Juan y Belisario. Cuando un mono y un ratón marcaron un hito en la industria aeroespacial argentina (y mundial)
Fueron los “primeros astronautas argentinos”
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Fue un vuelo corto, de apenas unos minutos, pero Belisario no se lo olvidaría nunca más. Corría abril de 1967 y, tanto en la Argentina como en el resto del mundo, se practicaban cada vez más experimentos científicos. Especialmente los que apuntaban al espacio, ese lugar tan misterioso como inexplicable para la mente humana. En esa época comenzaban a hacerse diversos tests en los cuales se medía qué efectos le producirían al cuerpo humano las condiciones del espacio, así como también qué consecuencias podrían sufrir las personas luego de pasar por la intensa aceleración a la que se expondrían dentro de un cohete. Pero enviar personas reales para clarear esas dudas era muy peligroso. Entonces, los científicos optaron por un método bastante utilizado en aquel momento y que hoy recibiría comentarios en contra: probar, primero, con animales.
¿Quién era Belisario?
Belisario era un pequeño ser vivo, un ratoncito de laboratorio cuyo peso no superaba los 200 gramos. Nacido en la provincia de Córdoba, en el Instituto de Biología Celular de la Universidad de Córdoba, no imaginó, seguramente, que aportaría tanto al desarrollo de la industria aeroespacial mundial.

El pequeño roedor fue el primer “ser vivo” argentino en ser enviado cielo arriba en una cápsula añadida a un cohete. Fue “el elegido” porque, según se cuenta, era el que mejores condiciones reunía para esa tarea. A Belisario lo eligieron entre una selección de varias decenas de ratones porque mostró la mejor adaptabilidad a los instrumentos de vuelo. Era un animal dócil que presentaba poca reticencia. Por dar un ejemplo: cuando le probaron el arnés y el chaleco a todos los pequeños animales, Belisario no presentó incomodidad alguna, incluso se mostró cómodo vistiendo esos accesorios.
De ahí a los hechos pasó muy poco tiempo. Unos meses después, el 11 de abril de 1967, fue subido a un cohete. Y despegó. Pocos minutos después de las 10 de la mañana, el vehículo, ratón a bordo, alcanzó una altura de 2300 metros de altura mientras aceleraba a 20 G de “fuerza G”. Fue un vuelo vertical, fuerte; pero corto: a los 28 segundos del lanzamiento, el paracaídas se accionó y la cápsula, con su tripulante, emprendió el regreso hacia el suelo cordobés. Hasta ahí, todo iba de acuerdo a lo planificado.
Los fuertes vientos de aquel día confirieron algo de suspenso en la escena. Forzaron que la cápsula aterrizase bastante lejos de la pista, por lo que debió ser rastreada desde un avión. Cincuenta minutos de búsqueda después, el ratón fue encontrado sano y salvo. Durante esa misión, sus datos de respiración fueron medidos con detalle, así como también su registro cardíaco y las temperaturas a las que fue sometido. Belisario estaba algo agitado, estresado quizás, pero el vuelo no había causado problemas en su organismo. Tuvo la suerte de volver sano y salvo, muy nervioso, eso sí, pero con vida. Una peor fortuna corrió Laika, la perra de lo que entonces era la Unión Soviética, que fue parte de un proyecto similar y que murió en pleno vuelo producto del sobrecalentamiento. El pequeño Belisario fue devuelto al Instituto de Biología Celular, el lugar donde había nacido. Vivió allí hasta el día de su muerte.
El primer animal argentino en llegar al espacio
El vuelo de Belisario se dio en el marco del proyecto BIO, de la CNIE (Comisión Nacional de Investigaciones Aeroespaciales), cuyo objetivo era lanzar animales al espacio y traerlos de vuelta con vida para luego monitorear el efecto de ese trayecto en sus cuerpos. Y no sería el único. Dos años después, en 1969, el mismo año en el que Neil Armstrong pisó la luna, la Argentina envió un mono cielo arriba, y este llegó al espacio.

El 23 de diciembre de 1969, cinco meses después de la hazaña lunar estadounidense, Juan, un primate nacido en la provincia de Misiones, se elevaba en un cohete. En esa ocasión, la altura alcanzada fue mucho mayor que la de su colega roedor. Juan despegó en el Canopus II, un cohete de unos cuatro metros de largo desarrollado en la Argentina, y tomó una distancia de 82 kilómetros de la superficie del planeta. De acuerdo a las definiciones científicas, llegó a la mesósfera, donde los termómetros pueden llegar a medir temperaturas de hasta 80 grados centígrados bajo cero. La prioridad para aquel vuelo fue, antes que todo, y al igual que con Belisario, regresar al animal con vida. Pero también registrar sus datos vitales en tiempo real.


Juan era un pequeño animal de 1,5 kilogramos y medía 30 centímetros de altura. Contaba con una reserva de oxígeno que le alcanzaría para unos 20 minutos de vuelo. Viajó sedado y con un chaleco impermeable y alcanzó esa altura (los 82 kilómetros) en tan solo cinco minutos. Según los instrumentos de medición, su cuerpo no presentó grandes alteraciones a pesar de los 800 grados centígrados existentes del otro lado de la chapa, mientras el cohete volaba a gran velocidad. Después de arribar a la mesósfera, el regreso fue bastante inmediato. Algunas piezas, como el motor, se separaron de la estructura y la cápsula en la que viajaba Juan emprendió el descenso con la ayuda de tres grandes paracaídas. Llegó sano y salvo y, entonces, hubo razones para celebrar: eso convirtió a la Argentina en el cuarto país en enviar un ser vivo al espacio. Los anteriores habían sido la URSS, con la perra Laika; Estados Unidos, con los monos Albert; y Francia, con la gata Fèlicette.

“En aquella época, la Argentina miraba de reojo el desarrollo espacial de Francia, Rusia y EEUU, que ya habían mandado chimpancés al espacio”, explicó días después Luis Cueto, uno de los ingenieros aeronáuticos que dirigieron la operación. “La cápsula fue introducida en el taller de verificación final, y las manos rápidas, casi nerviosas, del doctor Hugo Crespín, director científico del proyecto, extrajeron al todavía somnoliento Juan. ‘¡Vivo, está vivo!’, exclamaron todos eufóricos”, escribió LA NACIÓN en su edición del día siguiente.
Después de su vuelo, Juan no fue devuelto a la selva, su antiguo hábitat, sino que fue derivado a un zoológico cordobés, en el que vivió en cautiverio durante dos años, hasta el día de su muerte. En el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba se conserva la cápsula y la rampa de lanzamiento, entre otros recuerdos de su aventura. Su valentía nunca fue olvidada. Tampoco la de Belisario. Es que, ambos, fueron pioneros. Y resultaron esenciales para el avance de un rubro que comenzaba a dar pasos gigantes a nivel mundial.

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