Irán, 22 años de chador
Las vivencias de una mujer en Teherán, un lugar donde, para ellas, la forma de "estar protegida" es no "llamar la atención". La silenciosa lucha de quienes buscan el cambio
1 minuto de lectura'
El velo que cubría permanentemente la cabeza se cae por la espalda. El viento frío lo enrolla alrededor del cuello. La primera parada en el mundo occidental, después de una intensa estada en la ciudad de Teherán bajo el gobierno teocrático de las leyes islámicas, habilita una nueva (y extraña) sensación. Esa sensación como de desnudez que invadió a la cronista de La Nacion al volver de ese otro mundo, ya sin el pañuelo en la cabeza, pero todavía con su cuerpo totalmente cubierto por un tapado, de uso obligado en Irán, en todo lugar público, incluso mientras comía. Las otras mujeres occidentales que ahora viajan en esos veloces trenes europeos lucen despreocupadamente sus formas en los más diversos estilos, colores, densidades y texturas. Sus cabellos sueltos van desprovistos también de la hejab (literalmente, cortina o separación), una forma de protección que, obligatoriamente para todas las mujeres iraníes, supone el uso del rusarí (el pañuelo que cubre la cabeza) y en su versión más extrema, del chador (manto hasta los pies), elementos que forman parte de las estrictas normas de conducta que hace 22 años estableció la revolución islámica entre los sexos.
En Francfort , la mirada curiosa también repara en una pareja que se abraza libremente con un beso antes de que se cierren las puertas del tren. Y en otro ángulo, desde una revista de moda que recorta el cuerpo de un hombre semidesnudo, se asoman dos adolescentes alemanas que comienzan una charla con dos mochileros extranjeros. La vida en Irán no había quedado congelada en un complejo y ambiguo souvenir fotográfico.
Las bombitas de colores que, en febrero, conmemoraban desde los edificios públicos de esa ciudad el 22° aniversario de la revolución islámica se encendieron otra vez. Una postal que, en principio, para cualquier latino podría remitir a un alegre carnaval. En realidad se trata de una celebración púdica y silenciosa: buena parte de los que participan visten de negro (algunas mujeres de pies a cabeza), y el contacto físico entre mujeres y hombres es mínimo, al menos en público.
También vuelven caprichosas las imágenes de lo que podría denominarse el arte publicitario iraní de campaña: gigantografías pintadas que muestran la imagen del carismático ayatollah Khomeini en su primavera islámica, envuelto en flores y colores celestiales. También lo hace el actual líder religioso, el ayatollah Alí Jamenei, aunque la imagen del gran padre de la revolución es, indudablemente, la iconografía más contundente de las últimas dos décadas de la historia de Irán.
Por detrás de las pinturas de estos líderes religiosos, un imponente cordón montañoso, el Alborz, rodea la ciudad, aunque la polución es tanta que le quita nitidez. Y vista desde lejos, tamaña naturaleza parece un espejismo, una expresión de deseo. Pero es real y hasta se puede tocar, a menos de una hora del centro de Teherán. De hecho, estas montañas representan uno de los pocos lugares de entretenimiento que tienen los jóvenes. Los fines de semana (en Irán, es jueves y viernes) escalan, charlan, bailan, toman sol y té en confiterías que ofrecen cierto, relax sin zapatos, sobre alfombras y almohadones, y fuman unas enormes pipas llamadas Ghalian, con esencia de manzana.
Abajo, en las calles, el tránsito enredado y bullicioso también le imprime otro tipo de vida y movimiento a la capital iraní. El nueve por ciento del petróleo del mundo que posee este país se hace notar (y también se respira). Un complejo entramado de autos, taxis, colectivos y motos (incluso con mujeres de chador en el asiento trasero) cubre las calles con una veloz y habilidosa desprolijidad para el manejo. Lo accesible del combustible ha hecho que conducir un taxi sea una de las ocupaciones más rentables para hacer frente al alto índice de desocupación (las cifras oficiales dan cuenta del 13 por ciento). Por eso, unos 150.000 taxis circulan por las calles, con conductores que ganan cerca de 500 dólares, lo cual es una buena cifra dentro de la escala salarial iraní. Pero los buenos precios del combustible no se trasladan a los autos. La industria automotriz local resulta muy cara. Son muy pocos quienes pueden cambiar de modelo, con lo cual, los autos en Teherán representan imágenes de otra época.
La ciudad aparenta estar en permanente estado de construcción, por lo que el trabajo final está siempre inacabado. Mucho gris, pocas ventanas, muchos portones y rejas que no permiten ver mucho más allá de las casas, que se hacen más grandes y lujosas hacia el norte. Por supuesto que la capital también tiene sus perlas arquitectónicas, como el imponente Museo Nacional de Irán, las mezquitas de cúpulas turquesa y el mausoleo dorado de Khomeini. En otra categoría turística, en todo caso más costumbrista, se ubicaría el bazar, el mercado persa más grande que posee Irán, donde es posible comprar los más variados estilos de alfombras, joyas, ropa, cacerolas y comida. Los precios se pueden regatear acompañados por un rico té que ofrecen los comerciantes en cada uno de los negocios en los que se detenga la mirada. Pero hasta los propios capitalinos reconocen que Teherán no es arquitectónicamente el mejor emblema de una civilización que alcanza los 2500 años de antigüedad. Para viajar hacia el pasado persa hay que alejarse un poco: viajar a Esfahan, Persépolis o Shiraz, atravesar el desierto, la montaña y acercarse a las más antiguas mezquitas y a las formas de vida más precarias y tradicionales.
Pero para intentar (sólo eso) entender la particular sensibilidad de los iraníes no es necesario irse tan lejos. En la memoria de sus habitantes, tan amigables como suspicaces, residen tanto la época monárquica de los sha de Irán como la teocrática islamización de la política del ayatollah Khomeini. En este sentido, el islam ya no puede entenderse sólo como fe. Y como forma de vida instalada en la conciencia de millones de personas ha demostrado sus grietas. Buena parte de los musulmanes viven una vida ambigua. Tratan de mantener sus vínculos con la comunidad islámica sin adherir totalmente por eso a las creencias que surgen de ésta. La vida cotidiana, la vida pública y las creencias hoy están en cortante oposición. Lo que hacen, lo que muestran y lo que piensan responde a una compleja lógica. Cuando confían en su interlocutor, despotrican por el extremo control bajo el cual sienten que viven. Aunque también son celosos de su país y no quieren ser ellos los generadores de un discurso negativo en el exterior. Saben bien qué imágenes se representan en cualquier extranjero cuando piensa en Irán: la tierra de los ayatollahs, Khomeini, extremismo, petróleo, guerra antinorteamericana, Irán-contras, terrorismo, fanatismo religioso, Salman Rushdie, Saddam Hussein, opresión femenina.
La islamización de la política de Khomeini ha tenido en las relaciones entre los géneros su más importante blanco ideológico, especialmente respecto de la posición de las mujeres dentro de la familia, la educación, el trabajo, las relaciones con el sexo opuesto y la ley. En plena primavera revolucionaria, en 1979, tras una rotunda victoria conseguida con el 98 por ciento de los votos, Khomeini dijo en un discurso que se prohibía el alcohol, la transmisión de música occidental en la radio y la televisión ("porque está relacionada con el placer y el éxtasis, efecto similar al que producen las drogas"), que las mujeres deberían usar hejab, que las playas y las piletas públicas serían segregadas al igual que los deportes. Fue contundente en su intento por una desintoxicación occidental: sin la familia islámica y la protección de las mujeres no podría haber identidad de sociedad islámica.
El repudio femenino se hizo notar en forma inmediata. Las mismas mujeres que habían servido a la revolución volvieron a organizarse y salieron a la calle a defender sus derechos. Ningún iraní ha podido olvidar aquella televisación del debate a cargo del primer presidente de la República Islámica de Irán, Abolhasan Banisadr. El mandatario, en un fallido intento de mediador entre la línea dura de los clérigos y las protestas de las mujeres, hizo una increíble defensa del uso de la hejab, respaldándose en una "prueba científica" que afirma que, el cabello de la mujer segrega cierta "energía" que atrae a los hombres. Así, los propulsores del verdadero islam decidieron defender a su modo la condición femenina en una rotunda oposición respecto del modelo occidental y también de otros países del lado oriental. Consideraron (y ese pensamiento subsiste hoy entre los más conservadores) que en Occidente las mujeres son tratadas como objetos sexuales y de consumo, mientras que en Oriente, el comunismo había fracasado al liberar a las mujeres y enfatizar su papel productivo. Entonces, qué mejor que el islam para devolverles un rol central en la sociedad, desde el corazón mismo de la familia islámica. En las familias más tradicionales de Irán (especialmente en el sur), aún hoy se consuela a la madre que acaba de parir una nena con el dicho: "el próximo será un varón".
En Irán, la desilusión posrevolución no tardó en llegar. Sin embargo, la asunción en 1997 del actual presidente, Mohammed Khatami, ha traído nuevos aires de esperanza a los iraníes, hasta tal punto que algunos lo consideran como "la única vía de escape", aun dentro de la estructura islámica en la que el clero ha tenido siempre tanto poder, sobre todo por su relación directa con las masas. Pero nadie quiere apresurarse. Así es como la sociedad atraviesa una lentísima, pero importante transición, aunque todavía no queda muy en claro cuál será, ni cuándo llegarán a la próxima orilla. Así, cuentan que se sienten un poco más relajados en las calles, que es el ámbito donde las leyes islámicas se deben cumplir al pie de la letra. En todo caso, las contradicciones para con el sistema se expresan íntimamente y puertas adentro donde, por ejemplo, en las casas de familia menos conservadoras las mujeres no cumplen la ley de usar el rusarí ante quien no sea su esposo, y cualquier visitante extranjero (mujer) puede estrechar la mano del anfitrión (hombre).
De todos modos, muchas mujeres caminan por las calles de Teherán con su chador negro, un manto que, según cuenta la historia, ya usaban en la antigüedad las persas de la clase alta, y que luego, previamente a la revolución, representó un fuerte símbolo de protesta en contra del régimen del sha. Según cómo se las mire, ese manto que roza el piso y que al correr flamea, a veces las hace soberbias. Ellas saben que en el turista pueden generar una fascinación incomprensible. Pero ante las miradas atónitas se cubren rápidamente y dejan apenas los ojos al descubierto, cuando no se ocultan totalmente, dan la espalda y caminan en otra dirección.
En la práctica social del velo están implicados tanto mujeres como hombres, en esa especie de organización del campo visual ante la mirada del otro. Hay una cierta relación dialéctica entre lo que vela y lo que se desvela, ya que aquello que se cubre es también capaz de ser descubierto. Como la comunicación entre los géneros es bastante intrincada, y hombres y mujeres están restringidos para socializarse o para estar en contacto, la mirada encuentra una nueva dimensión. Agréguese, el lenguaje corporal, los tipos de velo, la ropa que llevan debajo y la manera en la que el velo se abre o se cierra en los momentos estratégicos, para revelar el rostro, el cuerpo o la ropa.
Hoy, en las mujeres iraníes que sólo usan el rusarí (que sí es obligatorio) es posible observar cómo la vida islámica se ha flexibilizado. Como al descuido, su uso se ha ido deslizando en los últimos años cada vez un poco más hacia atrás, dejando al descubierto el nacimiento del cabello. Algunas mujeres esperan que se vaya resbalando poco a poco hasta que finalmente lo lleven por la espalda, y un día no tengan que llevarlo más. En la calle, también ya puede verse a mujeres fumando, y el maquillaje ya no es algo que haya que reservar para las fiestas privadas.
De todas formas, la paranoia se respira en el ambiente. Y el viajero occidental absorbe con cierta tensión la imposición de las restricciones. No falta quien señale amablemente a una mujer (cada vez con menos alarma) si su rusarí se ha resbalado. De hecho, la forma en la que las mujeres extranjeras durante el festival de cine de Teherán, por ejemplo, controlaban en forma nerviosa su pañuelo contrastaba sensiblemente con la comodidad que, obviamente, lucían aquellas que sostenían su negro chador entre los dientes o con una mano debajo de la nariz. Esta cronista vivenció varias de esas experiencias, muchas veces provocadas por el cuidado obsesivo de la ley, y otras por el olvido de esa reglamentación. Un día, quien esto escribe dejó la habitación del hotel sin su pañuelo. Al darse cuenta, ya en el ascensor, volvió rápidamente a buscarlo, pero la llave de la habitación no funcionaba. El único teléfono del piso se ubicaba dentro del ascensor. Temerosa, con un pie adentro de éste y otro afuera, explicó lo sucedido a la recepcionista hasta que el ascensor comenzó a cerrar sus puertas. El miedo de aparecer en el lobby del hotel sin el pañuelo generó los más terribles pensamientos de castigo. A estas alturas de la estada, el uso del rusarí ya había absorbido el sentido de protección, especialmente porque estar protegida en Irán es no llamar la atención. Entonces salió del ascensor, pero sujeta del teléfono mientras repetía el número de habitación. Hasta que las puertas se cerraron y el cable se cortó. A los cinco minutos, dos hombres aparecieron en el piso 11 con el tubo en una mano y una llave nueva en la otra. Escucharon la explicación y comprensivamente dijeron: "no se preocupe".
La vida pública en Irán está reglamentada por leyes y también por reglas tácitas que todos prefieren respetar, como por ejemplo, que las mujeres no pueden andar en bicicleta, una costumbre que ellas prefieren no contrariar.
La mujer mejor ubicada de Irán se llama Massoumeh Ebkekar. Con 40 años, es el mejor símbolo del presidente Khatami para promover el alto perfil de las mujeres en este gobierno. Se trata de la primera vicepresidenta mujer en la historia del Irán moderno. Ebkekar no es una mujer común, vivió seis años en Filadelfia, es doctora en Inmunología, sus artículos sobre la materia han sido publicados en diarios internacionales y representa a Irán en la World Women’s Conferences, en Nairobi y Pekín. Sin embargo, de los ocho vicepresidentes de la República de Irán, ella se ocupa de los temas ambientales. Los americanos la bautizaron Mary cuando se transformó en la vocera de los estudiantes iraníes que ocuparon la embajada americana en Teherán, experiencia que volcó en el libro Takeover in Teheran: The inside Story of the 1979 U.S. Embassy Capture. Más allá de ella, las mujeres están teniendo una mayor participación en Irán, por ejemplo en el campo de la cultura donde ya hay 40 mujeres editoras de libros, 10 cineastas, y las periodistas y fotógrafas aumentan día tras día. Quienes nacieron con la revolución, los jóvenes de hoy, son los que sufren las más profundas contradicciones del sistema. Curiosamente, el 60 por ciento de la población actual corresponde a jóvenes menores de 25 años. Poco saben del último régimen, pero no toleran los actuales controles sociales. Dicen que "no hay futuro" y enamorados de los Estados Unidos quieren cambios rápidamente. Para muchos, la joven cineasta Samira Makhmalbaf, de 20 años, que ha salido varias veces de Irán para llevar sus películas a los festivales de cine más prestigiosos (La manzana y Pizarrones ganaron en Cannes), es un símbolo de libertad. Aunque para otros, la hija del prestigioso cineasta Mohsen Makhmalbaf tiene facilidades para desarrollarse y sólo representa la libertad que tienen los ricos.
El año último, 15.000 jóvenes dejaron el país hacia destinos como Turquía, Bosnia o Malasia, países donde no necesitan visa para ingresar. Pero usualmente el objetivo final es llegar, en forma ilegal, a Europa o Australia. De esos 15.000, volvieron, sin éxito, 4000. Como dicen que la TV nacional los mantiene aislados del planeta, el acceso a Internet está empezando a extenderse entre los más jóvenes que quieren estrechar lazos con el mundo. Si bien no pueden tomar alcohol ni escuchar música occidental, todos dicen tener un "amigo persa" que los provee de esas "frutas prohibidas". Como discotecas no hay, los lugares de encuentro son los cines, la montaña o los coffee shops. Antes del gobierno de Khatami había menos de 10 de estos bares en Teherán, y ahora se cuentan cerca de 300, donde chicos y chicas se sientan a conversar, a escuchar música nacional, pero también occidental, aunque la mayoría de las veces es sin voces en inglés. También allí las mujeres pueden fumar con total libertad. Sobre otros lugares de reunión, como las fiestas que se organizan en forma secreta en las casas, cuentan que a veces se ven interrumpidas por la llegada de la policía. Los jóvenes festejan con sus familias y con sus amigos en la montaña el año nuevo, que en el calendario iraní es el 21 de marzo. Ellos encarnan las mayores esperanzas de esta sociedad que quiere progresar.
Exhibición y voyeurismo
Los iraníes se mueven entre el temor al exhibicionismo y un excesivo voyeurismo. No es casual que con todo lo que cuesta hacer una película, sumado a los problemas con la censura, la producción de cine aumente año tras año. Lo mismo sucede con el auge de la fotografía. En Teherán hay tres universidades donde se enseña la especialidad. De los 1500 estudiantes de fotografía, más de la mitad son mujeres. En los últimos cuatro años, Irán volvió a los titulares de los diarios internacionales con noticias como la del prestigio de su cine a través del éxito de los realizadores Abbas Kiarostami (foto, derecha), Samira y Mohsen Makhmalbaf, Majid Majidí y Jafar Panahi, entre otros, en los más importantes festivales del mundo. Como no se trata de un cine de propaganda, tal vez no haya sido la vidriera más deseada por el gobierno islámico. Sobre todo, cuando muchas veces la censura a la que han estado sometidas alguna de las películas han impulsado la curiosidad y su promoción en el exterior. Antes de la revolución, había sólo una mujer directora de cine, Shahla Riahi. Actualmente,hay cerca de diez realizadoras que han legitimado su profesión y ya no lo hacen en la oscuridad. Muchas de ellas ya han dirigido varias películas. Sin embargo, el número creciente de directoras no se equipara con la calidad artística, todavía desigual.
- 1
2“El José Ignacio de Necochea”: el paraíso de mar que tiene 23 habitantes y fue construido “a mano” por una pionera obstinada
3Cumplía 8 años el día del terremoto de San Juan: “Las calles se partían y brotaba agua caliente mientras mamá nos abrazaba”
4Las fotos ideales para la casa que atraen buena energía, según una experta en Feng Shui


