
En Imágenes apuntadas el fotógrafo Eduardo Longoni, testigo privilegiado de los últimos 40 años de historia argentina, cuenta el detrás de escena de sus mejores tomas.
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Por Tomás Linch
Cuando Eduardo Longoni dejó sus estudios en historia para comenzar a trabajar, en 1979, no existían lugares para estudiar fotografía en Buenos Aires. Sus maestros eran los colegas con más experiencia de Noticias Argentinas, la mítica agencia por la que pasaron los mejores periodistas de nuestro país. A unos metros de donde funcionaba la agencia, había una librería en la que podían verse los pocos volúmenes de fotografía que llegaban, y más allá, un bar donde libreros y periodistas compartían, cada tarde, algún café. “Entonces el dueño de la librería que nos sabía apasionados –cuenta Longoni– nos prestaba unos guantes blancos para que no le ajáramos esos libros carísimos de Cartier Bresson o de Eugene Smith. Cómo me gustaría hablar con estos fotógrafos, pensaba en aquel momento, saber cómo hicieron esas imágenes, qué pasó antes y después de cada foto”.
Tal vez esa fue la semilla del libro que, casi cuatro décadas después, acaba de publicar. O tal vez, haya sido la lectura de Ligeramente desenfocado, el libro en el que Robert Capa, “fotógrafo de guerra, conocido por sus imágenes sobre la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial”, cuenta la trastienda de su trabajo. “Lo que sí sé es que hace un tiempo, dando una charla sobre Violencia, otro de mis libros, pensé que todas estas imágenes iban a quedar, pero que las historias estaban destinadas a perderse o tergiversarse, así que me decidí por comenzar con Imágenes apuntadas”.
Existen dos formas de leer este libro. Podemos abordarlo, como supone el autor, pensando en que se trata de aquello que nunca se publicó sobre sus fotografías más reconocidas, el patio trasero. También podemos dar vuelta la ecuación y decir que se trata de 27 historias ilustradas por grandes fotos. Como aquella del 5 de octubre de 1982, cuando durante la “Marcha por la vida”, Eduardo se acercó tanto a la acción que luego de hacer unas fotos se cayó al piso y estuvo a punto de ser arrollado por un soldado montado en un caballo. O como la del 20 de diciembre de 2001, en la que una de las madres quedó atrapada entre gases lacrimógenos, en medio de la batalla campal que terminó con la huida del presidente Fernando de la Rúa en su helicóptero. “Las Madres siempre fueron la punta de lanza de todos los reclamos de Derechos Humanos en nuestro país. Son la infantería de nuestra sociedad, siempre estuvieron adelante, habían perdido lo que más amaban y no tenían nada que perder”, cuenta Eduardo.

En la foto está él, Diego Armando Maradona, con el brazo en alto y el esfuerzo en el gesto. A su derecha, Peter Shilton, el arquero inglés con el puño en alto, tratando de alcanzar una pelota a la que nunca llegaría. Todos hemos visto esa foto, la mano de Dios, pero en aquel entonces la imagen mostraba algo que la televisión no había podido: otro argumento para demostrar que el gol había sido con la mano. “Llegué tarde al estadio, muy tarde, cargando un equipo de 70 kilos que incluía tanques de revelado y una ampliadora. Recuerdo que alquilé una habitación muy chiquita dentro del estadio y apenas llegué tuve que armar todo el equipo. Los mejores lugares en la cancha para un partido de esa magnitud se toman con tres o cuatro horas de anticipación, así que quedé muy mal parado para ese partido, aunque fue gracias a eso que pude hacer esta foto. Recuerdo que cuando terminé de revelar el rollo y estaba a punto de lavarlo, me di cuenta de que habían cortado el agua en el estadio. Salí corriendo de la salita e intercepté a una chica que llevaba agua para hacer café y le pedí el agua”.
Imágenes apuntadas no solo resume el intenso trabajo de uno de los grandes fotógrafos argentinos. También es un relato transversal de nuestra historia política, social, cultural y deportiva. Por sus páginas pasan presidentes y sucesos de actualidad, pero también escritores como Ernesto Sábato y Mario Benedetti, músicos como Charly García y Mercedes Sosa y, sobre todo, argentinos: en Jujuy o en Plaza de Mayo siempre hay uno de nosotros para recordarnos que Eduardo Longoni estuvo allí.






