
Klosters-Davos: las montañas mágicas
Klosters y Davos, en los Alpes, son dos localidadesque combinan glamour, pasión por el esquí y hasta un reencuentro con el paisaje que inspiró al novelista Thomas Mann en la escritura de su obra cumbre
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KLOSTERS-DAVOS.– "Ayy, ¿no lo conocen a Charlie?" Charlie es, por supuesto, el príncipe de Gales. La pregunta vino de parte de dos ilusionadas viejitas suizas. Con ellas y unos amigos ingleses –cuyo acento recordaba al heredero de la corona británica– viajábamos en una telesilla múltiple rumbo a la cima de la montaña, en Klosters.
Mientras en su propio país el flamante marido Carlos es una figura a menudo ridiculizada, y en el resto del mundo nadie muere por su glamour, en este pequeño y exclusivo centro invernal es el ídolo nacional. Cada lugareño tiene su historia favorita sobre el príncipe Carlos ("Jojojo, me acuerdo de la vez que se cayó del medio de elevación delante de mí –me contó un esquiador que parecía el abuelo de Heidi con ropa de esquí cara–. Otra vez se le congeló el trasero mientras pintaba"). Hasta la principal telecabina que atraviesa las pistas se llama Príncipe de Gales.
El pueblo es de postal suiza, con sus chalets de madera y pinos; hay polo sobre el lago helado (la cara de Nachi Heguy decoraba la semana última todas las carteleras oficiales) y pinos nevados. La gente es elegante y discreta, y para un pintor de acuarelas como él, los atardeceres son una delicia. Las montañas que conforman el centro de esquí están bien al norte de los Alpes, con lo cual tienen nieve asegurada en primavera. Hay innumerables medios de elevación y las pistas –compartidas con el vecino pueblo de Davos– están en perfecto estado. Aunque hay pocas realmente difíciles, para el esquiador intermedio Klosters es el paraíso.
Es cierto, hay avalanchas. Incluso en 1988 a Carlos se le murió el ex edecán de la reina en una, y tuvo que rescatar a su aristocrática amiga Patti Palmer-Tomkinson cavando en la nieve con sus propias manos. Pero están cada vez más controladas y ya son casi inexistentes.
Sin embargo, lo que las malas lenguas dicen es que a Carlos lo que más le atrae de Klosters es que su noche es bastante aburrida. Diana y Fergie solían ser vistas comprando revistas en el supermercado local por las tardes, pero luego intentaban escaparse a Verbier o St. Moritz, centros más activos para el après-ski. En Klosters hay lugares extraordinarios para comer, como el restaurante del propio hotel donde se hospeda la familia real inglesa, el Walserhof, dos estrellas de la guía Michelin, y los mejores bares de montaña están cerca de la base de Klosters (imperdible el Glühwein, un vino tinto fuerte y especiado con canela, clavo de olor y un toque de naranja, que devuelve la vida a los congelados).
Pero si uno quiere acción pasadas las nueve de la noche, es mejor idea quedarse del otro lado de la montaña, en Davos. Cuando se van los poderosos del Foro Económico Mundial, este sitio, más urbano, se vuelve el centro de la movida invernal para quienes se escapan el fin de semana de Zurich.
En el bar del hotel Europa, los sábados por la noche no se puede caminar de la cantidad de gente de entre 25 y 35 años bailando con música en vivo. En nuestro hotel, el Meierhof, el pianista tenía un excelente oído y sentido del humor: pasaba de clásicos tiroleses para contentar a las parejas de cincuentones austríacos a los clásicos de Robbie Williams para mis compañeros ingleses de treinta y tantos. La comida, tradicional pero con giros fusión, era impecable, aunque si uno quiere la verdadera experiencia regional, raclette, rosti, fondue y vinos y licores locales, no hay como el restaurante Alte Post, del pequeño hotel Davoser. El valor agregado es que en uno de los lugares más típicamente suizos de toda Suiza, la moza es mendocina. "Estos son como niños envueltos", nos aclaraba al traer el pizokel. "Esto es igualito a la provoleta", decía sobre la raclette.
El lugar mágico
Pero el lugar para quedarse en Davos es, sin duda, el hotel Schatzalp, inmortalizado por Thomas Mann en La montaña mágica. Todo el edificio art nouveau mantiene su encanto nostálgico de la belle époque.
En La montaña mágica, el joven héroe, Hans Castorp, va a visitar a un primo a un sanatorio de Davos, queda fascinado por el submundo de los enfermos, y se queda allí siete años. Mann mismo visitó Davos en mayo de 1912. Su mujer, Katjia, tenía bronquitis aguda y le habían recomendado seis meses de aire de montaña. Como Castorp, Mann quedó fascinado por Davos (paraíso de los hipocondríacos ricos hasta mediados del siglo pasado, por las curas con su aire), pero se fue a las tres semanas. Como a Castorp, a Mann le descubrieron una manchita en el pulmón. Pero consultó a su médico en Zurich y éste lo alertó: le dijo que, curiosamente, a todos los que pasaban por Davos le descubrían una manchita cuando amagaban marcharse de los carísimos sanatorios...
Hoy, en el hotel se realiza el Congreso Internacional Thomas Mann, como todos los años. Y dos veces por invierno, la no menos importante Semana del Tango en la Nieve, con intensa presencia argentina. En plan cultural, también está en Davos el museo Kirchner (en honor del pintor, no del presidente), y suele haber conciertos barrocos en sus iglesias y espectáculos de ballet. Pero el mejor programa para hacer por las tardes es ir a ver un partido de hockey sobre hielo en el estadio del equipo local. Sus colores son el azul y oro, y sus fans (¡con bombos!) no tienen nada que envidiarle a la 12. Los muchachos del Davos gritan, llevan banderas, se descontrolan. Pero hay un límite claro: las canciones no pueden ser agresivas hacia el equipo contrario.
Si en el entretiempo uno quiere un pancho, aquí está la sorpresa. El famoso wurst no viene como una salchicha gordita y aguada entre dos panes blancos, blandos y alargados. Por el contrario, lo que uno recibe son dos deliciosas salchichas finitas de sabor fuerte en un plato, acompañadas por un bollo de pan negro duro.
Cuando, agotados de nieve, deportes, realeza y cultura, llega la hora de partir, la vuelta al aeropuerto de Zurich puede hacerse en taxi, que es carísimo, o en tren. Esta última es la mejor alternativa, además porque en la parada en Klosters sube suficiente gente como para reponer el stock de anécdotas del príncipe Carlos si uno las había agotado. ¿La favorita? Resulta que Carlos bajaba de esquiar y un grupo de periodistas le pregunta: "Alteza, ¿qué tal la nieve?, muy blanca, ¿no?". Dicen que respondió con una sonrisa. Para los lugareños, no hay nada como la sutileza del humor inglés.
Por Juana Libedinsky
Fotos: gentileza Davos y Klosters Tourismus
Para saber más:
www.klosters.ch
www.davos.ch






