
Irvine Welsh y la nueva Trainspotting
El autor de la novela que devino film de culto habla sobre la flamante secuela. “Es muy posible que el público se sienta terriblemente defraudado”, asegura con el cinismo de sus desquiciados personajes, a quienes repite en casi todos sus libros
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El primer intento de entrevista telefónica se trunca. “Sé que es una razón por de más rara, pero tengo que llevar a mi gato (usualmente muy saludable y vigoroso) al veterinario”, escribe Irvine Welsh por email. Un día más tarde, expandirá su pedido de disculpas del otro lado de la línea: “Acá en Chicago hay muchas ratas, entonces la municipalidad las envenena. Se ve que mi gato se comió una de esas, pero ya está bien”. Casado, habitante de una de las ciudades más pulcras de los Estados Unidos, con 58 años recién cumplidos y oficiando de enfermero para su mascota, ¿dónde quedaron los tiempos de punk rabioso y drogas experimentales en la vida de este escocés, autor de una de las novelas más controvertidas e influyentes de los 90?
“Antes podía hacer eso de salir hasta cualquier hora, quedar roto y, a la mañana siguiente, estar perfecto. Pero, si viviera una noche así hoy, al despertarme sólo querría volver a la cama y sentir lástima por mí mismo”, admite despreocupado, como si el paso del tiempo no fuera algo que lo obsesione. De hecho, nada pareciera sacarle el sueño al afable Irvine Welsh. Excepto, quizás, una duda existencial que pretende dilucidar ante su primera visita a la Argentina, en el marco del Filba (del 28 del actual al 2 de octubre): “¿Debería hinchar por Boca o por River?”.
El fútbol y la literatura son sus pasiones. A la segunda, la convirtió en profesión. Con su primer libro, Trainspotting, revolucionó las letras escocesas primero, y el cine, después. Allá por 1996, un joven y casi desconocido Danny Boyle eligió la novela de Welsh para llevar a la pantalla grande, con un aún más joven Ewan McGregor en la piel de Renton, el protagonista. Se sumaron Ewen Bremner, Jonny Lee Miller y Robert Carlyle como los ya míticos Spud, Sick Boy y Begbie. Actuaciones brillantes, diálogos crudos en acento indescifrable, fotografía y edición vertiginosas y temas musicales que fueron himnos de una generación dieron como resultado una película explosiva, tan fascinante como, por momentos, repulsiva. Y, claro, polémica. No faltaron quienes la acusaron de ser una apología de las drogas, un retrato de una juventud felizmente descarriada. Pero no hubo cómo pararla: con un presupuesto que apenas pasaba el millón de dólares, recaudó más de 70 en todo el mundo; fue nominada a todos los premios británicos (de los cuales ganó varios) y, también, al Oscar por Mejor Guión Adaptado. Eventualmente, hubo además una adaptación al teatro, en la cual Welsh estuvo mucho más involucrado. En cambio, para el film, había dejado su obra en otras manos: las del guionista John Hodge, fiel colaborador de Boyle.
Cuesta creer que tardaran veinte años en filmar una segunda parte, pero eso nada tuvo que ver con el caudal creativo de Welsh, quien desde su debut a todo trapo publicó otras diez novelas (entre ellas, Escoria, que también fue llevada al cine, y Porno y Skagboys, secuela y precuela de Trainspotting respectivamente), cuatro libros de cuentos cortos, cuatro guiones para cine y TV, y dos obras de teatro. No es un escritor atormentado por la fama ni fantasmas del pasado. Al contrario, se anima sin problema alguno a volver a escribir sobre ese universo que lo catapultó a la fama, sin miedo al fracaso porque, ¿qué sería fracasar exactamente?
Sobre T2, la película que trae a los chicos de Trainspotting de regreso a la pantalla grande, dice: “Danny, John, Ewan y todos los demás están en el mejor momento de su carrera y muy contentos de esta vuelta. No creo que la película sea un gran desafío, sino más bien una gran oportunidad. Tenemos todo para que salga bien, pero bueno, uno nunca sabe hasta que está terminada. Además, hay que ver qué pasa con el público. Las secuelas suelen ser muy malas, excepto quizás El padrino. Es muy posible que la gente piense que T2 es una basura, y que haya personas que se sientan terriblemente defraudadas”.
Escribiste Porno diez años después del estreno de Trainspotting, y le llevó otra década a Danny Boyle llevar esta secuela al cine. ¿Cómo fue el reencuentro en el set después de tanto tiempo?
Fantástico. Trabajamos muy bien juntos. Claro que Danny, John y los actores tienen una mirada cinemática, que es distinta a la que corresponde al desarrollo de una novela. Pero, de alguna manera, cuando estoy ahí con ellos es como que todos los ingredientes se fusionan y toman una velocidad y una fuerza increíbles, que mantienen la historia en marcha. En ese contexto, es imposible que no me reconecte con los personajes y me pregunte en qué andarán, cómo seguirán sus vidas.

Renton, Spud, Sick Boy y Begbie aparecen en otras novelas y cuentos cortos tuyos. ¿Por qué vuelven una y otra vez?
Es curioso: para mí, ellos se han convertido en utensilios clave de mi caja de herramientas, por así decirlo. Pero nunca sé cuándo van a aparecer. Cuando empecé Porno, no lo hice con la intención de que fuese una secuela de Trainspotting. Pero medida que avanzaba en la historia, me fui dando cuenta de que el protagonista masculino era en realidad Sick Boy. Entonces pensé: “Bueno, voy a seguir escribiendo, y vamos a ver qué pasa con el resto de la banda”. Uno a uno, los personajes se fueron colando en la historia. Me pasó lo mismo con Skag Boys: quise escribir sobre la industrialización, y se convirtió en una precuela de Trainspotting.
Así como lo describís, tu proceso creativo parece ser muy orgánico.
Es que, si ya venís escribiendo por un buen tiempo, se genera como un stock de personajes. Entonces, cuando se me ocurre una escena o una historia entera, de repente me pregunto: “¿Qué pasaría si esto le pasara a tal o a tal otro?”. Porque cada personaje puede inspirar un desarrollo de la trama completamente diferente. Para mí, es muy positivo tenerlos ahí dando vueltas, siempre disponibles. Creo que, cuanto más escribo, más fácil se me hace seguir escribiendo, porque construí todo este universo y puedo explorar distintos aspectos y elementos de él a lo largo de los años. Pero también me pueden dar ganas de empezar de cero, siempre es divertido hacerse nuevos amigos.
¿No sentís ninguna presión cuando volvés a este universo, que fue tan exitoso en la literatura y el cine?
¡No, para nada! Es emoción, no presión. Puedo hacer un libro que sé que va a ser un éxito comercial, pero también puedo escribir cuando sé que no va a serlo. Siempre habrá lectores muy entusiasmados y otros terriblemente críticos. Nada de eso importa a la hora de crear. Lo esencial es que te guste lo que estás haciendo y que diga algo de vos y del mundo en el que vivís.
En todas las entrevistas anticipando la nueva película, Danny Boyle y el elenco hablan de “proteger el legado de Trainspotting”. ¿Cuál creés que es ese legado?
Para mí, Trainspotting es una historia sobre la transición de la sociedad hacia un mundo postindustrial, en donde el hombre se hace prescindible. La clase trabajadora industrial fue la primera víctima de eso, pero ahora ves a todas las profesiones afectadas: la gente ya no cree en la farsa de la educación universitaria, porque se da cuenta de que es una estafa que sólo nos endeuda. Es una mierda, claro. Trainspotting trata sobre eso. Lo que queremos hacer ahora es proteger esa resonancia, y la forma de hacerlo es continuar hablando sobre los cambios en la sociedad y qué hacen las personas para sobrevivir. Por supuesto, también queremos ser fieles a los personajes y lograr una película contemporánea. Ahí tuvimos que trabajar mucho porque, para cuando quisimos adaptar Porno al cine, el tema principal que tocaba, la pornografía, ya no era tan contemporáneo como cuando escribí la novela.
¿Por qué creías en su momento que valía la pena explorar el fenómeno de la pornografía?
Para mí, fue muy loco lo que logró la tecnología en cuanto a nuestro comportamiento sexual. Cuando cualquier persona pudo grabar una película sexual casera, eso transformó la relación entre las personas. Los chicos se anotaron en el gimnasio para perder la “pancita cervecera”; las chicas se fueron a la cama solar, empezaron la dieta y se tiñeron el pelo. Y todos se pusieron pretenciosos acerca del ángulo de la cámara, cosas así. Después vino internet y las mujeres comenzaron a consumir mucha más pornografía: al principio, eran el 2% del total de consumidores; cinco años después, llegaron al 50%. Creo que eso lo cambió todo. Una muestra de eso también fue el fenómeno Cincuenta sombras de Grey, que es un libro malísimo, con una película que es una absoluta basura. Pero no puedo negar que, como movimiento femenino, se dio una gran revolución.
En Porno también quisiste mostrar la sociedad Schadenfreude (N. de la R.: palabra del alemán que designa el sentimiento de alegría creado por el sufrimiento o infelicidad del otro). Diez años después, ¿sentís que se puso aún peor?
Sí, mucho peor. Lo ves en cualquier aspecto de la sociedad: en una forma de crueldad muy fuerte e intencionada, relacionada con el hiperindividualismo y el neoliberalismo de los últimos treinta años, que eliminó el sentido de conexión con el otro. Por ejemplo, mirá lo que pasó con el Brexit: hubo gente que condenaba el resultado y acusaba a la clase trabajadora. Pero nadie se puso a pensar por qué a la clase trabajadora tendría que importarle el Brexit si, por décadas, nadie se interesó por ellos.
En abril último, Welsh publicó una nueva novela: The Blade Artist, que, una vez más, rescata parte del universo de Trainspotting: el protagonista es un Begbie supuestamente redimido, viviendo con su familia en California. “Juro que fue un accidente meterlo ahí –se ríe–. Mi intención original era plantear si una persona con una vida llena de crímenes y violencia se puede reformar, y de repente me encontré pensando: ¿qué pasaría si en realidad Begbie fuera el chico más bueno de todos?”.
Pero, al final, no lo es.
Primero me enganché imaginando qué quizás se enamoraba, o salía de prisión con una nueva resolución de vida. Ése fue el disparador de la novela. Hasta que, en un punto, me cuestioné: ¿y qué si en realidad no se reformó, qué tal si sigue siendo un sociópata a sangre fría, analítico y despiadado? ¿No sería más interesante eso? Decidí ir por ese lado, con un personaje mucho más peligroso, salvaje, completamente manejado por la ira.
¿Nunca vas a caer en la tentación de redimir a tus personajes?
No creo que se pueda hablar de redención en la vida. Mis personajes siempre están en algún lado de la oscuridad, buscando la luz. No importa qué tan hundidos en la mierda estén, en el fondo de su corazón, tienen esperanza y están tratando de hacer lo mejor que pueden. Para mí, la redención es eso: vivir la mejor vida que podamos, nada más.
En The Blade Artist, revelás que Begbie es disléxico, una dificultad con la que vos también convivís. ¿Cómo te afectó en tu carrera?
De chico, obviamente tuve problemas en el colegio, porque no podía concentrarme en las palabras. Pero eso me hizo pasar mucho tiempo en mi cabeza, creando universos propios, lo cual, para un escritor, es algo bastante bueno. Por suerte, mi dislexia es leve, entonces nunca se convirtió en un obstáculo imposible para las cosas que yo quería lograr. Sí tuve que trabajar un poco más que el resto, pero eventualmente pude identificar cuáles eran las conexiones que me faltaban o que no podía hacer, y se me hizo más fácil. Así y todo, todavía tengo algunos problemas con algunas palabras, cometo errores. A veces, mi cerebro no reconoce algunas cosas que, para el resto, son obvias. Pero, de vuelta, fui muy afortunado: nunca lo sentí como una discapacidad, sólo una molestia.
Con el estreno de T2, ¿sentís que se viene el fin de un ciclo?
¡No, para nada! Cuando creás un mundo, es tuyo para siempre. Una película no cambia eso.






