
Jorge Luz: un señor con chispa
Puede arrastrar las erres como una doña de barrio o gritar con vozarrón de camionero. Siempre es él mismo, único. Uno de los grandes cómicos de la historia actoral de los argentinos
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Suena un timbre. El señor Da Luz Do Santos Borbón vive en una casa sin portero eléctrico y para ver quién es descorre la cortina del ventanal que da a la calle. Abre la puerta.
-Ah, La Nacion. Hay que ser precavido, porque te dicen que son de tal diario y es mentira, y te roban.
-¿Le pasó?
-No, pero te puede pasar. Dice el señor Da Luz Do Santos Borbón levemente paranoico. Para entrar en la casa del señor Da Luz Do Santos Borbón hay que atravesar un cortinado pesado enorme violeta de terciopelo para desembocar en un living en penumbras enorme calentito. El se sienta en un sillón de tres cuerpos. En las sombras, en otro sillón, hay un hombre joven. No hablará nunca. Se reirá a veces. No se moverá hasta el final. Ahora suena el teléfono. El señor Da Luz Do Santos Borbón atiende.
-Hola... sí... no... tengo gripe, no puedo ir... si, claro.. chau.
Cuelga.
-Andalamiércoles.
Dice.
Y así es como empieza todo. Atisbando que el señor Jorge Luz es, en la intimidad, bastante feroz. Que arrastra las erres como una doña de barrio cuando se pone paródico, tiene un vozarrón de camionero y es capaz de hacer reír a un muerto cuando se pone gracioso. Como ahora, que recordando lo que fue su recordado monólogo en el primer programa del ciclo que conduce y produce Jorge Guinzburg, El Club de la Comedia, dice que fue absolutamente improvisado, que una vaga idea cerca de las conductoras de tevé fue suficiente para un monólogo que el país aplaudió de pie y que echaba ácido sobre la peor llaga de las conductoras/es de programas de la tele: no dejar hablar a sus invitados. Hace nombres. Claro que hace nombres. Pero aclara: -No pongas eso porque te arrrrranco los dientes, eh... Te corro con un hacha hasta Luján.
Claro.
Jorge Luz. Actor. Cómico de preferencia.
-No, el teatro clásico no me gusta más para hacerlo. A mí me gusta más hacer reír. El último papel serio que hice fue La noche de la iguana. Me lo tomo muy en serio. En esa obra me saltaba el corazón. Me tenía que morir en el escenario y tenía a mi nieta, Susú Pecoraro, al lado... y yo creí que me moría.
Sin embargo, dice que de su carrera la época que prefiere es la de las ocho temporadas que hizo en el teatro Caminito, con la dirección de Cecilio Madanes, donde interpretó lo más granado de Molière, Goldoni, García Lorca.
-Una vez hicimos La zapatera prodigiosa -gesticula, recuerda, se ríe-. Yo venía montado en una burra, me bajaba, la ataba y le decía a Beatriz Bonet, que era la zapatera: "Mira, zapaterita, te regalaré esto y lo otro y no sé qué". Y en eso, Beatriz me dice: "La burra se está haciendo caca". Por los micrófonos se escuchaba poc, poc, poc, la bosta de la burra que caía en el escenario. La gente del público ahogada de risa... Entonces yo digo: "Hola, Perica, si nos has dejado el regalito". La gente aplaudía a lo loco. Y cuando me doy vuelta para irme del escenario escucho una vieja de la primera fila que dice: (Aquí el señor Luz pone cara de quien huele los peores y más rancios hedores del universo).
-... dice: "Ay, si viviera Federico". Y yo le digo: "Te daba una patada, por tonta". Pero qué atrevida. Es como esas que estudian teatro, las que nunca llegan a nada, las que son de teatro, pero de pensamiento nomás. Esas que te dicen: "No sé cómo voy a hacerlo al personaje, todavía no lo tengo, no tengo el muñeco todavía..." Y estrenan mañana... Ja ja ja, qué horror.
-¿Usted estudió?
-No.
-¿Nada, nunca?
-Se nota, ¿no?
El hombre joven en su sillón se ríe. El señor Luz, cuando era un chico, vivía en un pueblo chico que supo llamarse Empalme San Vicente y ahora se llama Alejandro Korn. Hijo de mamá española y ama de casa, y papá portugués y químico industrial.
-Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente. Mamá se iba una vez por mes a Buenos Aires, en tren. Ni bien Aída, mi hermana, escuchaba que el tren donde se iba mamá hacía chuc chuc y se iba, agarraba la máquina de coser y se ponía a coser trapos. Mamá no la dejaba porque tenía miedo que se agarrara el dedo con la aguja. Después Aída agarraba papel crepé colorado y lo mojaba en agua y se pintaba la boca, y me decía: "Vos me tenés que aplaudir, vos sos el público". Era divertido, porque ella cantaba y hacía el show. "Les voy a cantar a toooodos usssteeeedes", decía. Y todos ustedes era yo. Un enano chiquito.
Los chicos Luz eran educados. De esos que si van de visita casi no comen por no molestar. Son capaces de morirse en silencio por respeto a los mayores.
-Mi mamá nos embutía de comida antes de ir a cualquier lado. Nos decía: "Si yo les hago señas, entonces se sirven lo que la señora les ofrece. ¡Y no elijan! Agarren lo primero que viene!" A veces te tocaban esos moños de hojaldre, secos, que morías ahogado. Hasta ahora a mí me ha quedado algo de eso. Yo soy muy tímido, por ejemplo en una cola de banco me dicen que pase adelante porque me conocieron y yo me muero de vergüenza. O que me digan: "Ay, no, Jorge, usted no paga". No, yo me muero de vergüenza. Soy incapaz de meterme donde no me llaman. Vos me decís por ejemplo... Nilda... Lila... Lida...
-Leila... -Leila... vos me decís, Leila: "Mirá, Jorge, vení a mi casa que es mi cumpleaños el viernes". Yo te digo bueno. Pero si vos no me volvés a llamar, yo no voy. Porque pienso que a lo mejor esta chica, pobre, no me habrá invitado de compromiso. Una vez Rimoldi Fraga me invitó a una comida que iban a hacer con la señora. Me invitó dos o tres días antes, y como no me llamó yo estaba vestido para ir y todo, y no fui. Un amigo me dijo que me habían estado esperando toda la noche. Yo no fui de vergüenza, porque pensé: "A lo mejor lo dijo de cumplido, qué sé yo".
Cuando el señor Luz tenía ocho años, la familia en pleno se trasladó a Buenos Aires. No era la primera vez que dejaban casa y vecindario para correr tras los pasos del empleo de papá.
-Nos mudábamos tanto que parecíamos gitanos. Mi papá cambiaba de trabajo y en esa época para no gastar en tranvías o en ómnibus alquilabas casa cerca del trabajo. A mí me encantaba porque cada casa era como un decorado nuevo. Mucha gente dice: "Ah, no, yo si no es en mi cama no puedo dormir". Yo voy abajo de un árbol y duermo.
Buenos Aires fue el final del movimiento perpetuo de la familia Luz. En un nuevo colegio, Jorge, chiquito, delante del pizarrón, con el libro de historia en la mano, entonaba las gestas sanmartinianas y las invasiones inglesas con entusiasmo. Con su mejor voz de camión decía: -"¡EL DIA QUE EL GENERAL SAN MARTIN CRUZO LOS ANNNNNDESSSSS!" Me encantaba. Las batallas yo las veía. Veía los que tiraban aceite hirviendo, lo contaba como una novela, un cuento. Era bueno imitando a los profesores. Había un director que era chueco, tenía las piernas abiertas como los que van montados arriba de un burro. Yo lo hice en el recreo y justo él me estaba mirando. Me llamó a la dirección. Me dijo: "¿Sabe una cosa? Usté es un iyespetuoso". Era sanjuanino. "Iyespetuoso. Pero le voy a decir otya cosa... Usté sirve para artista." Yo le dije todo "Sí, señor, sí señor", y cuando salí al patio pensé: "Andaáte al diablo, chueco de porquería". Lo pensé, no lo dije.
A los 14 años Jorge Luz dejó el colegio industrial, el Otto Krause. Poco después, su hermana Aída -que ya trabajaba mucho en cine y radio- le pidió que la acompañara a hacer una grabación a Radio Argentina. Como faltaba un actor y Aída no tenía ganas de volver otro día, sugirió que probaran con el hermanito menor que tenía la voz crecida.
-Cuando yo le mandé el grito ¡Viva la santa Federación, en-trégate Juan Cuello, somos de la partida!, el director puso los ojos redondos. De dónde saca la voz éste, habrá pensado. Porque yo siempre tuve esta voz.
Esta voz es una cosa que mete miedo. Un bramido de gorgona enojada. Ahora suena el teléfono. El señor do Santos Borbón atiende.
-No... si... estoy engripado... después te llamo... bueno... dale...
Cuelga.
-Andalamiércoles.
Otra vez. En el living hay un aparador. En el aparador, los premios.
-Me los hizo poner Aída. El premio es la alegría del día que te lo dan. Yo nunca había salido en la tapa de una revista. Era el sueño mío salir en la tapa de una revista. Un día salí. Compré 3 o 4 y estaba muy contento. Al día siguiente salgo, y veo una de estas revistas con mi cara tirada en el medio de la calle. Llovía. Pasó un colectivo y con toda la goma llena de coso me pasó por la cara. Ahí dije: "¿Ves?, es por un día". Todo es por un día. Salvo el talento, claro. A él parece durarle mucho. Al menos, desde las épocas de la radio y televisión, pasando por el éxito indiscutible de aquella epopeya que dio en llamarse Los cinco grandes del buen humor, quinteto formado por el señor Luz, el Pato Carret, Guillermo Rico, Zelmar Gueñol y Cambón, que se desarmara luego de filmar inmensa cantidad de películas que hicieron el deleite de grandes y chicos y fueron solaz de madres de familia. Se separaron por la muerte de Cambón y cierto contrato en un país lejano que firmara Guillermo Rico.
-Con los cinco grandes... habíamos trabajado en La revista de los sábados, de Jean Cartier. La revista iba en vivo, y se transmitía de tres estudios diferentes: uno en la avenida Pavón, el otro en Posadas y Ayacucho, y otro en el Palais de Glace. Ay, cómo corríamos. Como locos, vestidos de María Fernanda, porque yo la imitaba a la esposa de Jean Cartier... así...
Se levanta y con la mano se tapa la boca, estira los dedos en ademán muy señorito y entona en francés amanerado una canción. El hombre joven, en el sillón a oscuras, vuelve a reírse. -Era todo tan rápido y en vivo. Una vez yo tenía que abrir un cajón y sacar una pistola para dispararle a uno. Abrí el cajón y la pistola no estaba, entonces agarré una estatua y le tiré con una estatua. Otra vez hacíamos un sketch con Nelly Prince. Ella era Julieta y yo, Romeo. Tenía que trepar por un coso, y cuando estoy en la punta el coso se empieza a balancear, a hacer ñi ñi, ñi ñi. Yo tenía que saltar al balcón de ella, pero así no podía. Nelly me decía: "Sube, Romeo", y yo le decía: "No puedo, estoy herniado". Y ella: "Sube, Romeo", y yo: "No puedo, se me enredó el braguero". La adrenalina corría que metía miedo.
Pero le gustaban aquellas épocas en las que la improvisación le rizaba el pelo a puro miedo. Porque también, dice, había un respeto.
-Ahora vos escuchás que los más jóvenes dicen: "Ah, esa vieja se equivoca todo el tiempo". A mí no me lo han dicho, pero lo he escuchado. Cuando yo empecé había una señora muy conocida que se equivocaba mucho, pero nadie le decía: "Esta vieja, cómo se equivoca". Es que ahora los éxitos son... es moda más que éxito. Viste que ahora se afeitan la cabeza, se ponen clavos en la lengua, se tatúan que parecen lagartos. Una iguana. A mí lo que me gusta, me gusta. Yo esta mesa la compré y me voy a quedar mirando la mesa siete años...No me aburro.
Ni la monotonía ni la rutina lo aburren. Placer, dice que encuentra, en mirar un árbol.
-Yo me puedo quedar horas mirando un eucaliptos en Palermo.
Dibuja en el aire un eucaliptus emocionante.
-Mirá qué hermoso, cómo se mueve, mirá el color de las hojas, más claras acá, más oscuras allá. Qué lindo; cómo le gustaría esto a un pintor... Y así me puedo pasar horas.
Descansa la mano sobre el regazo flaco.
-Ojo, nena, yo no me hago el bueno, ¿eh? Todos somos buenos y malos.
Que tiene partes viles, dice: no puede fingir que le gusta lo que no le gusta. Un brillo maligno en el ojo izquierdo devela que, en realidad, la parte mala de Jorge Luz es que le encanta su incapacidad para fingir interés por aquello que le parece una soberana estupidez. -A veces rechazo invitaciones y cosas porque no me da la gana de ir. No me banco ir a esos cócteles, esas inauguraciones, que está todo el mundo...
La voz del señor Luz gira hacia la caricatura del acento más estriado por las modas más rancias del barrio más norteño de Buenos Aires.
-"Gorda, no te puedo creer, ¿viste...? ¡ay!, qué divertido." A mí me revienta eso, de: "Ay, qué divertido". ¿Qué divertido el qué? "Ay, el... lo... el pulóver". Ah, sí, es para morirse de risa. La vez pasada a una mujer que estaba trabajando en teatro, cabeza de compañía, le traen un tapado de zorro. La mujer se lo pone, y se pone el cinturón. Era una bola de grasa, era como un termotanque. Y me dice: "¿Cómo le gusta más, Jorge, con el cinturón o sin el cinturón?" Yo le digo que me parece mejor sin el cinturón. Con el cinturón era una vaca. Y dice: "Ay, pero con el cinturón me resulta divertido. Y yo le hago ¡Jaaaajajajaja!. Me dice: ¿Por qué se ríe?" "Porque es divertido". No le hizo ninguna gracia a ella. Mirá cómo tiemblo.
De la radio a la televisión, de la televisión al teatro, del teatro al cine. Los personajes de Luz estuvieron en todos y cada uno. En televisión, de todas sus mujeres caricaturizadas al límite, una de las más recordadas es Porota, mujer de pechos que pinchan que nació junto a Jorge Porcel -la Tota- y que ahora tiene vuelo propio en el programa de América que conduce Andrea Frigerio, Viva la diferencia.
-La gracia que tuvieron la Tota y la Porota es que era todo improvisado. A mí me encanta eso. Improvisar.
En un saltito ágil el señor Luz está en medio del living, improvisando. No es que la voz le salga igual a nadie, pero tiene una manera de imitar que es mucho mejor que la de ser parecido. O igual. Porque él imita a Federico Klemm y lo mejora. Imita a Marta Minujín y es una rubia platino que rompe lo que construye.
-Viste que ella dice: "Una ola, una ola, es una obra de arte, sale la ola, se rompe y yyya está". Y Klemm: "Y la obraaaaaa.. lleeeeega... al púuuuublico...." Parece como loco, y tiene cosas que yo no sé qué quiso decir. El creó un personaje. A mí me encanta la gente que crea un personaje. Ludovica Squirru también: "Paun paun tin klun... Me parece bien... Lila... Nida... Nena. ¿Vos de qué signo sos? Ah, Aída es de acuario. Aída sueña mucho. Aída te dice por ejemplo: "¿Te gustaría ver un ovni?" Ni loco, digo yo. Bueno, Aída dice: "A mí me encantaría".
Y no es que él no crea, dice ahora, después de otro saltito, de acomodarse la campera y toquetearse el pañuelo al cuello. El cree en los ovni. Gente viviendo en galaxias raras, civilizaciones luminosas mucho más sabias que nosotros, que serían incapaces de hacerle un agujero a la capa de ozono.
-¿Sabés por qué creo, nena? Porque si en este espacio hay millones de mundos, por qué voy a creer que somos los únicos. Pero imaginate que con las cosas que se han inventado ahora, si el hombre llega a la Luna, ¿por qué no llegan otras civilizaciones? El, por las dudas, tiene preparada toda una manera de actuar, llegado el caso.
-Si baja un extraterrestre, yo le digo: "Miren, señores, dejensé de jorobar, yo no tengo nada que ver con ustedes, vayansé". Hay gente que le encantaría ver un extraterrestre o un fantasma. Una vez jugamos a la copita con Aída, y del julepe que nos agarramos nos fuimos a misa.
Pero Jorge se mantiene tranquilo. El cree que la Tierra es un cascote por ahora a salvo de aparecidos y etés.
-Lo que pasa es que no les interesa. Como el hombre. Fueron a la Luna, pero no volvieron. Porque no hay nada allá. ¿Cómo te llamás vos? Leila. Leila, escuchame, si hubiera algo allá, algo de algún material, ¡te imaginás! Se vendrían cargados aunque se hagan bolsa contra la tierra. Pero no debe haber nada. Porque la luna es como de polvo. Yo creo que me muero.
-¿Si lo mandan a la luna? -Nooooo. Subir a ese cuete, ya me puede agarrar una descompostura... Buuuuum, echando pestes para arriba... Me muero. No. Yo digo que me muero si llego allá y veo mi mundo, toda mi vida desde allá. Ver la bola, la tierra, el mundo que es esto, y ¿ahí?, ¿todo el sacrificio, todos los dolores, todas las pérdidas que hemos tenido, las muertes, las pestes, las porquerías, y eso es el mundo, nena? Tener esa impresión, de ver eso, que eso es el mundo, que todas tus ilusiones están ahí... ¡en una pelota! Yo creo que me muero. No, a mí dejame acá en la Tierra.
Acá en la tierra y con sus recuerdos. Con su ilusión y con su mamá Josefa, la doña con la que vivió toda la vida hasta la muerte, y un poco más también.
-Mamá se vino de Asturias cuando tenía 12 años. Cuando ella tenía cincuenta y pico, la llevé a España a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande, y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: "Mamá, la viste, no le pidas más a la vida".
Suena el teléfono de nuevo. Pero esta vez no atiende.
-A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela. Era muy rica mi abuela. Muy simpática. Decía malas palabras. Cuando la escuché hablar le dije: "Abuela, ahora ya sé a quién salgo tan mal hablado". Y ella me decían: "Nin... -que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, qué guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes". Bueno... hablemos de otra cosa.
Bueno. Hablemos de otra cosa.
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