
La competencia más extrema que existe en el mundo de los triatlones nació en 1978, sus participantes tienen un promedio de edad por arriba de los cuarenta años y se acaba de completar su primera edición en la Argentina. ¿En qué se basa esta cultura del punto límite físico y mental que lleva a los atletas a dedicarle su vida?
1 minuto de lectura'

Por Juan Carrá / Fotos de Javier Heinzmann
No hay ni una gota de viento. El agua parece un cristal apenas esmerilado. Los primeros rayos de sol se cuelan por detrás de unas colas de zorro. Faltan quince minutos para las siete de la mañana. En Nordelta hace frío; el pronóstico avisa que en media hora estará despejado y que habrá que pedalear 90 kilómetros y correr 21 bajo el sol. Ahora los 1.904 triatletas –hombres y mujeres; profesionales y amateurs– se preparan para entrar al lago en Puerto Canoas. Descalzos, con trajes de neopreno de todo tipo, gorras de distintos colores, antiparras en mano se agrupan por categorías. Por delante: 1,9 kilómetros de natación. Se hidratan, comen algún gel energético. El primer grupo entra al agua. Son hombres, profesionales. Llegan a la boya que hace las veces de línea de largada: suena la bocina. Brazos y piernas rompen la quietud. El agua hierve. El Motorola Ironman 70.3 Buenos Aires está en marcha.
Sobre Avenida Udaondo, la sombra cubre gran parte de la vereda. De fondo se ve el estadio de River. Abayuba Rodríguez mira a sus alumnos entrenar. Son ocho –seis hombres, dos mujeres– que salen de a uno corriendo ida y vuelta. Se toman el tiempo, el pulso, buscan aire donde no lo hay. Es viernes, falta más de un mes para el primer Ironman que se realizará en Argentina. El reloj marca las siete y media de la mañana, la temperatura roza los treinta grados y se espera una térmica de cuarenta. Los ocho transpiran. Uno de ellos se inclina y apoya las manos en las rodillas.
—Ese está muerto –comenta Abayuba–, la persona que se agarra así y se mira los pies está mirando dónde está parado, busca un segundo apoyo; «Quiero sujetarme», dice con el cuerpo.
Y para él, que a lo largo de sus 47 años pasó por muchas pruebas, saber leer lo que el cuerpo dice es la clave de todo.
—Los seres humanos no somos iguales, lo que puede dar cada uno es relativo. Nosotros buscamos que cada uno dé lo máximo —reflexiona el hombre que supo ser el entrenador de la Selección Nacional de Triatlón. En esas palabras define el espíritu del Ironman: dar el máximo para desafiarse a uno mismo con la actitud y la voluntad como primer motor.
Para la mayoría, Ironman es un superhéroe del sello Marvel que durante los últimos años se popularizó con las películas interpretadas por Robert Downey Jr. Pero en el mundo del deporte, hablar de Ironman es hablar de uno de uno de los desafíos atléticos más exigentes. Ironman tiene 35 años de historia. Nació en Hawái en 1978 impulsado por el comandante de la Marina estadounidense John Collins, quien proponía a los deportistas recorrer 3,8 kilómetros de natación, 180,2 de ciclismo y 42,2 a pie. "Quienquiera que termine en primer lugar, vamos a llamarlo Ironman", propuso Collins. Gordon Haller fue el primero en coronarse con un tiempo de 11:46:58 .
Con el Ironman 70.3 de Buenos Aires, la Argentina se sumó por primera vez a los 30 países que realizan los 250 eventos Ironman durante el año. La modalidad 70.3 es "medio Ironman"; las distancias a recorrer son la mitad.
Se calcula que cada uno de estos triatlones cuenta con más de dos mil participantes a quienes los organizadores definen como "personas activas con objetivos claros, comprometidos e influyentes". Luis Lons, director de marketing de Ironman Argentina, explica que el perfil promedio es de gente con alto nivel educativo e ingresos estimados en 136.000 dólares anuales, de los cuales destinan un gasto fijo a indumentaria y equipamiento. También disponen de la oportunidad y de tiempo para viajes y ocio. El impacto económico estimado en cada ciudad donde se corre un Ironman es de entre tres y cinco millones de dólares, sobre todo en servicios de turismo,
Para Abayuba –director deportivo de la edición argentina– el perfil del triatleta se define por la respuesta a un desafío. "Son personas de unos 42 años en promedio, gente que ha solucionado lo cotidiano, que tiene su empresa, le sobra algo de tiempo y lo vuelca a un desafío como este. Ironman les planta un desafío: «¿Vos sos capaz de hacer esto, de pararte frente al mar y nadar; de correr y pedalear distancias?».Esto es un desafío comparable a cuando lograste tu primer empleo, tu primer sueldo o el cargo que querías… Todo en la vida se trabaja".
Pero tener la vida resuelta económicamente para un Ironman no es ventaja. "Problemas tenemos todos, el que tiene todo a veces no tiene voluntad… hay gente que su problema es que no tiene problemas. Si quiere viajar viaja, si quiere la última bicicleta del mercado se la compra, ¿cómo entrena ese tipo? Tiene una carga terrible porque no le puede echar la culpa a nadie. Se tiene que enfrentar con eso y eso también es parte del entrenamiento".

<b>La voluntad por sobre todas las cosas.</b>
Mientras los atletas se tiran al agua, Abayuba observa todo desde la plataforma de madera que se mete apenas en el lago. Anteojos negros, chomba blanca, bermudas y zapatillas. Un rato antes, cuando en Nordelta aún no había amanecido, juntó a los voluntarios, los dividió en grupos, les repartió las remeras celestes con el logo del evento y les dio instrucciones de cómo moverse en el circuito sin molestar a los atletas.
—¿Quiénes van a sacar los trajes de neopreno? —pregunta y un grupo de seis levanta la mano.
—Bueno, es simple, tienen que bajar el cierre que está en la espalda y tirar para abajo —Los chicos lo miran, y si bien no es compleja la explicación, Abayuba grafica:
—Tienen que pelarlos como una banana.
El grupo se ríe. Un par de horas después demostrarán que entendieron a la perfección la metáfora.
"Tengo diabetes desde hace 29 años. Tuve que aprender cómo era la enfermedad y cómo reaccionaba a la parte deportiva; hacer una educación diabetológica, porque el deporte de alto rendimiento no estaba avalado, incluso hoy tampoco".
Abayuba habla tan rápido que apenas respira. Cada tanto toma aire con un gesto que lo define como deportista. Todo en él es deporte: la ropa, el modo de caminar, los gestos coordinados, la figura esbelta, espigada. En su forma de hablar también hay una particularidad: es un motivador. Tiene frases justas para cada momento, como si la vida le hubiera enseñado a pensar con la frialdad necesaria ante el volcán de calor que generan los problemas, a poner en palabras cada decisión. Y hay algo de eso.
Abayuba es uruguayo y, según cuenta, hasta los cuatro años vivió su niñez con mucha felicidad. En junio de 1972 –un año antes del golpe de Estado en Uruguay– su padre, dirigente sindical bancario, fue encarcelado por su compromiso social. Desde entonces hay una palabra que marcó la vida de Abayuba: exilio. "La primera Navidad en familia que recuerdo es a los diez años", rememora mientras presencia el entrenamiento de uno de los grupos que prepara para el Ironman.
La libertad definitiva de su padre, en 1984, significó dejar atrás Uruguay para instalarse en Buenos Aires, la primavera alfonsinista los esperaba con los brazos abiertos. "Fue como volver a nacer", dice. Por entonces tenía 15 años. A los 17 llegó el momento de empezar su carrera soñada: profesorado de educación física. Pero había un escalón más en el camino: los exámenes previos al ingreso le diagnosticaron diabetes. Los médicos lo dejaban afuera de su sueño. Él se resistió. Dijo no.
—La medicina me decía que no podía hacer el profesorado, pero cuando uno es adolescente busca los límites, esa rebeldía fue importante, hay veces que no hay nada mejor que te digan que no, eso te permite encauzar las cosas y preguntarte: ¿No? ¿Por qué?
Sadako Sasaki tenía dos años cuando Estados Unidos soltó la bomba atómica sobre Hiroshima. Diez años después, los médicos le diagnosticaron una leucemia terminal, la radiación le había dejado un secuela invisible que fue creciendo con ella durante una década. Un año de vida le daban cuando fue internada en el Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima. Ahí, otra niña, también afectada por la "enfermedad de la bomba atómica", le contó una vieja leyenda japonesa: quien pudiera hacer mil grullas de origami podría pedir cualquier deseo.
Esta historia que contiene una leyenda milenaria oriental algo tiene que ver con la vida de Abayuba. Pero para entenderlo, primero hay que contar otra cosa.
Una de las carreras más difíciles para él duró doce años. Terminado el profesorado, volvió a Uruguay y conoció a la atleta Graciela Amicone. Katy. Se casaron y decidieron tener hijos, pero la cosa no se dio fácil.
—Perdimos embarazo tras embarazo durante doce años —dice Abayuba y enseguida aclara que eso no fue nada. Entonces respira profundo y habla de corrido, como si así doliera menos lo que tiene para contar:
—A fines de 2007 le diagnosticaron una enfermedad terminal a mi madre, le dieron tres meses de vida y nos proponían un tratamiento remoto… decían que solo era un paliativo. En ese momento le dije: "Mirá mamá, hay un tratamiento, pero esa es la parte menor, la parte mayor sos vos, tu actitud". También, le pregunté si tenía vigente su licencia de obstetra.
Dilma contestó que sí; entonces su hijo le plantó el desafío:
—Vos te ocupás de tu tratamiento, yo del de Katy… Tenés que estar en el parto para recibir a tu nieto.
Un año y medio después, por medio de un tratamiento con vitrificación, Didier Nehuen llegaba al mundo de la mano de su abuela convirtiéndose así en el primer bebé nacido en la Argentina con el uso de ese método.
La voz de Abayuba se quiebra cuando cuenta que en diciembre de 2009 la salud de su madre dijo basta. La habitación en la que Dilma pasó el último tiempo estaba llena de grullas de papel. Más de mil, muchas de ellas llegadas desde su pueblo de Uruguay hechas por los chicos que ella ayudó a nacer.
—Eso es crear —dice Abayuba—. De esta vida nos vamos a ir todos, el tema es lo que dejamos. Cuesta, pero siempre hay que poner la meta por delante, no importan las dificultades.
Virginia es de Brasil, llegó hace un par de días y se hospedó en un hotel cerca del predio Ironman. Todavía faltan veinte minutos para el llamado de largada. Estira los brazos: primero el izquierdo, después el derecho. La mirada clavada en el agua. Los ojos negros le hacen juego con su tez café con leche. Un mechón rubio le cae sobre la frente, es lo más largo de su pelo corto.
—Gozo mucho el 70.3 —dice en un portugués lento como para que puedan entenderla los que solo hablan castellano.
En el césped, al lado de los pies descalzos, están la gorra de goma fucsia, las antiparras blancas. Ya tiene puesto el traje térmico. Tiene las uñas de los pies pintadas a tono con la gorra. Virginia está tranquila. Sabe que el agua no es su fuerte, pero puede hacerlo en buen tiempo. Después llegará el ciclismo y ahí siente ventaja.
—Correr 21 kilómetros es lo más duro… No es fácil después de nadar y pedalear; el cuerpo duele mucho.
Mientras habla, por los parlantes se anuncia la largada de las mujeres profesionales.
—¡Ahí está Ariane Monticeli! —señala para identificar a su compatriota entre las cabezas de colores que flotan en el agua como pequeñas boyas. —¡Ella es muy fuerte! —dice con admiración. La misma que sentirá al final de la prueba al enterarse de que Ariane llegó tercera con un tiempo de 4:21:28.
Se escucha el último llamado, las atletas ya están en el agua. El comisario deportivo intenta alinear la largada parado en un gomón. En esa misma partida saldrán los atletas discapacitados. Por eso Martín Kremenchuzky se tira al agua y nada junto a su guía hasta las boyas. Antes, Abayuba lo saluda en la plataforma. Esta vez no correrán juntos.
Martín Kremenchuzky tiene 45 años, es ingeniero en sistemas y atleta. Tiene síndrome de Usher, enfermedad genética que produce hipoacusia y pérdida gradual de la visión. Martín hoy es ciego y, por sus problemas auditivos, desde los cinco años usa audífonos en los dos oídos. Por ese mismo problema tiene afectado el equilibrio. Lleva 5 horas 47 minutos en competencia y todavía tiene unos metros por delante. Apareado con Alberto Oscar "el Ninja" Maibach, su guía en Ironman de Buenos Aires, corre con lo que le queda de energía. No la pasó bien en la carrera: salió del agua con un buen tiempo, pero en la prueba de ciclismo las cosas se pusieron cuesta arriba: primero se cayeron del tándem (bicicleta doble comando) y después de reponerse se les pinchó una de las ruedas. Cambiaron la cámara y siguieron pedaleando. El cronómetro corría. Y todavía faltaba algo más: la soga con la que debía atarse a su guía había desaparecido de su puesto. Martín y el Ninja pensaron rápido: la cámara de la bicicleta fue el lazo que los mantuvo unidos durante las dos vueltas al circuito de Nordelta.
—Un Ironman no abandona —dice Martín. Su vida es ejemplo de eso y el deporte uno de los caminos que eligió para sobreponerse a la depresión que le generó perder la vista. Su hijo es la base de ese esfuerzo diario.
La primera carrera como atleta para Martín fue el medio maratón de Buenos Aires, en septiembre de 2010. La meta lo recibió en tercer lugar dentro de su categoría y una copa que llevó a su casa como símbolo de lo que era capaz. El siguiente desafío fue aumentar las distancias: 10, 21, 42 kilómetros. Después llegaron los maratones, las carreras de aventuras, formar parte de la Selección Nacional de Remo Adaptado y el triatlón.
El Ironman 2015 apareció en la vida de Martín como un nuevo objetivo de superación. Para llegar a punto, Abayuba y su equipo fueron los elegidos. Pero para Abayuba la propuesta significaba también un objetivo, un nuevo desafío en su vida como deportista: él debía acompañar a Martín en la competición; tirarse al agua y marcarle la ruta en el mar; pedalear y guiar la bicicleta doble, correr paso a paso junto a él.
"Martín llegó diciéndonos que nadie le daba bola, que no encontraba lugar, que él quería correr un triatlón", contaba Abayuba a menos de un mes del Ironman de Buenos Aires. El primer paso del equipo de entrenadores fue lograr que Martín corriera un short (la distancia más corta de un triatlón), después fueron por una distancia olímpica (cuarto del Ironman), siguió el medio Ironman y terminaron corriendo en mayo del año pasado el Ironman.
De esos tres años de entrenamiento y aprendizaje, Abayuba guarda miles de anécdotas:
—Le expliqué cómo sacar mariposa. Nos metimos al agua y le marqué cómo era la técnica. En el andarivel de al lado había otros chicos de un grupo, a ellos les dije que hicieran 10 x 100 mariposa y empezaron a quejarse… Repetí la consigna y volví a recibir quejas. Martín estaba al lado luchando con el agua para sacar uno de los estilos más complejos de la natación. "Vean —les dije— ¿Ustedes, de qué se quejan?".
Martín, guiado por Abayuba, hizo punta en su categoría consagrándose como el primer triatleta argentino no vidente en completar un Ironman, en Brasil 2015. El pasado 6 de marzo, en el Motorola Ironman 70.3 de Buenos Aires, Martín volvió a desafiarse. Esta vez Abayuba lo observó de reojo mientras se fijaba que todo saliera como tenía que salir.

Julie Moss se arrastra. Solo le faltan cien metros para la meta pero el cuerpo no le responde. Intenta pararse una y otra vez, las piernas le dicen basta: tiemblan como ramas finas en un vendaval y se desmorona. Julie tiene 23 años, es estudiante universitaria. El atletismo nunca fue su fuerte, pero como parte de su tesis para Fisiología Deportiva decidió competir en el Ironman de 1982 en Hawái. Lo que intentaba vivir en primera persona era cómo se comportaba la mente ante la exigencia máxima del cuerpo. Con el 393 en la musculosa celeste y blanca, largó con el pelotón de atletas y de manera inesperada se puso al frente de la competencia en su categoría. Julie no estaba del todo preparada. Las crónicas de la época dicen que falló en su hidratación en la última etapa y que esa fue la causa del colapso. Pero no se rindió: arrastrándose cruzó la meta ante la mirada atónita del público y de Kathleen McCarthy que, poco antes del final, la pasó y se quedó con el primer puesto. Julie marcó entonces 11:10:09. Un tiempo que sería su desafío 30 años después, en el Ironman 2012. Julie y Kathleen decidieron volver para homenajear aquella gesta. Julie llegó 27 en la categoría de mujeres entre 50 y 54 años. Marcó un tiempo 12:35:58, su competidora y amiga llegó casi una hora más tarde.
La historia de Julie es considerada uno de los hitos en la tradición del Ironman. Su ejemplo sirvió para sumar a muchos a este desafío. La superación es la base de este deporte que acuna el lema: "Todo es posible".
El Ironman 70.3 Buenos Aires marcó un récord en este tipo de competencias al superar los 35 triatletas de elite. El podio fue para Sam Appleton de Australia, Ben Hoffman de Estados Unidos y Ben Collins del mismo país. Mario Elías fue el primer argentino en cruzar la meta; llegó en el quinto lugar. El histórico atleta nacional Oscar Galíndez se quedó con el noveno puesto. Con los ojos llenos de lágrimas le agradeció a la gente el apoyo y el cariño.
La británica Kimberley Morrison fue la primera mujer en cruzar la meta. Dede Griesbauer, de Estados Unidos y Ariane Monticeli, de Brasil la acompañaron en el podio.
Ironman Buenos Aires repartió 25.000 dólares en premios y otorgó 30 plazas para el Mundial 70.3 que este año se correrá en Hawái, la isla que vio nacer este desafío.
"Ironman no es alto rendimiento, Ironman es máximo rendimiento, es decir, lo máximo que uno puede dar", explica Abayuba con la intención de desmitificar que la base de todo es la preparación física. Él, con 47 años, después de haber corrido en la Isla de Pascua, en las Galápagos, por arriba de la Muralla China, en los Emiratos Árabes, en Europa, en carreras de 60 y de 35.000 personas, está convencido de que la preparación física es solo un condicionante del entrenamiento:
—Después viene la preparación mental, táctica: alimentación, descanso. Cuerpo, mente, alma. El diferencial está en la actitud y lo necesario es la voluntad.
No todos los que deciden competir en un Ironman van por lo mismo. Hay quienes lo hacen por la competencia, para romper sus tiempos y llegar al podio; otros lo hacen para probarse a sí mismos que pueden hacerlo. También están quienes deciden sumarse por la marca, como un signo de distinción: "Yo soy Ironman", incluso llegan a tatuarse la M con el punto arriba, símbolo de la competencia.
Con el Ironman Buenos Aires, Abayuba dio un paso más en la historia de este deporte. Después de haberlo corrido varias veces, de entrenar a hombres y mujeres para que puedan asomarse al desafío, fue parte del equipo que trajo el evento a la Argentina.
—¿Cuál es tu momento Ironman, ese que tenés guardado como un recuerdo que representa el esfuerzo deportivo de tu vida? —le pregunto y la respuesta se le cae de la boca automáticamente:
—La próxima llegada... La próxima meta, esa es la mejor, la que viene. Lo pasado ya está, es parte de la historia, del recuerdo. Hay mejores y peores días. Amanece y no es poco.






