
Hombre del sur
Vacaciones. Un confortable hotel en Jamaica. Calor y viento que sopla fuerte en la copa de las palmeras. Una pileta de natación. Chicas bonitas. Jóvenes americanos y una apuesta
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De repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas lo acompañaba.
-¿Están ocupadas estas sillas? -preguntó.
-No -contesté yo.
-¿Les importa que nos sentemos?
-No.
-Gracias -dijo.
Llevaba una toalla en la mano, y al sentarse, sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecillo, por su parte, dijo: -Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro.
Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro.
-Yo le daré fuego -dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor.
-No se encenderá con este viento.
-Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien.
El hombrecillo sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención.
-¿Siempre? -dijo, casi deletreando.
-¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.
El hombrecillo continuó mirando al muchacho.
-Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco?
-Eso es -dijo el muchacho.
Tendría unos diecinueve o veinte años y su cara, al igual que su nariz, era alargada. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.
-Nunca falla -dijo, sonriendo ahora porque exageraba su anterior jactancia intencionadamente-, le prometo que nunca falla.
-Un momento, por favor.
La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico.
Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia.
-¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? -le dijo sonriendo-. ¿Apostaremos sobre si enciendo o no su encendedor?
-Apuesto -dijo el chico-. ¿Por qué no?
-¿Le gusta apostar?
-Sí, siempre lo hago.
El hombre hizo una pausa. A mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía que quería sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que guardaba algún secreto.
Miró de nuevo al americano y dijo despacio: -A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta -repitió recalcando.
-Oiga, espere un momento -dijo el cadete-. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo.
El hombrecillo movió su mano de nuevo.
-Oígame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.
-Le apuesto a que puedo -dijo el muchacho americano.
-De acuerdo, entonces... ¿hacemos la apuesta?
-Bien, le apuesto cinco dólares.
-No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac...
-¡Oiga, oiga, espere un momento! -el chico se recostó en la hamaca y sonrió-. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.
-No es una locura. Usted enciende su encendedor y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac -el cadete seguía sonriendo.
-De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
-¿Y qué apuesto yo? -preguntó el americano.
El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
-Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?
-Entonces, ¿qué puedo apostar?
-Se lo voy a poner fácil. ¿Quiere?
-De acuerdo, póngamelo fácil.
-Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
-¿Mi qué? -el muchacho dejó de reír.
-Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, cojo su dedo.
-No le comprendo. ¿Qué quiere decir? ¿Que me coge el dedo?
-Se lo corto.
-¡Rayos y truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar.
El hombrecillo se reclinó en su asiento y se encogió de hombros.
-Bien, bien, bien -dijo-. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos?
El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El americano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama.
-¿Me lo deja un momento? -le dije.
-¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender.
Alargué la mano para coger el encendedor y se acercó para encendérmelo él mismo.
-Gracias -le dije.
El volvió a su sitio.
-¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? -le pregunté.
-Estupendo -me contestó-, esto es precioso.
Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecillo había hecho pensar al chico en su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso.
-Bueno, veamos en qué consiste esta apuesta -dijo al fin-, usted dice que vamos a su cuarto y si mi encendedor se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso?
-Exactamente, ésa es la apuesta.
-¿Qué hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted lo corta?
-¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haría sería atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su encendedor fallase.
-¿De qué año es el Cadillac? -preguntó el chico.
-Perdón, no le entiendo.
-¿De qué año..., cuánto tiempo hace que tiene usted este Cadillac?
-¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no le hace gracia apostar, a los americanos no les hace mucha gracia.
Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.
-Sí -dijo duramente-. Apuesto.
-¡Magnífico! -el hombrecillo juntó las manos por un momento-. ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor -se volvió hacia mí-, será tan amable de hacer de... ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Arbitro? ¿Juez?
Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras.
-Bueno -titubeé yo-, esto me parece una tontería. No me gusta nada.
-A mí tampoco -dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba-. Considero esta apuesta estúpida y ridícula.
-¿Cortará de veras el dedo de este chico si pierde? -dije yo.
-¡Claro que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación.
Se levantó.
-¿Quiere vestirse antes? -le preguntó.
-No -contestó el chico-. Iré tal como voy.
-Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como árbitro.
Se volvió hacia mí.
-Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.
-Venga usted también -dijo a la chica-. Venga y mirará.
El hombrecillo se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado, y al andar daba más saltitos que nunca.
-Vivo en el anexo -dijo-. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.
Nos llevó hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado en el fondo.
-Es aquel verde. ¿Le gusta?
-Es un coche precioso -contestó el cadete.
-Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Lo seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.
-Primero tomaremos un martini -dijo tranquilamente.
Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas, había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini.
Mientras tanto había sonado la campanilla y se oyeron unos golpecitos en la puerta seguidos de la entrada de una doncella negra.
-¡Ah! -exclamó él dejando la botella de ginebra.
Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.
-Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Quiero que me consiga dos... no, tres cosas. Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo?
-¡Un cuchillo! -la doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos-. ¿Un cuchillo de carnicero?
-Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas.
-Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide.
Después de estas palabras salió de la habitación.
El hombrecillo fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad.
Eramos: el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un traje de baño azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecillo de ojos claros con su vestido blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro.
Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero, ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no había podido ganar. Tendría gracia.
Según mi opinión, no habría por qué llegar a ese extremo.
-¿No les parece una apuesta muy tonta? -dije yo.
-Yo creo que es una buena apuesta -contestó el chico.
Ya se había tomado un martini doble.
-Me parece una apuesta estúpida y ridícula -dijo la chica-. ¿Qué pasará si pierde?
-No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está -el chico se cogió el dedo- y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una apuesta estupenda.
El hombrecillo sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos.
-Antes de empezar -dijo- le entregaré al árbitro la llave del coche.
Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.
-Los papeles de pertenencia y seguro están en el coche -añadió.
La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con clavos.
-¡Magnífico! ¿Lo consiguió todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse.
Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos punzantes en una de las camas y dijo: -Ahora nos prepararemos nosotros.
Luego se dirigió al muchacho: -Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco.
Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de cuatro pies por tres, con papel secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir.
-Ahora -dijo-, lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos.
Cogió la silla y la puso al lado de la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza juegos en una fiesta infantil.
-Ahora hay que colocar los clavos.
Los clavó en la mesa con el martillo.
Ni el muchacho, ni la chica, ni yo, nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en las manos, observábamos el trabajo del hombrecillo. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a seis pulgadas de distancia.
No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego inspeccionó su firmeza con los dedos.
Cualquiera diría que es un brujo -pensé yo. No duda un momento sobre lo que tiene que hacer. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo arreglarlo.
-Ahora el cordel -dijo alargando la mano para cogerlo-. Muy bien, ya estamos dispuestos.
-Por favor, ¿quiere sentarse? -le dijo al chico.
El muchacho dejó su vaso y se sentó.
-Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos. ¡Eso es!, para que le ate la mano donde corresponda, así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa.
Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos.
Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despe-gar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos.
-Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha..., pero, ¡espere un momento, por favor!
Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso al lado de la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
-¿Preparados? -dijo-. Señor árbitro, puede dar la orden de comenzar.
La inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo. El hombrecillo me miraba.
-¿Está preparado? -le pregunté al muchacho.
-Preparado.
-¿Y usted? -al hombrecillo.
-Preparado también.
Levantó la cuchilla al aire y la colocó a dos pies de distancia del chico, dispuesto a cortar. El muchacho lo observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente frunció las cejas y lo miró ceñudamente.
-Muy bien -dije yo-, empiecen.
El muchacho me hizo una petición antes de comenzar: -¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.
-Sí, lo haré.
Levantó la tapa del encendedor y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.
-¡Uno! -dije yo.
No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.
-¡Dos!
El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba el encendedor.
-¡Tres!
-¡Cuatro!
-¡Cinco!
-¡Seis!
-¡Siete!
Desde luego era un encendedor de los que funcionan a la perfección. El pedernal brilló y la mecha se encendió. Observé el pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo.
Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar hizo rodar la rueda, el pedernal chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
-¡Ocho! -dije yo.
Al momento la puerta se abrió. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó gritando: -¡Carlos, Carlos!
Le agarró la muñeca y le cogió la cuchilla, la arrojó a la cama, se apoderó del hombrecillo por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan aprisa que no se lo podía ver.
Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecillo, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. El se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello.
-Lo siento -dijo la mujer-, siento mucho que haya pasado esto.
Hablaba un inglés bastante correcto.
-Es horrible -continuó ella-. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le dejé solo durante diez minutos para lavarme el cabello y volvió a hacer de las suyas.
Se la veía disgustada y preocupada.
El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra.
-Es una seria amenaza -dijo la mujer-, donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos de diferentes personas y ha perdido once coches. Ultimamente lo amenazaron con quitarlo de en medio. Por eso lo traje aquí.
-Sólo habíamos hecho una pequeña apuesta -murmuró el hombrecillo desde la cama.
-Supongo que habrá apostado un coche -dijo la mujer.
-Sí -contestó el cadete-, un Cadillac.
-No tiene coche, ése es el mío, y esto agrava las cosas -dijo ella-, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.
Parecía una mujer muy simpática.
-Bueno -dije yo-, aquí tiene la llave de su coche.
La puse sobre la mesa.
-Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta -murmuró el hombrecillo.
-No le queda nada que apostar -dijo la mujer-, no tiene nada en este mundo, nada. Por cierto, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó tiempo, mucho tiempo, y fue un trabajo duro, muy duro, pero al final se lo gané todo.
Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego descubrió la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa.
Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo tenía un dedo y el pulgar.
Roald Dahl nació de padres noruegos en Llandaff, Gales, en 1916. Fue piloto de la Royal Air Force y empezó a escribir sus relatos en Washington, adonde había sido trasladado en calidad de asistente del agregado del aire. Fue miembro de los servicios secretos y terminó la Segunda Guerra Mundial como jefe de escuadrilla. Sus cuentos -el que ofrecemos pertenece a Relatos de lo inesperado, su más famosa colección-, así como sus historias infantiles, han sido traducidos a varios idiomas y siempre constituyeron un éxito de venta. Dahl se casó con la actriz de cine Patricia Neal.
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