
Hong Kong: una isla hi-tech
Soberbia e imponente, es el emblema del capitalismo en las propias narices de China. Un recorrido por la ciudad donde la tecnología manda
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HONG KONG.– Esta ciudad es una postal con luces y sonido que se repite todas las noches, justo cuando dan las ocho. Una espectacular exhibición multimedia sincronizada hasta la perfección que enciende de colores treinta y tres rascacielos del puerto Victoria, a ambos lados del río que divide la refinada Manhattan asiática de la popular Kowloon.
A la hora señalada, la música sinfónica anticipará los flashes danzantes de láser que dibujan un arco iris sobre el skyline del distrito financiero hongkonés, detrás del que se distingue la cima del monte Victoria, la zona residencial más prestigiosa de la isla. Una voz en off explicará por altavoces en inglés que la escena simboliza el poderoso crecimiento de este territorio administrativo especial que, como todos repiten aquí, “no es China, sino Hong Kong”. Según el día, la narración podrá ser también en mandarín o en cantonés, pero todos los idiomas están disponibles siempre para quien la siga desde iPods, radios o celulares.
Los edificios se teñirán después con los tradicionales rojo y dorado de la buena suerte y se distinguirá la música de instrumentos chinos típicos. Los colores se elevarán hasta que el cielo y las márgenes del río queden unidos en un despliegue de brillos y centelleos. La voz dirá entonces que los que resplandecen son los lazos entre los tres enclaves de Hong Kong: la isla, la península de Kowloon y la parte continental y más cercana a la China madre, o mainland, los Nuevos Territorios.
La “sinfonía de luces” figura en el Libro Guinness de los Récords como el mayor show permanente de luz y sonido. Aunque el Guinness debería decir que toda la ciudad lo es. Como a Hong Kong misma, no alcanza con verlo sólo una vez, y uno quisiera pararse una y otra vez, todas las noches, en la Avenida de las Estrellas, en la costa de Kowloon, o tomar el Star Ferry para repetir la experiencia desde el agua. Organizado por la Comisión de Turismo del gobierno autónomo de Hong Kong, es una metáfora de la ciudad, por su perfecto despliegue, por su propensión a los récords, por la advertida presencia de tecnología de última generación detrás de cada haz de luz que se refleja en el horizonte, por la asombrosa capacidad para convertir toda una urbe en una gigantesca escenografía.
Caminar por la isla es como entrar en una maqueta a gran escala donde todo está exactamente donde lo pensó el arquitecto; los edificios altísimos, por encima de las nubes, que no dejan de respetar los dictados del feng shui; el mar de un increíble turquesa; las autopistas con sus árboles cuidadosamente recortados a ambos lados. Pulcra, soberbia, inagotable, alguien dijo de esta ciudad que no conoce el día y la noche, sino la luz del sol y la de neón.
Prohibido detenerse
No importa la hora a la que uno llegue. Hong Kong siempre está despierta. Uno puede ver, a las 4 de la mañana, gente en las calles vestida como para ir al trabajo o largas filas en las paradas de colectivo, donde la mayoría ameniza la espera jugando con su play station portátil (PPS) o viendo alguna película en su MP4.
El tránsito hongkonés tampoco se detiene. Los casi 7 millones de personas que viven en sólo 1090 kilómetros cuadrados saben que el apego a las reglas que los chinos heredaron de sus padres y el respeto por los horarios que aprendieron durante los años de dominio inglés son necesarios para racionalizar el espacio y los servicios públicos. En el distrito financiero hay pocas esquinas habilitadas para el cruce peatonal. En cambio, la mayoría de los edificios están comunicados por pasarelas a las que también se accede desde escaleras externas, rutas alternativas en las alturas donde cada lobby es una galería de tiendas, bares e invitaciones al consumo.
En casi todas las calles principales una doble línea amarilla junto al cordón de la vereda indica la prohibición de llamar taxis. Nadie puede detenerse; parar es retrasar todo un sistema de engranajes que funciona sólo si cada pieza se mueve en el momento preciso. Los conductores se mueven a paso lento, pero constante, sobre sus coches casi siempre lujosos.
Hong Kong es la ciudad con más automóviles Rolls Royce per cápita en el mundo, y se los puede ver con sólo esperar cinco minutos en cualquier punto de la ciudad. Los modelos más antiguos que se ven en la isla son los Toyota colorados que sirven de taxis y que, así y todo, tienen una particularidad: sus puertas se abren solas ante los eventuales pasajeros. Lo normal es que los hongkoneses cambien de auto todos los años, y también que estén dispuestos a pagar un abultado sobreprecio por una patente con el número ocho, que según la superstición china trae buena suerte. Apenas un rasgo del legado chino dentro de una cultura hipercapitalista, donde todo pasa a ser rápidamente descartable; en parte, porque lo nuevo es accesible.
El sistema de transportes –formado por una red de subterráneos, ómnibus, ferries y tranvías– es una prueba de esa eficiencia, mezcla de tradicional respeto chino y puntualidad inglesa que es un sello hongkonés. Con una misma tarjeta recargable, la Octopus Card, se pueden usar todos los servicios, además de hacer compras en almacenes, entrar en clubes, colegios y edificios, y hasta activar ascensores fuera de horario.
La tarjeta, creada originalmente sólo para viajar en el metro, es hoy imprescindible para cualquier ciudadano, y los sensores la captan sin que sea necesario sacarla de la billetera más que para recargarla. El chip de la Octopus puede introducirse en anillos, relojes de pulsera y trabas de corbata. No sería extraño ver a una señora apoyar su reloj sobre el marcador del molinete del subterráneo.
Si se tiene en cuenta que la densidad de población de la isla es de 6356 habitantes por km2, es casi un milagro que en los subtes, o MTR, como se los llama por sus siglas en inglés (Mass Transit Railway), limpios, aireados, amplios, nunca se vean multitudes esperando en los andenes. El sistema entero está diagramado para que no haya esperas y para que el usuario pueda hacer un recorrido con combinaciones por tierra y por mar maximizando el tiempo. Y funciona, porque sólo hay otra opción: el caos. Una residente recuerda que en una oportunidad un tren se atrasó 3 minutos por un desperfecto técnico: “Eramos cientos de personas en la plataforma, sólo por esa simple demora”.
Construidas en 1993, las Central-Mid-Levels escalators, escaleras mecánicas al aire libre (las más largas del mundo), alivian la caminata por las pendientes, ya que toda la ciudad se erige sobre la ladera y hasta el pico del monte Victoria, a 554 metros sobre el nivel del mar. Hasta allí se puede llegar en teleférico y tranvía, o al menos ésa es una posibilidad para quien se atreva a un viaje con tramos en que la vía escala en línea recta hacia la cima. El premio es una de las mejores vistas del mundo, desde donde se dice que pueden verse las islas del mar del Sur de la China. Difícil comprobarlo hoy, cuando la polución ha instalado una nube varios pisos abajo de los miradores.
La contaminación ambiental es la contracara del exponencial desarrollo económico del delta del río Perla y del alto consumo de energía. Prácticas como la separación de la basura y el reciclaje están en una fase muy incipiente y no se ha logrado instalar con éxito una política de ahorro energético, salvo por creativos intentos aislados, como un gimnasio en el que la luz se enciende por tracción a sangre.
La polución fue uno de los principales temas de la última campaña de la Jefatura Ejecutiva de la ciudad. Un cargo cuyo nombre despeja cualquier incertidumbre sobre la condición de capitalista de Hong Kong: no tiene gobernador ni alcalde, sino un CEO. Como si se tratara de una gran reunión de directorio, sólo tienen derecho a votar 800 electores, en gran medida magnates y miembros de los estratos sociales más altos. Con todo, de acuerdo con la fórmula de autonomía Un país, dos sistemas, bautizada así por Deng Xiaoping cuando el Reino Unido restituyó el territorio a China en 1997, los hongkoneses tienen derechos políticos impensados en la mainland, como el de manifestarse en público y criticar a sus líderes.
Banco virtual
Más allá de los magnates o tycoons chinos, los expatriados son la franja de la población más acomodada de la isla y forman una importante comunidad que durante los últimos años ha crecido a una tasa constante del 10% anual. La mayoría trabaja en multinacionales, navieras y empresas de servicios financieros. La Bolsa de Hong Kong es el segundo mayor mercado de valores de Asia, sólo por detrás de la de Tokio, y ocupa el undécimo lugar mundial en volumen de operaciones bancarias. Sin embargo, nadie va al banco, o al menos es una verdadera excepción que alguien lo haga fuera del universo virtual. Todas las cuentas se manejan por Internet, y por el mismo medio se acuerdan las citas para hacer cualquier trámite personal.
Sólo desde los celulares, el flujo de compra y venta de acciones es constante, y se desarrolla con total facilidad. “Esta es una ciudad muy pro business. Acá llegás a las 9 de la mañana sin saber nada, a las 10 tenés una cuenta bancaria; a las 12, una oficina; a las 2 de la tarde, Internet y teléfono; a las 4 te llevan tus tarjetas personales... Y al día siguiente estás haciendo negocios”, dice Alfredo Román, argentino casado con una hongkonesa, que vive desde hace un año en la isla, donde edita una revista de finanzas.
Paula Taddeo, otra argentina radicada en Hong Kong desde hace 2 años, todavía se asombra de las comodidades que ofrece la vida en esta ciudad, donde la tecnología late detrás de cada hábito. La debilidad del sistema, dice, es que “como todo se hace por Internet, si alguien llegara a entrar en tu cuenta te destruiría”. Por eso, en Hong Kong todos tienen un pequeño dispositivo en el que se reciben números de pin aleatorios que sirven como reaseguro de la clave principal de acceso a las cuentas bancarias. “Lo llevamos en el llavero. Ponés tu código, ingresás tu user ID y tu password y te pide otro. Después de usarlo, el pin se vuelve a poner en blanco, y cambia automáticamente cada vez que es activado”, explica.
Una familia del futuro
Javier y Cristina Mantello también son argentinos y viven aquí con sus tres hijos adolescentes desde hace dos años. Javier es piloto de Hong Kong Airlines; Cristina, un ama de casa que todavía no puede creer cómo les cambió la vida en tan poco tiempo: “Me parece mentira vivir acá, vivir así: somos los Supersónicos”, dice entre risas.
El colegio internacional al que asisten sus hijos menores tiene computadoras para los alumnos en todas las clases. Con la misma tarjeta Octopus que usan para el transporte, personalizada, los chicos marcan su asistencia, y Cristina recibe por mensaje de texto el reporte con la hora exacta a la que ingresaron y salieron. “En la Argentina no los dejaba ir solos a ningún lado; los llevaba al colegio, a rugby, a las fiestas. Acá sabemos que con la Octopus se manejan en todos los medios de transporte, cuándo entran y cuándo salen de cada lugar, y estamos tranquilos”, dice.
Los documentos de identidad también tienen un chip en el que se registran los antecedentes penales y las historias clínicas. “Con tu ID card vas al hospital público, y el médico está con la computadora. Después de verte, te entrega las órdenes. La próxima vez que te atienden salen en tu archivo hasta los remedios que te recetaron y lo que gastaste”, cuenta Javier.
El perro de los Mantello no es menos “supersónico” que sus dueños: tiene un chip debajo de la piel con toda la información sobre su identidad, las vacunas que recibió y las enfermedades que tuvo.
¿Cómo se educa a los hijos en un mundo donde los avances tecnológicos nunca dan respiro? “Acá, todos los días, lo que compraste queda viejo, y es fácil saltar de una Play Station o de un iPod a otro... Y la gente está acostumbrada a cambiar todas las semanas de televisor, de celular. Nosotros les explicamos a los chicos que aunque la tecnología es importante y a veces nos simplifica la vida, no es un valor en sí misma”, dice Javier.
Otra forma de enseñar
En la Universidad de Hong Kong, que es pública, aunque arancelada, todas las clases tienen proyectores con video, audio, DVD y conexión a Internet. Los pizarrones inteligentes, en los que se escribe con lápices ópticos, están conectados con todas las terminales de alumnos y profesores. “La tecnología cambia la manera de enseñar. Se hace uso permanente de Internet, como apoyo. Todos vemos el mismo sitio desde cada computadora. Y los profesores podemos ver desde la nuestra en qué trabaja cada estudiante”, dice Laura Janousek, otra argentina radicada en Hong Kong desde hace tres años, que enseña español.
Aun cuando es imposible sortear en las calles a la muchedumbre que avanza y empuja y escupe (una costumbre bien vista entre los chinos), es muy difícil sentirse inseguro en Hong Kong. En cualquier recorrido a pie uno se encontrará con alguien que intentará venderle algo en el peor inglés del planeta (aunque sea lengua oficial junto con el cantonés y el mandarín), y si se deja tentar tendrá siempre la sensación de que lo están estafando, porque, salvo en los locales de marcas internacionales, nada tiene un precio fijo y todo debe regatearse. Principalmente en los tradicionales mercaditos repletos de gente, ruidos y olores. Pero nunca se teme, ni siquiera allí, que alguien vaya a sacarle a uno la billetera del bolsillo o a arrancarle la cartera para huir con ella. Hay otras maneras de perder la plata en Hong Kong.
Los carteles publicitarios, muchas veces enormes pantallas planas sobre los laterales de los rascacielos, no dejan dudas de que ésta es la ciudad más occidental de China. Los modelos casi nunca son de ojos rasgados y los negocios de moda no tienen nada que envidiarles a los de la Quinta Avenida neoyorquina. Todos los grandes diseñadores ocupan un lugar en la prestigiosa calle Central. En la isla hay en total 13 locales de Gucci (casa fetiche para las chinas, que se enfundan de pies a cabeza con sus modelos originales o con imitaciones, según su poder adquisitivo), además de las tiendas Louis Vuitton y Zara más grandes de Asia.
Una parte importante de la vida de Hong Kong transcurre en las alturas y de noche. Hay fiestas todos los días en los salones de rascacielos y hoteles con la firma de célebres arquitectos. Aquí falta la tierra, pero se construye todo el tiempo. Las torres se levantan sobre los escombros de generaciones anteriores de edificios. Es común ver los andamios de caña de bambú forrando las viejas obras y adivinar que habrá un nuevo exterior de cristal en velocidad de récord hongkonés. La torre más alta de la isla, la del Internacional Finance Centre, fue diseñada por César Pelli. Philippe Starck, declarado amante de Hong Kong, creó el restó más chic de la ciudad, El Félix, en el piso más alto del hollywoodense hotel Península, uno de los imperdibles. Botón de muestra del lujo asiático, en el baño de El Félix recibe una impecable oriental que abre la puerta, lava las manos, las seca y ofrece crema humectante. Y uno no sabe si lo abruma eso, el imponente blanco del mármol reflejado en los espejos o la fabulosa panorámica de la ciudad completamente iluminada.
El entretenimiento no sólo es deluxe. Las 24 horas pueden encontrarse abiertos restaurantes, spas, karaokes, salones de masajes para pies y locales atiborrados donde los chinos pasan el tiempo entre fuertes apuestas al tradicional mahjong, un milenario juego de mesa. Hasta en la madrugada uno puede parar para comprar pescado vivo en algún mercado al paso de una calle céntrica. Y pagar con tarjeta de crédito o con un solo clic del celular.
Una de las explicaciones que muchos encuentran para que esta ciudad nunca se detenga es que los hongkoneses pasan muy poco tiempo en su casa, en general pequeños departamentos de pocos ambientes en los que se hacinan familias sin lugar para comodidades tales como el horno, que se suple con una sola hornalla y un wok; ni para colgar la ropa, que pende –al mejor estilo napolitano– de las ventanas de edificios cuya arquitectura recuerda a Matrix.
En la tercera ciudad del mundo con más celulares por persona, pocos tienen teléfono fijo en su hogar. Con el móvil, en cambio, más que hacer llamadas, se conectan a Internet, juegan en línea, descargan canciones y películas, y hasta pagan sus compras. Es toda una paradoja que en una de las ciudades más pobladas del mundo la tecnología sea un refugio para miles de solitarios y el teléfono, más un instrumento de aislamiento que una herramienta para acercarlos.
La experiencia de la sofisticación tecnológica llega hasta el fin del viaje. Los residentes pueden hacer el check in y despachar sus valijas en una oficina del centro por la mañana e ir directamente a tomar el avión una hora antes del despegue. El aeropuerto de Hong Kong, diseñado por el famoso arquitecto inglés Norman Foster, fue inaugurado en 1988, y hoy es una ciudad en sí mismo con spas, hoteles, restaurantes y magníficas áreas de shopping. Veinticinco kilómetros mar adentro, su construcción fue una impresionante obra de ingeniería que implicó la creación de la aeroísla que lo contiene y de los túneles, puentes y vías que lo conectan con el continente.
Desde el aire, se distinguen los carteles de las multinacionales reflejados en el mar y Hong Kong podría ser cualquier otra gran metrópoli del mundo, pero uno siente que acaso tenga lo más espectacular de todas ellas. Y entonces entiende que esa selva tropical iluminada que acaba de dejar no es de este mundo, o al menos no de esta dimensión: está justo en el limbo entre Oriente y Occidente, allí donde se superponen el pasado y el futuro.
Atracciones
Desde la orilla donde se extiende el Paseo de las Estrellas, el mejor lugar para presenciar la “sinfonía de luces”, la península de Kowloon mira a la glamorosa isla de Hong Kong. De un lugar al otro se llega en 5 minutos en tren submarino, en 8 en ferry y en menos de 10 minutos por los dos túneles subterráneos. La puerta de entrada es el distrito de Tsim Sha Tsui, tanto o más refinado que su vecina de enfrente, con imponentes hoteles y grandes centros comerciales. Pero a pocas cuadras de allí reinan el neón y el griterío del regateo permanente en locales donde puede comprarse lo inimaginable, desde un reloj con la cara de Mao como fondo hasta los más sofisticados artículos de electrónica. Una calle sirve de línea divisoria entre la vieja colonia, asignada a los británicos, y los Nuevos Territorios, que fueron arrendados al Reino Unido desde 1898 hasta 1997.
Cuestión de modales
Para quien desconoce las costumbres chinas, es lógico atribuir a la contaminación o a la todavía amenazadora epidemia de gripe aviar la razón por la que tantos hongkoneses salen a la calle con barbijo. Pero, al consultarlos, surge otro motivo: para los orientales, estornudar es de pésimos modales. Consideran una grosería exponer al prójimo a los propios gérmenes y bacterias.
Quienes están resfriados o padecen alergias, deben usar barbijo por respeto a los demás si pretenden ir al trabajo o utilizar cualquier medio de transporte. Es más, algunos advierten que quien estornude dentro un taxi será invitado a bajarse de inmediato.
Buenos augurios
Toda la ciudad se levanta de acuerdo con los dictados del feng shui. Los objetos deben armonizarse de modo tal que los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego) fluyan para invocar la buena suerte.
Debajo de su fachada de cristal, los edificios respetan los mandatos de la naturaleza: sus esquinas nunca deben enfrentarse entre sí y es frecuente ver grandes leones de bronce en sus entradas. Se los puede ver, por ejemplo, custodiando la entrada de la sede del
HSBC en el refinado Distrito Central, y nadie duda de que frotar sus patas es un buen augurio para cerrar negocios. Sobre Repulse Bay, una gran abertura atraviesa un edificio: es para que el dragón que vive en el pico del monte Victoria pueda sacar su cola y bajar al mar a tomar agua. Los chinos han venerado a los dragones desde tiempos inmemoriales: los creen portadores de fortuna, prosperidad y alegría.






