
Los hermanos Gallo crearon Júpiter, la empresa de fuegos artificiales más grande de la Argentina. Del kiosco familiar a los megaeventos por el mundo.
1 minuto de lectura'
Por Cicco / Foto de Ignacio Sánchez
Hay historias del cielo que necesitan ser contadas con los pies en la tierra. Esta se inicia con dos hermanos, los Gallo, que pasan los días viviendo el sueño de todo niño: tener a los padres dueños de un kiosco (que incluía ramos generales). Este no era un pequeño local. Era uno de los grandes. En el barrio de Chacarita, sobre Álvarez Thomas, todos lo conocían como El Emporio de la Golosina. Papá Gallo salía a buscar clientes recorriendo las calles. Mamá Gallo atendía el mostrador. Y la abuela criaba a los hermanos: Gastón y Sebastián. Y, además, atendía a las señoras mayores del barrio. Para los hermanos, trabajo y familia, golosina y desayuno, eran más o menos lo mismo.
Despierto para los negocios, papá Gallo estaba siempre actualizado, renovando la mercadería de acuerdo a la temporada. Para los hermanos Gallo, la mejor de las temporadas llegaba a fin de año. El padre traía petardos, estrellitas, unos bultos de tres tiros made in Brasil. Pero un día, un fin de año, papá Gallo llegó con algo inusual, sorprendente, por así decirlo, espacial: un cohete. Decía, escrito en alguna parte: Júpiter. El cohete, claro, hacía lo que hacían los cohetes que se lanzaban por esa época al espacio: reventaban en el cielo antes de salir de la órbita. Pero no importaba: el espectáculo era prometedor.
Para los hermanos Gallo aquel cohete fue una luz en el camino. La dirección que marcó el destino de su vida. Y su destino apuntaba al cielo abierto. Y estaba lleno de explosiones y color y posibilidades.
Ya crecidos, y más inclinados a la afeitadora que a las golosinas, los Gallo montaron su negocio de fuegos artificiales. ¿Dónde? En el mismo depósito donde sus padres tenían El Emporio de la Golosina, en Chacarita. Bautizaron a su emprendimiento, como debe ser, con un homenaje a aquel cohete de la infancia: Júpiter.
A pesar de que su negocio estaba entre las nubes, los hermanos debieron lidiar con cosas terrenales, propias del lodazal de la humanidad: para empezar, el negocio de los fuegos artificiales, que era más avivada clandestina sin escrúpulos que negocio hecho y derecho.
Para separar la paja del trigo, y el petardo del tiro por la culata, los Gallo viajaron a la cuna del rubro: China. Papá los había llevado ya cuando tenían poco más de diez años. Y les mostró todo. Luego, con Júpiter en la calle, los hermanos viajaban hasta tres veces al año –hoy cada uno tiene más de 50 viajes a China sellados en sus pasaportes–. Allí, no solo hurgaban en las novedades del rubro, también chusmeaban cómo las empresas imprimían a eso un sello serio y profesional.
Y así, de a poco, Gastón empezó a dedicarse a montar shows de fuegos artificiales. Ponía, al igual que los chinos, música y onda temática, y armaba una coreo en el cielo, que estallaba ahí arriba cual lata de pintura, mientras resonaban platillos y tambores acá abajo. Había aprendido el oficio viajando por todo el mundo, no solo en China. Gastón fue a todas las convenciones de aficionados y profesionales en Estados Unidos, donde había desde locos sueltos tirando cohetes, químicos y fabricantes hasta inventores de consolas (por si le interesa el dato: North Dakota, Wyoming, Fargo). Visitó varias veces a los pirotécnicos españoles en las fallas valencianas, a los portugueses con sus tradiciones petardas y el sur de Italia donde cada dos por tres se les da por encender la mecha. Aprendió diferentes estilos, incorporó tecnología alemana de disparo pero siempre volvía a China, cual niño que vuelve al hogar. Luego experimentaba todo ese cóctel en Argentina.
A los 22, un canal de tevé que organizaba una gran fiesta en el hipódromo lo contrató para cerrar el año ante cien mil personas. Nada de encender mecha por mecha, Gallo tenía su propia consola de disparos. Todo cronometrado y largamente meditado. Minutos antes del show, papá Gallo se acercó con unas bengalas y unos encendedores: "Te las dejo acá. Mirá que esto tiene que funcionar sí o sí". Papá Gallo se había quedado en el tiempo donde todo se prendía con mecha y encendedor. La tecnología, para él, era un planeta inhóspito en el cual no había que depositar mucha esperanza de vida. "Papá", le explicó Gastón, "si tenemos que encender mecha por mecha de este espectáculo necesitamos, para que lo hagan, 500 personas".
El show fue súper. Y a Gallo empezaron a convocarlo de las grandes empresas para poner marco en el cielo a sus fiestas corporativas. En el fin del milenio, un canal quiso celebrar en Ushuaia con Julio Bocca y Eleonora Cassano, bailando con tutú nuevo en la bahía. El gerente de la emisora le explicó a Gallo: "Van a ser 45 segundos donde queremos que el cielo explote. Esto va a ser transmitido en todo el mundo. Queremos lo mejor".
Gallo pasó varias veces por las oficinas para sellar el acuerdo y en la reunión final estuvo ocho horas negociando en el canal: por ese show, consiguieron medio millón de dólares.
Además de esos 45 segundos habría fuegos a lo largo de 15 minutos para los vecinos de la ciudad. Pero la atención de la emisora estaba en esos pocos segundos donde todo giraría, el almanaque, Julio, el tutú de Eleonora, y los colores en el cielo. Esas explosiones fueron históricas: Gallo diseñó el primer show de fuegos artificiales 100% acuático en la historia del país.
Al año siguiente, lo convocaban de Europa para darles toque celestial a los eventos más resonantes del planeta.Como la fiesta anual de la ciudad de Ginebra y un homenaje al sultán de Omán. Gallo les puso firma en el cielo.
Pero claro, a no olvidarse que el hombre es argentino y la Argentina barre con todo. En 2001, en plena debacle, la gente saqueó, ávida de llevarse cosas gratis, sus puntos de venta. Los clientes pagaban con patacones, lecops, si es que pagaban. Todo un año para prepararse para las fiestas y, justo entonces, se vino el acabose. La deuda de 1 a 1 pasó a 4 a 1. Los Gallo, igual que todo argentino, tenían prohibido girar al exterior. Y esto sumado a que trabajaban con fabricantes chinos a quienes les debían en dólares. "Era muy difícil explicarles a ellos lo que se vivía en nuestro país", recuerda hoy Gastón. "No teníamos nada firmado. Pero, por suerte, ellos me conocían desde chico. Tenían confianza". Entonces rompieron el chanchito y pagaron sus deudas a los chinos con sus propios ahorros.
A pesar de la crisis, eso les dio un respaldo para expandir el negocio. En el gremio de la pirotecnia, pequeño y familiar, los Gallo, que pagaron deudas en el sálvese quien pueda, se ganaron respeto y, un año más tarde, llevaban sus espectáculos y productos a Italia.
Los Gallo comparan al rubro con el de los circos: cuando otros festejan, ellos trabajan. Y, algo puntual de la pirotecnia: una tormenta puede enterrar millones de ganancias.
Hoy en día, los Gallo son cabeza del mercado en Latinoamérica y pelean el liderazgo en Italia. Los chicos compran a dos manos sus Traka-Traka, los adolescentes el Matasuegras, y los adultos los contratan para grandes shows.
Ellos ya tienen un equipo propio de 12 artistas técnicos que los ayudan a montar los espectáculos.
Mientras, suman galardones a su chapa celestial: primer premio en los jardines barrocos de Herrenhausen, en Hannover, en Shanghái, y en Montreal. Levantaron estatuilla en el Castillo de Chantilly –que no está hecho de crema– y, en agosto pasado, se llevaron el premio principal en el festival pirotécnico de Cannes con show romántico y explosivo: Matices de Amor. Un espectáculo de 25 minutos donde se encendieron más de 2.000 dispositivos sincronizados en forma inalámbrica desde nueve barcos.
Para sumar galardones y respeto de los padres del rubro, los invitaron a hacer su show celestial para los festejos del 55°aniversario de la República Popular China.
Hoy los Gallo tienen, en el país, 14 locales y 70 stands. Y al año venden un par de millones de cajitas de Traka-Traka y varios miles de tortas. Tienen presencia en cuatro países del mundo. Sus clientes van desde Martín Palermo a Cavenaghi, desde Valeria Mazza a Marcelito Tinelli y hasta el mismísimo Diego Maradona, quien cada tanto le gusta sentir que la mano de Dios también tiene el cielo de su lado.






