
LA CASA DE ENRIQUE VIII
"Y o soy una señora de la corte de Enrique VIII. Como verán no estoy vestida de una manera demasiado lujosa. No se equivoquen. No es que no pueda comprar un vestido de seda. De hecho, tengo unas perlas bordadas en mi sombrero. La cuestión es que estamos en el siglo XVI y es muy mal visto, y hasta puede ser penado con la muerte, aparentar un linaje superior al que se tiene."
Este es el relato de una guía de Hampton Court. "Hay unos 1000 caballeros en esta corte, y sólo 60 damas. Es decir, ¡es un gran lugar para pescar un marido!", dice Jane, provocando una sonrisa en la pequeña multitud que se apresta a seguir sus pasos por el palacio, y escuchar un poco más sobre la vida cotidiana del rey que se hizo célebre por su habilidad para deshacerse de sus múltiples esposas.
Los chicos, fascinados, escuchan la historia de su país casi con más atención que su programa de televisión favorito. Los grandes, también. En el fin del milenio, cuando existe la conciencia generalizada de que el turismo es una generosa fuente de recursos, un torrente de ingenio se pone de manifiesto para atrapar a posibles visitantes. Los guías vestidos de época son sólo uno de los múltiples atractivos desplegados.
Las chimeneas prendidas, tal como lo hubieran estado en el siglo XVI, en el comedor la mesa puesta para dos -el rey y la reina-, los jardines bellísimos, y cada tanto, personajes de carne y hueso pululando con atuendos de época reflejan a la perfección la atmósfera del lugar.
El hábitat de Enrique: bajo la luz de la corte Tudor brillaban los jardines ideados por Enrique VIII, que quiso que fueran un ejemplo de la jardinería inglesa. Diariamente, se alimentaba a más de 200 personas, lo que justificaba una cocina de 3500 metros. Abajo, a la izquierda, la Galería Fantasma, donde, dicen, gime el espíritu de Catalina Howard
Pero vayamos a la historia. Transcurría 1529 y la reina Catalina de Aragón había tenido un solo retoño de su marido, el rey Enrique VIII. Para colmo, el bebe era mujer. El rey necesitaba, desesperado, un sucesor, pero Catalina ya no estaba en condiciones de dárselo. Entonces, Enrique decidió poner sobre los hombros del cardenal Wolsey, que en su momento le había obsequiado la residencia de Hampton Court, el peso de conseguir del papa la anulación de su matrimonio, una misión complicada en la Inglaterra católica, pronto protestante. El papa no se dejó convencer, por lo que Wolsey fue arrestado y murió camino de su juicio como traidor a la patria en 1530.
Después de varias reformas, que le costaron a Enrique lo que hoy serían unos 35 millones de pesos, el palacio fue terminado en 1540. Durante sus 38 años de reinado, pasó allí nada más que 811 días.
El palacio era en su momento muy moderno. Tenía canchas de tenis, coto de caza y alojamiento para reyes, cortesanos e invitados.
Un acontecimiento memorable se produjo en 1546, cuando agasajó al embajador de Francia durante varios días. Para albergar a más de 400 personas, entre cortesanos y demás invitados, rodeó al palacio de carpas de terciopelo rojo y oro.
"Todos nosotros somos visitas en esta corte -dice Jane, la guía-. Hemos pedido una audiencia para ver al rey." A partir de aquí se sucede una cantidad de anécdotas jugosas, que a veces hacen soñar con que realmente se pertenece a esa época y otras creer que si se hubiera estado allí, habría sido algo peor que un mal sueño. La primera, y muy impresionante escala, es en el llamado Gran Salón, obviamente por sus enormes dimensiones. "¿Se sienten insignificantes? -pregunta Jane-. Es exactamente el efecto deseado: que la gente se sienta pequeña antes de ver al rey." Otra manera de minimizar a los súbditos era atiborrarlos de imágenes en color. En la época de los Tudor, el color era extremadamente caro y, por ende, un símbolo de status. Por eso, el techo de roble del Gran Salón en su momento estaba pintado de azul, con estrellas laminadas en oro. Sobre las paredes, coloridos tapices de Bruselas, bordados con hilos de oro y plata, que todavía se conservan y que tienen ya unos 450 años. En el piso, alfombras que actualmente se han retirado.
Aquí comían 1200 miembros de la corte en dos turnos, servidos únicamente por empleados varones, que tenían un sueldo más alto que las empleadas.
Tanta gente dejaba su rastro. Una de las fallas en la arquitectura de la época era la falta de baños, función que solían cumplir chimeneas y rincones. Llegaba un momento en que el olor que había en el castillo se hacía insoportable, por lo que toda la corte se mudaba a alguna de las sesenta residencias del rey.
En el vitral central del salón se ve a Enrique VIII presidiendo la escena. A los costados, seis escudos que corresponden al linaje de sus seis esposas.
Algunos estudiosos dicen que son de época, pero para la guía esto es casi imposible. "¿Se imaginan a Henry plasmándose a él mismo, rodeado de sus seis esposas? ¡Qué pesadilla!" En realidad, la pesadilla era para las mujeres que provocaban al rey. Ana Bolena fue condenada por haber tenido cinco amantes. Aunque con los antecedentes reales, esta acusación parecía más una excusa que otra cosa. De hecho, pocos días después de la ejecución el rey se casó con Juana Seymour, de quien se dice estuvo realmente enamorado. Ella finalmente le dio un hijo varón, llamado Eduardo (bautizado en Hampton Court), pero Juana murió inmediatamente después del parto.
La misma suerte que Ana Bolena corrió la quinceañera Catalina Howard, su quinta esposa, acusada de infidelidad en 1541, a los 15 meses de matrimonio.
Mi rosa sin espinas , solía llamarla el ya cincuentón Enrique. Hasta que la niña cayó en desgracia.
La historia de esta reina dio pie a la llamada Galería Fantasma. Parece que antes de ser llevada a la entonces temible Torre de Londres, la guardia real la encerró en sus aposentos de Hampton Court. Ella logró escapar y, corriendo por esta galería, llegó a la puerta de la capilla justo cuando el rey estaba escuchando misa. Rogó clemencia. Inmediatamente fue apresada y arrastrada a su cuarto. No dejaba de gritar.
Interiores del castillo: a la izquierda, la capilla de Hampton Court: allí se bautizó al príncipe Eduardo y allí también Enrique VII se casó con Catalina Parr, la única esposa que lo sobrevivió. A la derecha: una fascinante guía turística
Los ingleses, tan aficionados a las historias tenebrosas y sangrientas, aseguran que el fantasma de Catalina sigue vagando por este pasillo.
El rey, inmutable, continuó con sus oraciones. La capilla, con su impresionante techo abovedado, tiene 450 años de uso continuo. Cerca del altar hay una cantidad de tarjetas y biromes, ya que se invita a los turistas a hacer sus pedidos o agradecimientos por escrito y se leen en la misa de los domingos.
U n capítulo aparte merece la cocina, hoy matenida como si se fuera a preparar un baquete. El menú incluiría: empanada de venado, asado al horno con vino y ciruelas, pavo real, almendras a la crema y jabalí relleno con salsa.
El buen comer era moneda corriente. En un año, la corte consumía 1240 bueyes, 8200 corderos, 2330 ciervos, 760 terneras, 1870 cerdos y 53 jabalíes. En un banquete se servían hasta diez platos, pero en los días normales no se comía mucho menos. Los cortesanos más importantes consumían cuatro o cinco platos diferentes.
Las dimensiones de la cocina ciertamente no se rigen de acuerdo con los parámetros actuales. El cardenal Wolsey tenía un plantel de 600 personas de servicio. Enrique, unos 1200, por lo que tuvo que ampliar las instalaciones hasta llegar a una superficie de 3350 metros cuadrados, distribuidos en cincuenta salas. A modo de curiosidad, se puede contar que hay dos pequeños cuartos que se llaman salas de aderezar , donde se condimentaba la comida antes de servirla a los cortesanos. Las comidas del rey se preparaban aparte, en un cocina privada cerca de su habitación.
Por supuesto que una zona muy importante del castillo era la bodega. La corte Tudor consumía unos 300 barriles de cerveza al año y una cantidad de vino casi igual.
No se pueden dejar de mencionar los jardines del palacio, que tienen más de 24 hectáreas, laberinto y viñedos incluíidos. Hasta se puede pasear en carroza.
Los primeros dueños de la propiedad fueron los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Cultivaban estas tierras para reunir fondos, que enviaban a Tierra Santa allá por 1236. Hampton era una casa de campo y, más tarde, retiro rural.
El afán inglés, y europeo en general, por conservar y restaurar los edificios de época es una tendencia en alza. Para mucha gente, Hampton Court es sinónimo de Enrique VIII, y buscan en el palacio reminiscencias de las penas y glorias de sus seis mujeres. No es tan así. A fines del siglo XVII, el rey Guillermo III y la reina María encargaron a sir Christopher Wren la reconstrucción del edificio. El plan original era demolerlo por completo. Por suerte, faltó dinero, por lo que únicamente destruyeron los cuartos del rey y de la reina. Hoy, conciencia histórica mediante, estos edificios tienen otro valor. En 1986, un incendio destruyó gran parte del ala de Guillermo y María; sin embargo, actualmente se puede ver tal cual era allá por el 1700, con una restauración impecable hasta en los mínimos detalles. Es que la historia es una aliada invalorable del turismo en los tiempos modernos. Y los ingleses lo saben.







