancia, las letras, e incluso fue madre, un desafío que le significó redescubrirse una vez más, desde otra lente.

"Desde chica tuve etapas de escribir, pero como siempre había tenido intereses intensos pero cambiantes no lo tomé con seriedad hasta más adelante. Pero cuando fui madre también me volví activista, y fue allí cuando empecé a publicar lo que escribía, y al recibir muchos comentarios positivos sobre mi capacidad para explicar y trasmitir, decidí crear mi propia página. Así surgió Maternidad Atípica, junto con mi necesidad de aprender de personas que supieran más que yo sobre escritura", explica Analía.

"En relación a la maternidad, no se puede generalizar acerca del comportamiento de las madres autistas, así como no podemos hacerlo con las madres neurotípicas. Yo, particularmente, puedo decir que soy una que toma muchísimos recaudos para no fallar, que logro tener los miles de cuidados que la enfermedad gástrica de mi hijo demanda -cuidados que para el resto parecen muy difíciles de comprender-, y que sin ser médica logré deducir muchas cuestiones referentes a la salud de mi hijo que solo cuando acudí a los mejores médicos fueron avaladas", continúa.

Activismo y aprendizajes de vida

En un principio, Analía había volcado algunos de sus intereses derivados de su maternidad a escribir sobre alergias alimentarias, pero actualmente dedica su tiempo a la ONG Insurgencia Autista. Desde la escritura, su función es informar y romper con los mitos y tabúes que tiene la sociedad hacia el autismo, y contar sobre la realidad de la condición en primera persona, de forma simple y humanizada. "También, con el mismo enfoque, junto a mis compañeros Ezequiel y Constanza, damos charlas para padres, profesionales y otras personas con nuestra misma condición".

Junto a su equipo de trabajo.
Junto a su equipo de trabajo.

Hoy, después de una larga y compleja travesía, Analía asegura que su experiencia de vida le obsequió grandes enseñanzas, algunas difíciles de sobrellevar en la sociedad. Su condición le brindó ciertas características de personalidad controvertidas para el mundo cotidiano, como hablar con poco filtro y no tener demasiado interés en socializar, rasgos que a ella no la incomodan pero que considera que a las personas insertas en un sistema estándar de comportamiento les cuesta perdonar: en el imaginario social todo aquello que emerge como un "otro" distinto a un "nosotros" provoca miedos originados por el temor a lo diferente y a todo aquel que tenga el valor de abrazar la propia esencia por fuera de los mandatos.

"Incluso hay algunas características de mí que no solo no me molestan, sino que me agradan, como el hecho de ser una persona muy enfocada en lo que quiere, ser frontal y, sobre todo, ser muy racional; considero que ninguna de estas cualidades sería intrínsecamente negativa si por detrás no hubiera una sociedad que por momentos así te lo hace sentir. Con mi experiencia neurodiversa aprendí que no hay formas correctas e incorrectas de ser, y que si uno lo siente es porque todavía estamos ante una comunidad que está lejos de ser inclusiva, aunque tengo la esperanza de que a través de una mayor comunicación nos superemos en este aspecto", concluye con una leve sonrisa.

Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar .

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