
Indiscreciones made in USA
De repente, todo es sexo en los Estados Unidos. Desde los líos de polleras de Clinton, y nadie habla de otra cosa. Eso sí: hay contradicciones. Por un lado, la represión, por temor a los juicios por acoso. Por otro, la liberación, gracias al Viagra
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WASHINGTON.- Jennifer procuraba conservar la sonrisa, a pesar de sentirse azorada mientras recorría con la mirada los rostros inocentes de sus alumnos de primer grado, en un colegio de los suburbios. Buscaba la respuesta más discreta para la pregunta más indiscreta: "¿Qué es sexo oral, Mrs. Lynch?"
Dudó un instante. No estaba preparada para semejante embate en medio de la lección de spelling (ortografía). "Sexo oral es...", comenzó, pero prefirió pensarlo mejor. "Bueno, ustedes saben...", continuó, confusa, sabiéndose colorada y que ellos, de 6 años en promedio, no sabían nada de nada de sexo siquiera. "Es, es..." Trataba de hallar las palabras justas.
La tierra no iba a tragársela, como ella jura que ansiaba, y el timbre, cual boxeador grogui, tampoco iba a salvarla. "Sexo oral es hablar mucho de sexo", dijo finalmente Jennifer, casi en un arrebato. "Sí, eso es", remató, poniéndole moño a una definición que, dentro de todo, no era una vil mentira ni el abrumador motivo de una demanda por perversión de menores.
Los chicos se miraron. Hacía semanas que la televisión y la radio insistían en referirse a los affaires de Bill Clinton. Sexo oral, acoso sexual, infidelidad... El destape. Y, como el pueblo, los chicos querían saber. Todavía quieren saber. Por más que en el Cartoon Network y en el Disney Channel no haya noticieros.
"Me tomaron desprevenida -admite Jennifer Lynch, sonriente-. Jamás hubiera imaginado que Michael (el chico que formuló la pregunta) iba a ponerme en aprietos. Pero podría haber sido cualquiera, en realidad, porque en este país no se habla de otra cosa que no sean Paula Jones y Monica Lewinsky."
Y Jennifer Flowers, y Dolly Kyle Browning, y Susan McDougal, y Kathleen Willey, y Elizabeth Ward Gracen... Son las mujeres que pasaron, de algún modo, por la vida de Clinton desde que era el gobernador de Arkansas, y que aducen haber sido flechadas, unas, y hostigadas, otras, por el hoy presidente mientras Hillary, la primera dama, sintonizaba otro canal.
Desde el 21 de enero, cuando estalló el escándalo Lewinsky, hasta el 1º de abril, cuando la jueza federal Susan Webber Wright archivó la demanda por acoso de Jones, el asunto caló tan hondo que comenzaron a replantearse las relaciones entre un sexo y otro, especialmente entre los empleados de las oficinas y de otros ámbitos laborales.
Todo porque Clinton, en teoría, habría usado la Oficina Oval como lugar de citas. Su absolución del caso Jones, tras más de cuatro años de acoso a la inversa, coincidió, curiosamente, con el Día de los Tontos, versión norteamericana del Día de los Inocentes.
De ahí que haya creído en un primer momento -mientras el abogado Robert Bennett le daba las nuevas por teléfono durante la gira que había emprendido por Africa- que se trataba de una broma de pésimo gusto.
Pero no fue así. Y, de hecho, Clinton festejó con un cigarro y un bongó en Senegal y, aquí, comenzó a descomprimirse la burbuja en la cual las dudas más frecuentes son si corresponde que un empleado cuente un chiste verde frente a una compañera de trabajo, si ellas pueden sentirse ofendidas (acosadas, en la práctica) por un roce casual o si un jefe puede concertar una cita con una subordinada sin que sea malinterpretado. O viceversa.
En algunas ciudades llegaron a hacerse investigaciones sobre la materia, que arrojaron como resultado que el 9 por ciento de las parejas se forma en oficinas y en fiestas, en idéntica proporción, según la revista New York.
Pero la mayoría, el 30 por ciento, surge de presentaciones entre amigos. El 12 por ciento, de la concurrencia al mismo club, y el 10 por ciento, de miradas cruzadas en bares y restaurantes. Todo con tino, ya que el acoso en sí, como figura jurídica, es el arma más temida de estas latitudes.
"¿Qué pasa si voy solo con una mujer en un ascensor y ella sale gritando en el séptimo piso? -se pregunta el abogado Joseph McCarty-. Gana, seguramente. ¿Cómo le explico a mi esposa, sin testigos, que todo lo que toqué fue el botón número nueve del ascensor, no de su vestido?" Suena perverso desde este lado del mostrador. Las feministas están ofuscadas con el 70 por ciento de popularidad de Clinton gracias a la bonanza económica y a su habilidad política. "Deberían parar con eso, porque echan por tierra el movimiento de reivindicación que lanzamos hace treinta años", señala Gloria Seinem, una de sus líderes.
El límite entre el afecto y el acoso es tan delgado como un piolín, en los lugares de trabajo. En ellos, los empleados pasan más horas en pie que en sus hogares.
Son las mujeres, generalmente, quienes tienden la barrera, como explica Kathy Rodgers, directora ejecutiva de Now Legal Defense and Education Fund:"No está mal flirtear, fumar juntos afuera, encontrarse en un bar, charlar mientras el jefe no se oponga, estrecharse las manos o darse un abrazo el día de cumpleaños. Pero si ella dice basta y él insiste, bueno, eso ya es diferente".
A las feministas achaca Carmen Pate, presidenta de Concerned Women for America, la confusión que impera en el llamado sexo fuerte:"Las mujeres no deberían pensar todo el tiempo que pueden ser víctimas de acoso, y los varones, a su vez, no deberían pensar todo el tiempo que pueden ser víctimas de una acusación de ese calibre", esgrime.
Tan amplios son los brazos del fantasma que, en muchos casos, la cortesía queda en segundo plano. No está mal visto que el varón no ceda el paso a la mujer en la puerta de un edificio o en un ascensor. Ladies first (damas primero), como dicen los británicos, ya casi no existe. Es más: hay ejecutivos que van en aviones distintos si coinciden en viajes con mujeres de su compañía.
La Corte Suprema dictó en 1986 una norma por la cual puede considerarse discriminación el caso en que, ante la negativa de una empleada o de un empleado a los coqueteos de un superior, se cree un clima hostil de trabajo. En esto no hay manoseo que valga, pero algunos trabajos dependen del tacto. Como sucede con John, un modisto y peinador de Little Rock, Arkansas, que tenía una clienta muy especial:Paula Jones. Fue el responsable de que Clinton le confesara que amaba la forma en que caían sus cabellos sobre los hombros, según ella, la tarde del 8 de mayo de 1991, antes de que él, presuntamente, se bajara los pantalones, en demanda de sexo oral, en el cuarto del hotel Excelsior.
Todo es vértigo, sin embargo. Terminada por ahora Jones y diluida Lewinsky, los norteamericanos arrasaron con el Viagra, la nueva droga que combate la impotencia masculina.
Tuvo tanto éxito que se convirtió en tema casi único de conversación. Lo que habla, según Steven Lamm, profesor de medicina de la Universidad de Nueva York, de una gran cantidad de varones disconformes con su capacidad sexual.
Como Alfred Pariser, de 58 años, vecino de Rancho Mirage, California, sobreviviente de un cáncer de próstata. "¡Funciona!", grita, cantando las hurras. Y su mujer dice que se ha convertido en Tarzán.
Algo está pasando. Nunca como ahora, según The Washington Post, los norteamericanos han gastado tanto dinero en verse más jóvenes. Son 76 millones los baby boomers (los nacidos entre 1946 y 1964) que se someten a cirugías estéticas.
Sólo en el Estado de Nueva York se realizaron 91.000 operaciones de ese tipo en 1996, según The American Society of Plastic and Reconstructive Surgeons.
¿El costo? De 4000 a 20.000 dólares. ¿El fin? Seducir al otro, sea varón o mujer, sin que signifique acoso. ¿El boom?Las rusas. De 250 agencias matrimoniales, una tercera parte, 80 aproximadamente, realiza contactos entre varones de aquí y mujeres de Europa del Este. Y no les va mal. Entre 2000 y 3500 parejas se forman por año. ¡Feliz coincidencia!, exclamaría Roberto Galán. Nada que ver con el acoso.
Texto: Jorge Elías






