
Hace 26 años, Lili Miedvietzky llevó a un grupo de 13 quinceañeras a Disney. Hoy, al frente de su agencia, transporta 3.000 al año.
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Por Cicco
Si bien buena parte de este emprendimiento sucede en Orlando, Estados Unidos, el despegue del asunto, el lugar exacto donde el avión encuentra su pista y echa a rodar, lo tiene unos 7.000 kilómetros más abajo, en Resistencia, Chaco. Jamás imaginarías que las quinceañeras de Argentina, de tan agradecidas, deberían hacer de Resistencia un lugar de peregrinación de fe. Pero empecemos esta historia de una buena vez. Esta es la casa de Lili Miedvietzky. Pero esta es la casa de Lili hace 26 años, así que vamos a tener que rebobinar un poco la cinta. La familia de Lili, en Resistencia, tiene chapa de respetable.
Ella trabaja de contadora en un estudio. Su marido, en un concesionario de camiones. Y también en una fábrica de gas licuado, con 60 años de actividad en Resistencia. Tiene dos hijos –ahora tiene tres– y una deuda pendiente con su infancia y sus padres. Cuando Lili cumplió 15, soñaba, visionaria, con celebrar sus 15 en Disney, pero sus padres –dedicados a la confección de ropa– no pudieron pagarle el viaje. Se lo prometieron, pero no pudieron. Ella no quería fiesta. Y el viaje salía un dineral. Así que la promesa quedó en promesa. Y, al final, tuvo que conformarse con nada. Se quedó sin el pan del viaje y sin la torta. Pero ya lo dicen los que saben: no hay nada como una crisis para encender el fuego de algo nuevo.
Dos años después de casada, Lili cumplió su viejo sueño, viajó a Disney y sanó con curita su herida de quinceañera. En Disney se copó. Se hizo fan. Vio que en Orlando estaba todo servido: organizado, meticuloso, fluido. Le podrá gustar más o menos Mickey Mouse, pero no vamos a dudar de algo: al ratón no se le escapa nada.
En 1990 se inició la chispa. Lili estrenó una agencia de viajes llamada Firenze y tuvo una idea, apelando a aquella frustración de la infancia: ¿por qué no llevar a un grupo de chicas de Resistencia a celebrar otra clase de cumpleaños de 15, con viaje incluido, por los parques temáticos de Disney? En lugar de una fiesta de, con suerte, ocho horas, era una celebración de dos semanas –ella arrancó ofreciendo 10 días–. E hilando finito, una propuesta que era hasta más económica que la fiesta. ¿Quién podría resistir la tentación?
Lili les repetía a su entorno y amigos: "Fiesta de 15 tradicional con familia grande. Amigos. Amigos de amigos. El tío que se pone del copete. Carnaval carioca. Videíto emotivo. El mismo bodrio de siempre, con vestido blanco. Para los padres, un gastadero enorme de guita. Y, para las que cumplen, un festejo repetido, calcado de generación en generación y con sabor a poco. No da".
Además, por aquel entonces ella se decía: un viaje a Europa puede ser muy enriquecedor para las quinceañeras, pero ir de museo en museo era una sopa fría.
Cuando se acercaron a los padres, Lili y su equipo hablaron y hablaron más de servicios médicos, de la presencia de un coordinador cada 20 chicas y de la participación de la propia Lili de punta a punta del viaje, como garantía de que todo iría por carriles seguros. O para decirlo en términos Disney, una montaña rusa, sí, pero con cinturón.
Con las chicas hablaron más y más de pases libres a los juegos, de trucos para no hacer cola, de fiestas top en hoteles de lujo, de books de imágenes con fotógrafos profesionales, de más fiestas, más juegos, más fotos. Pensaron cómo luciría el paraíso para una adolescente y se propusieron materializarlo.
Lili empezó con un grupo de 13 teens. Las chicas regresaron encantadas. Y los padres elogiaron el trato, la seguridad; en fin, que allá tan lejos y tan arriba, alguien pudiera hacerse cargo de sus hijas con el mismo celo entre cariñoso y policial que ellos. Lili bautizó su agencia con un latiguillo que se repetía entre las viajeras, llenas de tanta sobredosis de entretenimiento y montaña rusa: "pero esto", decían, "esto es como un tiempo de diversión". Lili cazó al vuelo el comentario y lo transformó con giro english en Fun Time. Y arriba los ratones.
Le fue tan pero tan bien que, en poco tiempo, su agencia Fun Time recibía pedidos de madres que querían contratarla de todo el país para que llevara a sus hijas a la Tierra de Mickey Mouse, donde los sueños se hacen realidad a base de shopping y realidad paralela.
La propuesta era más que tentadora. Y, para muchos, más realidad que fantasía. Antes, para llevar a una quinceañera a Disney, le salía a una familia mínimo dos pasajes y estadía, para la cumpleañera y para uno de los padres –ambos padres, si el bolsillo aguantaba–. La agencia de Lili les proponía a las familias solo hacerse cargo del pasaje y la estadía para la agasajada, y cada vez con más servicios incluidos.
Con la idea rondando por el inconsciente colectivo teen –que ronda más rápido que el resto de los seres humanos–, el emprendimiento prendió enseguida. En 1996, Lili abrió sus oficinas de Fun Time en Buenos Aires. Dos años más tarde, otra sede en Posadas, Misiones. Se nacionalizó. En un abrir y cerrar de ojos –y locales–, Lili había inaugurado un rubro nuevo. Y como todo rubro nuevo, tuvo sus pros y sus no tan pros. Básicamente, el punto más delicado de la cadena era persuadir a los padres de que sus niñas, en breve mujeres, viajarían 15 días fuera de su control y estarían en buenas manos. Y, luego, persuadir a las líderes de cada grupo de que contagiaran la fiebre Disney al resto de las compañeritas y de que hablaran de la fiesta tradicional de 15 como un bodrio del pasado, un plomazo social clonado de la idiosincrasia Barbie, un lastre de los abuelos que había que quitarse de encima, como tierrita de la camisa.
Por ese entonces, su agencia era la única en ofrecer ese servicio para quinceañeras en búsqueda de emociones nuevas.
A los cinco años de inaugurada, llevaba 200 chicas en un solo viaje en diciembre. Luego sumaron otro vuelo en julio y un evento privado en Disney: una fiesta de 15 para todas y cada una, como si lo celebraran en Buenos Aires. "No se preocupen por la fiesta", les repetía Lili a los padres, "que se las hacemos allá".
En 1995, un hecho histórico: un jumbo de Varig despegó del aeropuerto de Resistencia, Chaco –algo loquísimo–, completo, con 420 quinceañeras rumbo a Orlando.
Pasaron más de dos décadas desde que Lili tuvo la chispa inaugural, y hoy en día, decenas de agencias de viaje le salen a competir. Incluso, reconocidas obras sociales premium crearon agencias, entre otras cosas, para reproducir el modelo de viajes quinceañeros a Disney; el seguro médico ya lo tienen incorporado.
Pero Lili, amiga de su coterránea Lilita Carrió, no para un segundo. Las revistas llevan su historia a la portada como modelo de emprendimiento exitoso iniciado, allá lejos y hace tiempo, a puro pulmón y valija, y parla. La agencia de Lili ofrece planes de pago en cómodas cuotas a lo largo de tres años. Pocas familias tienen los US$ 7.000 –el plan de viaje más completo– para desembolsarlo en un abrir y cerrar de billetera.
En Orlando ya son cara conocida. Desde hace cuatro años, los Estudios Universal, un parque de agua y Bush Garden cierran sus puertas para que las chicas puedan deambular libremente sin ver un solo extraño, ni hacer una sola cola. Han llevado a Abel Pintos, a Axel, a Carlos Baute y a los Miranda a dar shows exclusivos en Orlando para las quinceañeras que contrataron Fun Time.
Ahora mismito, su empresa lleva un promedio anual de 3.000 adolescentes aullantes y con ganas de sacudir el ratón en los parques de Disney. Y viaja con contingentes de poco más de 300 chicas en cada festejo.
Las quinceañeras, felices. Los padres, contentos. Y la familia, unita y happy en pos de la alegría de la niña y sus dulces 15. Todos, claro, excepto el tío, que se queda sin fiesta, sin brindis y sin baile carioca.






