
Julio Bocca con alma de payaso
Es uno de los mejores bailarines del mundo. Tiene 36 años, piensa retirarse a los 40, pero sigue innovando: en pocos días, interpretará a Macbeth, Lady Macbeth y un clown. Retrato de un chico de barrio que compra aparatos de gimnasia por teléfono y jura que jamás fue tímido
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Es raro. Siempre es raro tener la absoluta certeza de estar junto a alguien único en el mundo.
Sin embargo, en la camioneta que lo lleva un mediodía de lunes hacia Canal 13 para grabar un programa con Piñón Fijo y hacer una entrevista en Grandiosas, Julio Bocca -bailarín excepcional, 36 años, nacido de Rosa Nancy Bocca de Lojo y un hombre que nunca lo conoció y al que nunca quiso conocer- parece despreocupado de su propia singularidad y prefiere contar, en cambio, que justo ayer andaba por la mitad de Dragón Rojo, la última de las películas de la saga de El silencio de los inocentes, cuando el terror de una niebla impenetrable se apoderó del paisaje de Puerto Madero, donde vive.
-De golpe no se veía nada. La película estaba buena. ¡Uf!, tengo un cansancio. Fui a una fiesta el sábado, y antes el cuerpo se recuperaba enseguida. Ahora tarda...
Ya no somos los mismos, insinúa con el guiño de quien sabe que ya hizo todo lo que quería, y más. Más tarde, en Canal 13, la tribuna de mujeres de Grandiosas aplaude atronadora. Julio Bocca es el hijo de todas las madres, el hermano de todas las novias. El primo bueno, manso, monolítico y puro. Nada más lejos.
-¿Te imaginás dentro de veinte años panzón y lleno de cerveza? -le preguntan en el programa.
-¿Dentro de veinte años? Dentro de cuatro nomás.
Entonces ponen la llamada de una oyente al aire. Una mujer que pregunta lo de siempre: cuándo vas a tener un hijo.
-Después de retirarme. Sea como sea, lo voy a tener.
Responde. Quien quiera oír, que oiga.
Volar volar
Una hora después Julio está muy lejos de las cámaras, en la planta de La Nacion, barrio de Barracas. Todavía tiene por delante esta larguísima entrevista, maquillaje de una hora, sesión de fotos, baile en una función homenaje en el Maipo.
-Hoy es un día livianito.
Comparado con el ritmo que lleva desde los 8 años, cuando entró en el Instituto de Danzas del Teatro Colón, este ritmo es livianito. En esa época, el pequeño habitante de Munro iba y venía en tren de su casa al colegio y de ahí al Colón, y de ahí a su casa y de ahí al colegio en horarios delirantes, estremecedores para un chico de esa edad.
-Pero estaba haciendo lo que quería. También jugaba al fútbol y llevaba a mis amigos al Ital Park.
No hay mayor diversión, dice, que la de los parques de diversiones: ese vértigo artificial con reglas claras. Ahora, mientras vive en Nueva York como miembro del American Ballet, se reserva un día para saltar sobre diversiones cada vez más altas, cada vez más peligrosas.
-Me voy a la montaña rusa que hay en Nueva Jersey, en la que subís a 25 pisos de altura. Supongo que me gusta la sensación de volar. Me fascina esa clase de riesgo. Por contrato con el American Ballet tengo prohibido esquiar, tirarme en paracaídas. Me encantaría, pero no lo haría por ahora, porque ahí si caés, caés. Cuando tenga 40 y me retire lo voy a hacer, porque ahí ya no importa si me queda una pata en el hombro.
-¿Qué es lo que te atrae de tirarte en paracaídas?
-Esa sensación... de flotar.
Su infancia, se supone, estuvo bien. No da muchos datos porque no los tiene. No sólo no le gusta hablar del pasado, no lo recuerda.
-No tengo buena memoria. Hago como las computadoras, que graban y cuando el disco está lleno, limpian para seguir avanzando. No me gusta estar mucho con los recuerdos. Y los recuerdos feos no, uno hace tuc, los limpia. Lo pasado pisado.
En el pasado, sin embargo, está el principio de todo. Todos saben la historia: sacó el gusto por el baile de su madre, profesora de danzas folklóricas. Su abuelo, Nando Bocca, el hombre del que lleva el apellido, italiano de un pueblo llamado Cuatro Cassini del que ahora Julio es Ciudadano Ilustre, fue el único hombre que le acompañó la infancia, además de un hermano mayor que falleció hace algunos años. Nando le cantaba ópera, lo llevaba a las funciones del Colón.
-Mi abuelo era grandote. Me hubiera gustado ser como él. Pero salí chiquito, como mi mamá, y con cuerpo de gordito.
Cierta tozudez camuflada con capas de aparente docilidad es su marca de fábrica. A los 8 años sabía que quería lo que siempre quiso: estudiar danza en el Colón. Entró en el instituto sin sentirse talentoso. Más bien se sintió raro: único varón rodeado de mujeres.
-Nunca me sentí especial. Creo que ahora sí puedo decir que uno siempre tuvo una cosa extra. Todas las personas tienen un don. Mi don era bailar, sabía que físicamente me iba a costar, porque tenía tendencia a engordar, pero era flexible, tenía salto, giro.
A los 18, con más curiosidad que posibilidades, insistió en anotarse en el Concurso Internacional de Ballet del Teatro Bolshoi de Moscú. Fue a Rusia con Raquel Rosetti, y regresó con medalla de oro: era junio de 1985. Después llegó la oferta de Mikhail Baryshnikov para audicionar en el American Ballet Theatre. El abuelo falleció antes de que Julio llegara a ser estrella. Le quedan una alianza, buenos recuerdos. Un día en Mar de Ajó le preguntó si el mar estaba enojado y el abuelo dijo no, dijo que el mar se reía porque una ballena le estaba haciendo cosquillas en la panza. "¿Y cuándo voy a ver una ballena?", dijo Julio. "Hoy, mañana, algún día vas a ver una ballena, y algún día vas a ser primer bailarín del Colón."
-¿Ya viste las ballenas?
-No. Nunca las vi. Mi abuelo me dijo eso que era como decir: "Si querés algo lo podés lograr, si no es hoy será cuando sea".
-O sea que las ballenas las vas a ver.
-Sí. Por suerte van a seguir estando. Yo sé que a mis 40 años voy a hacer muchas cosas que no pude hacer.
Porque a los 40 -sigue diciendo- dejará de bailar.
Adiós al amigo
Su futuro como bailarín será corto. De hecho, ya se está despidiendo: a mitad de este año hizo una última función de Romeo y Julieta en Nueva York. Julio no volverá a ser Romeo.
-Sentís los años.
-Sí, claro. El cuerpo ya no te responde. Tengo siete operaciones, y las siento. La lluvia, la humedad, el frío, me matan. Tengo las dos rodillas operadas, los dos pies, y el tercer y cuarto discos de las vértebras los tengo sin líquido. La cintura me mata, a veces me levanto a la mañana y no me puedo ni mover. Tengo artrosis o artritis, no sé, en la rodilla izquierda. Esa rodilla es hueso con hueso. No tengo menisco, nada. Y quiero estar bien hasta el último día. Por eso ensayo, trato de mantenerme en buen estado, no decaer. Esta es la cuenta regresiva, entonces lo disfruto todo mucho más. Todavía no sé si llegar a los 40 y retirarme ese día, o si llegar a los 40 y retirarme durante todo el año que tenga 40 y dejar todo para el último día.
Dice él, capaz de esparcir en el escenario tragedia bruta, sexo con hambre si hiciera falta.
-Ese erotismo en el escenario son cosas que uno tiene, eso sale solo y tiene que ver con quién estás bailando, si te calienta o no. Siempre bailo con bailarinas con las que me siento cómodo.
La pregunta
En el imaginario del común, este hombre es un príncipe monolítico, tímido. Sin placeres privados. Sin gustos que no sean los que dicta la voz popular. En medio de ese deseo -imposible, improbable, injusto- cayó, hace unos años, la pregunta de Jorge Lanata en su programa de reportajes La luna, que iba por América. "¿Sos gay?", preguntó Lanata. Julio titubeó, partido por un sobresalto. "¿Quién, yo? -dijo-. Soy bisexual."
-Tu sexualidad y tu futuro reproductivo despiertan todo tipo de curiosidades.
-Sí, pero es como un juego. La prensa estimula eso y la gente compra eso. Pero eso por suerte está cambiando. Ahora pueden unirse legalmente las parejas del mismo sexo y no se armó ningún escándalo. Yo decía pucha, cómo puede ser que estén tan abiertos para cosas que ni siquiera se ven en países del Primer Mundo, y que después en otras cosas... Lo lindo de la vida es que la gente pueda vivir como le dé la gana y sin molestar al vecino. Yo creo que en eso estamos volviendo al respeto, estamos entendiendo la democracia. Siempre está el morbo, pero como uno es una persona pública tiene que estar preparado. Igual, cuando Jorge me preguntó me llamó la atención, pero me pareció bien. Quería hacer esa pregunta y la hizo directo, no dio vueltas. Y eso también es señal de crecimiento. En el momento que me preguntó me quedé duro. Y después dije: "No, está bien". Fue como santo remedio, nunca más me preguntaron por nada. Es como que lo dije yo, y ya está. Porque había mucha gente que lo sabía, incluso periodistas, y nunca se atrevían a ponerlo. Pero como que lo conté yo y la novedad ya fue.
-Se te pasó la timidez. Ahora hablás más.
-No. Si yo nunca fui tímido. Nunca, no soy nada tímido. Nada.
-¿Perdón? Era el gran mito nacional. Julio-Bocca-casi-no-habla-en-las-entrevistas-porque-es-muy-tímido.
-No. Es mentira. Yo nunca fui tímido. Yo era callado. Recatado. Qué iba a opinar de algo si no sabía de qué se trataba. Además, muchos venían y me preguntaban cualquier cosa, ni sabían quién era yo. Muchos noteros vienen y te dicen: "Qué honor conocerte, pero yo nunca escuché tu CD". Así que nada, a mí me cansa un poquito. Sobre todo porque afuera es distinto. En una rueda de prensa en Colombia, todo el mundo sabe todo de vos. Ahí nadie me pregunta "¿Y dónde empezaste, estudiaste en el Colón, a qué edad bailaste por primera vez?"
El amor por el país, por este país, es una de las pocas fidelidades que lo persiguen. En breve, su condición de sudamericano quedará grabada a tinta sobre carne. En el hombro ya lleva un dibujo, un trazo definitivo.
-Es un dragón. Me lo hice acá porque es uno de los lugares donde menos duele. Ahora tengo ganas de hacerme una cruz del sur.
-¿Y cómo será eso?
-Cuatro estrellitas, supongo.
Casi analfabeto
Julio Bocca tiene gestos y modos de chico de barrio, una forma de aspirar las eses, una serie de encogimientos de hombros y latiguillos que, en las mesas de provincia, rellenan silencios incómodos. Dice y bue cuando no hay nada mejor que decir, termina con un qué va hacer un comentario triste. Deliciosos lugares comunes que, a lo mejor, a él no le hacen tanta gracia. Técnicamente hablando, Julio Bocca no tiene estudios completos. Terminó a los tumbos el colegio primario y siente esa falta de educación formal como un hueco insalvable. Dedicado como está a un arte de libélula, es capaz de escribir ortografía con hache.
-Me perdí de tener una educación más formal que me hubiera ayudado a ser más culto en la forma de hablar o de escribir. Pero en la Argentina no hay una carrera de artes donde tengas también una preparación integral. La escuela del Colón es de danza, punto. Yo ahora con mi fundación quiero hacer algo así. Muchos dicen que tendría que haber hecho mi carrera para mí, pero para mí era importante hacer que el ballet fuera popular.
Por hacerlo popular, ha hecho mucho. Entre otras cosas, y en la Fundación Julio Bocca, otorgar becas para estudiantes del interior que no pueden pagarse sus estudios. Sin ir más lejos, en noviembre, y en el marco del programa Proyecto Artístico de Intercambio, que dirigen él, Ricky Pashkus y Chet Walker, se harán las audiciones para las becas Un año en Buenos Aires, para estudiantes bailarines, actores y cantantes.
Por lo demás, Bocca llevó el ballet a todas partes. Al Luna Park y los estadios, a la avenida 9 de Julio y a las provincias argentinas. Fue Romeo y Quijote, y bailó con la Mona Giménez, le puso el cuerpo al tango y a la música contemporánea, formó el Ballet Argentino y abrió una escuela de Comedia Musical junto a Ricky Pashkus, y ahora, del 9 al 21 de octubre, en el teatro Opera de Buenos Aires, hará un puñado de funciones presentando dos programas que ya fueron estrenados en su reciente gira europea, con Eleonora Cassano como artista invitada.
Hará, junto a Eleonora y el Ballet Argentino, la Carmen de Alonso y The River, la coreografía de Alvin Ailey. Con el Ballet hará Macbeth (donde interpreta tanto a Macbeth como a Lady Macbeth), con coreografía de Ana María Stekelman; Night Chase, creada especialmente para Bocca por el coreógrafo americano Chet Walker; y, sorpresa, un cuadro llamado Una vez, un baúl, montado y dirigido por el actor y director Claudio Gallardou, en el que Julio interpreta a un payaso e interactúa por primera vez en la vida con los espectadores.
-El payaso es uno de los que limpian el escenario de los teatros, tiene cosas dulces, cómicas, dramáticas. Pero es improvisación sobre la marcha, según la gente responda o no.
-¿No te da inseguridad?
-Sí. No lo quería hacer. Es divertido, pero me pongo muy nervioso. Pienso: ¿Y si no les gusta? Porque no es que puedo hacer un salto y un giro, que con eso siempre arreglo todo.
Y se ríe, nada inocente el ángel de los giros y saltos.
Tres borracheras
El blanco lo va tiñendo. Sentado, obediente, vestido de payaso operario, Julio espera. El maquillaje avanza y él cuenta que en el pueblito de su abuelo, cuando lo nombraron Ciudadano Ilustre, le prepararon una comilona de ensueño, de la que se llevó de recuerdo dos botellas de vino piamontés.
-Me las llevé porque ahí ya no podía tomar más. Es rico, pisadito ahí mismo.
El gusto de Julio Bocca por el alcohol en casi todas sus formas es histórico. Durante su paso por Rusia le hizo honor al apodo que le endilgaron los soviéticos: Julio Vodka. La noche en que recibió la medalla de oro se trepó al lomo de una de esas borracheras bravas.
-Estaba mal, mal. Vomité la almohada, la di vuelta y seguí durmiendo del otro lado.
-¿Cómo sos cuando estás borracho?
-Mucho más suelto, más alegre, más divertido. Tuve tres grandes borracheras. En cada una de las tres dije: Nunca más tomo. Ahora ya sé cuál es el punto en el que todo te empieza a dar vuelta. Ahí paro.
-¿La última cuándo fue?
-Dos veces en Rusia; la primera cuando me dieron la medalla, la segunda cuando volví a bailar como invitado del Bolshoi, y la tercera, para mis 25 años, cuando hice una fiesta enorme. Y de ahí en más tomo, pero llego hasta un punto en que me mantengo parado. Cuando miro para atrás y todo me da vueltas, paro.
Parece alguien que necesita poco. Unas cervezas con amigos cada tanto. Una montaña rusa. Si una temporada va bien, comete un despilfarro menor en The Gap o Banana Republic, dos tiendas más bien baratas de Nueva York.
-Jamás voy a pagar por un pedazo de tela 10.000 dólares, ni loco. Además, tengo un problema, no sé combinar cosas. Mi casa es... lo que compro lo pongo. No tengo un estilo.
-¿Y el conjunto cómo va quedando?
-Ja. Muy libre -define, como quien dice horroroso-. Pero a mí me gusta. En los colores por lo menos combino. Ahora tengo todo marrón.
-¿Y en qué gastás, además de comprar muebles marrones?
-Películas, cosas de computación. He comprado también por teléfono esos aparatitos para adelgazar.
-¿Qué?
-Electroestimulador para músculos abdominales.
-No. ¿Vos?
-Sí. Y, bueno, había que intentar.
-¿Y te dio resultado?
-Mirá, lo que pasa es que probás y después llega un momento en que no lo usás todos los días, entonces no sabés. Son unos cositos que te electroestimulan. Nosotros los usamos para rehabilitación a veces.
-Pero vos no te querías rehabilitar.
-No, mi intención era desarrollar los abdominales, porque no me gusta hacer abdominales. Después también me compré un aparato que me parecía que era bueno, que tenía una rueda y hacías para adelante y para atrás, y hacías fuerza con los abdominales, pero me moría de dolor de cintura, entonces lo dejé.
El maquillaje termina y está listo. Transformado en un hombre que camina como payaso, se mueve como payaso. Es un payaso. Alguien grita: "¡Piñoncito!" Julio se ríe bajito: "Más respeto, por favor". Dibuja caras exageradas, gestos tontos, sonrisas en el vacío.
-¿Te animás a hacer todo eso sin máscara?
-No -contesta rápido-. Con máscara es gracioso. Sin máscara es ridículo.
Después se va por un pasillo largo, espalda de payaso, zapatos de payaso. Alma de vaya uno a saber qué cosa.
Para saber más
www.juliobocca.com
Agradecimientos: Mancini, Aston, personal de Planta de LA NACION. Maquillaje: Oscar Mulet. Maquilló: Florencia. Asesora de vestuario: Mónica Mendoza.
El Colón
Julio Bocca le debe al Colón sus comienzos. Sin embargo, lo une al teatro un conflicto interminable. El año último dijo que no bailaría jamás en ese escenario porque le habían hecho una oferta desvergonzada.
-Ofrecí hacer algo, pero había que ensayar en una época en la que ellos estaban de vacaciones, entonces no se podía. Ofrecí hacer otras cosas, tampoco, y ellos ofrecieron hacer algo que era una mezcla de cosas, una falta de respeto para mí, para el público.
Y me harté. Me harté. Basta.
Una carrera brillante
- 6 de marzo de 1967: nace en Buenos Aires.
- 1974: ingresa en el Instituto Superior del Teatro Colón.
- 1982: primer bailarín en la Fundación Teresa Carreño de Venezuela y el Teatro Municipal de Río de Janeiro, Brasil.
- 1985: obtiene la medalla de oro en el Quinto Concurso Internacional de Danza de Moscú.
- 1986: es contratado como primer bailarín por el American Ballet Theatre, compañía a la que pertenece desde entonces.
- 1990: funda su propia compañía, el Ballet Argentino, con la que recorre el mundo. Es la primera compañía extranjera en presentarse en el Palacio Hermitage de San Petersburgo.
- 1997: funda su propio estudio, sede del Ballet Argentino
- 1998: funda junto a Ricky Pashkus, director y coreógrafo, la Escuela de Comedia Musical.
- 1999: representa a la Argentina en el acto central de las celebraciones del Millenium Day, el 31 de diciembre de 1999.
- 2000: es convocado para participar en el musical de Broadway Fosse, un homenaje al coreógrafo, bailarín y director estadounidense Bob Fosse.






