Jaque al rey: los hijos ilegítimos de la realeza reclaman su lugar
Las demandas de filiación no tardaron en aparecer y dejaron al descubierto las infidelidades reales, sin contar aquella que ya había quedado inmortalizada en la letra de Salvatore Adamo
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Las próximas generaciones de reyes y reinas prometen darle otro tipo de dolores de cabeza a las casas reales que representan (vaya Harry de ejemplo, que ahora quiere escribir sus “memorias”), al revés de sus progenitores, que durante décadas mantuvieron bajo la alfombra a los hijos ilegítimos. En lo que va del siglo al menos a tres reyes les tambaleó la corona cuando la justicia dio lugar a distintas demandas de filiación, haciendo públicas las innumerables infidelidades que sus altezas escondían tras el decorado del matrimonio.
Alberto de Mónaco ya tenía dos hijos secretos antes de casarse con Charlene; y al emérito Juan Carlos de España - cazador de elefantes y mujeres bellas- aún le esperan sendas batallas por parte de tres supuestos vástagos a los que ha negado toda clase de contacto. Sin embargo, luego de encargarle pruebas de ADN a Jean Jacques Cassiman, un reputado científico de la Universidad de Lovaina, dos de ellos (Ingrid Sartiau y Albert Solá) demostraron ser medio hermanos por parte de padre. Mirando con detenimiento las fotos, Ingrid es igualita al borbón, pero con melena.

A Carlos de Inglaterra y a su esposa Camila también les apareció un hombre que dice ser hijo de ambos, aunque el reclamo se basa sólo en los parecidos físicos.

La última hija en alcanzar su puesto en la mesa familiar fue Delfina de Bélgica. La artista plástica - que acaba de estrenarse como princesa en un acto oficial, vestida para la polémica - nació en 1968, fruto de la relación furtiva del ex rey Alberto II con la baronesa Sybilla de Selys Longchamps, con quien mantuvo vinculo sentimental durante 16 años. Era un secreto a voces en todo el reino y Delfina siempre supo que el monarca era su padre, no obstante él tardó años en admitirlo, y lo hizo recién cuando se vio acorralado por las evidencias. Ése y otros condimentos juegan a favor de la ex reina consorte, cuya imagen salió menos lastimada en la historia, quizá porque Paola de Bélgica tampoco estaba en condiciones de tirar la primera piedra. En su momento, poco después de pasar por el altar, la ex pareja real se convirtió en el blanco de la prensa rosa debido a las sonadas aventuras amorosas de las que ninguno renegó jamás: ambos fueron infieles y no lo ocultaron, razón por la que el escándalo les persiguió desde el primer día. Muy distintos fueron sus cuñados, los amables reyes Balduino y Fabiola, cuentan las crónicas.

Princesas rebeldes, idilios cortos y búsqueda de la identidad
Paola Ruffo di Calabria y Alberto de Lieja se conocieron en Roma durante la coronación del Papa Juan XXIII, en 1958. El quedó deslumbrado por la bellísima princesa heredera de una de las casas más antiguas del sur de Italia. Tenía 22 años, usaba minifalda, hablaba cuatro idiomas, manejaba su propia moto Vespa, escuchaba rock y era demasiado expresiva para gusto de los belgas, pero se casaron por amor, y no por conveniencia, ocho meses después en la catedral de Santa Gúdula, en Bruselas. Dicen que ella estaba tan emocionada en la ceremonia que tuvieron que preguntarle tres veces hasta que pudo pronunciar el “sí quiero”.

El idilio duró poco. Después del nacimiento de sus tres hijos empezaron a trascender las desavenencias conyugales. Ella comenzó un apasionado romance con el cantautor Salvatore Adamo, que hasta le escribió una canción (Dolce Paola, que cantó en público, con dedicatoria y todo), y él ya andaba en amoríos con una periodista para luego caer en brazos de Sybille, entre otras tantas más. Más tarde, la princesa se mostró paseando en bikini por una playa de Cerdeña muy abrazada al fotógrafo de la revista Paris Match, Albert Adirent de Munt, “confirmando el sobrenombre de ‘princesa rebelde’ por tratar de visitar el Vaticano con minifalda y un pequeño top antes de que se lo impidiera la guardia suiza”.
Eran muy jóvenes y toda Europa sabía los cuernos que se ponían mutuamente, por eso mismo decidieron divorciarse tiempo después, algo entonces improbable para un heredero al trono. Apenas consiguieron que el rey Balduino les permitiera vivir separados en distintas alas del mismo palacio, y eso hicieron hasta mediados de la década de 1980 cuando la relación entre ellos empezó a mejorar para consolidarse tras la muerte de Balduino en 1993, y asumir Alberto el trono de Bélgica. Dicen que esos tiempos fueron los más estables de la pareja, incluso atravesaron juntos el reclamo de Delfina en 2009. Después de casi una década paseando por tribunales, la justicia falló a favor de la flamante princesa. “Lo decidí cuando fui madre. Quería que mi hija tuviera raíces. Un niño no viene al mundo de la nada. Entonces empecé a pensar seriamente en mi historia”, confesó en una entrevista para Vanity Fair.
Viéndose venir el culebrón, en 2013 Alberto II abdicó en favor de su hijo Felipe. Con serenidad de las canas y la libido marchita, vacunados contra el Covid, Alberto II y Paola posaron sonrientes con la nueva integrante del clan, cuya epopeya vino a reivindicar el derecho a la identidad de tantas personas abandonadas a su suerte solo por tapar los pecados reales. Pero, efectivamente, los hijos no vienen de la nada...
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