
Creó Sabarasa, la primera empresa de América latina que desarrolló videojuegos para las consolas Nintendo y PlayStation.
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Como lo hizo en 1990, y con sólo 15 años, Javier se sentó frente a su computadora y se propuso crear un videojuego. Lo terminó casi cuatro años más tarde y consiguió que se vendiera en las góndolas de Musimundo. El tema del juego era una imaginaria batalla en 2032 por las islas Malvinas, en la que soldados argentinos debían enfrentar al ejército inglés. Hizo 4.000 copias y se convirtió en el primer juego latinoamericano de estrategia en tiempo real. En 2002, junto con algunos compañeros de estudios, desarrolló un juego de ajedrez para un publisher de Estados Unidos que nunca lo comercializó. Ahí se dio cuenta de que editar, distribuir y poner a la venta miles de copias de un juego que cuesta 60 dólares puede ser más caro que desarrollarlo. Eran tiempos de un dólar alto y decidió apostar por el desarrollo de software para exportación. Hoy preside Sabarasa, una compañía que factura 1,6 millones de dólares por año, cuenta con más de 80 empleados distribuidos entre Buenos Aires y México y es la primera empresa del continente con una licencia que le permite desarrollar juegos de PlayStation 3, además de ser el primer proveedor de juegos de América latina para Nintendo y Sony. Su objetivo en el corto plazo es independizarse de los editores globales de videojuegos para que los usuarios bajen sus juegos de internet a un costo más bajo.
“Los videojuegos son la forma de expresarse de muchos jóvenes y no tan jóvenes del siglo XXI, y el negocio es tan vertiginoso que parece la filmación de una película en donde se inventa una cámara en cada toma”, destaca Otaegui. Desde su visión, hay dos tipos de profesionales de los videojuegos: los que son gamers apasionados y los que se acercan a la industria por las oportunidades de negocios que genera un mercado de 11 mil millones de dólares anuales en todo el mundo. Otaegui, que se declara inmerso en la primera categoría, nunca recurrió al mercado de capitales de riesgo y sólo una vez obtuvo un subsidio de 29 mil pesos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para montar su empresa.
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