La chancha y los veinte
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En los lejanos días de mi infancia, algunas frases de mis padres, tíos y mayores en general me irritaban profundamente. Las había de todos los tonos, intenciones y matices. "Es por tu bien" era una de las más escuchadas, y estaba llena de significados oscuros y confusos. ¿Qué era "mi bien"? ¿A qué se referían cuando lanzaban aquel clamor abnegado? ¿Mi bien era prohibirme la ingesta de un trozo extra de torta en mi propio cumpleaños? ¿Restringirme las idas al cine? ¿Someterme a largas y torturantes sesiones con el dentista hasta que los dientes de leche fueran reemplazados por la dentadura adulta? ¡Por favor! No había Cristo que me convenciera de que eso era "mi bien". Y es que el deseo de felicidad y placer, frente a la restricción y el dolor, es una sensación muy fuerte. Para un ser humano de pocos años que en su ingenuidad cree que el mundo es un lugar maravilloso donde los sueños se hacen realidad, todo aquello era muy difícil de evaluar correctamente.
Otra frase muy repetida era: "Vos querés la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos..." Esta expresión popular se refería también al límite estricto de tus exigencias, y generalmente precedía a "es por tu bien". Era la respuesta obligada cuando uno planteaba su derecho a pasarla todo lo bien que pudiera. Así, desde chicos, nos marcan a fuego con conceptos que, con el correr del tiempo, se convierten en pautas de vida.
Está muy bien que los seres humanos tengamos límites y coordenadas civilizados para nuestra convivencia; es muy lógico que a un niño se le haga entender con firmeza y sin violencia que no es el rey de la Creación y que las cosas no llueven del cielo. Pero junto con el límite tiene que venir otro concepto: el de la lucha permanente para lograr lo que uno desea. De adultos, ya no serán una porción de torta, una ida al cine o una visita al dentista las cuestiones importantes de la vida.
En nuestra realidad (y no me refiero sólo a la argentina), observamos que la falta de límites razonables ha desmadrado la existencia a niveles insoportables, y vemos con pavor cómo las más elementales reglas de no agresión se ignoran hasta el hartazgo. Pero, al mismo tiempo y como una macabra contradicción, estos excesos se producen como respuesta instintiva y no racional a políticas restrictivas que excluyen a millones de personas, condenándolas a la incultura, la marginación, la falta de trabajo y oportunidades o al hambre, la mendicidad y el delito. El ser humano, librado a su propia suerte, es limitado con restricciones que lo llevan a extralimitarse en busca de una compensación al abandono y el caos.
Y allí vuelven a resonar las frases de la infancia, esta vez pronunciadas por los fantoches gubernamentales, que, con caras conservadoras, con barbas seudoprogresistas o con demagogias variadas, repetirán el sonsonete: "Es por tu bien". O sea, apechugue y aguante, porque esta necesidad es la consecuencia de los excesos anteriores (anteriores a mi gobierno). Ahí se despachan contra la teoría opositora con gran entusiasmo: los neoliberales acusan a los populistas y los privatizadores, a los estatistas. Y el pescado sin vender, o, mejor dicho, el pescado sin comer. Y cuando el ciudadano, desde su indefensión, sus elecciones erróneas y su rebeldía grita y exige lo elemental –libertad, educación, salud, comida sana y diaria y proyección de futuro– se le contesta con la otra frase de la infancia: "Pero ustedes, ¿qué quieren? ¿La chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos?" "¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!", tiene que ser la respuesta unánime. No se piden milagros; se piden derechos que en casi todas las constituciones de los países están explicitadas con lujo de detalles, uno de los pocos lujos de los que el pueblo dispone, aunque sea en forma figurada.
Los "contratos basura" de los jóvenes franceses son moneda corriente para los jóvenes argentinos; el problema de la inmigración ilegal motivada por la miseria y la falta de oportunidades es el mismo para el mexicano que llega a Estados Unidos, para el africano que llega a España, para el turco que invade Alemania, para el boliviano que emigra a la Argentina y para el argentino que huye adonde puede. Y mientras ningún gobierno haga lo suficiente, el problema seguirá y se agrandará, porque la gente tiene derecho a luchar por la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos.
* El autor es actor y escritor






