
Javier Bardem: camaleón ibérico
Considerado uno de los mejores actores del momento, es el hispano que tiene a Hollywood a sus pies, por su inefable capacidad de transformación. Se anima a rechazar proyectos de cine que llegan con abultadas sumas de dinero y, en cambio, jugarse por historias comprometidas, como la de Mar adentro, a punto de estrenarse en la Argentina. La Revista lo entrevistó en Londres, donde afirmó que el arte puede mostrar la realidad sin caer en moralejas
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LONDRES.– Irrumpe en la habitación con paso apresurado. No quiere romper la tradición inglesa de la puntualidad. Se acomoda de espaldas a un gran ventanal que mira el intenso gris del cielo londinense, sobre la zona de Park Land, donde está ubicado el hotel en el que se pautó la entrevista, y echa mano del paquete de cigarrillos, dispuesto a acabar con la ansiedad que le provocan los reportajes. Sin que él lo sospeche, es posible seguir atentamente cada uno de sus gestos y, como en un juego de detectives, intentar develar el secreto de las camaleónicas transformaciones que siempre ofrece en el cine.
No se trata sólo de maquillaje, ni de raparse; ni siquiera de subir o bajar de peso. El español Javier Bardem consigue lo que pocos actores logran: que el personaje se apodere por completo de él.
"Sólo es posible si eres capaz de dejar de lado tu ego y tu vanidad para ver el mundo con otros ojos –dice–. En una oportunidad, Marlon Brando afirmó que cuando interpretas a un personaje dotado de un espíritu verdadero y que es objeto de una auténtica transformación, tienes que abstraerte del papel y dejar que el personaje entre dentro de ti. Y es en ese momento cuando le encuentro sentido a este trabajo."
Como el gran transformista que es, Bardem compromete su cuerpo y su alma en cada interpretación, por lo que es fácil confundir al actor con el personaje en cuestión. Tal fue el caso del poeta cubano Reinaldo Arenas, que compuso en Antes que anochezca y por el que consiguió la primera nominación de un actor español para los premios Oscar. O el de Santa, el desempleado de Los lunes al sol, por el que fue galardonado en el Festival de San Sebastián. Y, recientemente, el gallego Ramón Sampedro, el tetrapléjico cuya lucha por el "derecho a una muerte digna" es contada por el director Alejandro Amenábar en Mar adentro, la película que no deja de cosechar premios internacionales y que va en busca de un lugar de privilegio en los Oscar.
Encarar este proyecto significó para Bardem uno de los mayores retos físicos, psíquicos y profesionales de su carrera. "Javier puede parecer el más y el menos indicado para esta película –explica Amenábar a la Revista–. El menos, porque no tiene el físico ni la edad que requería el personaje (55 años) y no hablaba gallego. El idóneo, porque creo que es un monstruo de la interpretación."
La transformación fue posible. A lo largo de doce semanas Bardem se entregaba cinco horas diarias a la maquilladora británica Jo Allen (la misma que consiguió afear a Nicole Kidman en Las horas) y pasaba el resto de la jornada de rodaje en cama. Debió adaptar su cuerpo torpe y grandulón (según palabras del propio actor) a uno débil, atrofiado e inmóvil, para lo que recurrió nuevamente al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, donde ya lo habían asistido para los papeles de minusválidos que interpretó en Huevos de oro y Carne trémula. Además, contó con la ayuda de un arnés en la espalda, que lo obligaba a arquearse y a encoger los hombros. "Pasé por muchos estados: rabia, negación –asegura el actor–. Pero todo me ayudó a comprender desde lo emocional la sensación de impotencia, de estar obligado a una situación indigna durante mucho tiempo."
–Sus últimas películas, incluso Edgardo Mortara, que rodó recientemente junto a Anthony Hopkins, condenan la falta de libertades y hablan de la importancia de comprometerse con lo que uno cree. ¿Este cine está relacionado con su búsqueda personal?
–Me gusta el cine en el que se puedan decir cosas, como el de Ken Loach, donde uno toma conciencia de diferentes realidades sin caer en lo discursivo ni en las moralejas. Crecí en un hogar donde siempre se ha hablado de todo muy abiertamente, sin tabúes, y con los años ese aprendizaje le dio un nuevo significado a la palabra libertad, el mismo que redescubrí en la voz y el cuerpo de Ramón Sampedro, un hombre de una inmensa libertad cuyo único Dios es su conciencia, lo que hace al hombre más libre y más humano.
–En el film aparece un tema difícil, polémico: el de la muerte digna. ¿Qué le provoca eso?
–No tenemos menos que reflexionar sobre ese tema. Ramón nos dejó con sus libros un testamento sobre el cual pensar: la muerte, la posesión del cuerpo, el amor egoísta, el amor generoso. Hay que hablar del dolor, y hablar específicamente del dolor que él sintió porque lo empujaron a morir solo. Nadie merece eso.
Con la meticulosidad casi obsesiva con la que prepara sus papeles, Bardem repasa cada guión que llega a sus manos, sin importar el remitente. Al mismísimo Steven Spielberg le dijo que no cuando lo convocó para Minority Report en el papel que luego haría el irlandés Colin Farrell; lo mismo hizo con Sharon Stone, que lo quería a su lado para Bajos instintos II. "Por ahora quiero permanecer lejos del cine que te obliga a alimentar la máquina con el solo objeto de alcanzar el reconocimiento del éxito y del poder. Me interesa el otro cine, el que sí tiene algo para contar, el que realizan también directores norteamericanos, como Michael Mann (con quien trabajó en Colateral) y Alexander Payne (Las confesiones del Sr. Schmidt y Entre copas). No soy un tipo que trabaja sólo por el dinero o por la fama."
Poco a poco, las ofertas fueron mejorando, por lo que decidió abrir la puerta al mercado anglosajón y aceptar propuestas que lo involucran con actores de la talla de Anthony Hopkins, Sean Penn y Benicio del Toro, y directores tales como Steven Soderbergh, Milos Forman, Richard Eyre y Alexander Payne (se dice que lo quiere tener en su próximo proyecto). "Me halaga que depositen su confianza en cada rol que me ofrecen. Son desafíos que estoy dispuesto a enfrentar."
Un hombre libre
Aferrado al paquete de cigarrillos como si fuera ése un acto que le permitiera defenderse, Bardem da un corto sorbo a la bebida que tiene frente a él y gira el hielo que lucha por no hundirse. Intenta relajarse en cada entrevista que otorga, pero nunca lo logra demasiado. Mantiene la guardia de un soldado.
–¿Por qué se mantiene tan tenso? ¿Eso no cambia con los años?
–Es que hablar de uno mismo es aburridísimo, y no creo que eso cambie. Hablar de mi trabajo sí que me interesa, pero tampoco creo que merezca que se lo ensalce de la manera en que se lo hace. Sólo es un trabajo y yo, un trabajador.
–Por el que obtiene reconocimiento y un buen sueldo.
–Sí, pero no debería ser así. Hubo una época en la que los actores eran considerados gente de mal vivir y ni siquiera podían ser enterrados en lugares sagrados (como le ocurrió a su tía bisabuela, Mercedes Sampedro, fallecida en los años 20). En cambio ahora confunden al actor con la estrella, con el personaje que debe estar dispuesto a sonreír frente a toda cámara que se acerque y a soportar que todos quieran meterse en su vida.
–El precio de la fama suele ser alto.
–Nada menos que el de tu libertad. La popularidad atenta contra el objetivo principal del actor, que es la observación de lo cotidiano, de los personajes que lo rodean. Yo soy partidario de los que dicen vive y deja vivir; por eso no quiero que se metan conmigo.
Perteneciente a la cuarta generación de una dinastía de actores que han forjado la historia del espectáculo en España, y a pesar de haber mamado entre bambalinas el talento de Pilar Bardem, su madre, Javier escapó del legado y se sumergió en el mundo de las bellas artes y en el del deporte: estudió dibujo, una tarea que desde pequeño le ayudó a espantar sus monstruos; practicó boxeo, y por más de catorce años jugó al rugby, hasta formar parte del seleccionado de España.
–La nariz rota, esa que le da perfil griego y una particular personalidad, ¿se la debe a estas dos pasiones?
–De alguna manera sí. Me la rompí en un partido de rugby y luego la rematé en una pelea callejera. Es la nariz que merezco.
Sus comienzos no sólo lo tuvieron detrás de la pelota ovalada y con los guantes puestos. Durante un tiempo fue patovica y bailarín de striptease, hasta que el irreverente director Bigas Luna le ofreció, en 1990, un pequeño papel en Las edades de Lulú y, dos años más tarde, lo consagró en Jamón, Jamón, película con la que obtuvo su primera nominación como mejor actor en el Festival de San Sebastián. Con el tiempo, y luego de despegarse de la imagen de "macho sexy", Javier Bardem supo construir una carrera inteligente (con varias escalas en un bar de Brasil, donde servía tragos), seleccionando cada proyecto sin apuro y con la certeza de que le posibilitaría explorar al máximo sus dotes.
"No me considero un actor impulsivo; al contrario, aprovecho cada trabajo para instruirme, cosa que no hice en la escuela. Me intriga todo lo que encaro, además, y creo que de alguna manera los actores tenemos el deber de informarnos y documentarnos porque nuestro cuerpo y nuestra voz son, en definitiva, el vehículo de la narración, y uno necesita hacerla creíble."
Enfrascado en su físico "animal" conviven el Bardem sensible (no teme dejar escapar una que otra lágrima frente al público) y tímido con el rabioso e inquieto que disfruta del humor negro, de las furiosas guitarras de AC/DC y de la compañía de los amigos de toda la vida.
–¿Cómo se siente a los 35?
–Estoy tan harto de mí –dice ahora con cierta vanidad, pero con mucha simpatía– que sólo los que me conocen de verdad pueden contenerme.
Para saber más
www.imdb.com
www.mar-adentro.com
Personal
- Javier Encinas Bardem nació el 1º de marzo de 1969 en Las Palmas de Gran Canaria, España. Pertenece a la cuarta generación de una dinastía de actores que han forjado la historia del espectáculo de su país.
- A pesar de haberse iniciado en la actuación a los cuatro años en la serie El pícaro, de Fernando Fernán Gómez, Javier se dedicó por largo tiempo al rugby y al boxeo, deportes a los que les debe su particular nariz.
- Con Bigas Luna inició una carrera envidiable, que incluye a realizadores como Pedro Almodóvar, Alex de la Iglesia y Julian Schnabel. Acaba de rodar con Anthony Hopkins y pronto lo hará con Sean Penn y Benicio del Toro.
La Eutanasia, el tema del film
Literalmente, eutanasia significa "muerte en paz y sin dolor". En la actualidad, este término refiere a la acción médica que acelera la muerte de un enfermo, y está dividida en dos grandes tipos: la activa, que implica necesariamente una inducción a la muerte a través de algún procedimiento o droga, y la pasiva, en la que el paciente deja simplemente de ser asistido. En febrero de 1993, el Parlamento holandés aprobó una ley que permite a los médicos, en ciertas y específicas circunstancias, inducir la muerte de los enfermos terminales que así lo soliciten, convirtiéndose así en el primer país que la despenalizó. En la Argentina, la eutanasia aparece en el Código Penal mediante la figura de ayuda al suicidio y está penada por la ley. En la historia se han repetido casos que han generado polémicas en diversas latitudes, como el que ahora interpreta Bardem (Ramón Sampedro, ver aparte) y la dolorosa historia de Karen Ann Quinlan, la joven norteamericana que luego de ser desconectada y desafiando toda lógica vivió nueve años más en estado vegetativo. Otra historia más que polémica fue la del Doctor Muerte, el patólogo Jack Kevorkian, que inventó una máquina para "suicidarse", y el de Diane Pretty, que reavivó la discusión sobre eutanasia en Inglaterra.
La historia de mar adentro
Mar adentro/ mar adentro/ y en la ingravidez del fondo/ donde se cumplen los sueños/ se juntan dos voluntades/ para cumplir un deseo/ pero me despierto siempre/ y siempre quiero estar muerto/ para seguir con mi boca/ enredada en tus cabellos." Extracto del poema de Ramón Sampedro que da nombre a la película que protagoniza Bardem.
"Un viaje a la vida y a la muerte, un viaje al mundo interior de Ramón Sampedro." De esta manera describe el director Alejandro Amenábar Mar adentro, su multipremiada realización que llegará a la Argentina el próximo 3 de febrero.
"Suena a utópico, pero siempre hago la película que me gustaría ver", confiesa el joven realizador a la Revista. Luego del éxito de Los otros, el film que rodó con Nicole Kidman, y de la relación que entabló con Tom Cruise, al que le vendió los derechos de Abre los ojos, una de sus películas más personales, Amenábar "sintió" que la historia de Sampedro merecía contarse.
En Xuño, La Coruña, nació Ramón, en 1943. De espíritu aventurero, se enroló, a los 19 años, en un barco noruego para conocer el mundo y sentir en cuerpo y alma la más absoluta libertad. Seis años más tarde, de vuelta en su hogar, las aguas de la playa de As Furnas se transformaron en una trampa mortal. Tras tirarse de cabeza en el cristalino mar, su cuerpo quedó inmóvil del cuello para abajo. Postrado de por vida, la parálisis total le impidió llevar a cabo la decisión de terminar con su vida por sus propios medios. Fue así como optó por entablar un procedimiento legal, una demanda que se extendió por años y que recibió amplio eco en los medios nacionales y extranjeros, pero que no alcanzó los resultados previstos. En 1996, y con la intención de contar su lucha, publicó sus escritos agrupados en un libro que dio a conocer como Cartas desde el infierno, el mismo que motivó a Amenábar a contar la vida de Sampedro. Más tarde, ya a título póstumo, vio la luz un volumen de poemas en gallego titulado Cuando eu caia.
"A mi lado tengo un vaso con agua y cianuro. Cuando lo beba habré renunciado a la más humillante de las esclavitudes: ser una cabeza viva pegada a un cuerpo muerto", dijo a una cámara doméstica que registró su muerte el 12 de enero de 1998, luego de haber luchado sin éxito durante cinco años en los tribunales por su derecho a morir dignamente, a lo que accedió con la ayuda de terceros. En un gesto sin precedente, más de 13 mil personas se autoinculparon en la causa, que acabó archivándose dos años después por falta de pruebas.
El estreno de Mar adentro no sólo reavivó en España (también en otros países) la polémica por la despenalización de la eutanasia, sino que ha vuelto a poner en primer plano el caso Sampedro, como lo hizo la reciente aparición de Ramona Maneiro, la amiga del tetrapléjico, que admitió en un programa de televisión que había sido ella la que le dio el vaso con una solución de agua y cianuro. "Yo era sus manos, las manos que él necesitaba –confesó la mujer–; Ramón era cuidadoso en todos los detalles, hasta que dijo: «Después que yo beba, no me des un beso en los labios»."






