Intimidad rota. La batalla por espacios de privacidad se desata dentro de casa

Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Joaquin
Laura Reina
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11 de septiembre de 2020  

Ana y Rodrigo nunca habían puesto llave en su habitación. En parte, porque no tenían (se mudaron y la llave jamás apareció) y además, fundamentalmente, porque siempre se habían mostrado en contra de bloquear la entrada y salida dentro de los ambientes de su casa más que nada ante el temor de que alguien pudiera quedar encerrado. Sin embargo, hace unos meses, la era de puertas abiertas se terminó. Ana llamó a un cerrajero de confianza y pidió que le hiciera una llave para su puerta. La llave que le permitiera tener al menos 30 minutos de privacidad al día, la que hoy hace posible aislarse para leer, o escuchar música sin que ningún otro miembro de la familia (fundamentalmente sus hijos de 5 y 8 años) pueda acceder de improviso a su pequeña burbuja de intimidad.

En cambio, Pilar se encierra en el baño cuando necesita estar sola. Sabe que ahí adentro, acaso el lugar de intimidad por excelencia dentro de cualquier casa, nadie va a molestarla por un buen rato. Ahí se lleva el celular y mira las redes sociales sin interrupciones, o llama alguna amiga para descargarse después de un día agotador sin temor a que alguien la escuche porque además, para mayor tranquilidad, se mete dentro de la ducha que parece una cabina transparente. A modo de homenaje al Agente 86, lo bautizó su "cono del silencio".

La batalla por los espacios de privacidad se ha desatado puertas adentro. En parte, porque los límites se desdibujaron y se naturalizó el hecho de invadir los espacios físicos del otro. Todo es de todos y parece que nada es de uno. De alguna manera, desde marzo hasta hoy, la intimidad se hizo añicos: puertas que se abren sin aviso previo, espacios de uso común que se transformaron en oficinas improvisadas o en gimnasios; juguetes desparramados por todos lados; conversaciones laborales o privadas con gritos de fondo; clases y sesiones de terapia por Zoom que pueden ser interrumpidas por cualquier miembro del clan y que generan incomodidad.

Sin dudas, durante los meses de aislamiento preventivo, el concepto de privacidad se ha redefinido y obligó a lo que la psicoanalista especializada en familia y adolescencia, Susana Mauer, llama reingeniería de la vida cotidiana. "Los espacios domésticos y sus usos están subvertidos desde que comenzó la cuarentena. La casa tuvo que alojar la escuela, el trabajo, el gimnasio... Por eso mismo, delimitar territorios y horarios de uso es fundamental -sostiene-. La privacidad e intimidad son necesidades de todos y a todas las edades. El respeto por la privacidad hoy es más importante que nunca porque la superposición de actividades que convergen el en hogar requiere ser más cuidadosos que antes", sostiene la especialista.

Escuchas indiscretas

Según Mauer, la intimidad más vulnerada durante el encierro es la acústica, es decir, las conversaciones privadas o de trabajo. "Tengo pacientes que se llevan almohadones a la bañera e improvisan ahí un diván. Otros se meten adentro del auto estacionado, que de alguna forma pasó a ser un ambiente más, para hablar con la novia o con el analista con tranquilidad. También hay chicos que se meten en el armario o el vestidor para que no los escuchen. Y sé de padres y parejas que, sin ningún pudor, empezaron a poner llave en su habitación. Creo que es algo entendible y necesario en algunas situaciones. Es como un semáforo en rojo que avisa a los demás que no hay que pasar", describe.

La psicoanalista Beatriz Goldberg, en cambio, considera que poner llave en las habitaciones para tener algo de privacidad es un tanto extremo. "Me parece que si hay una puerta cerrada con llave el otro puede sentirse violentado y además se agrega más encierro al encierro. Incluso, dispara la fantasía del que está del otro lado, se pregunta qué estará haciendo, por qué se encerró. Lo ideal es ir poniendo límites verbales, sentarse a negociar. Si hablás antes, decís que necesitás un tiempo de soledad, no necesitás la llave o el candado", plantea Goldberg y coincide en que el baño se transformó, hoy por hoy, en el lugar más seguro para lograr la tan ansiada privacidad.

"Sé de mucha gente que pasa tiempo ahí porque se siente a salvo, es su momento privado. La mayoría tiende a encontrar ese espacio como el mas seguro porque dentro de la casa es lo más parecido a un confesionario. Se sabe que nadie pasa, es el único ambiente en el que el límite está claramente marcado".

Incluso, la privacidad también ha sido vulnerada con los dispositivos electrónicos en familias que deben compartirlos porque no alcanzan para hacer frente a los Zoom en simultáneo de la escuela si hay dos o más hermanos, la tarea que hay que terminar o el call de trabajo. En ese compartir los dispositivos por necesidad, han surgido más de un conflicto. Las claves ya dejaron de ser secretas y ese dispositivo de uso público termina por convertirse en una bomba a punto de explotar.

"Hay mucha invasión porque la convivencia se ha vuelto muy simbiótica y eso parece que habilitara a meterse en la intimidad del otro. No hay manera de matizar los espacios, y cuando no hay un dispositivo por persona se termina, quieras o no, vulnerando la privacidad del otro", plantea Goldberg, que acaba de publicar el libro Parejas Tóxicas.

Sin embargo, no es lo mismo el día uno de aislamiento que los últimos. El tiempo y las mismas etapas de la cuarentena van habilitando nuevas aperturas, que hacen que la casa no sea el único lugar posible donde estar. "El tema de las salidas descomprime un poco. Paradójicamente, muchos encuentran privacidad afuera de la casa, en salir a tomar un café solo o con alguien, ese es su momento de privacidad. Incluso, las salidas permiten que uno pueda estar un tiempo solo en casa mientras los otros miembros salen, lo que también ayuda bastante", asegura Goldberg.

Y Mauer agrega: "Las distintas etapas de la cuarentena van habilitando cosas y necesitando ajustes en otras. El 'quedate en casa' realzaba el adentro', por ese entonces no había mundo exterior. Los riesgos estaban focalizados en el afuera. Hoy, en cambio, se exalta la conveniencia de estar al aire libre", destaca Mauer, que admite que por la contradicción de estos mensajes muchos no quieren salir de la casa, a la que siguen viendo como su lugar seguro.

"La privacidad e intimidad marcan un adentro propio. Todo eso se fue perdiendo. Cuestionamos los adolescentes porque publican todo en sus redes sociales y esto sirve para ayudarlos a repensar el concepto de intimidad. No solo es prudente sino necesario explicarles la importancia de la privacidad".

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