
Juegos Olímpicos: Argentinos tras las medallas
La selección de hockey sobre césped, que integra Cecilia Rognoni; el windsurfista Carlos Espínola, y los ciclistas Juan y Gabriel Curuchet son nuestras cuatro esperanzas más fuertes para Sydney, a pesar de los pesares del atletismo nacional
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"¿No llegó nadie todavía?" Cecilia Rognoni es la primera en arribar a la cita. Saluda y suelta esa frase de atleta que alcanza en soledad la meta y que en este caso es todo un símbolo. Es que, más allá de la conversada tarea que resultó elegir a los máximos aspirantes argentinos a una medalla olímpica, difícil fue el trabajo de reunirlos. A dos meses y un poco más del comienzo de los Juegos Olímpicos de Sydney, el que no anda de gira se está entrenando, y el que no pone a punto su físico tiene que rendir algún examen para la facultad. O visitar al psicólogo. O planificar su estrategia. O lo que sea.
Carlos Mauricio Espínola, medallista en el windsurf de Atlanta 96 y gran esperanza nacional para repetirlo en Sydney; los hermanos Juan y Gabriel Curuchet, primeros en el ranking mundial de la prueba americana de ciclismo y Cecilia Rognoni, defensora del seleccionado nacional de mujeres de hockey sobre césped, cuarto en el último Champions Trophy, son los más grandes candidatos que llevará la Argentina a Sydney.
Quizá también podría incluirse a Omar Narváez, subcampeón mundial de boxeo amateur. O a Alejandra García, recordwoman sudamericana de salto con garrocha. O a Carolina Mariani, la yudoca que fue abanderada en Atlanta y que, después de su séptimo puesto en aquellos Juegos, ahora se fijó como objetivo quedar de primera a quinta.
Sin embargo, la selección de los primeros cuatro no es antojadiza. Espínola, los Curuchet y las chicas del hockey conforman la elite nacional para los próximos Juegos, sin desmerecer a los otros candidatos. A tan poco tiempo de la inauguración (Sydney 2000 comenzará el 13 de septiembre), los representantes del Comité Olímpico Argentino no pueden dejar siquiera un resquicio para que se les cuele el azar. Por eso es que el horario de encuentro termina por volverse tan laxo, como lo pone en evidencia aquella frase de Rognoni. La cita es a primera hora de la tarde pero, obviamente, las agujas del reloj estaban destinadas a seguir corriendo.
Sólo unos treinta minutos después de lo acordado llega Rognoni. Ella es una de las mejores jugadoras del medio argentino y, por eso, su inclusión en el equipo nacional se da por descontada, a pesar de que desde hace poco menos de un año está suspendida para disputar partidos internacionales.
Resulta que en los Juegos Panamericanos de Winnipeg 99 (una especie de Juegos Olímpicos interamericanos), Cecilia se nubló por una sanción deportiva y tuvo un altercado con una jueza británica. Tan loca se volvió que hasta revoleó un bochazo, que impactó en el hombro de la referí. Conclusión: un año sin partidos internacionales.
"Espero que sí me lleven a Sydney. Todos me dicen que me quede tranquila, pero yo no puedo. Creo que para todas las chicas va a ser difícil estar en la lista", comenta informalmente mientras se le cuenta que será la primera en pasar por el estudio de fotografía.
Espínola tiene que llegar en cualquier momento: por la mañana realizó una sesión de entrenamiento en el agua y de allí viene derechito para acá. Los Curuchet, en cambio, dependen del avión: vuelan especialmente desde su Mar del Plata.
La cuestión es que la que empieza con las tomas es Rognoni. "Tengo el pelo hecho un desastre. Me lo corté hace poco, pero ahora no me lo pienso tocar hasta dentro de un buen tiempo. Mirá lo que me hice", dice, y se ríe, mientras se mira en el espejo y comienza a retocarse.
Habla un poco de hockey, también. "Ya estamos cansadas de salir cuartas. Ahora queremos un lugar en el podio." Lo del reiterado cuarto puesto es por el Champions Trophy, un torneo que disputan los mejores seleccionados del mundo. La Argentina ya lleva dos cuartas ubicaciones consecutivas allí.
No está mal, en verdad: el cuarto lugar está a un paso del tercero. El tema es que eso no termine por jugarles psicológicamente en contra. Que no sientan una barrera entre el podio y ellas. "No creo que eso suceda. ¿Querés que te diga lo que creo? Que no vamos a tener términos medios. No me veo ni cuarta ni quinta. Creo que o nos subimos al podio o nos va definitivamente mal."
¿Acaso existirá esa posibilidad de que les vaya tan mal? ¿No son mejores que la mayoría? "También éramos candidatas en Atlanta y nos fue mal. Pero quédense tranquilos, esta vez el equipo está mucho más afianzado. Estamos mejor y vamos a luchar por una medalla."
Suena el teléfono. Es Espínola. "Estoy a dos cuadras", avisa. Cecilia, mientras, muestra dos camisetas del seleccionado argentino. Toma una. "Está destrozada -protesta-. La usamos en Canadá y le tuvimos que cortar las mangas nosotras mismas, porque si no nos moríamos de calor. Encima, tiene el número medio roto."
Ella juega con el 16. Y es cierto que el número no parece en las mejores condiciones, pero tampoco es para tanto. La camiseta se puede usar tranquilamente.
Alguien golpea la puerta. El mismo que golpea es el que finalmente la abre. "Llegó Espínola", avisan. Camau, apodo que surge de tomar las primeras letras de Carlos y Mauricio, sus dos nombres, saluda a todos. La ve a Cecilia. "Hola, ¿cómo andás?", le dice. "¿La conocés?", se le pregunta al windsurfista. "Nunca hablé detenidamente ni con ella ni con los Curuchet, pero nos cruzamos varias veces", cuenta.
Obviamente, en la elite del deporte nacional todos saben quién es quién. "La onda entre nosotros siempre es buena. Compartimos horas de concentraciones en las villas panamericanas y olímpicas, nos alentamos, nos vamos a ver cuando competimos..." Rognoni es quien se suelta.
"Che, tengo la vela y la tabla en el auto -avisa Espínola-. ¿Las traigo?" Sí, se le pide. Finalmente, baja sólo la vela, que ya es lo suficientemente grande e ilustrativa como para no necesitar también la tabla.
Espínola está a mil. Habla de su viaje a Sydney (en el momento de publicar esta nota, ya se encuentra en Australia), de su entrenamiento, de su preparación con yoga y hasta de una novedad: escribirá para una página de Internet llamada sportsitio.com. Allí, recibirá e-mails de la gente en la dirección carlosespinola@sportsitio.com. "Quiero que me manden buena onda. Eso es fundamental para estar bien anímicamente", explica. El tema anímico no es menor para la delegación argentina. Hace poco, Marcelo Garraffo, secretario de Deportes y Recreación, evitó dar los nombres de sus candidatos a obtener medallas en los Juegos. "Es mucha presión", explicó.
Eso se centra la conversación cuando los Curuchet aparecen por las escaleras. "Las bicicletas están embaladas. ¿Las sacamos de la caja?" Sí, por favor. Juan y Gabriel parten esa misma noche con destino a México, donde unos días más tarde se ubicaron novenos en la tercera etapa de la Copa del Mundo. No parece una buena colocación, pero hay un atenuante: el español Juan Llaneras, uno de los mejores, le tocó sin querer la rueda delantera a Juan, y el menor de los hermanos no pudo evitar caerse al suelo. La desgracia, al final, no fue tanta: pudo haberse fracturado, pero sufrió sólo unos rasguños.
Y en esto nada tuvo que ver la presión que, de vuelta en la Argentina, ellos aceptan tener.
Como dice Gabriel: "Estos van a ser nuestros cuartos Juegos Olímpicos. Y sabemos que tenemos posibilidades de obtener una medalla. Cuál, no lo sé, pero somos realistas. Los comentarios existen y nosotros tenemos que tratar de que no se nos vuelvan en contra".
Los Curuchet participaron antes en Los Angeles 84, Seúl 88 y Atlanta 96. Nunca trajeron una medalla, aunque Juan estuvo bastante cerca en dos oportunidades. "Tengo dos quintos puestos -memora-. En ambas carreras llegué a ponerme primero, pero exploté. En Los Angeles, con 17 años, la carrera era de 50 kilómetros. Antes no se corría la prueba americana, así que yo corría la prueba individual. Iba primero, como te decía, pero en el final ya tenía una mancha blanca adelante. Yo pedaleaba como loco, pero no veía nada. Y faltando muy poco, me sacaron una vuelta los cuatro de adelante. Y bueno, quedé quinto. En Seúl, en cambio, terminé fuerte, pero se me acabó la carrera."
Espínola lo escucha con atención. Levanta las cejas como diciendo "qué mala suerte". Y se anima a compartir la anécdota. "Qué lástima. Seguro que volviste a correrla quince mil veces, ¿no? Digo, en la imaginación."
Juan se prende: "Sí, hoy no la pierdo ni loco. Yo me fui para la parte de arriba de la pista en lugar de tirarme. Se cortó uno y yo no lo seguí. Y era fácil, ¿eh?" -Qué le vas a hacer... las carreras son en ese momento, ¿no?
Se arma la rueda. Y es Camau el que sigue, el que larga la primera anécdota. "En Atlanta, yo cuidé mucho la medalla plateada. Podría haber arriesgado más, pero por ahí me quedaba sin nada. Es cuestión de medir objetivos. Yo quería la medalla sí o sí."
Se escuchan todos. Y llegan a una conclusión: hoy, los riesgos que tomarían serían escasos. Mejor medalla de bronce en mano que cien oros volando.
"Obvio que si es oro, mejor. Pero hoy te firmo cualquier medalla", se adelanta Espínola. "Claaaro -concede Rognoni-. Yo no le doy la de oro a nadie. La quiero para mí. Pero tenemos que entender que, para el hockey, cualquier lugar en el podio sería maravilloso."
Juan habla en nombre de los hermanos más famosos del ciclismo nacional: "Qué vivo..., si me decís bronce o nada, te digo bronce".
Juan va a competir en la americana junto con Gabriel, y se va a probar también en la prueba individual. Bah, se va a probar... ya es un experto en estas cuestiones. "Tengo menos posibilidades que en la americana, pero solo también puedo ganar."
-¿Y no te saca fuerzas?
-No, si todos hacen lo mismo.
Las especulaciones decían que Juan iba a reservarse para la americana y que, para la individual, viajaría otro ciclista. Pero él lo desestimó: "La voy a correr yo".
Y no le importan ni el físico ni la edad. "Tengo 35 años y Gabriel suma 38. No es mucho. Nuestros rivales andan por la misma cantidad y, además, en el ciclismo de hoy la mejor edad son los 30 años, o un poco más."
-Es como la maratón, que cambió mucho en los últimos tiempos -le comenta Espínola.
-Claro -sigue Juan-. Fijate que, cuando yo entré en el circuito, el promedio era de 45-46 kilómetros por hora, y hoy hablamos de 54. Eso no lo aguanta un chico de 20.
-¿Por qué?
-Porque si les das un programa físico para que aguanten ese ritmo, los quemás.
Cecilia escucha. Se sorprende. La mayoría se sorprende. Y con lógica. Porque, en general, un deportista de 35 años suele estar más cerca de la veteranía que de la plenitud.
"En el hockey, la mejor edad está entre los 26 y los 28", ensaya ella. Juan se ríe, lo mira a Gabriel y le hace un gesto con la cabeza. "¡Huy!, nosotros para el hockey seríamos recontraveteranos", dice, y se ríe. La risa se contagia.
Aunque nunca antes habían conversado tanto entre ellos, hay buena onda.
Se divierten todos cuando Espínola arma su vela y trata de hacerla entrar en el estudio. "Una vez me subí a una de ésas -cuenta Juan-. Es imposible mantenerse en pie, viejo. Imposible."
Camau lo escucha. Sonríe. "Nooo, es fácil. Sólo que hay que entrenarse bastante..."
Entrenarse bastante parece ser la clave de todos por estos días. Juan lo corrobora: "Lo peor que te puede pasar es perder un día de prácticas. Primero, porque das ventajas. Y después, porque cuando llega la competencia, te matás pensando: ¡Huy!, mirá si me hubiera entrenado aquel día..." Cecilia opina al respecto: "Encima, después te piden o te exigen que traigas medallas. Está claro que competís por tu país y que lo que ganás lo ganás por el país, pero el sacrificio es muy grande y las condiciones no son las mejores. No sé si decir que es injusto, pero..."
-¿Es injusto, Juan?
-Y... el fútbol es profesional y no va a Sydney. Nosotros ni siquiera somos profesionales...
-¿Es injusto, Camau?
-Nosotros nos matamos entrenándonos, pero por un objetivo personal. Yo lo hago por mí, no por los demás. Y cuando compito, pienso en mí.
-Además -intercede Rognoni-, después todos se olvidan. Te puede ir muy bien, pero un mes después no se acuerda nadie.
Ahí es donde Espínola sí disiente. El ganó una medalla plateada en Atlanta 96. Y dice que aquel segundo lugar le sirvió para mucho. "La medalla ayudó y yo tuve más apoyo, aunque creo que también se dio así porque seguí sosteniendo que tenía posibilidades en Sydney. Si no, no sé qué hubiera pasado. En la Argentina, si no te inventás una campaña olímpica, se te hace difícil."
La medalla, en síntesis, lo ayudó para recibir una beca de primera línea (recibe 1500 pesos de las llamadas Becas de Excelencia, que otorga la Presidencia) y para poder enganchar a algunos sponsors. Aunque estuvo cerca de perder todo...
"No tuve un buen 1999 y me bajaron la beca. Y tampoco tuve tanto apoyo de los sponsors, así que menos mal que me recuperé en el 2000 y me clasifiqué para Sydney, porque sólo ahora estoy empezando a tapar los agujeros económicos del año pasado."
Juan se muerde el labio inferior mientras mueve la cabeza de lado a lado. "Es increíble lo que le pasó. Acá no podés planificar nada. Si te va mal en una carrera, te bajan la beca. Y, ¿cómo no te va a ir mal en una carrera?" -Te tiene que ir mal en una... -la sigue Camau.
Surgen las comparaciones con sus adversarios. Tratan de explicar el contexto en el que compiten. "En Barcelona 92, a cada uno de los españoles que obtuvieron medallas les dieron un millón de dólares", comenta Juan. "A mí me dieron 5000 pesos por salir segundo en Atlanta -revela Camau-, pero tuve que esperar ocho meses para cobrarlos. Al griego que me ganó (Kaklamanakis) le pagaron 300.000 dólares..."
No es un pataleo por amor al deporte, sino tan sólo una contextualización. Aunque siempre, indefectiblemente, les quedará cierto gustito agridulce una vez que terminen de hablar de eso. "Es que la diferencia es un montón -pone en evidencia Cecilia-. Las holandesas, por ejemplo, van todas a entrenarse en autos que les regalan."
Para sus rivales, entonces, es como que el dinero y la gloria van juntos. Para ellos, en cambio, la competencia es por la gloria. Sólo por la gloria.
"¿Sabés cuándo te das cuenta de eso? -pregunta Juan-. Cuando tenés la medalla encima. Te ponés a pensar: ¿Y ahora qué me queda? Sólo una medalla. Que no es poco, pero que tampoco te alcanza para comer..."
-A no ser que te inventes otra campaña olímpica -lo pincha Espínola.
-Claro.
Juan lo mira otra vez a Gabriel. Busca un compinche para tirar una ironía: "Che, le vamos a tener que pedir a Samaranch que se invente unos Juegos Olímpicos cada dos años, ja ja..."
Gabriel le festeja la ocurrencia. Espínola se acomoda mejor en su silla. Rognoni se ríe. Y vuelve con aquello del "qué te queda después de..."
"A mí me sacaron la beca durante este año. Y como no quise dejar la facultad (N. de la R.: estudia turismo), tuve que elegir: o trabajaba o me entrenaba. Ambas cosas a la vez no podía. Estudio, entrenamiento, partidos y trabajo, todo junto, era imposible."
Eligió entrenarse, pero para eso sufrió el desgaste de mil y una discusiones familiares: "Hubo grandes peleas en mi casa, porque mis padres querían que trabajara. Pero bueno, el esfuerzo era por un año más, hasta Sydney".
-¿Y después?
-No sé. Me lo planteo todo el tiempo. Tengo 23 años, pero del hockey no puedo vivir, y encima todavía me faltan dos años más de facultad.
No sigue, pero el mensaje es claro. Se le complica, en estas condiciones. Igual que a los demás. Porque competir en el alto rendimiento exige una preparación. Y para lograr esa preparación es necesario invertir.
"Invertir en el deporte es invertir en imagen para la juventud y para el exterior. Nosotros somos embajadores del país, y creo que ése es el enfoque que deberían darle las autoridades nacionales a esto que hacemos nosotros", ensaya Gabriel. Camau asiente con la cabeza y refuerza con la palabra: "El deporte no es lo que transmite el fútbol, que parece que todo fuera sólo la plata. Yo sé que no es así porque conozco muchos futbolistas, pero ésa es la imagen que dan".
Hay coincidencia, en general. Cecilia lo evidencia: "Jugás para ganar plata, está claro, pero también lo hacés por amor al deporte. Yo no juego al hockey para salvarme".
-Hay atenuantes: el Estado necesita plata para atender los problemas sociales...
-Sí, siempre dicen eso, y al final no le dan nada a lo social ni al deporte -se queja Juan.
-Exacto. Hacen escuelas y a los dos meses ya están rotas -castiga Camau.
La ocurrencia prende. Y se agranda porque, de pronto, lo que parece que se va a romper es la vela que trajo Espínola. Posan todos para la producción grupal y, ante la idea de que cada uno tome un accesorio correspondiente a un deporte que no es el suyo, a Juan le toca hacer de windsurfista. La escena es graciosa. Cecilia no puede subirse a la bicicleta, a Gabriel el palo de hockey le queda chistoso (más aún cuando Cecilia le explica cómo lo tiene que tomar), Espínola no hace más que recordarles a los demás la imagen nefasta que dan para el deporte que fingen practicar...
La toma se termina. Rognoni agarra su mochila y empieza a saludar a todos. "Mañana tengo un examen y no estudié casi nada. Me llega a ir mal y te mando a hablar con la profesora", advierte. Espínola empieza a desarmar la vela. Los Curuchet se llevan la bicicleta andando. Ya la embalarán.
Se llevan sus preocupaciones, sus ilusiones, sus cargas emocionales, sus presiones. Y se llevan, sobre todo, las mayores esperanzas argentinas para los Juegos Olímpicos. Porque serán ellos quienes encabecen la ilusión nacional en Sydney 2000. Aunque tanta exigencia suene injusta...
El objetivo: conseguir más diplomas
En Atlanta 96 la Argentina logró tres medallas: plata en windsurf (Espínola) y fútbol, y bronce en boxeo (Pablo Chacón). Sin embargo, el objetivo oficial para Sydney 2000 no es lograr más medallas, sino superar a Atlanta 96 en cantidad de diplomas. ¿Qué son los diplomas? Los premios que reciben aquellos que se ubican entre el primero y el octavo lugar. La explicación es que más gente entre los ocho primeros indicaría una superación en el nivel general y que, en cambio, más medallas, hoy, significarían sólo mejores actuaciones individuales, pero no un reflejo de que el deporte argentino ha levantado la puntería. En los Estados Unidos, hace cuatro años, hubo diez argentinos diplomados. Para Sydney, la lista de candidatos incluye a muchos más. En la siguiente página se detallan los diplomas de Atlanta 96 y los candidatos firmes para los Juegos de este año:
Con la esperanza en los puños
Subcampeón en el Mundial amateur de Houston, en 1999, el boxeador chubutense Omar Narváez sumaba una colocación internacional que lo ubicaba entre los posibles medallistas olímpicos. Pero el boxeo amateur lo obligó a clasificarse por la vía de un preolímpico. Salvo los cubanos -por ser una potencia- y los australianos -por ser los anfitriones-, todos los demás boxeadores que pretendían ir a Sydney debieron pasar por unas selecciones. Para el continente americano hubo tres: la primera, en Tampa, Estados Unidos; la segunda, en Tijuana, México, y la tercera, en Buenos Aires.
Narváez fue, desde el comienzo, el máximo candidato argentino, aun sin clasificarse. El problema se suscitó cuando, en Tampa, quedó eliminado en las semifinales por el mexicano Daniel Ponce. Pasaron Víctor Castro (63,500 kg), Guillermo Saputo (67 kg) y Hugo Garay (81 kg), pero Narváez, el subcampeón mundial, debió seguir camino hacia Tijuana. Y fue a Tijuana, nomás, pero de vuelta se vio sorprendido: perdió en la primera rueda con el canadiense Andrew Kooner. Otros tres argentinos se ganaron el pasaje a Sydney: Mariano Carrera (75 kg), Israel Pérez (57 kg) y Ceferino Labarda (54 kg). Pero Narváez debió concentrarse para la única plaza que quedaba en su categoría (51 kg). Entonces, vino a Buenos Aires, compitió y aplastó a su rival en la final: le ganó 9 a 0 al dominicano Roberto Benítez. Y Narváez volvió a ubicarse como un candidato potencial. Quizá ya no a la altura de los otros, pero tampoco como para descartar. Narváez es subcampeón mundial y, por ende, tiene crédito más que suficiente.
Atlanta 96
Carlos Espínola, windsurf; seleccionado de fútbol; Pablo Chacón, boxeo; Gastón García, yudo; Walter Pérez, ciclismo; Biloch-Castells, yachting; Carolina Mariani, yudo; Alejandro Bender, yudo; seleccionado masculino de voleibol; Serena Amato, yachting
Sydney 2000
Carlos Espínola, windsurf; Juan y Gabriel Curuchet, ciclismo; seleccionado femenino de hockey sobre césped; Omar Narváez, boxeo; Alejandra García, atletismo; Conde-Martínez, beach-voley; Guillermo Saputo, boxeo; Ceferino Labarda, boxeo; Serena Amato, yachting; Sesto-Reinoso, yachting; De la Fuente-Conte, yachting; Eduardo Costa, yudo; Carolina Mariani, yudo; José Meolans, natación; Alejandro Hernando, taekwondo; Javier Correa, canotaje, son los candidatos firmes para los diplomas de este año.





