
Kristen
El reciente escándalo que terminó con la carrera política de Eliot Spitzer, ex gobernador del estado de Nueva York, llevó a las primeras planas un tema de atracción imperecedera. Todo se ha tratado en este asunto, la decepción popular por la deslealtad moral de un funcionario, el incómodo lugar de la esposa humillada, y hasta la ubicación filogénetica de la pulsión humana hacia la infidelidad. Pero del otro lado de la escena, podríamos decir en el rincón opuesto, está la chica contratada, que ahora es una celebridad. Ashley Dupré, nacida Youmans, apodada Kristen, circula por los medios como una estrella y estudia una cantidad enorme de ofertas: entre otras cosas, la revista Hustler le ofreció un millón de dólares para posar desnuda.
A principios de los años 90 estallaba en la ciudad de Los Angeles un escándalo similar, esta vez en torno de Heidi Fleiss, la mujer que manejaba una organización de acompañantes de alta gama: según parece, entre sus clientes figuraban políticos de peso y celebridades de la música y el espectáculo. Fleiss fue condenada a tres años de prisión por su actividad como proxeneta, pero especialmente por evasión de impuestos, y salió de la cárcel poco antes de cumplir el segundo año. Su padre, un reconocido pediatra, también quedó involucrado y tuvo una condena leve por lavado de dinero. Ahora ella regentea un burdel para clientes mujeres en Nevada, donde la prostitución es legal. La compañía Paramount le pagó 5 millones de dólares por los derechos para filmar su historia. También vende libros y otras mercancías en su sitio de Internet, una página de diseño curiosamente convencional.
En su libro Yo, Claudio, más precisamente en el segundo tomo, Claudio, el dios, Robert Graves describe con enjundia el personaje de Calpurnia, la prostituta que acompaña al emperador en la intimidad, con quien la une mucho más que el contacto físico. Ella es su confidente, su consejera y la única persona con la que se siente seguro y en paz. Esta historia, por supuesto, está bañada por la luz benigna de la literatura, pero los hechos muestran, una y otra vez, el lugar inefable que esta profesión ocupa en diferentes niveles de la sociedad hasta el día de hoy.
En las zonas más sumergidas es casi siempre un ejercicio estable de humillación y maltrato, una de las formas contemporáneas de la esclavitud. En barrios más acomodados, en cambio, la actividad parece ser libremente elegida, y todo indicaría que en algunos casos es muy próspera.
Fleiss usó este argumento para defenderse del repudio de las organizaciones feministas, para quienes la prostitución es una trampa ancestral para la denigración y el control de la mujer. "Si una chica gana cinco mil dólares en una noche –decía Fleiss–, ¿quién tiene el control?"
Por cierto, cabe preguntarse qué lleva a figuras notorias, hombres jóvenes, apuestos, ricos y sin ataduras conyugales, a contratar los servicios de una organización de acompañantes. El cine y la literatura enfatizan alguna pericia magistral de las mujeres y el poder erotizador del dinero. Pero primera en la lista de las razones debe de estar la seguridad que proporciona la transacción comercial para evitar los riesgos posteriores, románticos o legales que podrían acarrear compañeras sexuales en relaciones espontáneas.
Sin embargo, nadie está libre de riesgos. La tentación puede costar una carrera, como en el caso de Spitzer, y tal vez una familia, aunque no necesariamente. Como dijo la mujer de otro célebre protagonista de un escándalo sexual, cuando fue interrogada por la prensa: "No entiendo, si a mí no me importa, por qué les importa tanto a ustedes".
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La autora es periodista






