
Jazmín Chebar. "Nunca entendí qué es el diseño de autor"
De diseñadora a empresaria; empezó a los 22 años y hoy su marca se vende en toda la Argentina y en seis países de América latina
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Siempre un paso más adelante y siempre un año adelantada. Así piensa y así vive. Hoy, en su oficina de Palermo, rodeada de un equipo de diseñadores de entre 22 y 45 años, Jazmín Chebar (41) aprueba las muestras que formarán parte de su nueva colección de invierno 2016; pero además confiesa que ya está comprando telas para los diseños de verano que estarán colgados en sus locales el 1° de agosto del año próximo. Mientras tanto, aquí y ahora, su empresa crece, su marca se vende en todo el país, tiene presencia en todos los shoppings y exporta su diseño a Chile -donde tiene dos locales- Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y México.
Empezó con una amiga (dice que casi como un juego) cuando tenía 22 años y al poco tiempo abrió su primera tienda frente al Zoo porteño, sobre República de la India. Casi dos décadas después, Chebar es una mujer de negocios y madre de tres hijos. Nunca le costó asumir su rol de empresaria, pero confiesa con humor que jamás imaginó que sería tan arquetípicamente como Susanita, el personaje de Mafalda.
-¿Llegaste a replantearte no estar al frente de la empresa para ser madre full time?
-No, no llegué hasta ahí. Nunca pensé en dejar de trabajar, pero jamás creí que podía aflorar tanto la Susanita que tenía adentro. Los hijos son algo mucho más fuerte de lo que uno puede llegar a imaginar. Quería estar todo el tiempo con ellos, era una lucha interna terrible, como la que debe tener cualquier madre que trabaja y que tiene que dejarlos al cuidado de otra persona. Ahora los tres ya van al cole todo el día, la logística está más acomodada, es más fácil. Y reconozco que soy afortunada, hago lo que me gusta, tengo un marido que me ayuda muchísimo y, sinceramente, si estuviera todo el día en casa los volvería locos.
-Ya pasaron casi 20 años y la marca no paró de crecer. ¿Algo se perdió en el camino?
-No perdí nada. Creo que fue una evolución. Claramente no tengo ni la frescura de la gente joven ni la onda canchera, pero creo que más bien me preocuparía si mi cabeza siguiera en los 20. Gané a nivel laboral, y en todo sentido, y hoy disfruto mucho más de lo que hago.
-¿Cuál es la parte que menos te gusta del trabajo?
-Depende. Obvio hay cosas que me divierten más que otras, me sigo entusiasmando de la misma manera cuando llega una muestra, me gusta verla enseguida, me emociono. Pero somos un equipo grande y nos repartimos las tareas. Además, Claudio [Drescher, su socio desde hace más de diez años] también tiene su equipo de trabajo y se ocupa más del negocio, de la parte que menos me gusta [se ríe].
-Leí que tu marca es la empresa de ropa de mayor facturación del país por m2. ¿Es cierto?
-Ah, no sé, ni idea. Eso se lo tenés que preguntar a Claudio.
-Tus papás eran dueños de la boutique La Clocharde cuando vos arrancaste. ¿Te ayudaron con el emprendimiento?
-Mirá, creo que el aporte más importante fue su apoyo, su modo de vida, lo que me dieron como padres en mi educación. Mi marca no tenía nada que ver con lo que hacían ellos, ni siquiera pude usar sus talleres. Lo único que me llevé de ahí una vez fueron unos poplines de muchos colores que después los usamos para hacer camisas, pero eso fue todo.
-Sobre la confección de prendas y como una representante de la industria, ¿cuál es tu reflexión sobre la última tragedia en un taller clandestino de Flores, donde murieron dos niños por un incendio?
-Nosotros queremos saber todo acerca de los talleres con los que trabajamos: dónde, cuándo, quiénes. Y nos ocupamos de ayudar a quienes tienen la intención de trabajar y no están con los papeles en regla. Lo que sucede con los talleres clandestinos es algo terrible, que no sólo afecta a nuestra industria, sino también a otros rubros. Y no sólo pasa en el país, sino en todo el mundo. Es un problema sobre el que debe pesar el mayor rigor en cuanto a los controles, las habilitaciones, los permisos. Pero el riesgo está cuando algún taller contrata a terceros, allí hay que poner el foco, porque hay casos donde la cadena es tan larga que es difícil unir los eslabones. Hay mucho trabajo por hacer, y ojalá en un tiempo pueda decir que estamos mejor que ahora. Yo siempre estoy encima de los proveedores, porque eso también es parte de mi trabajo.
-¿Creés que a fuerza de controles se podría exigir una etiqueta que diga: "Prenda libre de trabajo esclavo"?
-Nosotros creemos que nuestras prendas son libres de trabajo esclavo, sino no estaría haciendo esto.
-Defendés con garra el concepto de lo comercial y te alejás del de diseño de autor. ¿Por qué?
-A mí me gusta la ropa fácil, cómoda, simple, pero distinta. No me pasa el diseño ni la moda por el lado de la intelectualidad. Nunca hice diseños que no sean comerciales, pero trato de que la ropa que hago sea diferente, cada detalle como un botón está elegido para una prenda particular. Hago ropa que a mí me gusta, que quiero vender y, afortunadamente, le gusta a mucha gente. Lo que no me parece que sea nada sencillo de lograr. Nunca entendí qué es el diseño de autor, ¿quién lo hace hoy en el mundo? Miuccia Prada es una de mis favoritas y es recontra comercial.
-¿Y cómo enlazás en tu firma los conceptos tan opuestos de exclusivo y accesible?
-Tengo una mirada propia, que tiene que ver con la frescura y la desfachatez. Hago ropa que me gusta y que le queda bien a mucha gente, no a tres o cuatro personas. Y tampoco soy masiva, no hago grandes producciones de cada prenda. Es más, hay cosas de las que hacemos sólo 50 unidades, lo que es ridículo para el tamaño de nuestra empresa. Mi objetivo es que si vos le tapás la etiqueta a una prenda, igual puedas decir: «Esto es un Chebar».
-¿Cuál es tu próxima meta? ¿Qué otro mercado te gustaría conquistar?
-Seguir creciendo, ser más fuertes en América latina, más sólidos. Creo que el camino es larguísimo, y no fantaseo con estar presente en alguna ciudad determinada.
-No te creo. Decime cuál...
-Bueno, quién no fantasea con tener una tienda en Nueva York. Pero creo que hay demasiado por hacer acá todavía. Además, abrir un local porque sí no significa nada. Yo quiero que, de a poco, me vayan conociendo en todo el mundo. ¿Sabés la cantidad de gente que está pensando en lo mismo? Mejor es disfrutar de lo que uno tiene.






